Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 55. Agujas #2
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55. Agujas #2

—¿Qué ves en los mortales, Eira? ¿Qué ves en él? —Se llevó el dedo índice a sus labios pintados de rojo y ladeó la cabeza hacia a Cyal—. Es muy apuesto, lo admito, pero ¿solo por eso?

Eira no respondió. Tenía que derrotar a Lluvia cuanto antes. Cuanto más se alargara la pelea, más aumentaba el riesgo de que Lluvia lograra alcanzar a Cyal. No podría defenderlo indefinidamente en su estado.

Cyal, por su parte, notaba que el cosquilleo en su cuerpo remitía. Sentía las extremidades, aunque todavía no podía moverlas. No se confió, sin embargo. Sabía que Lluvia siempre podía clavarle otra de esas malditas agujas.

La impotencia lo carcomía. Paralizado por el veneno, solo podía observar. Confiaba en las habilidades de Eira, pero no estaba recuperada del todo. Verla ante una enemiga sedienta de venganza, dispuesta a matarla por un odio personal, era la peor forma de tortura para él.

Eira entornó los ojos cuando Lluvia llevó la mano detrás de ella. La echó hacia delante, mandando una esfera de agua en su dirección.

En vez de manipular su elemento para devolvérselo, Eira optó por agacharse y dejar que pasara por encima de ella. Evitó así también la aguja que Lluvia había ocultado en el agua, con la esperanza de que Eira se centrara en detener la bola y la aguja siguiera su camino hasta clavarse en su piel.

Lluvia gruñó.

—Veo que tu intuición no falla tanto como tu juicio.

Eira estaba tensa. Si una de esas agujas la alcanzaba a ella también, estarían perdidos. Y Lluvia lo sabía.

Su enemiga empezó a aparecer y desaparecer en distintos puntos de la plataforma, lanzando una aguja tras otra. Eira se desplazaba como un relámpago de un lado a otro, esquivando las que no iban a afectar a Cyal y frenando con escudos de hielo las que sí.

—No podrás mantener el ritmo eternamente, Eira —se mofó Lluvia.

Eira apretó los dientes. Era cierto. El cansancio iba apoderándose de ella, afectada todavía por haberse transportado con la oscuridad. Pero no podía permitirse el lujo de fallar.

No dejó que su temor la distrajera. Detectó un patrón en los movimientos de Lluvia, pues no era tan sencillo transportarse con las sombras.

Aunque al principio Lluvia se había movido a lugares aleatorios, era algo que requería un gran esfuerzo.

Realizar tantos saltos seguidos era mucho más fácil si ya tenía un camino fijo a seguir.

Y así era como había acabado desarrollando ese patrón.

«¿En serio pensabas que no me daría cuenta?».

Ella también había sido capaz de hacer eso en el pasado, al fin y al cabo.

Lluvia apareció a su derecha. Eira se agachó frente a Cyal, bloqueando la aguja con un escudo de hielo para evitar que se clavara en el tobillo de su compañero.

Sin embargo, Lluvia se materializó por encima de ella.

Movió el brazo y disparó tres agujas más.

Eira alzó las manos y dibujó un círculo en el aire, creando una ola de agua que se llevó los finos palos de metal.

«¿De dónde saca tantas agujas?», pensó, frustrada.

Era cierto que eran muy finas y fáciles de almacenar en el saco que Lluvia llevaba colgado del cinto, pero aun así parecía tener un suministro infinito.

Lluvia apareció a la izquierda. La aguja fue en horizontal, por lo que Eira pudo desplazarse a un lado para esquivarla. Ya estaba lista para frenar con un escudo de hielo la siguiente cuando Lluvia apareció de nuevo a la derecha.

Derecha. Arriba. Izquierda. Izquierda de nuevo. Pilar.

Tras experimentarlo tantas veces, tenía el patrón.

Por eso bloqueó la aguja de la derecha. Desvió las tres de arriba, esquivó la primera de la izquierda y ya estaba esperando a Lluvia con la cimitarra preparada cuando su enemiga reapareció unos metros más lejos.

Lluvia se congeló, ojiplática, al sufrir el frío metal atravesándola desde la espalda al pecho.

La aguja que pretendía lanzar cayó al suelo de piedra con un suave sonido.

Eira jadeaba por el esfuerzo de haberse transportado una vez más entre las sombras. Pero había conseguido calcularlo bien. Incluso si no había acertado en el corazón, había logrado detener a su contrincante.

Lluvia abrió la boca para decir algo, pero de su garganta solo brotó un gemido de dolor.

—Te advertí que dejaras en paz a Cyal, Lluvia —susurró Eira, con la frialdad del invierno más cruel—.

Esto es lo que sucede cuando amenazas a mis seres queridos y yo estoy delante para protegerlos.

Sé que no lo comprendes porque nunca lo has experimentado, pero el amor puede llegar a convertirse en una fuerza de dimensiones inimaginables.

El labio inferior de Lluvia tembló. Bajó la vista con lentitud, palideciendo al ver la hoja de metal emergiendo de su pecho. La sangre goteaba de la punta de la cimitarra.

Lluvia giró la cabeza con dificultad, notando el cuello rígido. Miró a Eira por el rabillo del ojo.

—¿Ei... ra...?

Le costaba respirar y apenas podía hablar. La tristeza en su voz le provocó una punzada de culpabilidad en el pecho a Eira.

—Todo habría sido diferente si no me hubieras traicionado —murmuró, afligida e incapaz de mantener la máscara de hielo. Todos los recuerdos que guardaba de su felicidad junto a ella la golpeaban sin piedad, como latigazos en su mente—. ¿Sigues sin entenderlo, Tuila?

Lluvia apretó los ojos al oír el nombre que le había dado Eira.

—Es fácil arrepentirme... cuando estoy a punto de morir —logró decir antes de ser interrumpida por la tos. Tomó una bocanada de aire que sonó rasposa. El aire no le llegaba a los pulmones—. Al menos..., ya no tendré que matarte a ti.

Lo había prolongado todo lo posible. Aunque al final se había decidido a hacerlo, en cierto modo era un doloroso consuelo saber que ya no recaería sobre ella esa tarea que tanto le desagradaba. Nunca había querido perderla. Había hecho de todo para no perderla.

Incluso si Eira no podía entenderlo así.

Eira descendió al suelo junto con Lluvia, pasando un brazo por sus hombros para sostenerla. Notaba que las fuerzas abandonaban a su enemiga, a su antigua compañera.

Había vuelto a nacer como xieri con ella. Había sido su única amiga durante mucho tiempo. La había considerado una hermana... Le había dado un nombre. De no haber sido por el General y por la Emperatriz, Lluvia no habría terminado así.

Algún día pagarían por todo el daño que habían hecho.

Eira se aseguraría de que así fuera.

Lluvia alzó la vista para mirarla. Tardaba cada vez más en llenar de aire sus pulmones. Eira la observó con pesar mientras sus ojos rojos se nublaban.

Había pensado que estaba preparada para matar a Lluvia. Que lo único que albergaba hacia ella era un profundo odio. Pero, enterrado debajo de toda la ira, su cariño por la que fue su más preciada amiga había permanecido oculto y a salvo.

Había hecho lo que debía. Lluvia había intentado matarlos a ella y a Cyal. No se arrepentía de haberse defendido. Pero eso no significaba que fuera fácil de aceptar.

—Yo también albergaba la esperanza de que cambiaras de opinión y lucharas junto a mí —murmuró.

Lluvia frunció el ceño. Eira detectó algo en su mirada que no le gustó.

—Puede... que me alegre de no... —Tosió. Apretó los dientes, manchados con sangre—. De no... tener que matarte a ti..., Eira. Pero... —Calló.

Sus fuerzas se desvanecían.

El pulso de Eira se disparó. Abrió los ojos como platos.

—¡No! —gritó, adivinando las intenciones de Lluvia.

El último acto de su enemiga fue mover el brazo hacia Cyal. Porque estaba dispuesta a matarlo a pesar de las órdenes de la Emperatriz. Ya no volvería a verla y, si no había logrado que Eira luchara de nuevo a su lado, no lo haría junto a nadie más.

Cyal estaba esforzándose por incorporarse, todavía débil por el veneno. No tuvo oportunidad de defenderse siquiera. La ola de agua lo embistió con fuerza y lo arrastró al vacío.

Un frío mortal recorrió los huesos de Eira. Lo escuchó gritar, precipitándose por la cascada.

—¡¡Cyal!!