49. Las cataratas Lavanda
Las cataratas Lavanda
Las cataratas Lavanda hacían honor a su nombre.
Desde lo alto del cielo distinguían los distintos ríos que convergían antes de precipitarse en anchas cascadas.
Algunas caían hasta el inmenso lago del fondo; otras se detenían a mitad del precipicio, formando pequeñas charcas en las hendiduras de la roca antes de reanudar el descenso.
La abundancia de agua impregnaba de humedad el ambiente y el estruendo de las cataratas reinaba por encima de todo lo demás.
—Nunca había visto nada así —comentó Cyal, impresionado.
«Los paisajes de Namhad son muy diferentes a los que se encuentran en el continente», explicó Arash.
También era evidente el porqué de la segunda parte del nombre del lugar: allá donde miraban, el suelo estaba cubierto por los arbustos de flores lila azulado. Poblaban todo el espacio alrededor de los ríos, crecían en los bordes de las cascadas y también rodeaban el lago.
—Huele muy bien —dijo Thaydra con una sonrisa cuando empezaron a descender. El aroma de las flores dominaba la atmósfera.
El entorno le erizó el vello a Eira. Le resultaba familiar. Debía de haberlo visitado en su vida pasada, pero su memoria seguía apagada, incapaz de devolverle una sola imagen.
La lavanda no era la única fuente de color, sin embargo.
También había grupos de árboles de glicinias, trepando por las paredes rocosas o extendiendo sus finas ramas por encima de los arbustos.
Los vistosos racimos blancos y violetas colgaban y ondeaban al ritmo del viento como banderas multicolores que les daban la bienvenida.
Incluso las aves que habitaban las cataratas Lavanda se vestían de plumajes a juego, camuflándose entre las flores.
Azer, cuya cabeza asomaba de la mochila de Thaydra, graznó cuando una bandada de estorninos amatista pasó junto a ellos sin mostrar el más mínimo recelo; era evidente que estaban acostumbrados a la presencia de dragones.
Mientras que las hembras eran de sencillos colores marrones y blancos, los machos presentaban un vistoso plumaje violeta, rosa y negro.
Cyal no dejaba de mirar a un lado y a otro, fascinado.
Y Eira lo observaba a él, divertida.
No todo era natural. Había construcciones de piedra blanca a la derecha de las cascadas.
Distintas plataformas circulares estaban dispuestas a lo largo y alto de la pared rocosa por la que caía el agua, algunas con columnas que sostenían un techo, otras despejadas y completamente abiertas al exterior.
En una de ellas localizaron a una dragona de escamas rosas y plumas verdes.
En vez de cuernos, poseía dos llamativas antenas en la cabeza que emitían una tenue luz.
Estaba de espaldas a ellos, sentada y con la vista alzada al cielo despejado, pero Arash sabía que ella ya habría detectado su presencia.
Veshier giró su largo cuello para mirarlos por encima del hombro cuando aterrizaron.
«Dichosos los ojos, Aridam —dijo, sarcástica, con voz fuerte y un tanto grave—. No se te ha visto por Namhad desde la guerra del Alzamiento».
Arash hizo una mueca.
«He estado ocupado con otros asuntos —dijo en tono seco. Nunca se había llevado bien con Veshier, pero esta vez haría el esfuerzo—. He encontrado a Zheitszoh».
Veshier lo encaró como si hubiera recibido un latigazo, y sus grandes ojos verdes se abrieron de par en par.
«¿Zheitszoh?», repitió, incrédula.
Thaydra bajó del lomo de Arash con la cabeza agachada y las manos juntas en el regazo, cohibida. Cyal la siguió, junto con Eira.
Veshier retrocedió con violencia al fijarse en los ojos rojos de esta última. Siseó, mostrando los colmillos, con las plumas crispadas.
«¡Aridam! ¿Osas traer a una xieri a nuestras tierras sagradas?», bramó, moviendo con brusquedad la cola de un lado a otro.
Arash gruñó.
«No es una xieri cualquiera, Veshier. Es Zheitszoh».
Eira mantuvo la mirada fija sobre Veshier, con la barbilla erguida y los hombros rectos, desafiante. Veshier se acercó y ladeó la cabeza para analizarla.
«Reconozco una pobre señal de luz brillando en su interior —dijo, más calmada. Frunció el ceño—. ¿Sabes quién soy?».
—No recuerdo nada de mi vida como dragona —contestó Eira con frialdad.
Cyal le lanzó una mirada consternada. Entendía que esa era la actitud de Eira con cualquier desconocido, pero necesitaban la ayuda de Veshier. Un poco de amabilidad no les habría venido mal. Pero Eira no cedió.
Veshier, por suerte, no se ofendió por su tono.
Aunque le extrañó. La Zheitszoh que ella recordaba había sido cálida, complaciente.
Se fijó en las sombrías ojeras en el rostro de Eira.
Sus ojos rojos no brillaban como deberían; se veían opacos y cansados.
Percibía su esencia de oscuridad en conflicto constante con su luz natural.
«Quien te haya hecho renacer como xieri ha hecho un buen destrozo contigo», comentó, estirando el cuello.
«Eyvel», dijo Arash con un gruñido.
Veshier resopló.
«No me sorprende».
Después de todo, era la única con ese poder.
—¿Podrás ayudarla? —quiso saber Cyal, sin poder contener su impaciencia.
Veshier reparó en los dos humanos. Observó primero a Cyal durante unos segundos, fijándose en sus curiosos ojos dorados, y luego hizo lo mismo con Thaydra. Al final, miró a Arash.
«Estos son vuestros enlaces, supongo».
Arash asintió.
«Thaydra es mi enlace. Cyal es el de Zheitszoh. Aunque ahora se llama Eira —aclaró—. Venimos porque, como ya habrás podido ver, la luz de Eira está rechazando la oscuridad. Su cuerpo se deteriora y ha alcanzado un punto en el que ya ni siquiera se puede transformar».
Eira entornó los ojos. No le gustaba que se hablara delante de ella de una debilidad suya, por mucho que fuera necesario.
Veshier no dijo nada. Se limitó a estudiar a Eira con la mirada. Thaydra guardaba silencio, incómoda, mientras que Cyal, por más que trataba de disimular su nerviosismo, cambiaba el peso de una pierna a otra. ¿Y si Veshier no podía hacer nada por Eira? ¿Y si decidía no ayudarla por ser una xieri?
Mientras esperaban una respuesta, Thaydra examinó el suelo que pisaban.
Era una plataforma de piedra blanca en la que destacaban unas extrañas inscripciones talladas.
Ignoraba si tenían algún significado más allá de lo puramente decorativo, aunque algo le decía que se trataba de un alfabeto exclusivo de los dragones. ¿Qué representarían?
«Podré curarla —dijo Veshier al fin. El pulso de Cyal galopó.
Eira no mostró reacción alguna—. Sin embargo, me llevará un tiempo.
He de proceder con cuidado; tendré que ir formando poco a poco un tejido con la oscuridad y la luz para que encajen y se acepten.
Si lo hiciera de golpe, sería desastroso para ella».
—Esperaremos lo que haga falta —dijo Cyal de inmediato. Su rostro se había iluminado. Le resultaba casi imposible asimilarlo: tras tanto sufrimiento, después de tanto miedo al ver el deterioro progresivo que se iba apoderando de ella, había una solución.
A Arash le habría gustado expresar su acuerdo con él. Pero había otro asunto que le preocupaba: el núcleo de Gaia.
«¿Cuánto tiempo, exactamente?», cuestionó.
Cyal frunció el ceño. Con la pregunta de Arash, reparó en lo mismo que su compañero. La energía de Gaia debía ser estabilizada cuanto antes; el mundo entero estaba en peligro.
«Un par de semanas, quizá —contestó Veshier.
Entornó los ojos—. Pero, antes de nada, quiero la historia completa, Aridam.
El equilibrio de Gaia pende de un hilo y no voy a acceder a curar a Zheitszoh, o a Eira, en vez de mandaros de inmediato a que estabilicéis el núcleo, si no me explicáis cómo habéis llegado a esta situación».
Arash gruñó, pero no protestó.
Entendía a Veshier. El núcleo era lo más urgente para todas las partes. Cada semana que pasaba aumentaba el riesgo de que alcanzara su punto crítico.
«Tal como está Eira, no aguantará transformada en dragón lo suficiente para cumplir su deber», explicó, inclinando la cabeza.
«En ese caso, será mejor que empecemos cuanto antes. Hablemos —dijo Veshier. Desvió la atención hacia Cyal y Thaydra—. Sin humanos presentes».
Cyal apretó los dientes. No quería separarse de Eira, pero tampoco debía oponerse a la única que era capaz de ayudarla ni retrasar el tratamiento. Respiró hondo. Cogió la mano de Eira, que lo miró arqueando sutilmente las cejas.
—Estaremos cerca.
Eira asintió, en silencio. Pero Cyal alcanzó a ver, antes de darse la vuelta, una levísima sonrisa en sus labios.
Una sombra cruzó el semblante de Veshier, pero no dijo nada.
Y Arash taladró con la mirada a Cyal. Esperaba que cuidara de Thaydra.
Thaydra se había sentado en una de las ramas de los árboles de glicinias que crecían casi a ras del suelo. Tenía a Azer en su regazo y continuaba ejercitando su ala.
Cyal, mientras tanto, no era capaz de estarse quieto.
Caminaba de un lado a otro con los brazos cruzados, revolviendo los arbustos con cada paso que daba.
Se habían adentrado bastante en el bosque de glicinias y lavanda, por lo que ya no veían las plataformas de piedra ni las cataratas.
Aun así, debido a la potencia con la que el agua caía, el ruido de las cascadas seguía siendo atronador.
—Veshier curará a Eira —dijo Thaydra—. Tranquilo.
—No puedo estar tranquilo —replicó él—. ¿Y si Veshier se niega cuando se entere de que Eira es la Muerte Escarlata?
—Estoy segura de que lo aceptará una vez sepa que no actuaba por voluntad propia... —empezó Thaydra con suavidad—. En especial porque la necesitan para estabilizar el núcleo de Gaia, ¿recuerdas?
Cyal resopló, frustrado.
—¿Podrá Arash convencer a Veshier?
—Arash ya ha aceptado a Eira. Le explicará todo a Veshier, Cyal —insistió, con calidez—. Confía en él.
Cyal paró y gruñó. Se pasó una mano por el pelo, echándolo hacia atrás. Centró su atención en uno de los racimos de glicinias que caían a la derecha. Un par de abejas revoloteaban entre las flores blancas y lilas, zumbando mientras se impregnaban en polen.