Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 48. Susurros en la arena
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48. Susurros en la arena

Susurros en la arena

Había sido un día agotador.

Desde antes del amanecer hasta el atardecer había trabajado sin descanso en el huerto.

Ya llevaba unos años encargándose él, pues su abuela estaba demasiado mayor como para realizar tales esfuerzos.

Al menos, todavía quedaba un tiempo hasta la cosecha.

La época de la cosecha era siempre dura: le tocaba dormir en el huerto para asegurarse de que nadie se la robaba antes de que fuera recolectada siquiera.

Ignoró la subasta de draconianos en su camino hacia el mercado. Sentía lástima por ellos, pero apenas tenía fuerzas ni para compadecerlos.

A pesar de que el sol se escondía ya por la línea del horizonte, el calor seguía siendo atosigante.

Se abanicó con una mano, mientras con la otra despegaba la tela de la camisa, adherida a su piel por el sudor.

También le habría gustado darse un buen baño.

Viviendo en las afueras, en los suburbios, eso no sería posible.

Al menos, los toldos verdes dispuestos por encima de las calles aportaban algo de sombra. Porque la brisa que corría era también cálida, arrastraba la arena y el fuego del desierto.

Oía el barullo de la plaza Venturina. Sabía que no debía entretenerse y que su abuela lo esperaba, pero necesitaba un descanso.

Se desvió por uno de los callejones y salió a la plaza, inmensa y circular. Se alejó de los soportales de los edificios, llenos de gente, y optó por apoyarse en el tronco áspero y picudo de una de las palmeras.

Suspiró pesadamente, hundiendo los hombros. Los tenía cargados de trabajar todo el día.

Se llevó una mano al hombro derecho y desvió la vista hacia la gran estatua de oro que había en el centro de la plaza. Era de una dragona, Hereshia. Estaba elevada sobre un pedestal y de su base fluían varios chorros de agua que formaban una fuente en forma de estrella.

Era la razón de que hubiera tantos guardias custodiando la plaza, posicionados en cada una de las columnas de los soportales. No era para evitar los conflictos, sino para impedir que la gente cogiera agua de la fuente, pues se consideraba sagrada.

Cyal examinó a los soldados con desdén. Solo se preocupaban de la estúpida estatua. No había nadie velando por la gente que vivía en los suburbios, donde los atracos, que con frecuencia terminaban en asesinato, eran el pan de cada día. ¿Y por qué se consideraba sagrada el agua de la fuente?

Había muchas personas que pasaban sed en Drethol.

Alzó la vista y entornó los ojos al ver el Palacio de Turmalina, imponiéndose sobre el resto de los edificios, aportando color a las construcciones amarillas y blancas con sus tonos verdes y rosas.

Una muralla lo mantenía separado del resto de Drethol.

A Cyal se le revolvió el estómago del asco al pensar en la familia real, en sus lujos y en cómo acaparaban todo, sin compartirlo con los más necesitados.

Gruñó para sus adentros y se irguió. La luz casi había desaparecido del cielo; pronto cerrarían los puestos del mercadillo y él todavía tenía algo que comprar.

Regresó a la avenida principal, al mercado, y se dio prisa en comprar algo de leche y huevos con las últimas monedas que le quedaban. Con la caída del sol, se apresuró en avanzar por las calles. Era consciente de que se había retrasado más de la cuenta.

No era muy difícil adivinar dónde empezaban las afueras.

Los suburbios se caracterizaban por sus suelos de tierra, nada que ver con el empedrado amarillo del centro.

Las casas eran de roca gris agrietada. Las puertas habían sido reemplazadas por cortinas.

Las ventanas eran huecos desprovistos de cristal.

Lo más evidente era el desagradable olor a orina. La basura se amontonaba en los rincones; nadie se encargaba de mantener las calles limpias. El camino a su hogar era siempre miserable.

Pero su abuela lo esperaba.

Aunque tenía los brazos cansados de trabajar todo el día, las bolsas que llevaba eran ligeras.

Solo debía vigilar que no chocaran entre ellas; no quería que los huevos se rompieran o que la leche se desbordara de los sacos de tela en los que iba.

Aunque estos estaban revestidos de material resistente al agua, no podía retrasarse mucho en trasladarla a un recipiente adecuado.

Dobló la esquina. Estaba todo a oscuras; en las afueras ni siquiera había antorchas. Tensó los hombros al ver la calle desierta.

Quedaba poco para llegar a su casa cuando se le pusieron los pelos de punta. Era lo que ocurría cuando estaba siendo observado. Aceleró el paso.

—¿A dónde vas con tanta prisa, Cyal?

Se quedó quieto, rígido, al escuchar a su espalda aquella maldita voz cargada de sorna.

Miró por encima del hombro y descubrió al chico que más odiaba de todo Drethol: Harkan.

Era inconfundible, mucho más robusto que cualquier otra persona de su edad y con músculos capaces de intimidar a cualquiera.

Por si eso no fuera suficiente, lo flanqueaban otros dos muchachos.

Apretó los dientes.

—¿No tienes nada mejor que hacer que dedicarte a charlar conmigo? —replicó.

Harkan echó la cabeza hacia atrás y rio.

—Tan encantador como siempre. —Se puso serio y avanzó hacia él—. Dejémonos de juegos, Cyal. —Extendió la mano—. Dame eso que llevas ahí.

Cyal volvió la vista al frente. Iba a echar a correr, pero ahora un chico y una chica bloqueaban el paso.

Los dos miraban al suelo. Les temblaban un poco las rodillas.

Estaba claro que no deseaban hacer eso; que preferirían estar en cualquier otro lugar.

Pero, como la mayoría de los jóvenes en los suburbios, se habían visto obligados a trabajar para Harkan si querían sobrevivir.

—No te voy a dar nada, Harkan —declaró con firmeza, girando sobre los talones para encararlo—. Creo que ya eres lo bastante mayor para trabajar, ganar dinero y comprar las cosas en vez de robarlas, ¿no crees?

Harkan gruñó. La brisa revolvió su cabello oscuro.

—Te veo muy valiente. A ver si dices lo mismo dentro de un rato.

Cyal sabía que no había nada que hacer. Estaba rodeado; no tenía por dónde huir. Miró a un lado y a otro frenéticamente, confirmando que no había ninguna vía de escape. Eran cinco, y él estaba solo.

Por si fuera poco, Harkan era afín a la tierra y había sido instruido en sus poderes, a diferencia de él, que no encontraba a nadie que lo entrenara en el uso del agua.

Había gastado las últimas monedas que tenían en comprar lo que llevaba en las bolsas. Sin eso, ¿cómo sobrevivirían?

Sus atacantes se acercaban, cerrando el espacio a su alrededor. Endureció la mirada.

—Es una pena, Harkan —dijo, alzando los brazos. Sonrió con picardía—. Porque he decidido que, si yo no puedo tener esto, tú tampoco.

Y lanzó las bolsas. La que llevaba los huevos se estrelló en la pared de la casa a su izquierda. La que llevaba los sacos de leche cayó rodando al suelo, desgarrándose y esparciendo su contenido por la tierra.

Los puños de Harkan temblaron de la rabia. Clavó en él sus ojos, inyectados en sangre.

—¡¿Cómo te atreves, rata asquerosa?!

—Quizá así aprendas que no sirve de nada intentar robarme —siseó Cyal, elevando la barbilla.

Harkan lo señaló y estampó el pie con fuerza.

—¡Dadle la paliza que se merece!

Cyal bloqueó el primer puñetazo. Se agachó y esquivó una patada.

Pudo agarrar la pierna que había pasado sobre él y tirar para desequilibrar a su atacante.

Consiguió asestarle un codazo en la mandíbula a otro.

Pero no tenía nada que hacer contra cuatro enemigos a la vez.

Recibió un golpe en el costado. Le dieron un puñetazo en el abdomen y se dobló a la vez que se le cortaba la respiración.

Lo embistieron para que cayera al suelo y se golpeó la cabeza.

Todo dio vueltas a su alrededor y perdió la noción del tiempo. Sus costillas crujieron por las patadas. Fueron tantos golpes, uno tras otro, que dejó de sentirlos.

Al fin, se apartaron. Tosió y rodó para quedar tumbado sobre el costado, escupiendo sangre. Sintió desagradables pinchazos en los pulmones al intentar respirar y se llevó una mano al pecho, con la otra en la tripa.

—Que esto te sirva de lección, Cyal —espetó Harkan. Apenas podía verlo; su visión se llenaba de puntos negros—. Nadie está por encima de mí.

—Piérdete —masculló él y tosió de nuevo. El sabor metálico de la sangre le llenaba de forma desagradable la boca. Notaba también el líquido caliente deslizarse por la nariz y por una brecha en la sien izquierda. Parpadeó repetidamente, esforzándose por mantenerse consciente.

—He sido generoso —prosiguió Harkan, ignorándolo—. Podría haberte matado por tu insolencia. Pero sigues vivo. Así que ya sabes, Cyal... —Escuchaba su voz cada vez más lejana—. Estaré esperando a que vengas arrastrándote a pedirme trabajo cuando no tengas qué llevarte a la boca.

Los pasos de sus atacantes se perdieron en la distancia. Cyal resolló, incapaz de moverse. Le dolía todo el cuerpo. Cerró los ojos, dejando que se escaparan un par de lágrimas de rabia.

No era la primera vez que algo así sucedía. Tampoco sería la última. Pero se negaba a someterse a Harkan.

Rodó para quedar boca abajo y se incorporó a duras penas sobre los codos. Le temblaron los brazos y escupió más sangre, sacudiendo la cabeza.

Descansaría un poco antes de retomar el camino hacia su casa. Tendría que limpiarse la sangre, pues no quería preocupar a su abuela. Le diría que había perdido las monedas; ella lo entendería. Nunca le reprochaba nada.

Alzó la vista al cielo nocturno.

«Algún día saldré de aquí —se dijo—. Y haré que Harkan pague por todo esto».

—Eira, despierta —susurró Cyal—. Nos vamos ya.

Ella levantó los párpados con lentitud. Se topó con sus ojos dorados, que la observaban con calidez.

Estaba a gusto, más de lo que habría imaginado, tumbada en la arena con la cabeza en el regazo de Cyal. El rumor de las olas la envolvía y la brisa marina le acariciaba la piel, completando esa calma que solo encontraba junto a él. Pero debían continuar con el viaje.

Resignada, se incorporó hasta quedar sentada. Se giró de cintura para arriba para mirar a Cyal, que seguía contemplándola.

—Tienes una cara de sueño que no puedes con ella —comentó él, divertido, dándole un toque en la nariz.

Eira enarcó una ceja ante el gesto, aunque no le molestó.

—Conseguiste vengarte de Harkan.

Cyal ladeó la cabeza y la examinó, extrañado. ¿A qué venía eso ahora?

—He soñado con uno de tus recuerdos —explicó ella. Se llevó una mano al pelo y lo sacudió de los granos de arena—. En Drethol. Harkan te acorralaba para robarte todo lo que llevabas.

Cyal tensó la mandíbula.

—Ya. Sucedía a menudo. —Giró la cabeza hacia el mar—. Por eso no me arrepiento de haberlo matado. Se lo merecía.

Eira lo observó, rememorando todas las sensaciones que había experimentado en el sueño, sensaciones que habían pertenecido a Cyal. Cansancio, sobrecarga, rabia, ira, miedo. Y, a pesar de todo, también cariño por su abuela y esperanza por un futuro mejor.

Su vida había sido muy dura. Podría haber cedido y haberse convertido en uno más de los esbirros de Harkan, pero no se había dejado corromper por las circunstancias.

Enternecida, extendió una mano y se la puso en la mejilla.

Cyal alzó las cejas, mirándola como si esperara una explicación mientras rezaba para que su rubor no lo traicionara.

Pero Eira no dijo nada. Se levantó y se sacudió la camisa y los pantalones de arena. Cyal la imitó y estiró los brazos y la espalda. Tantas horas en la misma posición le pasaban factura.

—¿Has descansado? —le preguntó Cyal.

Sonrió cuando ella asintió.

Eira no lo reconocería en voz alta, pero aquel sueño había sido reparador.

No había sido un sueño inquieto, superficial y plagado de sombras, sino un descanso que la había recompuesto desde dentro.

Y solo había sido posible gracias a Cyal.

Porque con él no tenía miedo de cerrar los ojos, arropada por su presencia cálida, firme y protectora.

Ambos desviaron la atención hacia Arash, que ya los esperaba con Thaydra acomodada en su lomo. El dragón extendió las alas, listo para partir.

«Si ya habéis terminado de adoraros el uno al otro... —Ante el comentario irónico de Arash, Cyal agachó la cabeza para ocultar la cara ardiendo. Por eso no pudo fijarse en el leve sonrojo que cubrió también las mejillas de Eira—. Es hora de irnos».

Veshier aguardaba en las cataratas Lavanda.