Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 54. Determinación #2
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54. Determinación #2

Aterrizó deslizándose en la tierra junto a Arash.

Resolló, tratando de recuperar el aliento.

Sus pulmones protestaban por el esfuerzo.

Comprobó por el rabillo del ojo que el pecho de Arash subía y bajaba.

Él permanecía con los ojos apretados, la mandíbula tensa y la mano presionando la herida en el abdomen.

Thaydra parpadeó repetidamente. Le ardían los ojos. En el fondo sabía que no había nada que hacer. Sabía que ella no era suficiente.

Era demasiado débil.

A diferencia del enfrentamiento contra Lluvia meses atrás, Arash no podría salvarla.

—Ríndete, princesita, y te daré una muerte rápida —le ofreció Graialan.

Su voz se escuchaba desde arriba. Lo divisó en lo alto de la roca en la que había aparecido por primera vez, agachado y estudiándola con aire divertido, como un depredador a su presa.

Sus ojos escarlatas relucían en la oscuridad—.

Te ahorrarás bastante sufrimiento si me lo pides.

Pero Thaydra no iba a darse por vencida, por mucho que sus intentos de acabar con el enemigo fueran en vano. Era el enlace de Arash. Tenía que demostrar que podía ser fuerte. Tenía que demostrarle que podía confiar en ella, depender de ella.

No iba a fracasar.

—Esa no es una opción —declaró con fiereza, lista para enfrentarse al siguiente ataque.

Graialan se encogió de hombros.

—Como quieras.

Y reapareció delante. Thaydra ahogó una exclamación, frenando la espada con la hoz. Consiguió alzar la pierna envuelta en llamas, forzando a su enemigo a echar la barbilla hacia atrás para esquivarla. Thaydra golpeó la espada con precisión y desarmó al xieri.

Pero Graialan era un arma en sí y no se detuvo: envolvió un puño en electricidad e hizo que impactara en la espalda de la joven. A Thaydra se le cortó la respiración. Soltó la hoz, que se precipitó, perdiéndose en la lavanda.

Tosió y escupió sangre. Graialan volvió a aparecer frente a ella. Blandió un puñal, listo para deslizarlo por su cuello.

Si ella moría, Arash quedaría indefenso. Por no decir que el mundo entero estaría condenado.

«No voy a fallar».

Logró, a duras penas, echarse hacia atrás. Gruñó cuando la cuchilla le rasgó el rostro, arañándole la frente. Graialan agrandó los ojos al ver que había reaccionado; estaba convencido de que no sería capaz de hacerlo.

«Voy a demostrar que puedo ser fuerte».

Thaydra se abalanzó sobre su enemigo con un grito de guerra. Envolvió los puños en fuego y se aferró a su cuerpo, empezando a abrasarle la piel.

Graialan cayó al suelo con Thaydra encima de él. Se retorció, siseando. El calor de las llamas lo mordía como una jauría hambrienta.

—¡Aparta! —bramó. Las manos de la chica, abrazada a él, se hundían en sus costados, atravesando ya la carne. Graialan profirió un aullido del dolor.

Alzó el puñal y lo clavó en la espalda de Thaydra.

Pero ella, aunque gritó, no se movió. Thaydra dedicaba toda su energía a seguir aferrada al xieri, con el ojo derecho cubierto por la sangre que fluía de su frente.

Llevaba tanto tiempo con los hombros en tensión que se le habían adormecido.

Rechinaba los dientes con furia, forzándose a contener la agonía que brotaba desde su espalda.

—¡Maldita humana! —vociferó Graialan, desesperado. Olía a carne quemada y las llamas se extendían voraces por todo su cuerpo—. ¡Suéltame! ¡Suéltame!

«No voy a rendirme».

Graialan extrajo el puñal, solo para clavárselo de nuevo.

Thaydra gruñó, pero fue de la rabia. Aquel xieri había atacado a Arash.

Lo había dejado en el suelo moribundo, y ella no iba a mostrarle ninguna piedad.

Haría que pagara por ello. Iba a enseñarle el dolor que había provocado: a Arash, a ella y a su familia.

No lo soltaría hasta calcinarlo por completo, como el palacio de Drethol.

Por desgracia, Graialan liberó una onda de oscuridad. Thaydra gritó y salió volando por los aires. Cayó con un golpe seco junto a Arash, de donde no se movió.

«He fallado».

Ya no le quedaban fuerzas. No sentía las extremidades. Le costaba respirar. Todo lo que veía era un torbellino confuso de manchas violetas, rojas y negras.

—Princesa...

Apenas escuchó la voz rota de Arash detrás de ella. Divisó la imagen desdoblada de Graialan en la distancia, rodando entre los arbustos para apagar el fuego en su cuerpo. Le pareció oír el graznido de Azer en la lejanía.

Arash había expulsado la oscuridad, pero la victoria sabía a derrota. La vida se le escapaba, la sangre fluía sin control. Con la energía reducida a un frágil hilo, solo podía observar, impotente. Sin embargo, se arrastró hacia Thaydra. Hizo todo lo posible para llegar hasta ella.

Cada movimiento era una punzada ardiente.

Cuando la alcanzó, la imagen lo golpeó: su espalda estaba desgarrada, empapada de carmesí.

La envolvió en sus brazos y la atrajo hacia su pecho.

El miedo entró en él como una segunda puñalada, porque algo más peligroso que la oscuridad lo desbordaba: el terror a perderla.

El olor a hierro la rodeaba. Thaydra permanecía con los ojos cerrados, ajena a Arash y a su súplica silenciosa mientras la sangre se deslizaba por sus labios entreabiertos.

—Thay —susurró él, forzando la voz pese a los lacerantes pinchazos. Ni el sufrimiento de su propia herida superaba el que le provocaba ver a Thaydra así—. Tienes que aguantar.

El fracaso lo aplastaba. En un descuido, había permitido que Graialan lo apuñalara.

Ni siquiera él, un dragón milenario, había sido capaz de acabar con el xieri.

Thaydra, con su entrenamiento incompleto, no había tenido ninguna posibilidad.

Había aguantado más allá de lo imaginable solo para protegerlo.

Arash la apretó contra él. La culpa le quemaba el pecho. Thaydra era su responsabilidad. Cada latido era un recordatorio de lo cerca que estaba de que ella se apagara para siempre. Un frío implacable se instalaba en sus huesos.

Graialan se levantó. Resollaba, enfurecido. La situación había dejado de ser un juego: ya no habría piedad.

—Tu princesita va a pagar por lo que me ha hecho, Arash —espetó, avanzando hacia ellos. Casi soltaba chispas por la boca.

Arash tensó la mandíbula. Luchó por levantarse, pero su cuerpo se rebelaba contra él. La consciencia se le escurría. Aun así, se negaba a soltar a Thaydra.

Su mundo entero estaba entre sus brazos.

Un rugido hizo alzar la vista a Graialan. Una dragona rosa y verde se acercaba por el aire. Ya descendía sobre él.

El xieri apretó los dientes. Aunque no se había transformado en dragón, Veshier había acabado por detectarlo.

—Tendré que guardarme mi venganza para otro momento —masculló doblemente dolido y desapareció.

Arash sucumbió a la oscuridad.