Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 50. Territorio
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50. Territorio

Territorio

Había caído la noche. Veshier no terminó de hablar con Arash y Eira hasta el atardecer. Para alivio de todos, había confirmado que curaría a Eira, aunque llevaría su tiempo.

Eira estaba sentada en la plataforma de roca blanca, a solas con Veshier.

Arash y Thaydra se habían marchado a dar un paseo y Cyal se había quedado cerca para esperar a Eira, siempre atento. Se aseguraba de no perderla de vista.

Veshier permanecía delante de Eira, sentada sobre los cuartos traseros. La dragona entrecerraba los ojos.

«Es difícil asociarte a Zheitszoh sin verte en tu forma de dragón», dijo.

Eira no respondió.

«Y también con esa actitud que tienes —rezongó Veshier—. En cualquier caso, comencemos».

Eira la sorprendió al hablar:

—¿Le tenías aprecio a Zheitszoh?

La mujer no había variado su postura. Estaba sentada sobre las piernas, con las manos en el regazo, la espalda perfectamente erguida y los hombros rectos.

Veshier torció el gesto.

Había sido fácil entenderse con la cálida Zheitszoh. Aridam, en cambio, siempre había sido muy irritante con sus exigencias.

«Ni tú ni Aridam contabais con muchos amigos entre los dragones, puesto que vuestros letargos os impedían conservar las relaciones de amistad con facilidad. No éramos exactamente amigas, pero nos llevábamos bien».

Eira detectó cierta amargura en su tono. Percibía que había algo más que no le estaba diciendo. Pero no presionó.

Las antenas de Veshier se iluminaron. Inclinó la cabeza hacia Eira, que siguió inmóvil.

«Comencemos. Solo te dolerá un poco», le indicó antes de presionar el hocico contra la frente de Eira. Cerró los ojos y se concentró.

Eira enseguida empezó a notar un molesto ardor en su interior. Sin embargo, era tolerable. No era nada en comparación a cuando había estado a punto de perder la vida. Se limitó a tensar la mandíbula, apretar los puños y permanecer en silencio.

«Crear un xieri a partir de un dragón... —dijo Veshier mientras trabajaba, manteniendo los ojos cerrados—. ¿Cuál era el verdadero propósito de Eyvel? Estaba claro que no podía salir bien».

Eira frunció el ceño. Prefería no bajar los párpados, pues así le era más fácil distraerse del dolor.

—Quería utilizarme. Por eso no me dejó muerta.

Había sido una decisión estratégica. Si después de asesinarla no la hubiera revivido como xieri, el poder de estabilizar el núcleo de Gaia habría ido a otro dragón. De esa manera, Eyvel la tenía controlada a ella y tenía controlada la restauración del núcleo también.

«Me pregunto quién de nosotros sería el General», dijo Veshier.

Aunque la mayoría de los dragones se conocían entre sí, pues sus largas vidas les permitían relacionarse entre ellos a lo largo de los siglos, había unos pocos que preferían recluirse.

Además, aunque eran inmortales, solo lo eran a efectos del envejecimiento: podían morir por cualquier otra causa.

Era raro que ocurriera, pero no descabellado, y muchos dragones habían ido muriendo a lo largo de los milenios.

Podría haberse tratado de cualquiera.

«Debéis ir con cuidado —prosiguió Veshier. La luz en sus antenas continuaba brillando—. Eyvel tiene apoyo en Namhad; son muchos los dragones que consideran a los draconianos una aberración y también quieren acabar con ellos, por mucho que su existencia no les afecte en absoluto. Aunque...».

Eira esperó con paciencia cuando Veshier calló.

«Creo que Eyvel no desea solo la desaparición de los draconianos. Si quiere cumplir también la venganza de los xieri sobre los humanos, si desea que el núcleo estalle para arrasarlo todo... —Veshier clavó las garras en la piedra—. Somos ya muchos dragones en Namhad».

Eira emitió un sutil gruñido. ¿Eyvel quería entregar la tierra del continente también a los dragones?

«Solo podemos reproducirnos una vez en la vida y ponemos un único huevo. Salvo si son mellizos, solo tenemos una única cría... Por tanto, nuestros números crecen despacio, pero, siendo inmortales, es inevitable que llegue un momento en el que Namhad no sea suficiente».

—¿Tú apoyarías a Eyvel? —preguntó Eira, recelosa.

«No. Puede que draconianos y humanos no sean de mi agrado; el comportamiento de los unos con los otros ha sido deplorable a lo largo de los siglos. Pero no tengo deseo alguno de ir en su contra. Mientras mi territorio esté en paz, no lucharé por ganar más terreno».

Eira relajó los hombros.

Era preocupante saber, sin embargo, que en un futuro, Eyvel podría recibir el apoyo de más dragones para tomar el continente. Por si no fuera suficiente tener que impedir que despertaran al General, ¿debían luchar contra todos los dragones?

Reprimió un escalofrío al evocar su figura. Aunque lo ocultaba bien, temía al General. Su aura de poder era opresiva, casi mortal. Eira siempre se había paralizado ante su mirada.

Al final, resultaba que tanto ella como él habían sido dragones una vez. ¿Qué había hecho que el General tuviera esa diferencia de poder sobre ella? Según Arash, Zheitszoh había sido una de las dragonas más poderosas en el pasado. Entonces, ¿qué tipo de dragón habría sido él?

En cuanto ella se curara y estabilizaran el núcleo, irían a por Eyvel y los xieri.

Una vez fallara su plan de exterminar a los humanos y a los draconianos con la explosión del núcleo, se lanzarían a continuar su expansión sometiendo todos los reinos y aldeas en su camino, aniquilándolos poco a poco.

Debían detenerlos antes de que lo consiguieran.

Si los xieri lograban despertar al General, no habría nada que pudieran hacer para evitar la destrucción del mundo tal y como lo conocían.

Arash y Thaydra paseaban por el bosque de glicinias, caminando entre los arbustos de lavanda. Arash había vuelto a su forma humana.

—Espero que estas prendas me duren más —comentó, no sin ironía, estirándose la camisa—. En Namhad no vamos a encontrar a nadie que venda ropa.

Thaydra se llevó una mano a la boca y rio con suavidad.

—Supongo que no.

—Bueno, princesa. —Arash ladeó la cabeza para mirarla con una sonrisa pícara—. Recuerdas lo que me pediste, ¿no? A partir de mañana entrenaremos durante todo el día, desde el amanecer al anochecer.

Thaydra asintió, decidida.

—Pero haremos algún descanso, ¿no? —inquirió, subiendo una mano al hombro para acariciar las plumas en el pecho de su cuervo—. Tengo que seguir con la rehabilitación de Azer.

Arash puso los ojos en blanco.

—Una hora cada día. Nada más.

Thaydra contuvo un suspiro, pero no se achantó. Una hora era mejor que nada. Sonrió.

—Me alegro de que Veshier haya accedido a curar a Eira. Aquí estaremos a salvo hasta que vayamos a arreglar el núcleo, ¿no?

Contrariado, Arash frunció el ceño. Se agachó para pasar por debajo de una rama de glicinias.

—Supongo, sí. Pero no hay que confiarse.

—Los nephrores en Namhad no se alejan del núcleo. Y los xieri no podrán llegar hasta Namhad... —replicó, confusa, y se tensó—. ¿O sí?

—¿Qué te hace pensar que Eyvel no les mostrará el camino? —dijo Arash con amargura—. Habrá que estar alerta. Al menos, espero que no nos localicen.

—Con un poco de suerte pensarán que hemos ido directos al núcleo —murmuró Thaydra. Aunque eso significaba que se enfrentarían a ellos tarde o temprano—. ¿No les aterra desaparecer ellos también?

—Eyvel habrá averiguado alguna manera de protegerse —dijo Arash. Hizo una mueca—. A ella y a los xieri.

Continuaron paseando entre las glicinias y la lavanda. Aunque ya era de noche, la luz que proporcionaba la luna llena era suficiente incluso para Thaydra.

—Te he notado un poco tenso con Veshier —comentó por lo bajo—. Y ella tampoco parecía muy amistosa contigo. ¿No sois aliados?

Arash soltó una pequeña carcajada.

—Bueno, seguro que ya has visto en algún sueño de mis recuerdos que nunca nos hemos llevado especialmente bien.

Thaydra recordó aquella reunión de dragones en la que Arash intentó convencerlos de que tomaran medidas contra Eyvel antes de que creara más xieri. Veshier fue una de las que se opuso con mayor vehemencia.

Admitiría que había esperado que el carácter de Veshier, asociada por los humanos a las cosechas y a la fertilidad, fuera más sosegado y cálido, acorde al poder de curación tan único que poseía.

—¿Qué afinidad tiene Veshier? —inquirió, intrigada.

—Es afín a la tierra y a las plantas. Pero no le gusta mucho combatir. Se especializa en curar a otros y es por eso que es tan respetada.

—¿Y cómo es que ella tiene ese poder?

—A veces nacen dragones con poderes extraordinarios que no tienen nada que ver con las afinidades —explicó Arash—.

Por ejemplo, Hereshia, que puede entregar el don de la transformación a otros.

—Se puso serio antes de continuar—: O Eyvel, que puede traer a alguien de nuevo a la vida con la drialita.

O, incluso, Eira y yo, que tenemos el poder de manejar la energía del núcleo para estabilizarla...

Thaydra se llevó una mano a la barbilla, pensativa.

—Pero no es algo que solo pase con los dragones, ¿no?

—¿Qué quieres decir?

—El oráculo es una draconiana, pero tenía el poder del tiempo.

Además del poder sobre el cristal que había aprovechado Arash para derrotar a Graialan.

—Ah, sí. Es menos común que en los dragones, pero a veces se han dado casos de draconianos con habilidades distintas.

Hubo varios segundos de silencio. Thaydra vio por el rabillo del ojo a una ardilla trepar por las ramas, lista para buscar un refugio donde pasar la noche.

—Oye, Arash, ¿y qué hay de tus padres?

Era algo que se había preguntado desde que había descubierto que era un dragón. Aunque los dragones fueran inmortales, habían nacido en algún momento, como cualquier otra criatura de Gaia.

Arash se encogió de hombros.

—Mi caso es especial; mis padres me abandonaron, por lo que desconozco quiénes son.

—Oh. —Thaydra se encogió, temiendo haberle molestado con la pregunta, aunque a él parecía darle igual—. Y... ¿los de Eira?

Arash hizo una mueca.

—El padre de Zheitszoh murió en un enfrentamiento con otro dragón antes de que yo la conociera; es la causa de muerte más frecuente entre nosotros. Su madre enfermó y falleció poco después.

—Vaya.

Aunque al menos Eira no recordara haber atravesado aquellas duras experiencias, era triste que ya no supiera siquiera quiénes eran sus padres.

—¿Y tú, Arash? —Thaydra lo observó de reojo, cruzando las manos detrás de la espalda. Azer se entretenía con uno de sus mechones de pelo—. ¿Nunca has querido averiguar quiénes son tus padres?

Arash gruñó.

—¿Por qué iba a tener interés alguno en buscar a quienes nunca se interesaron por mí? Para mí es como si estuvieran muertos. Quizá lo estén.

Thaydra lo miró, apenada. Pero entendía lo que quería decir.

Ella seguía echando de menos a sus padres.

Al rey Adair, quien, a pesar de que ella había nacido afín al fuego, nunca la rechazó, como sí había hecho la gran mayoría, y se esforzaba por estar a su lado siempre que encontraba hueco.

Y a la reina Mystral, la tercera esposa del rey, quien la había cuidado con tanto cariño.

Al menos hasta que enfermó y acabó postrada en la cama, invirtiendo sus roles.

La responsable directa de sus muertes, Karima, ya no existía. Pero todavía quedaban los comandantes xieri, junto a Eyvel.

La determinación de Thaydra no vacilaba: les harían pagar sin excepción por todo el daño que habían causado.