47. Pérdida
Pérdida
La energía se desbordaba sin control. El fulgor rojo lo envolvía todo, abrasador y claustrofóbico. El calor subía como una marea infernal y el aire había adquirido tal densidad que cada bocanada raspaba.
El núcleo casi había alcanzado su punto crítico. Resollando, trató de levantarse, pero sus patas no obedecieron. Le pesaba la cabeza; suponía todo un esfuerzo mantenerla ligeramente levantada por encima de la tierra.
Habían acabado con los nephrores. Pero habían sido demasiados, mucho más poderosos que los que encontraron en otras partes del mundo. Allí, junto al núcleo, recibían de forma constante la energía de Gaia. Estaba sin fuerzas; se las habían robado todas. Zheitszoh se hallaba igual.
—¡Aridam! ¡Aridam, por favor!
Levantó la vista a duras penas. Una chica de enmarañado pelo rubio, con el rostro manchado de sangre, estaba frente a él. Pasaba las manos por las escamas de su cabeza, tratando de hacerlo reaccionar.
Sus ojos azules, que siempre le habían mostrado el cielo más hermoso, estaban vidriosos. La desolación mancillaba su claridad. Las lágrimas caían sin cesar por sus mejillas como dos ríos.
«Taiyo...».
—¡No podemos fallar ahora! —exclamó ella. La tierra se sacudió y Taiyo chilló, cayendo sobre él. Se abrazó a sus cuernos—. Ari...
El temblor del suelo no concedía tregua. Los bordes de su visión se oscurecían y la respiración de Taiyo, pesada y forzada, retumbaba en sus oídos. El espacio se cerraba sobre ellos. Pronto se quedarían sin oxígeno y el núcleo estallaría, arrasando el mundo entero.
Apretó los dientes.
—Recuerdas lo que nos prometimos, ¿verdad? —murmuró Taiyo, sabiendo que él la oiría. Se incorporó manteniendo las manos en sus escamas, bajo sus ojos—. Que restauraríamos el equilibrio del planeta. Cumpliríamos con nuestro deber y nos iríamos al lago, en las montañas, a descansar...
Recordaba aquel lago al sur del continente, alimentado por el agua de una cascada.
Las luciérnagas habían danzado esa noche entre las amapolas, rodeándolos mientras él y Taiyo se daban su primer beso.
Había sido una decisión que no tomó a la ligera; Taiyo había tenido que convencerlo a lo largo de todos esos meses de que realmente deseaba estar con él, a pesar de que era un dragón, inmortal, y no podría envejecer con ella.
Habían soñado con un futuro juntos. Él había estado dispuesto a entregar cada segundo de su tiempo a Taiyo, a dedicarse por completo a ella durante toda su corta vida mortal.
Ese futuro estaba a punto de desaparecer. Sus sueños se escapaban como granos de arena que no podía retener en las manos. Taiyo sufría, llorando por él, por ellos, y por todo lo que iban a perder.
Aridam gruñó y trató de levantarse. Pero su cuerpo se negaba a reaccionar; no le quedaba energía. Permanecer despierto exigía un gran esfuerzo.
La tierra temblaba con violencia mientras se fracturaba. La energía en el núcleo giraba sobre su propio eje más y más rápido. Empezó a escuchar un desagradable zumbido.
—Ari.
Se miraron a los ojos. Se le cortó la respiración al ver la resignación en la mirada de Taiyo. Clavó las garras en la roca.
«No. Tai, no», le dijo, sin molestarse en ocultar la desesperación en su voz, aunque sabía que no había nada que él pudiera hacer para impedírselo: estaba inmóvil.
—Soy tu enlace. Tengo los mismos poderes que tú —prosiguió ella. Parpadeó varias veces y respiró hondo; el nudo en la garganta amenazaba con impedirle hablar. Hundió los dedos en las escamas—. Incluyendo el poder de estabilizar el núcleo de Gaia.
«De ninguna manera. ¡Ni se te ocurra!», bramó, gruñendo. Se retorció y luchó por levantarse. Sus músculos ardían, sus patas temblaron.
El núcleo estaba ya descontrolado. Era una misión suicida.
—Está bien, Ari, está bien —dijo Taiyo, esbozando una sonrisa. Pero la contaminaba la tristeza y las lágrimas seguían fluyendo. Le acarició el rostro con las manos—. Puedo hacerlo. Voy a hacerlo. Yo...
«¡No harás nada, Taiyo!».
Ella cerró los ojos. Mantuvo la sonrisa.
—Siempre estaré agradecida por haber tenido la suerte de ser tu enlace y conocerte. Por haber sido tan afortunada contigo, porque me hayas querido como yo te he querido a ti...
«Esto no es una despedida —la interrumpió él, respirando cada vez más rápido. Su corazón latía desbocado—. Voy a levantarme y voy a ser yo el que estabilice el núcleo».
—Sabes que no hay tiempo, Ari. —Taiyo abrió los ojos. Él jadeó, sintiendo, sabiendo, que era la última vez que los iba a ver—. Te quiero. Te querré siempre. —Se inclinó para darle un beso en la frente. Él la observó, paralizado. Taiyo se irguió y tomó aire—. Pero prométeme que volverás a amar, ¿sí?
«No te voy a prometer algo así —replicó él, mostrando los colmillos. Taiyo se apartó y le dio la espalda. Empezó a andar. Hacia el núcleo—. ¡Vuelve aquí! ¡Taiyo!».
Pero sus llamadas desesperadas no la detuvieron. Taiyo no frenó. Un chico de su edad la esperaba, con los hombros rectos y porte solemne, muy consciente de lo que iban a hacer.
«¡Taiyo! —él siguió gritando, arrastrándose por el suelo hacia ella. Se alejaba sin remedio—. ¡Taiyo, por favor! ¡Detente!».
Ella paró, pero solo para mirar por encima del hombro y dedicarle una última sonrisa. La violenta luz roja que despedía el núcleo recortó su silueta.
—Te quiero, Ari.
Su susurro le llegó a los oídos. Se quedó congelado, incapaz de respirar, con los ojos como platos. Supo que era su última oportunidad de decirle lo mucho que ella también significaba para él. Taiyo ya estaba girando la cabeza.
«Yo también te quiero, Taiyo. Habría dado cualquier cosa por tener una vida entera contigo. —Apretó los dientes, forzándose a continuar. El nudo en la garganta no afectaba a su voz telepática, pero sí a su mente. Se rompía por dentro—. Mi corazón siempre ha sido tuyo. Siempre lo será».
La sonrisa de Taiyo se ensanchó. La energía del núcleo se la tragó.
«¡Taiyo! —rugió, logrando al fin extender las alas e incorporarse. Se tambaleó hacia delante—. ¡No, no, no...!».
Era demasiado tarde. La tierra sufrió una última sacudida y cesó. La luz roja que había bañado todo el espacio en el que se encontraban se retrajo con violencia. Expulsó una onda de energía que lo lanzó hacia atrás.
Aridam cayó al suelo con un duro golpe. Tosió. Le ardían los ojos, pero no era por el polvo que se había levantado. Irguió la cabeza, temeroso. Sabía lo que se iba a encontrar.
El núcleo había sido reducido de nuevo a una bola escarlata que apenas brillaba, flotando, inocente, en el aire. La plataforma de piedra en la que se encontraba estaba agrietada, y el techo y las columnas que formaban el templo que la albergaba habían desaparecido.
Y Taiyo no estaba. No había ni rastro de ella, como si nunca hubiera existido.
Rugió de nuevo, poniéndose en pie. Su grito fue desgarrador y ni aun así fue capaz de expresar, de liberar, todo el dolor que lo quemaba por dentro.
La había perdido.
La había perdido para siempre.
Thaydra ahogó un grito y abrió los ojos de golpe, llevándose una mano al pecho. Jadeó, temblando. Lo que acababa de ver...
«¿Princesa?».
La voz preocupada de Arash la devolvió a la realidad. Se había dormido recostada en él. Las plumas de su ala izquierda la cubrían como un manto. Pero no fue capaz de fijarse en eso. Seguía con los ojos muy abiertos y sollozó, con respiraciones cada vez más cortas y rápidas.
«Thay, ¿qué ocurre?», insistió Arash, preocupado. No apartaba su mirada de ella. Se había despertado de forma muy brusca, alterada. ¿Habría tenido una pesadilla?
—A-Arash, yo... —balbuceó ella. Las lágrimas rodaban por sus mejillas; era incapaz de contenerlas.
Arash frunció el ceño al advertir que su respiración se aceleraba.
«Princesa, tranquila —le pidió, manteniendo la voz suave—. Respira hondo».
Thaydra asintió. Se esforzó en hacerle caso, pero acabó atragantándose con un sollozo y tosió. Se llevó las manos a la cara y se mordió el labio, intentando reprimir los temblores.
—He visto... —murmuró—. A Taiyo... —Calló, incapaz de seguir. Bajó una mano al pecho y cerró los ojos con fuerza.
Había experimentado todas y cada una de las sensaciones de Arash. Había sufrido como él lo había sufrido. Su agonía había pasado a ser también parte de ella.
Era plenamente consciente de lo mucho que Arash había querido a Taiyo.
«¿Thay?».
Abrió los ojos. Arash había acercado su rostro al de ella. Sus ojos plateados, con la pupila en forma de rendija, la observaban. Thaydra logró al fin respirar hondo. Extendió una mano, reposándola en las escamas de la cara del dragón. Eran duras y ásperas.
—He visto... —repitió, apoyando la frente en la de Arash. Contuvo el llanto—. He visto a Taiyo restaurando el núcleo.
«He visto a Taiyo morir», pensó, pero no lo añadió.
Arash inspiró aire con fuerza y una rigidez dolorosa se extendió por su cuerpo. Había tenido la esperanza de que Thaydra nunca viera ese recuerdo en concreto.
«Princesa, no te preocupes —dijo, pasando un ala por sus hombros. Thaydra sintió cosquillas provocadas por algunas plumas en el cuello—. No dejaré que te pase...».
—No es eso —lo interrumpió ella, apretando los puños—. No es eso, Arash. Yo... estoy dispuesta a hacer lo que sea necesario.
Arash apretó la mandíbula.
«Eso no lo permitiré».
Había perdido a Taiyo. No iba a perder también a Thaydra. Pero si no era esa la razón por la que Thaydra lloraba, ¿entonces...?
—He sentido todo tu dolor —explicó ella. Se apartó y se limpió las lágrimas con el brazo, encorvada. El ala de Arash en su espalda la reconfortó—. Lo mucho que la querías... Y cómo te rompió por dentro lo que pasó.
Arash agachó la cabeza y cerró los ojos. Sus alas estaban paralizadas y había crispado las plumas.
Aquel había sido uno de los motivos por los que había rechazado a Thaydra al principio: el temor a encariñarse con ella y perderla; revivir un dolor que aún no había sanado.
Pero Thaydra, sin proponérselo, había ido conquistándolo día a día con su forma de ser, con cada gesto, hasta instalarse en su corazón con una naturalidad que ya no tenía remedio.
Había aprendido a quererla con una profundidad que no había creído posible: protegerla se había vuelto una necesidad vital.
No permitiría que la historia se repitiera.
Un escalofrío lo atravesó solo de imaginar que Thaydra tuviera que encargarse de estabilizar el núcleo. Tensó los hombros y la rabia lo acuchilló. Ya había fallado una vez, y esa pérdida todavía lo acechaba en sus peores pesadillas.
No habría una segunda.
«Siento que hayas tenido que verlo —dijo él. Se le escapó un suspiro que arrastraba siglos de sufrimiento. Alzó la vista al cielo—. Han pasado miles de años y su muerte todavía me atormenta».
—¿Y cómo...?
«He aprendido a vivir con ello».
Thaydra frunció el ceño.
—Lo siento, Arash.
Jamás se habría imaginado que Arash se hubiera enamorado de esa manera de su enlace.
Taiyo había sido una humana, como ella. Su corazón se aceleró.
Pero enseguida apretó los dientes, obligándose a calmarse.
Taiyo había sido mucho más decidida y confiada que ella. Thaydra se sentía débil en comparación.
Arash desvió la atención hacia Cyal y Eira. Los encontró en la misma posición, con Eira tumbada en la arena y la cabeza en el regazo de Cyal. Estaban de espaldas a ellos, pero Arash sabía que el joven permanecía despierto. Su mano acariciaba el cabello de Eira.
El sol brillaba ya alto en el cielo, arrojando su fuerte luz sobre ellos. Cyal y Eira estaban cerca de la orilla y recibían el frescor de las olas que entraban en la playa. Arash y Thaydra tenían la sombra de la pared rocosa como refugio.
Thaydra bajó la vista al escuchar un graznido proveniente de la mochila.
Se agachó y abrió la tapa de cuero, permitiéndole a Azer salir.
El cuervo saltó a su hombro y Thaydra se irguió, acariciándole las plumas debajo del pico.
Arash los observó de reojo, con una punzada amarga al pensar en Taiyo y su águila.
Recordó el dolor de ella al ver al pájaro descender para intentar rescatarla de un nephror. Su imprudencia le había costado la vida, pero su valentía la había hecho inmortal.
Arash todavía podía oír su aleteo.
El estado del mundo era crítico. Llevaban más de dos siglos de retraso y la energía se descontrolaba. Sabía que la situación en el núcleo sería complicada. Aun así, albergaba la esperanza de que no fuera mortal. Quería creer que podían lograrlo sin pagar ese precio.
«Será mejor que continuemos —dijo, plegando las alas y levantándose. Estiró las patas—. Hay que llegar hasta Veshier».
Thaydra asintió, decidida.