49. Las cataratas Lavanda #2
Thaydra sonrió al ver que Cyal había relajado la tensión en los hombros.
—La verdad es que es fácil olvidarse de lo que sucede en el resto del mundo en un lugar así —comentó Cyal.
—Ya. No me sorprende que los dragones no quieran involucrarse nunca en los asuntos de los draconianos y los humanos —murmuró Thaydra. Estiraba con cuidado el ala de Azer—. No les afectan en absoluto.
—Y parece que Namhad sería el último lugar en verse afectado por el desequilibrio de la energía.
—Es cierto. En el continente he visto sequías, huracanes, tornados, terremotos, inundaciones... Aquí, sin embargo, está todo tranquilo.
—Imagino que será a lo que se refiere Arash cuando dice que sabremos cuándo el núcleo ya esté a punto de estallar. —Cyal subió la vista al cielo despejado, en calma, con las manos en las caderas—. Cuando afecte también a Namhad.
—Sí, es lo que he pensado yo también —asintió Thaydra—. Incluso en el asunto de los nephrores. En el continente se abren grietas de energía de las que salen para alimentarse. En Namhad, en cambio, se concentran todos únicamente en el núcleo.
Cyal suspiró con fuerza.
—Normal que los dragones no quieran salir de aquí. ¿Para qué iban a ir al continente?
Era egoísta por su parte, pero también podía entenderlo.
Al fin y al cabo, si a ellos no les afectaba en absoluto, no tenían necesidad alguna de intervenir.
Cyal nunca había sentido especial aprecio por los dragones.
Antes de salir de Drethol, incluso, había estado convencido de que no eran reales, de que eran dioses inventados por los humanos para aferrarse a algo.
Al conocer a Arash, debido a ese primer encuentro tan nefasto, su opinión sobre ellos había caído en picado.
Al enterarse de que Eira era también una dragona, aunque xieri, la balanza se había equilibrado.
Cuando pensaba, sin embargo, en que los dragones habrían podido parar la guerra del Alzamiento mucho antes, sabía que no se merecían ser considerados dioses por los humanos.
Entendía que los draconianos los detestaran.
Solo Arash y Eira, Aridam y Zheitszoh en el pasado, habían intervenido en los asuntos de los mortales.
Debido a su necesidad de tener enlaces, se habían involucrado en la vida del continente.
Era por eso que Arash había descubierto las intenciones de Eyvel y había intentado convencer a sus compañeros de hacer algo al respecto.
Pero ellos, en su egoísta paraíso, se negaron a moverse hasta que ya fue evidente que el General era una seria amenaza para todos.
Los dragones vivían desconectados por completo de lo que sucedía en el continente, como lo había hecho la familia real de Drethol.
Pero se guardaría sus opiniones sobre los dragones. Después de todo, dependían de una dragona, Veshier, para que curara a Eira. A Cyal se le encogió el corazón al recordar que su abuela había venerado a Veshier, la diosa de las cosechas y la fertilidad.
Fue a sentarse junto a Thaydra en la rama. Se inclinó hacia delante para apoyar los brazos en las rodillas. Observó a su compañera de reojo, que seguía centrada en el ala de Azer.
—¿Qué piensas hacer después de todo esto, Thay?
Ella dejó el ala del cuervo y se llevó el dedo índice a los labios, pensativa.
—No lo tengo muy claro —admitió—. La única forma de vida que conocía era la del palacio.
—Cyal se contuvo para no expresar su opinión sobre eso; siempre persistiría en él cierto rencor hacia la familia real.
Thaydra miró las glicinias que tapaban en parte el cielo—.
Pero sé que quiero seguir con Arash. Y viajar por distintos sitios, ver cómo es el resto del continente...
Cyal sonrió.
—A mí me pasa algo parecido con Eira.
Hubo un silencio incómodo entre los dos. Las abejas que había estado contemplando antes Cyal pasaron cerca de ellos y Azer trató de atrapar una con el pico, sin éxito.
Thaydra miraba a Cyal por el rabillo del ojo.
—¿Qué sientes por Eira, exactamente? —se atrevió a preguntar.
Cyal fijó los ojos en la lavanda que brotaba del suelo. Sus hombros estaban hundidos. No sabía si responder era buena idea.
—¿Acaso importa lo que sienta? —murmuró—. No soy más que un humano. Y ella es una dragona. Es inmortal y...
Thaydra giró el cuello hacia él y apretó los labios. Su corazón latió más deprisa.
—Veo que sientes lo mismo que yo —admitió por lo bajo.
Cyal enarcó una ceja.
—¿Y por qué no se lo dices a Arash?
Thaydra agachó la cabeza.
—No me atrevo. Tú lo has dicho. ¿Cómo iba él a enamorarse de mí? Soy insignificante en comparación con él. —Su voz apenas era un susurro.
Cyal soltó una carcajada amarga.
—Ya, esa pregunta ha sido un poco hipócrita por mi parte. —Se llevó una mano al pelo y exhaló—. Yo tampoco me atrevería a decirle nada a Eira. Pero...
Calló y frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
—Creo que, a pesar de todo, quiero hablarlo con ella en algún momento. Cuando todo esto haya acabado.
Thaydra no dijo nada. Se quedó observando las plumas de Azer, que brillaban como la obsidiana bajo la luz del sol. Admiraba la decisión de Cyal. Ella, sin embargo, era consciente de que no sería capaz de empezar una conversación así con Arash.