56. Salto al vacío
Salto al vacío
La xieri soltó a Lluvia con brusquedad. Su cuerpo ya sin vida se desplomó al suelo, de donde no se movería. Pero el daño estaba hecho.
Cyal se estaba precipitando hacia su fin.
Eira corrió hasta el borde de la plataforma y se lanzó al vacío sin dudarlo. El viento la golpeó de inmediato, echando su largo cabello hacia atrás. Divisó a Cyal cayendo, paralizado e incapaz de usar sus poderes por el veneno.
La cascada se despeñaba en un abismo interminable. Eso le daba tiempo para actuar, pero también convertiría el impacto en una sentencia de muerte. A pesar de la distancia inicial, cada segundo los acercaba al lago con una velocidad mortal.
—¡Cyal! —gritó. La desesperación hizo temblar su voz.
Él la miraba, con el pelo ocultando en parte su rostro. De espaldas al lago, sabía que en cualquier momento sentiría el duro impacto que acabaría con su vida.
El terror le robó la respiración por un instante.
Era consciente de que su muerte significaría también el fin del mundo, pues ya no se podría arreglar el núcleo. Y, aun así, de lo único de lo que se arrepentía era de no haber podido compartir más momentos con Eira. De no haberle confesado su amor.
Observó sus ojos rojos desorbitados por el pánico, su boca abierta en un grito que resonaba en su alma, llamándolo, la mano estirada hacia él buscando un último contacto.
El cuerpo de Eira no resistiría todavía un nuevo salto con las sombras, pero ella no iba a rendirse.
Extendió el brazo y disparó un látigo de agua que se enrolló en la muñeca de Cyal.
Lo solidificó para convertirlo en una pulsera de hielo y cerró el puño contra el pecho, tirando de la cadena de hielo que arrastró consigo a Cyal hacia ella.
Él ahogó una exclamación al subir con brusquedad hacia Eira, sufriendo un desagradable tirón en el hombro y en el cuello. Ella lo atrapó en sus brazos, poniendo una mano en su espalda y otra en su cabeza. Pero, aunque a Cyal lo reconfortó estar unido a ella, los dos caían sin remedio.
Mareado por el tirón en el cuello, perdió la consciencia.
Eira apretó los dientes. Parpadeó repetidamente para ver a pesar del fuerte viento y las gotas de agua. El atronador ruido de la cascada era ensordecedor. Su corazón bombeaba con tal presión y su respiración era tan acelerada que su mente se bloqueó.
El lago estaba más y más cerca.
Se dio la vuelta para quedar ella de espaldas. Sujetó a Cyal con un brazo y dirigió el otro hacia el lago, mirando por encima del hombro. Creó una bolsa de agua para amortiguar el golpe y giró la cabeza en el último instante.
Aun así, el impacto fue brutal. Eira abrió los ojos como platos ante el brusco latigazo que le recorrió la espalda. Sus pulmones se negaron a responder y una gélida parálisis se apoderó de sus músculos.
Se hundió en el lago y Cyal se le escapó de los brazos. Él, con los ojos cerrados, se hundió junto a ella.
«No puede terminar así», pensó Eira, viendo la superficie alejarse progresivamente. Su cabello blanco revoloteaba a su alrededor.
¿Acaso iba a ser ahogada por su propio elemento? ¿Iba a permitir que Cyal muriera de esa manera?
Era su culpa. Había sido por su debilidad, por dejar que su cariño por Lluvia la hiciera dudar.
Si después de clavarle la cimitarra la hubiera matado de inmediato, Lluvia habría sido incapaz de atacar a Cyal.
Le había dado un tiempo precioso para que Lluvia le hiciera daño una vez más, para que atacara a la persona más valiosa para ella.
«Cyal no va a morir».
Tosió y las burbujas de aire salieron de su boca. Giró la cabeza: Cyal se hundía a unos metros de ella. El joven seguía inconsciente y sus brazos flotaban hacia arriba, inertes.
«Voy a por ti. Tranquilo», pensó Eira, como si él pudiera oírla.
Nadó hacia él. Rodeó su torso con el brazo derecho.
Alzó la mano izquierda hacia la superficie, impulsándose con rapidez gracias a un torrente de agua.
Al romper la barrera del lago, tomó una desesperada bocanada de aire.
Los recibió el estrellado cielo nocturno.
Con rapidez, Eira se elevó lo bastante alto como para saltar directa a la orilla y aterrizó en ella con Cyal en brazos.
Se tambaleó, se le doblaron las piernas y se precipitó contra el suelo. Cyal cayó entre los arbustos de lavanda. Eira tosió, experimentando repetidos pinchazos en los costados. Clavó los codos en la tierra y parpadeó varias veces para eliminar los puntos negros de su visión.
No podía descansar todavía.
—Cyal... —lo llamó, forzándose a levantarse.
Todos sus músculos protestaron, pero fue hacia él. Él permanecía tirado en el suelo, inmóvil. Eira inspiró con violencia al fijarse en que su pecho no bajaba y subía.
No respiraba.
—¡Cyal! —gritó, esta vez con un incontenible terror.
Se dejó caer de rodillas junto a él y lo cogió de la muñeca, buscando el pulso. Estaba ahí, pero era leve, muy leve. Tenía que actuar deprisa.
Trató de calmar sus propios nervios para centrarse en lo que necesitaba Cyal. Puso una mano en la frente del joven y echó su cabeza hacia atrás, tensando el cuello. Con la otra mano le tapó la nariz. Presionó su boca contra la de Cyal, insuflando aire a sus pulmones.
Se separó y esperó unos segundos antes de repetir el proceso.
Sopló aire durante otros dos segundos y se apartó.
—Vamos, vamos, vamos —murmuró casi sin darse cuenta, mientras contaba en su mente los segundos necesarios antes de juntar sus bocas de nuevo—. Por favor...
El pecho de Cyal se elevaba cada vez que ella soplaba, tal y como Khait le había enseñado en su día que debía ocurrir. Pero pasaba el tiempo y él continuaba sin reaccionar. Comprobaba el pulso en su muñeca cada vez que se separaba, ansiosa.
Presionó su boca contra la de Cyal una vez más. Sus manos ya temblaban y notaba un desagradable cosquilleo en los dedos, fruto del pánico. ¿Acaso iba a perderlo, después de todo? ¿Por qué no la había atacado Lluvia a ella?
Cuando Cyal al fin abrió los ojos, Eira se apartó de inmediato, en tensión. Él trató de respirar hondo por su cuenta y tosió. Echó el agua y sacudió la cabeza, aturdido.
Eira estaba inclinada sobre él, observándolo con consternación. De su largo pelo blanco, ahora casi gris, le chorreaba agua a la cara. Cyal tardó unos segundos en recordar lo que había pasado; varias lagunas en su mente se resistían a despejarse.
—¿Eira? —balbuceó al ver el brillo aterrado en su mirada.
A Eira le ardieron los ojos, pero no se molestó en contener las lágrimas. Estas cayeron, mezcladas con el agua, sobre las mejillas de Cyal.
—Pensaba... Temía que... —Eira calló, incapaz de hablar.
Se le partió la voz y ahogó un sollozo. Acarició el rostro de Cyal. Él subió una mano para ponerla en el brazo de Eira. Le dolía bastante el cuello, que no paraba de enviarle desagradables pinchazos a la cabeza, pero al menos había recuperado la movilidad.
—Estoy bien —dijo, aunque con cierta dificultad. Le ardía el pecho—. Tranquila.
Pero Eira, sentada sobre las piernas, seguía llorando. Había agachado la cabeza y sus hombros temblaban. Llevó las manos a las rodillas y apretó los puños.
—Vamos, Eira, no llores —dijo Cyal, afligido—. Soy muy cabezota, ¿recuerdas? —añadió en un intento de animarla—. No es tan fácil librarse de mí.
—Si hubieras muerto, habría sido mi culpa.
Cyal a duras penas alcanzó a escuchar su voz. Frunció el ceño. Gruñó por el esfuerzo, pero logró incorporarse sobre los brazos, clavando los codos detrás de él en la tierra para sostenerse. Giró la cabeza hacia ella.
—¿Cómo va a ser tu culpa, Eira? Eres quien me ha salvado.
Las lágrimas corrían por la cara de su compañera, goteando de su barbilla al suelo. Pocas veces la había visto así, tan desolada y vulnerable.
—Si hubiera matado a Lluvia de inmediato, no te habría atacado. Ha sido por mi debilidad que...
—Eh, eh —la interrumpió él, poniendo la mano en la mejilla de Eira.
Ella calló y lo observó, parpadeando con sorpresa.
Cyal suavizó la mirada—. No digas tonterías, ¿vale?
La única culpa de lo sucedido es de Lluvia.
Se aprovechó de tu muestra de compasión, algo que le concediste porque no eres una desalmada como ella.
Eira se mantuvo en silencio. Cyal suspiró y se dejó caer de nuevo, agotado. Había estado tan seguro de que no iba a sobrevivir a esa caída...
—Eira —la llamó. Pero calló, sin saber qué quería decirle exactamente.
Su mayor arrepentimiento cuando había estado convencido de que iba a morir había sido no haberle confesado lo que sentía por ella. Pero ¿cómo empezaba una conversación así, en ese momento?
Eira lo contemplaba en silencio. Su corazón todavía latía desbocado; ¡había estado tan cerca de perderlo! Era incapaz de tranquilizarse. Se inclinó de nuevo sobre él. Pasó una mano por debajo de su cabeza y acercó el rostro.
—Eira, ¿qué...? —balbuceó Cyal, con los ojos muy abiertos.
Ella acortó más y más la distancia. Su frío aliento le rozaba las mejillas. Cyal contuvo la respiración, atrapado entre los nervios y la anticipación. ¿Acaso se iba a apartar en el último momento, como había hecho la última vez?
Pero ella no se apartó.
En lugar de eso, Eira cerró los ojos y posó sus labios en los de Cyal. Al principio lo hizo con suavidad y cierta timidez. Pero ese ligero contacto bastó para desencadenar en ella una pasión tan fuerte como su desesperación. Se entregó por completo al beso.
Lo amaba. Lo amaba demasiado, tanto que solo seguiría respirando mientras él la acompañara en ese mundo.
Después de aquella aterradora experiencia, ya no era capaz de encadenar sus sentimientos.
Había tirado todos sus reparos por la borda; necesitaba demostrarle lo mucho que él significaba para ella.
Cyal tardó un par de segundos en reaccionar, estupefacto.
«Eira... ¿Me está besando?».
Dudó. ¿Se trataría de una alucinación inducida por el hecho de que casi se ahogaba? Pero notaba con estremecedora claridad la mano de Eira en su cabeza, sus finos dedos hundiéndose en su pelo, sus labios fríos y aterciopelados acariciando los suyos.
Era real.
El joven colocó una mano en la mejilla de Eira y al fin respondió al beso, cerrando también los ojos. Si era un sueño, no quiso despertar jamás. Su corazón le golpeaba las costillas como un huracán, mientras sus manos temblaban sobre el cuerpo de ella.
Era difícil de creer, pero estaba sucediendo.
Eira, la dragona inmortal que siempre se había mostrado fría e inalcanzable, lo abrazaba y besaba con un fuego de siglos. Cyal no dudó en abandonar cualquier tipo de atadura y volcar todo su cariño en los labios de ella, que, en aquel maravilloso momento, le pertenecían por completo.