55. Agujas
Agujas
A Eira se le revolvió el estómago al verla: su pelo azul, sus ojos rojos. Apareció en la plataforma de roca como si nada.
—Lluvia —susurró—. ¿Qué haces aquí?
Ella chasqueó la lengua. Había querido atacar por sorpresa. Se llevó una mano a la cintura e irguió la barbilla.
—Menudo recibimiento, Eira. ¿No me tenías tanto aprecio?
Eira gruñó.
—Ya no.
Cyal se situó junto a Eira, protector.
—Será mejor que te largues si no quieres salir mal parada, Lluvia —amenazó él, desenvainando la espada. Un ligero brillo cubrió la hoja.
La rabia lo consumía solo de verla. Sabiendo todo el daño que había hecho a Eira, apenas se contenía para no lanzarse hacia ella y atravesarla con su arma. Sin embargo, proteger a Eira era mucho más importante, así que no se movió de su lado.
—Con lo que me ha costado llegar hasta aquí, incluso con la Emperatriz mostrándome el camino...
—se lamentó Lluvia, cruzando los brazos.
Ladeó la cabeza y se llevó el dedo índice a los labios—.
Sería una pena marcharme tan pronto, ¿no crees?
—Dirigió sus ojos rojos hacia Cyal y esbozó una sonrisa vacía—.
Nos pillaste desprevenidos con tu luz, mortal. Esta vez será diferente.
Cyal apretó los dientes. Eira entornó los ojos. ¿Qué había planeado Lluvia?
—Estás en desventaja —dijo Eira con frialdad.
Lluvia rio.
—No lo creo. Graialan se estará encargando ya de vuestros compañeros.
Cyal tensó la mandíbula. Habían esperado a que estuvieran separados para atacar. Miró a Eira, preocupado.
—¿Puedes luchar?
Como respuesta, ella desenvainó las cimitarras.
—Veshier no te habrá curado lo suficiente —se mofó Lluvia. Extendió los brazos y materializó una lanza de hielo—. Y yo ahora soy mucho más poderosa.
—Eso está por ver —replicó Cyal, desafiante.
Eira y él se miraron entre sí y asintieron, compenetrados. Con rapidez, Eira bordeó la plataforma por la izquierda, mientras que Cyal fue por la derecha. Se impulsaron con el agua para caer sobre Lluvia. Ella soltó una carcajada y se desvaneció.
Reapareció cerca del borde del precipicio. Cyal se preguntó si le resultaría cómodo luchar con el vestido que llevaba. ¿Era simple vanidad?
Sin vacilar, salió disparado hacia ella con una estela de luz.
—Predecible —dijo Lluvia con desdén cuando apareció en un parpadeo frente a ella.
Cyal estaba a punto de cortarla con la espada cuando se desvaneció.
—¡Cyal!
Eira extendió la mano y levantó un muro de hielo detrás de él. Lluvia, que había lanzado desde el aire una oleada de extrañas agujas, vio como se clavaron en el hielo. Cyal frunció el ceño al girarse. ¿Qué era eso?
Lluvia reapareció junto a Eira. Intercambiaron golpes con la lanza de hielo de la xieri y las cimitarras de Eira, desplazándose por la plataforma.
Cyal esperó a estar seguro de que iba a dar a su enemiga y disparó una bola de luz.
Lluvia captó el movimiento por el rabillo del ojo y saltó hacia arriba, propulsada por el agua.
Bajó el brazo con brusquedad y mandó la lanza contra Eira.
Eira la golpeó con una de sus cimitarras y la partió. Ágil, miró por encima del hombro y materializó una serie de carámbanos de hielo, moviendo los dedos y disparándolos contra Lluvia. Ella estiró la mano e hizo que se estrellaran en el suelo.
Cyal cortó el aire con la espada y la onda vertical de luz fue hacia su enemiga. Lluvia apretó los dientes, desapareciendo justo antes de que pudiera rozarla.
—Tu luz es demasiado molesta —masculló al reaparecer sobre un pilar medio derruido. Sabía que si la alcanzaba tendría problemas.
—Si te largas de aquí, no te molestará más —replicó Cyal, crispado—. Tú misma.
Apretó los puños en el pomo de la espada y saltó hacia ella.
Lluvia ahogó una exclamación cuando lo tuvo a escasos centímetros en un instante.
Gruñó y estampó una ola de agua en el costado del joven.
Antes de que Lluvia pudiera seguir atacándolo, Eira fue también hacia ellos.
Lanzó una de sus cimitarras y forzó a la xieri a desvanecerse.
El arma se clavó en el pilar. Eira la recuperó mientras Cyal aterrizaba en el suelo.
Juntos, buscaron a Lluvia con la mirada.
Cyal se llevó la mano al cuello al notar un pinchazo. Su pulso se aceleró al arrancar una aguja. Eira entornó los ojos al verlo.
—Vaya, por fin lo he conseguido —celebró Lluvia, reapareciendo en el otro extremo de la plataforma. Sostenía varias agujas entre los dedos y sonreía con veneno en los labios—. Eres demasiado escurridizo.
Cyal sacudió la cabeza. La plataforma daba vueltas a su alrededor. Se tambaleó y Eira reaccionó al instante, pasando un brazo por su cintura y pegándolo a ella.
—¿Qué le has hecho? —bramó Eira mientras se volvía hacia ella.
Sus ojos iban de Lluvia a él, llenos de alarma.
Los dedos de Eira se clavaron en su costado y Cyal apenas los sintió. Aunque intentaba enfocar, el mundo seguía difuso. Las rodillas le fallaron y habría caído al suelo de no ser porque Eira lo sostuvo con fuerza.
—¿Cyal? —La voz de Eira sonó lejana.
Eira apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. El corazón le martilleaba en el pecho. No sabía qué le estaba pasando a Cyal, pero no cedería al miedo.
—¿Qué le has hecho? —le preguntó de nuevo a Lluvia, con la furia de una tormenta desatada.
—Solo lo he paralizado durante un tiempo.
Tenía que librarme de su molesta luz —contestó Lluvia con sencillez.
Soltó una carcajada al ver el terror reflejado en el semblante de Eira—.
¿Ya no eres una estatua de hielo? Cómo se nota que ese mortal es tu punto débil.
—Negó con la cabeza y puso los brazos en jarras—. Qué triste.
—No te atrevas a tocarlo —siseó Eira. La cólera vibraba en cada sílaba.
Tumbó a Cyal, que no reaccionó, con cuidado en el suelo. Se interpuso entre él y cualquier peligro, empuñando las cimitarras. Eran solo una extensión más de su voluntad: estaba dispuesta a darlo todo, incluso su propia vida, para proteger al hombre que amaba.
Miró a su enemiga. La rabia bullía en sus entrañas.
—Cuando te conocí pensé que eras distinta y especial. Ahora veo que no entiendes nada —espetó—. Nada de lo que es querer de verdad a alguien, de la alegría que brinda y también de lo que duele. No tienes ni idea , Tuila.
Lluvia retrocedió un paso, como si la hubiera abofeteado.
—¡No me llames así! —bramó—. ¿Crees que no lo sé? ¿Por qué si no hice todo lo posible para que estuvieras a mi lado? ¿Para mantenerte con vida?
—Te guiaste por tus propios intereses egoístas —replicó Eira, gélida—. No pensaste en cómo sufriría yo una vez el General matara a la familia de Khait. —Se le marcaron las venas en las sienes. Las cimitarras temblaron—. No pensaste en cómo me rompería cuando matasteis a Khait...
—¡Estabas cegada! —Lluvia estampó un pie en el suelo—. Los humanos te engañaron para que siguieras a su servicio.
Eira entornó los ojos.
—Tendría que haberme dado cuenta de que nunca me entenderías. Pero por entonces era una ingenua.
Aunque su intención era entretener a Lluvia con la conversación para dar tiempo a Cyal de recuperarse, no podía negar que hablar con ella resultaba tentador.
Decirle lo que había ocasionado, echárselo en cara.
Su traición todavía dolía como aceite hirviendo en la piel, muy fresca para ella, por mucho que hubieran pasado trescientos años desde aquel acto infame.
Lluvia contrajo los labios en un rictus de ira.
—¿Sabes lo mucho que tuve que pelear para convencer a la Emperatriz de darte otra oportunidad después de que despertaras? —protestó ella—. ¿Para pedirle que te dejara volver con nosotros? ¡Y lo hice, a pesar de que tu muerte habría significado automáticamente nuestra victoria!
Sus palabras no conmovieron a Eira.
—Cuánto lo siento.
Cyal, que poco a poco escuchaba de nuevo con claridad, no pudo evitar sentirse orgulloso de ella. No estaba permitiendo que el enfado la arrastrara; hasta había aprendido de él a responder con sarcasmo.
Lluvia apretó los puños.
—Si no estás de nuestro lado, de mi lado, no mereces vivir.
Salió disparada hacia ella, materializando otra lanza de hielo. Eira no la esquivó, pues no dejaría expuesto a Cyal, que yacía en el suelo detrás de ella. Frenó el golpe cruzando las cimitarras delante del pecho y aguantó el impacto sin problema.
Los ojos de Lluvia quedaron a la altura de los suyos, dos pares de ojos rojos. Vio la chispa de cólera en ellos, pero también el peso del dolor.
—Quizá fue mi culpa por no traerte desde el principio con la familia de Khait —murmuró Eira con un ápice de arrepentimiento. Lluvia solo había tenido al General de referencia—. Habrías aprendido lo que es querer a alguien de verdad.
—¡No me des lecciones ahora, Eira! —chilló Lluvia—. ¡Muere de una vez, desagradecida!
Levantó la mano que tenía libre y la hizo descender en diagonal hacia Eira. Los arpones de oscuridad que había materializado bajaron sobre ella.
Eira apartó una de las cimitarras y movió el brazo en círculo, adquiriendo el control de las sombras y disipándolas. Dado que no se derrumbó de inmediato, a pesar de haber utilizado la oscuridad para ello, entendió que el tratamiento de Veshier surtía efecto.
Lluvia maldijo al darse cuenta de lo mismo.
—Da igual que te estés recuperando. ¡Aún eres más débil que yo!
Eira ya no contestó. Le dio una patada en el pecho a Lluvia y la comandante trastabilló hacia atrás. Giró sobre un talón y deslizó la cimitarra derecha hacia la espalda de su enemiga.
Lluvia desapareció. Se materializó al otro lado de Cyal y sonrió con malicia.
Eira abrió los ojos como platos y no dudó en imitarla, interponiéndose entre ella y el joven en el último instante.
Cortó el aire con las cimitarras en direcciones opuestas, partiendo la lanza de hielo de su enemiga por la mitad.
Experimentó el desagradable ardor por dentro al usar su poder, pero era tolerable. Su respiración se volvió más pesada. Apretó los dientes, forzándose a ocultar la fatiga.
Lluvia enarcó una ceja. Saltó hacia atrás y la estudió.