Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 52. Asuntos pendientes
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52. Asuntos pendientes

Asuntos pendientes

Cada día que pasaba, el tratamiento al que la sometía Veshier dolía menos. No se atrevía a hacerse ilusiones todavía, pero sentía que recuperaba las fuerzas.

No le daría las gracias, sin embargo, hasta que comprobara que de verdad se había recuperado del todo.

Por el momento, se limitaba a mantenerse inmóvil, sentada frente a Veshier mientras ella la iba curando. La luz que emitían las antenas de la dragona era relajante.

Solían guardar silencio. Pero, a veces, Veshier decidía hablar.

«Tienes una relación extraña con el joven humano».

Eira no dijo nada. Veshier no se sorprendió ante su falta de respuesta; ya había comprobado a lo largo de esa semana lo huraña que era.

«No recuerdo haber visto a Zheitszoh así con ninguno de sus enlaces. ¿Qué es diferente con este?».

A Eira le habría gustado responder que no era asunto suyo. Teniendo en cuenta que dependía del tratamiento de Veshier, y que Cyal había sugerido que quizá debiera ser más amable, se vio obligada a contestar:

—Es la persona más importante para mí. Es quien me ha ayudado y ha estado a mi lado desde el principio. No me ha abandonado ni cuando su vida ha corrido peligro.

«Por tanto, ¿tú también estarías dispuesta a dar tu vida por él?».

—Así es —declaró Eira, sin dudarlo.

Veshier frunció el ceño. Permanecía con los ojos cerrados, como siempre que usaba sus poderes de curación.

«¿Por qué? No es más que un simple humano».

—Para mí, Cyal es mucho más que eso —replicó Eira con un filo helado en la voz—. Me ha demostrado su fuerza, su constancia, su bondad y su lealtad.

«Pero los mortales son tan frágiles...».

Era una verdad que aterraba a Eira.

—Yo voy a estar siempre ahí para defenderlo. Mientras respire, nada le hará daño.

Veshier soltó una carcajada amarga.

«Cómo se nota que vuelves a ser joven e ingenua, Zheitszoh».

—Me llamo Eira —masculló, molesta.

«El destino intentará arrebatártelo cuando menos lo esperes. No serás feliz con un mortal».

Eira tensó la mandíbula.

—¿Acaso sabes tú algo sobre eso, Veshier?

La dragona clavó las garras en la roca.

«He vivido durante milenios. Una vez, cometí el error de viajar al continente y enamorarme.

—Gruñó y sacudió la cabeza, interrumpiendo por un instante el contacto entre ellas antes de reanudarlo.

Posó el hocico en la frente de Eira y sus antenas brillaron de nuevo—.

No he vuelto desde entonces, salvo para detener al General».

Un fogonazo de sorpresa surcó el rostro de Eira.

—No sabía que hubiera más dragones que se habían enamorado de mortales —murmuró.

Se dio cuenta de que indirectamente había admitido que ella estaba enamorada de Cyal, pero optó por no añadir nada más. Veshier rio por lo bajo, enternecida por el gesto.

«Claro que los ha habido, Eira —dijo, desconcertándola al usar esta vez el nombre que ella había elegido—. Pero nunca termina bien. Imagino que ya habrás olvidado la historia de tu compañero, Aridam, y su primer enlace».

—No conozco esa historia.

Jamás habría imaginado a Arash en la misma situación que ella. Aunque su actitud con Thaydra a veces le hacía sospechar.

«Su enlace murió reparando la energía del núcleo».

—¿Qué? —Eira la cortó, presa de un súbito pánico al escuchar estas palabras. Se puso en pie y retrocedió como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Su pulso se había disparado.

Veshier abrió los ojos ante la interrupción del contacto. Analizó la rigidez de sus hombros, el brillo aterrorizado de sus ojos, y suavizó la mirada.

«Es por eso que trataba de advertirte, Eira. No te encariñes con tu enlace».

Eira jadeó. Sacudió la cabeza. Ya era tarde para eso.

«Aridam estuvo destrozado durante siglos. Se apartó de todo y de todos. Solo gracias a ti, como Zheitszoh, fue saliendo poco a poco de su depresión —explicó Veshier. Irguió el cuello—. Cuando os emparejasteis, fuisteis felices. Ambos sois inmortales, al fin y al cabo».

—Podemos morir, igualmente —señaló Eira, recuperando la máscara gélida.

«Pero es menos probable. Y, desde luego, no es algo que sucederá con total seguridad en menos de un siglo, como pasa con los mortales —replicó Veshier con dureza—.

Todo ese amor vertido sobre un mortal, todo el sacrificio por algo que será efímero en nuestras vidas, pero nos dejará sufriendo por toda la eternidad... ¿Merece, acaso, la pena?».

Eira apretó los dientes.

—Te equivocas, Veshier —dijo, y la dragona enarcó una ceja—. Yo quisiera estar con Cyal; por él siempre merecerá la pena. Si no fuera quien soy, estaría con él.

«¿Si no fueras inmortal?».

—No. Si no fuera una xieri. Si no fuera la Muerte Escarlata. —Desvió la mirada hacia la cascada—. Él... merece algo mejor que yo.

Veshier agrandó los ojos. No era lo que había esperado.

«Eres tú la que se equivoca ahora. Pero no seré yo quien intente convencerte de lo contrario».

Eira frunció el ceño.

—Cyal ha devuelto el sentido a mi existencia —dijo por lo bajo—. Él me ha dado un nuevo propósito. Por él, por llegar a él, podría intentar aceptar mi pasado.

«No podrás protegerlo, Eira. Cuanto antes lo asumas, mejor —zanjó Veshier—. El estado del núcleo ya es delicado».

—No sabes nada —siseó Eira.

Veshier crispó las plumas.

«Puede que no. O quizá seas tú la que lo ignora todo, cegada por la venda del amor. En cualquier caso, te estoy curando porque tu presencia es necesaria para la supervivencia del mundo —advirtió—. Mide tus palabras, Zheitszoh».

Otra vez la había llamado por su antiguo nombre.

Eira gruñó casi en silencio.

—Éramos más que conocidas en el pasado —dijo, clavando sus ojos rojos en los verdes de ella—. Me has mentido.

Veshier giró la cabeza, rompiendo el contacto visual.

«¿Y qué si lo fuimos? Ya no recuerdas nada».

—Merezco saber la verdad.

«Créeme, será mejor así para las dos —replicó Veshier, aunque se filtró la amargura en su tono—. Continuemos con el tratamiento».

Eira no se movió de su sitio.

—Quieres curarme por algo más que por el hecho de ser uno de los dos dragones primordiales —dijo y cruzó los brazos—. Merezco saberlo.

Veshier suspiró con tristeza. Eira no cedería hasta obtener una respuesta.

«Cuando desapareciste hace más de tres siglos, nunca creí a aquellos que insistían en que nos habías abandonado.

—Enseñó los colmillos—. Incluso el estúpido de Aridam acabó por ceder ante la presión y, para sobrellevar la pérdida, se convenció a sí mismo de que habías huido de tus responsabilidades.

Pero yo sabía que mi Zheitszoh jamás haría algo así».

Eira retrocedió un paso, inquieta. No le gustó el brillo melancólico en los ojos de Veshier al mirarla.

—¿Qué era yo para ti? —quiso saber, impacientándose.

Veshier hizo una mueca.

«Te encontré poco después de que eclosionaras. Tu madre acababa de morir. Investigué y averigüé que tu padre también había fallecido... —Giró la cabeza hacia Eira—. Te adopté y te crié».

—¿Por qué no me lo has dicho hasta ahora?

«Porque ya no eres Zheitszoh —murmuró Veshier, hundiendo los hombros—. Ahora eres Eira. No guardas recuerdos de tu vida pasada; para ti, nosotras no tenemos ningún vínculo. Decidí que sería más sencillo así».

Eira entornó los ojos. ¿Qué debía hacer con semejante información? Era cierto lo que decía Veshier: para ella, la dragona no significaba nada. Su única familia habían sido Khait, su mujer y sus hijos.

—Arash tampoco me lo ha dicho —señaló, molesta.

Habían sido pareja en el pasado, por lo que tendría que saberlo.

«Le pedí que no te lo dijera».

Eira bajó la vista al suelo y se quedó en silencio.

El aire jugaba con su pelo y subió una mano para apartarlo del rostro.

Tras la confesión, entendía por qué Veshier había accedido a ayudarla a pesar de que era la Muerte Escarlata.

De haberlo querido, Veshier podría haberla curado solo lo suficiente para que aguantara durante la restauración del núcleo, aunque muriera justo después.

Veshier se acercó a ella. Eira le dio la espalda, encarando el agua que caía por la cascada. El sol descendía en el cielo, arrancando bonitos reflejos naranjas a las cataratas. El contraste entre la dulce luz dorada del ocaso y los nubarrones tormentosos que se formaban en su interior era evidente.

«No te lo había dicho porque no quería que te sintieras obligada a nada o que creyeras que me debes algo —dijo Veshier con delicadeza, deteniéndose a su lado—. Me conformaré solo con saber que estás bien».

Eira frunció el ceño. Seguía con los hombros en tensión.

—Te lo agradezco —dijo con sequedad. Giró sobre los talones e irguió la barbilla—. Dime. ¿Mentiste también sobre lo de Arash y su primer enlace?

«No. Solo trataba de advertirte...».

—Bien —la interrumpió con ira contenida—. Volveré más tarde.

Echó a andar.

«¿A dónde vas? —inquirió la dragona, preocupada. Eira se alejaba a paso rápido—. Tenemos que continuar tu tratamiento».

Ella apretó los puños.

—A hablar con Arash.

Bajó los escalones que llevaban a la plataforma. En el último de ellos estaba Cyal, sentado. Ya atardecía y, como de costumbre, había vuelto para esperarla después de darse un baño en el lago, como evidenciaba su pelo, todavía un poco húmedo.

Cyal se giró de cintura para arriba al escuchar sus pasos, extrañado, pues Eira solía estar con Veshier hasta el anochecer. Cuando ella pasó de largo, sin mirarlo siquiera, pestañeó, perplejo.

—¡Eira! —la llamó, levantándose y yendo tras ella. Había empezado a subir por la cuesta—. ¿Qué pasa?

—No es asunto tuyo —siseó ella, todavía con los puños apretados y la mirada fija al frente.

Cyal frunció el ceño.

—Oye, ¿qué quieres decir con eso? —replicó, dolido—. Sabes que puedes contarme...

—No —lo cortó ella con frialdad.

—¡Solo me preocupo por ti! —protestó Cyal, irritándose—. ¿A qué viene esa actitud ahora?

Eira paró en seco y lo miró por encima del hombro. Sus ojos humeaban con rabia.

—No me sigas, Cyal.

—¿Por qué?

—Esto es algo entre Arash y yo.

—¿Arash? ¿Qué ha hecho ahora? —dijo Cyal, extrañado.

Eira lo ignoró y siguió andando. Cyal fue tras ella. Estiró el brazo y la agarró de la muñeca, forzándola a detenerse.

—Cyal... —susurró Eira, sin mirarlo.

—Eira, por favor, cuéntame qué ha pasado —pidió él, acariciando la piel de su mano con el pulgar en un intento de tranquilizarla.

Eira gruñó. Su respiración se aceleraba. Solo de pensar en que Cyal podía morir si arreglaban el núcleo...

—Suéltame.

—Lo haré, si te tranquilizas primero —dijo Cyal, consternado. ¿Qué había sucedido para que Eira se alterara así?

—Cyal, no... —empezó ella, alzando la voz.

Cyal tiró de su muñeca y la giró. Eira lo miró con los ojos muy abiertos. Sin darle tiempo a reaccionar, Cyal la pegó a él y la abrazó.

—Sea lo que sea, no pasa nada —dijo—. Respira hondo, por favor.

Eira sintió que, arropada por la calidez de sus brazos, la ira se disipaba. Cyal llevó una mano a su cabeza y ella obedeció, tomando una profunda bocanada de aire. Pasaron los segundos y Cyal percibió que desaparecía la tensión en sus hombros.

—Gracias —dijo él con una pequeña sonrisa—. ¿Me contarás ahora qué ocurre?

Eira exhaló con lentitud. Cyal se apartó para mirarla y ella echó de menos estar abrazada a él.

—Es algo que no puedes saber —dijo en un tono más suave—. Por lo que espérame aquí, ¿de acuerdo?

Cyal cruzó los brazos.

—¿Puedo fiarme de que no vas a matar a Arash? Es un poco molesto en ocasiones, pero lo necesitamos para salvar el mundo —bromeó, en un intento de relajar el ambiente.

Eira se quedó en silencio. Cyal reprimió un escalofrío. Se aclaró la garganta.

—Bueno, te acompaño hasta él, ¿vale?

Eira no protestó y, en silencio, reanudaron la marcha, esta vez caminando en paralelo. Subieron por la cuesta hasta llegar casi arriba del todo. Escucharon los sonidos metálicos de Arash y Thaydra intercambiando golpes con las cuchillas. Seguían entrenando.

—Arash —bramó Eira con fuerza, adentrándose en la plataforma. Arash y Thaydra se detuvieron para mirarla, esta última resollando y con las mejillas rojas por el esfuerzo. Eira clavó sus ojos en el hombre—. Tenemos que hablar.

Arash enarcó una ceja. Se irguió y se llevó una mano a la cadera.

—¿Y no puede esperar? Porque, como verás, estoy un tanto ocupado.

Eira se plantó delante de él. Arash se quedó rígido al ver el hielo en su mirada.

—Vamos a hablar. Ahora —espetó ella con frialdad.

Arash tuvo un mal presentimiento ante la actitud gélida de Eira. Supuso que lo mejor sería no irritarla más haciéndola esperar.

—Está bien, está bien —accedió, alzando las palmas de las manos—. Te sigo.

Eira entornó los ojos. Dio media vuelta y echó a andar. Arash, resignado, fue tras ella. Le dedicó una breve mirada de disculpa a Thaydra, que no entendió nada de lo que acababa de ocurrir.

Los observó marcharse y a duras penas reprimió un respingo cuando Cyal apareció a su lado. Había estado tan centrada en Arash y Eira que no se percató de que él iba hacia ella.

—¿Qué tal tu entrenamiento, Thay? —le preguntó Cyal.

Thaydra parpadeó varias veces.

—Bien, supongo. He empezado a sentir músculos que ni siquiera sabía que tenía. —Sacudió la cabeza—. ¿De qué quiere hablar Eira con Arash?

Cyal hizo una mueca.

—Eso me gustaría saber a mí.