Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 54. Determinación
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54. Determinación

Determinación

—¿Sobre qué quería hablar Eira? —preguntó Thaydra.

Los racimos de glicinias se interponían muchas veces en su camino y debía apartarlos con las manos para que no se le engancharan en el pelo o le arañaran la cara. Juntos, ella y Arash caminaban por el bosque.

—Quería saber cómo era el proceso de reparación del núcleo —contestó Arash con sequedad. Esperaba que así Thaydra no quisiera indagar más sobre esa cuestión.

Por suerte para él, ella aceptó su respuesta y asintió.

—Tiene sentido. Eira no recuerda nada.

Disimuló un bostezo, agotada de entrenar todo el día. Sus músculos protestaban por las agujetas y lo que más deseaba era dormir. Estaba impaciente por volver, preparar la cena y tumbarse para descansar. Pero primero tenían que cazar algo en aquel bosque sospechosamente silencioso.

Arash se detuvo y frunció el ceño. Thaydra se paró a su lado, extrañada por la pausa.

Él agarró la muñeca de Thaydra y tiró de ella, saltando hacia atrás con brusquedad.

Desde todas las direcciones, salieron disparadas cuchillas que se clavaron en el suelo donde ellos habían estado un segundo antes.

Thaydra aterrizó junto a Arash y jadeó, con el pulso descontrolado.

No estaban hechas de metal. Eran rojas: drialita imbuida con oscuridad. Un aura oscura emanaba de ellas.

Escucharon una risa burlona. Thaydra palideció.

—Me habrías decepcionado si hubieras caído en la trampa, Arash —comentó Graialan. Divisaron al comandante xieri en lo alto de una roca, oculta por las glicinias que trepaban por ella—. Pero todo habría sido mucho más fácil.

Arash apretó los dientes. Una de las cuchillas de drialita le había hecho un corte en el brazo izquierdo. Era superficial, pero su oscuridad le afectó igualmente. No podría transformarse en dragón.

—Rayo. En esta preciosa noche, tu cara era lo último que me apetecía ver.

Tenía la esperanza de que el xieri tampoco se transformara. Si lo hacía, todos los dragones que hubiera cerca lo detectarían y saldrían a cazarlo.

—Una pena —se burló Graialan—. No te preocupes, no tendrás que verla mucho más rato.

Desapareció. Thaydra giró sobre los talones y alzó un muro de fuego, abrasando ligeramente al xieri cuando se materializó a sus espaldas. Graialan reapareció unos metros más lejos, meneando la cabeza.

—Cada vez eres más rápida, princesita —masculló.

Arash gruñó al escucharlo referirse a Thaydra de esa forma y empuñó la hoz. Graialan rio.

—¿Qué pasa, Arash? ¿Celoso? —lo provocó.

Arash salió disparado hacia él, pero solo acabó cortando el aire con su arma.

Thaydra frenó el rayo disparado por el xieri y se lo devolvió. Él ya había vuelto a desaparecer, por lo que la electricidad solo chamuscó el tronco de un árbol. El olor a quemado llenó el ambiente.

—Veo que sigues luchando como un cobarde —protestó Arash, mirando en derredor.

Rotó y detuvo la hoja de la espada de drialita con la de su propia hoz.

—Solo aprovecho mi ventaja como xieri —replicó su enemigo al aparecer. Sonrió con un deje siniestro—. ¿Nunca has pensado en convertirte en xieri, Arash?

—Jamás —bramó él. Apretó los dientes por el esfuerzo. Graialan, con su fuerza aumentada, le haría perder terreno si no tenía cuidado.

—Una pena. Habría sido bonito ser compañeros. Así solo acabaré matándote en uno de nuestros encuentros.

Arash bufó.

—Sigue soñando, Rayo.

—No conseguiste acabar conmigo durante la guerra del Alzamiento —dijo—. Y no lo conseguirás ahora, cuando soy más poderoso cada día gracias a la Emperatriz.

Desapareció para que no lo atravesaran las cuchillas lanzadas por Thaydra. Azer había aprovechado el breve choque entre Arash y Graialan para volar alto en el cielo, permitiéndole a Thaydra respirar más tranquila. Le daba miedo que el cuervo fuera herido en cualquier ataque.

Ella saltó a un lado para esquivar una bola de sombras.

Esta chocó con el suelo, marchitando al instante los arbustos de lavanda que crecían alrededor.

Disparó varios proyectiles de fuego. Graialan se desvanecía una y otra vez para esquivarlos.

Arash también intentaba acertar con rayos y cuchillas de metal, pero era inútil.

Graialan cruzó los brazos en el pecho y los extendió, liberando una rápida onda de bruma negra. Arash y Thaydra saltaron por encima para esquivarla.

Pero Arash intuyó su estrategia.

—¡Cuidado! —le gritó a Thaydra.

Thaydra palideció cuando Graialan apareció delante de ella mientras estaba todavía en el aire. Iba a repetir su estrategia del pantano, y esta vez no tenía a Eira para salvarla. La espada bajaba hacia ella.

Arash embistió a Graialan, seguido de una estela de electricidad. Los dos cayeron al suelo con dureza y rodaron entre la lavanda. La espada del xieri salió volando.

Pero Arash se petrificó. Algo frío le había atravesado el abdomen.

Abrió los ojos como platos. Su respiración se interrumpió.

—Sabía que la protegerías —dijo Graialan con sorna. Retorció la daga de drialita y Arash ahogó una exclamación—. Y que quedarías expuesto.

Thaydra jadeó al ver a Arash inmóvil, con Graialan encima de él. Era difícil para ella distinguir qué había pasado en la oscuridad de la noche, pero tenía un mal presentimiento.

Se le heló la sangre al escuchar el grito desgarrador de Arash. La oscuridad había empezado a quemarlo agresivamente por dentro.

—¡Arash!

Se precipitó hacia ellos, presa del pánico. Graialan ya alzaba el brazo con otro puñal para clavárselo en el pecho. El corazón de Thaydra golpeaba con tal violencia que dolía, pero nada la detuvo.

—¡No! —gritó con todas sus fuerzas.

Adquirió el control de la hoz de Arash y la lanzó hacia arriba con rapidez. Graialan tuvo que desaparecer para no ser atravesado.

La sangre que empapaba la camisa gris de Arash le arrebató el color del rostro a Thaydra. Inspiró de golpe al identificar el puñal hundido en el abdomen. Se quedó paralizada por un instante. Las rodillas le flaquearon, a punto de derrumbarse junto a él. Pero la batalla no había concluido.

Se volvió con la adrenalina ardiéndole en las venas y atrapó el rayo con el que Graialan pretendía alcanzarla por la espalda.

Arash luchaba por respirar. Tenía los ojos apretados.

Todo lo que oía le llegaba deformado, como si estuviera ahogándose bajo el agua, mientras que su sangre se había convertido en un incendio devastador.

A duras penas encontró la empuñadura del puñal para tirar de él, mordiendo con tanta rabia que el sabor metálico de la sangre le inundó la boca.

Sin la hoja de tapón, la hemorragia se desataría.

Pero la oscuridad que emanaba de la drialita lo estaba consumiendo. Era veneno.

Thaydra escudriñaba el entorno con movimientos frenéticos. Debía anticiparse a su enemigo, pero cada fibra de su cuerpo clamaba por volver la vista hacia Arash para comprobar que seguía vivo.

El miedo a perderlo era mayor que cualquier otra cosa.

Él yacía retorciéndose en la tierra, prisionero del dolor y la oscuridad que lo devoraba sin tregua mientras la sangre escapaba. Su respiración era un jadeo desesperado que la desgarraba. Y Graialan, incansable, la hostigaba sin pausa e impedía cualquier intento de ayudarlo.

—¡Lárgate! —chilló, enfurecida.

Disparó un rayo a las ramas de glicinias en las que apareció por un instante. Las flores cayeron chamuscadas al suelo. Las gotas de sudor bajaban por su rostro. La tensión la estrangulaba. Graialan jugaba con la cruel certeza de la ventaja: solo debía distraerla hasta que Arash muriera.

Después, la reclamaría a ella.

«Tengo que proteger a Arash —se dijo, apretando los puños para contener el miedo—. Tengo que protegerlo...».

Pero ¿cómo?

Captó un destello por el rabillo del ojo. Graialan recogió la espada del suelo antes de desaparecer. Rápida, Thaydra atrajo la hoz de Arash a su mano. La utilizó para frenar la hoja de drialita cuando Graialan deslizó la espada hacia ella por la derecha.

Rechinó los dientes. Sus pies se arrastraron por la tierra.

—¿Tú pretendes defenderlo, princesita? —se mofó Graialan—. ¿Qué vas a hacer tú contra mí?

Era cierto. Si al menos poseyera el poder de la luz, como Cyal, quizá habría tenido una baza escondida. Pero no iba a rendirse.

—No voy a dejar que le hagas más daño —siseó ella. Sus nudillos estaban blancos de la fuerza con la que sujetaba la empuñadura.

—Tranquila, morirá él solo en un rato —dijo él para provocarla.

Thaydra luchó contra la presión que amenazaba con paralizarla y sacudió la cabeza, impidiendo que el pánico tomara las riendas. Con un grito de rabia, le dio una patada envuelta en llamas en el abdomen. Graialan gruñó por la quemadura que le había provocado.

Reapareció detrás de ella, cubierto en sombras.

Thaydra giró y chilló al recibir el azote de la masa de oscuridad.

Se estrelló contra un árbol de glicinias.

Su tronco era tan frágil que lo atravesó y cayó dolorosamente sobre la espalda, entre la lavanda.

Se le cortó la respiración y tosió, llevándose una mano al pecho.

Graialan descendía sobre ella con la espada. Thaydra rodó por el suelo y logró aspirar una profunda bocanada de aire. Se puso en pie de un salto y rotó sobre su propio eje, creando un escudo de fuego que expandió. Graialan desapareció, pero los arbustos empezaron a quemarse. La temperatura subió.

Thaydra movió los brazos y retiró las llamas de las plantas, concentrándolas en una esfera en las manos.

Buscó a Graialan con la mirada, incapaz de divisarlo en la oscuridad de la noche.

Sí vio el cuerpo de Arash tirado unos metros más lejos, pero no distinguía a esa distancia si todavía respiraba o no.

Esta distracción hizo que se diera cuenta un segundo tarde de que Graialan se había materializado a sus espaldas. Se giró e interpuso en el último momento la hoz entre ella y la espada, pero salió despedida hacia atrás.