51. Confianza
Confianza
Thaydra se agachó, esquivando el puñetazo envuelto en electricidad de Arash. Estiró los dedos y echó la mano hacia delante, robándole la electricidad y lanzándola a los pies del hombre.
Arash saltó hacia atrás.
Thaydra frunció brevemente el ceño al ver que la roca blanca de la plataforma quedó chamuscada. Se tendría que preocupar por ello más tarde, pues Arash ya cargaba de nuevo contra ella.
Se desplazó a la derecha y evitó la patada. Arash extendió el brazo y varios cuchillos volaron hacia ella a gran velocidad. Thaydra abrió los ojos como platos, pero logró subir la mano y detenerlos en el aire.
—¿Vas a dedicarte todo el tiempo a esquivar y bloquear, princesa? —la provocó Arash, alzando la voz para que ella lo escuchara por encima del atronador ruido de la cascada.
Practicaban en una de las plataformas más altas, junto a las cataratas. En alguna de las que había más abajo estaba Veshier con Eira, mientras que Cyal entrenaba en otro lugar por su cuenta.
Thaydra apretó los dientes. A pesar de que ya llevaban así una semana, todavía era difícil adelantarse al rápido pensamiento de Arash; encadenaba un movimiento tras otro sin dudarlo. Sus milenios de experiencia eran evidentes.
Ella siempre palidecía en comparación.
Movió el brazo y creó un círculo de fuego. Lo envió contra Arash y, al verlo saltar, estiró la otra mano y disparó un rayo del dedo índice. Eso le puso los pelos de punta, pues todavía recelaba un tanto de la electricidad.
Arash le devolvió el rayo. Thaydra lo atrapó en el puño y lo concentró en una pequeña bola que disparó. Arash saltó por encima. La esfera se estrelló contra la cascada y Thaydra se encogió cuando el agua se electrificó.
—Espero no haber electrocutado ningún pez —murmuró con una mueca.
Arash rio.
—Tarde para arrepentirse, princesa. ¡Atenta!
Thaydra soltó una exclamación al notar el viento revolverse tras ella y echar algunos mechones de su pelo hacia delante. Se agachó en el último momento y las cuchillas volaron por encima de su cabeza. Palideció.
—¡Arash!
Él sacudió la mano, despreocupándose.
—Sabía que lo ibas a esquivar.
Thaydra gruñó.
—Te diviertes en exceso conmigo —dijo ella, con gesto de falso enfado.
—Lo pones demasiado fácil, Thay —replicó él. Extendió una mano y le hizo una señal para que fuera hacia él—. Adelante, demuéstrame que ha servido de algo esta semana.
Thaydra se irguió y respiró hondo. Guiñó un poco los ojos, pues el sol de mediodía brillaba con fuerza sobre ellos. Desenganchó el puñal y lo hizo flotar hacia arriba.
—Vas a arrepentirte de eso —dijo ella con una sonrisa, flexionando las piernas.
Arash soltó una carcajada.
—Me gusta esa actitud.
Thaydra se lanzó hacia delante. Se elevó propulsada por el fuego en los pies y rotó en el aire. Con un brazo hizo girar el puñal a su alrededor y con el otro llevó las llamas a la mano. Mandó la llamarada contra Arash.
Arash se desplazó a la izquierda y esquivó el fuego.
Pero tuvo que reaccionar rápido para frenar el puñal que vino a continuación porque Thaydra no se detuvo.
Siguió avanzando hacia él a la vez que Arash retrocedía, esquivando un cuchillo tras otro.
Las hojas de metal se clavaban en la roca con fuerza.
—Demasiado lenta, princesa —se burló Arash. Aunque la verdad era que Thaydra había mejorado mucho su velocidad.
Ella ahogó una exclamación al parpadear y ver que Arash había desaparecido. Se le erizó el vello por la electricidad estática en el ambiente. Giró sobre los talones y bloqueó un puñetazo. Le asestó una patada en el pecho a Arash y lo usó para impulsarse. Saltó hacia atrás con una voltereta.
Cruzó los brazos delante de ella al aterrizar y frenó el siguiente puñetazo, aunque sus pies resbalaron hacia atrás sobre la roca. Jadeó, tratando de recuperar el aliento. Ya llevaban varias horas, pues habían empezado en cuanto el sol asomó por el horizonte. Y todavía quedaba bastante día.
Azer observaba, curioso, desde lo alto de una de las ramas de glicinias. Ladeaba la cabeza a un lado y a otro, siguiendo sus movimientos.
«¿Cómo era capaz Cyal de entrenar todo el día con Eira?», pensó Thaydra, exhausta. Arrastraba, además, las agujetas de los días anteriores. Se limpió el sudor de la frente y eso le impidió bloquear la patada de Arash.
Gimió del dolor al caer con fuerza sobre el costado izquierdo en el duro suelo de roca.
Arash se detuvo.
—¿Estás bien? —le preguntó, agachándose a su lado con el ceño fruncido.
Thaydra se sentó y evitó mirarlo, avergonzada.
—Yo... Sí —murmuró, pero la presión en el pecho no hacía más que aumentar. No progresaba suficientemente rápido y todavía se cansaba demasiado deprisa.
—Descansemos un poco —decidió Arash, poniéndole una mano en la espalda.
Thaydra se mordió el labio inferior. Aunque Arash había dicho al principio que no habría descansos, al final siempre cedía por ella. Ella apartó su brazo.
—No.
Arash arqueó una ceja.
—¿No? —repitió, incrédulo. Se inclinó para observar mejor el rostro de Thaydra. Lo tenía rojo por el esfuerzo.
Thaydra se levantó. Sacudió los pantalones del polvo de la roca y respiró hondo. Arash también se incorporó, todavía con el ceño fruncido.
—No deberías pasarte, princesa —le aconsejó, cruzando los brazos.
Thaydra sabía que Arash solo lo decía porque se preocupaba por ella, pero no podía evitar sentir que la razón por la que él tenía que reajustar el entrenamiento una y otra vez era por lo débil que era ella. No quería decepcionarlo. Ni decepcionarse a sí misma.
—Puedo seguir —dijo, aportando a su voz toda la fuerza que pudo. Se alejó unos pasos y lo encaró.
Arash suspiró pesadamente.
—Como desees.
Continuaron entrenando durante un par de horas más. Thaydra acabó varias veces en el suelo, pero se levantaba de inmediato, lista para continuar. Arash paró, sin embargo, al ver que las rodillas de la chica temblaban a causa del esfuerzo.
Cuando su respiración se volvió laboriosa, impuso el fin del entrenamiento.
—Ya basta, princesa —dijo, recogiendo sus cuchillos—. Hagamos un descanso para comer.
—Puedo seguir —replicó ella, con una mano en el pecho. Le ardía con cada bocanada de aire.
Arash entornó los ojos.
—No, no puedes —declaró con dureza.
Thaydra se encogió por la punzada en el corazón. Era demasiado débil.
—Claro que puedo... —insistió, dando un paso hacia él.
Se detuvo cuando su visión se llenó de puntos negros. De repente, el calor en el ambiente le pareció excesivo; la luz del sol la abrasaba por dentro y un intenso pitido bloqueó sus oídos. La plataforma dio vueltas a su alrededor y se tambaleó.
Jadeó al caer de espaldas en los brazos de Arash, que se había desplazado a su lado, adivinando lo que iba a pasar.
—No, no puedes —repitió él con más suavidad. Apartó los mechones de pelo pegados a la frente de Thaydra—. Has sobrecargado tu cuerpo.
Ella abrió la boca para hablar, pero acabó tosiendo. Sus pulmones protestaban por el esfuerzo.
Arash descendió hacia el suelo, ayudándola a sentarse para recobrar la estabilidad. Sorprendió a Thaydra al sentarse detrás de ella y poner las manos en sus hombros, recostándola sobre él. Thaydra se quedó con los ojos fijos en el suelo y el rostro rojo como un tomate.
—No quiero decepcionarte —murmuró, avergonzada.
—Nunca has sido una decepción, princesa. Sigues avanzando al ritmo adecuado.
Ella lo observó tímidamente por el rabillo del ojo.
—¿Sí?
Sopló una brisa más fuerte que las demás, arrastrando gotas de la cascada. Thaydra agradeció el agua en la piel, traía un frescor que en verdad necesitaba.
—Sí. Por lo que no te agobies tanto, ¿de acuerdo?
Thaydra sonrió, más relajada. Arash siempre sabía qué decir para que se sintiera mejor. Por mucho que ella no pudiera dejar de pensar que debería avanzar más deprisa, al menos tenía el alivio de que él no creía que fuera así.
Echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el pecho de Arash, y suspiró. No estaría tan preocupada si no fuera porque los xieri no iban a detenerse. Continuarían atacándolos y ella deseaba más que nada estar a la altura.
Arash liberó la tensión en los hombros al ver que ella se había tranquilizado. La observó en silencio. Apreciaba que Thaydra estuviera dispuesta a darlo todo en el entrenamiento, pero no toleraría que se arrojara a límites innecesarios.
Al pasar los segundos, la respiración de Thaydra se suavizó, adquiriendo un ritmo lento y pausado.
Arash sonrió, atrapando uno de sus cortos mechones de pelo negro entre los dedos. Se había quedado dormida.
—Vaya —dijo, aunque ella no lo iba a escuchar—. Al final he conseguido que descanses, aunque haya sido en contra de tu voluntad, ¿eh?
Alzó la vista al cielo despejado. El viento esparció el aroma de la lavanda y las glicinias. El ruido atronador de la cascada, que tan relajante le resultaba, no cesaba. Cerró los ojos, dejando que el sol bañara su rostro. Tenía a Thaydra en sus brazos, recostada en él.
Ojalá todos los días hubieran podido ser así.
Inclinó la cabeza y apoyó la mejilla en el pelo de Thaydra. Olía a una mezcla de tierra, lavanda y humo, esto último algo muy común en los afines al fuego.
Admiraba lo mucho que se esforzaba. Pero le habría gustado que se diera cuenta de que su valía no se reducía solo al combate.