Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 53. Al acecho
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53. Al acecho

Al acecho

La impaciencia le ganaba la batalla a Cyal. Estaba de brazos cruzados, apoyado en una de las columnas, dándose toques repetidos con el dedo índice en el brazo. Eira ya llevaba un par de horas hablando con Arash.

Había caído la noche y todavía no habían vuelto.

Veshier había subido a la plataforma a hacerles compañía.

Cyal la ignoraba, pues la dragona permanecía en silencio y tampoco sabía muy bien qué decirle.

Thaydra se había sentado en el suelo con las piernas cruzadas.

Azer estaba posado en su rodilla, aceptando los trozos de carne seca que ella le ofrecía.

«El cuervo tiene el ala herida», señaló Veshier.

Thaydra dio un respingo al escuchar la potente voz en su mente. La dragona se alzaba detrás de ella, por lo que se giró de cintura para arriba para mirarla. Las antenas de Veshier brillaban tenuemente en la oscuridad.

—Lo encontramos hace un tiempo con el ala rota —explicó, un tanto intimidada. Se forzó a no encogerse ante la intensidad de esos ojos reptilianos—. Arash y yo hemos estado cuidándolo desde entonces e intentando que se cure.

«Acércalo a mí», indicó Veshier, inclinando el cuello para que su cabeza quedara a la altura del suelo.

El corazón de Thaydra se aceleró. ¿Y si la intención de la dragona era comérselo?

Decidió ser precavida y se atrevió a preguntar:

—¿Para qué?

Veshier gruñó, irritada.

«¿Para qué va a ser, humana? —Negó con la cabeza—. No seas desconfiada. Si quisiera hacerle daño, ya lo habría hecho».

Un ligero rubor cubrió las mejillas de Thaydra.

—¿Preferirías que arriesgara la vida de Azer sin cerciorarse de tus intenciones? —replicó Cyal desde donde estaba. Su intervención sorprendió a Thaydra. Las observaba manteniendo los brazos cruzados y la cabeza agachada—. Su desconfianza me parece una virtud.

Veshier lo miró, incrédula. Al menos, no podía decir que el joven no tuviera agallas.

Devolvió la atención a Thaydra, que se había quedado rígida.

«Mi intención es curarlo. No lo ofreceré una segunda vez».

—E-está bien —balbuceó Thaydra, acalorada. Se giró en el suelo para quedar de cara a Veshier. Azer infló las plumas, receloso, y Thaydra puso una mano en su espalda—. Tranquilo, Azer, no te va a hacer daño.

Veshier acercó su rostro. Azer aleteó y graznó, intimidado.

«Silencio», ordenó la dragona, y al instante el cuervo se quedó congelado. Thaydra arqueó las cejas.

Veshier presionó el hocico en el ala izquierda de Azer. Esta se iluminó a la vez que las antenas. Pasaron unos segundos y el brillo se apagó. Veshier irguió el cuello y retrocedió.

Azer estiró las alas. Examinó su ala izquierda, emitiendo un graznido de confusión.

—Prueba a volar, Azer —lo instó Thaydra, acariciándole la cabeza.

Como si la hubiera entendido, el cuervo batió las alas y se elevó en el aire. Azer graznó, contento, y dibujó varios círculos por encima de ellos.

Thaydra dio una palmada y rio de la alegría.

—¡Es increíble! —celebró. Miró a la dragona. Sus ojos brillaban—. Gracias, Veshier.

«No es nada», dijo ella con sencillez.

Thaydra volvió a observar a Azer. Era difícil distinguir al cuervo en el cielo nocturno con sus plumas de obsidiana, pero la luz de las antenas de Veshier ayudaba a marcar su silueta.

Sintió un pinchazo en el corazón y se llevó una mano al pecho.

Se alegraba mucho de que Azer se hubiera curado y de que encima hubiera sido mucho antes de lo esperado, gracias a la intervención de la dragona.

Pero, a la vez, no estaba preparada para separarse del ave.

Le había cogido mucho cariño y esperaba que aún les quedara bastante tiempo juntos antes de que pudiera volar y seguir su camino, alejándose de ella.

Soltó una exclamación, fascinada, cuando Azer aterrizó en su hombro, inflando el pecho con orgullo.

—¡Azer! ¿No te vas?

El cuervo fijó en ella sus ojos blancos y graznó.

—Parece que ha decidido que está de maravilla contigo —comentó Cyal, divertido—. Pero tiene sentido. Has cuidado muy bien de él.

Thaydra sonrió. Acarició las plumas bajo el pico de Azer y él dejó caer los párpados, satisfecho.

—Gracias, Azer. Seguiré cuidando de ti lo mejor que pueda, ¿vale?

Cyal aprovechó el breve silencio para volver la cabeza hacia Veshier y preguntar, muy serio:

—Veshier, ¿de qué quería hablar Eira con Arash?

Al fin y al cabo, Eira había ido directa hacia Arash justo después de estar con la dragona. Pero Veshier arrugó la frente y mantuvo la atención en el agua que caía de la cascada.

«Si ella no te lo ha contado, humano, no seré yo quien lo haga».

Cyal apretó los dientes.

—Muchas gracias —masculló, sarcástico.

Veshier entornó los ojos. Antes de que pudiera reprenderlo por su tono, escuchó el ruido de pasos. Se giró en dirección al bosque de lavanda y glicinias. Cyal y Thaydra la imitaron, pues, aunque ellos todavía no oían nada, dedujeron por su reacción de qué se trataba.

Eira y Arash subieron a la plataforma, en silencio. Eira mantenía los hombros en tensión, pero al menos su semblante volvía a ser de piedra, sin rastro de enfado. Arash tenía el ceño fruncido, pero su postura era relajada.

—¡Arash! —Thaydra se levantó y fue corriendo a recibirlo, pillándolo desprevenido con su entusiasmo. La chica portaba una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Veshier ha curado a Azer! ¡Ya puede volar!

Su alegría contagió a Arash. Las comisuras de sus labios también se curvaron hacia arriba, si bien su sonrisa dejó entrever cierto cansancio.

—Sí, pero, por lo que veo, el cuervo ha decidido quedarse para seguir molestando, ¿no? —comentó con ironía Arash, ladeando la cabeza hacia el pájaro en cuestión. Este infló el pecho, como ofendido por sus palabras.

Thaydra rio, contenta.

—No seas malo. Me ha hecho mucha ilusión que Azer quiera quedarse conmigo.

Arash suavizó la mirada. Thaydra supo que fuera lo que fuera que había hablado con Eira, había sido difícil para él.

—Lo sé, princesa.

Mientras tanto, Eira se había acercado a Cyal, quien se apartó de la columna y dejó caer los brazos a los lados. La miraba solo a ella, expectante.

Eira le hizo un gesto con la cabeza para indicarle que la siguiera. Cyal fue tras ella y los dos se perdieron por la cuesta, subiendo hacia la siguiente plataforma, la más alta, arriba del todo en el precipicio por el que caían las cascadas.

Veshier los observó marcharse con una vaga y desagradable sensación en el estómago.

Había esperado que después de tantos siglos no le afectara demasiado lo que le hubiera sucedido a Zheitszoh; había contado con tiempo de sobra para ir acostumbrándose a la pérdida y asumir que, casi con toda seguridad, nunca volvería a verla.

Pero la llama de la esperanza en su interior nunca se había apagado.

Descubrir que Zheitszoh, o Eira, no recordaba nada de su vida anterior había sido un duro golpe.

Era duro aceptar que ya nunca volvería a tener la misma relación con ella, por mucho que la siguiera queriendo. Tendría que contener su instinto maternal cuando estaba cerca o solo conseguiría espantarla.

Arash señaló con el pulgar detrás de él.

—¿Qué tal si vamos mientras tanto a por la cena? —propuso, dirigiéndose a Thaydra.

Ella asintió.

Veshier los observó marcharse también a ellos. Era tan extraño ver a Arash y a Eira separados, cuando en el pasado habían sido una pareja tan unida. Pero Veshier advertía que cada uno había formado un poderoso vínculo con un humano. Y no había nada que pudiera hacer para evitarlo.

«La historia se repetirá», pensó con amargura.

Cyal y Eira se sentaron en el borde de la plataforma, con las piernas colgando en el vacío. El río desembocaba en la cascada junto a ellos, salpicando gotas de agua.

Él permaneció en silencio, con las palmas de las manos apoyadas en la roca blanca. Por muy impaciente que estuviera por conocer lo que Eira iba a decirle, no serviría de nada presionar.

Unas finas líneas se marcaban entre las cejas de Eira. Su mirada estaba baja, fija en la caída que había hasta el fondo de la cascada que terminaba en el inmenso lago. El vértigo que producía el agua desbocada hacia el precipicio no era nada comparado con el que sentía en su interior.

—Veshier era mi madre adoptiva.

Cyal giró la cabeza hacia ella con rapidez.

—¿Qué?

—Cuidó de mí, cuando era Zheitszoh, después de que mis padres murieran —prosiguió Eira. Apretó los puños en su regazo—. Pero yo no recuerdo nada. Y no sé cómo actuar con ella.

—¿Por qué? —inquirió Cyal con delicadeza.

Eira suspiró.

—Para mí, la única familia que he tenido siempre ha sido la de Khait.

Y ahora saber esto... —Negó con la cabeza—.

Veshier parece guardarme cariño; ella lo ha intentado ocultar, pero he visto la esperanza en sus ojos.

—Frunció el ceño—. No puedo darle lo que ella quiere.

Para ella sigo siendo su hija. Pero ella, para mí...

—Ah, ya veo. Tú no la puedes ver como tu madre —completó Cyal, y Eira asintió.

Cyal hizo una mueca y alzó la vista al cielo—.

Sé que las situaciones son diferentes, pero en parte te entiendo.

Me ocurrió algo similar cuando conocí a mi padre.

—Tanto Eira como él tensaron los hombros por instinto al recordar al rey de Auria—.

Él me vio de inmediato como su hijo. Yo, sin embargo, necesité algo más de tiempo para acostumbrarme.

—Y luego todo se había torcido—. Pero eso fue porque yo quería intentar establecer ese vínculo.

—Echó la cabeza hacia atrás y la ladeó para mirar a Eira—.

Si tú no deseas intentarlo con Veshier, nadie te va a obligar.

—No, no quiero —admitió ella—. No me veo capaz de entablar ese tipo de relación con Veshier, ni con nadie. Mi familia fue la de Khait. Siempre lo será.

—¿Acaso Veshier ha pretendido forzarte a ello?

—No.

—En ese caso, no te preocupes.

Eira asintió, relajando la expresión. Cerró los ojos cuando una brisa echó su largo cabello blanco hacia atrás. Cyal la observó de reojo.

—¿Sobre qué has hablado con Arash?

Eira soltó una pequeña carcajada, todavía con los ojos cerrados. El corazón de Cyal danzó con su risa.

—No vas a dejar ese tema en paz, ¿verdad?

—Ya sabes lo cabezota que soy.

—Ya... Aun así, mi respuesta sigue siendo la misma.

—No es asunto mío —adivinó, resignado.

Ante el silencio de Eira, Cyal frunció el ceño, pero no insistió.

Mentiría si dijera que no le dolía que Eira no quisiera contárselo. Pensaba que ya confiaban por completo el uno en el otro. De hecho, él confiaba plenamente en ella.

«Tendrá sus razones», se dijo, intentando no darle más vueltas.

«Sí que es asunto tuyo, Cyal —pensó Eira a la vez con amargura—. Pero no tienes por qué saberlo. Yo no dejaré que te pase nada».

Cyal oteó el bonito cielo nocturno. Buscó la estrella Radiante, divisando con facilidad el punto blanco que más brillaba de todos. Era reconfortante saber que, estuviera donde estuviera, la estrella Radiante siempre le indicaría el camino.

Eira levantó los párpados con lentitud. Crispó los dedos y entornó los ojos, aguzando el oído. El atronador ruido de la cascada dominaba el ambiente. En ocasiones, el viento removía los arbustos de lavanda y los racimos de glicinias. Pero, por lo demás, el bosque estaba en silencio...

Los animales se habían callado. Si lo habían hecho, era porque sentían alrededor la presencia acechante de un depredador.

Eira se irguió. Cyal la miró, confuso.

—No estamos solos —murmuró ella, y Cyal se tensó.