Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 46. La costa
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46. La costa

La costa

Contemplaba a una majestuosa dragona de escamas blancas y plumas rematadas en rojo. Esta lo observaba con un evidente destello de desprecio en la mirada. El dragón junto a ella, azabache y amarillo, en cambio, aguardaba sus órdenes con impaciencia.

«No han hecho nada. Desconozco por qué hemos de arrasar sus tierras. —Le llegó la fría voz telepática de la dragona—. ¿Qué tienen que ver unos campesinos con los humanos que nos convirtieron en esto?».

El dragón azabache arrugó el hocico.

«Todos merecen morir, Eira. Son igual de crueles y retorcidos. ¿No es así, Ethe...?».

No logró distinguir el nombre pronunciado. Se perdió en la distorsión del espacio a su alrededor.

Despertarse con el viento azotándole la cara y desplazando el pelo de un lado a otro extrañó a Cyal. Frunció el ceño. Tenía la cabeza inclinada hacia atrás, reclinada sobre algo duro, y estaba recostado en alguien. Permanecía una vaga sensación de haber soñado algo insólito, pero no recordaba nada.

Levantó los párpados y echó la cabeza hacia delante, gruñendo. Le dolía un poco.

—Todavía queda para llegar —dijo la invernal pero reconfortante voz de Eira a sus espaldas.

Cyal se frotó los ojos. Comprendió al fin que volaban por el cielo; Arash los llevaba a Namhad. Los rayos caían hacia el mar de la misma manera que lo hacían antes de que se durmiera.

Bajó la vista y vio el brazo de Eira rodeándole la cintura. Por eso no se había caído. Apoyado sobre ella, era quien lo había sujetado. La observó de soslayo. Había tenido todo ese tiempo la cabeza sobre su hombro.

Eira lo miraba con su característico rostro inexpresivo. Su largo pelo blanco ondeaba detrás de ella, empapado por la lluvia.

—¿Me he quedado dormido?

—Necesitabas descansar después del corte de aquel nephror —señaló Eira—. ¿Estás mejor?

Cyal asintió.

—Ya no estoy tan cansado. —Sonrió—. Gracias, Eira.

—¿Por qué?

—¿Por dejarme dormir, quizá? —susurró él. Se fijó en que ella no había retirado el brazo de su cintura, pero no se quejó.

Thaydra echó un breve vistazo por encima del hombro. Aunque con el ruido de la tormenta no escuchaba su conversación, sí que le había parecido oír algo.

«Así que el humano dormilón ha despertado —comentó Arash con sorna—. Eira te mima demasiado».

Eira lo taladró con la mirada, aunque Arash, por supuesto, no se enteró. Cyal gruñó e irguió la barbilla.

—No es mi culpa que un nephror me alcanzara con sus garras por tener que ir a salvarte el culo de la espada de Graialan.

Arash agradeció que las escamas impidieran que se apreciara el rubor en sus mejillas, si bien tampoco podían saber cuál era su expresión, pues él mantenía la vista fija al frente.

«Estoy seguro de que habría podido frenarlo», masculló, avergonzado.

Cyal esbozó una sonrisa irónica.

—¿Ah, sí? No sé por qué me da a mí que no, dragón.

Thaydra emitió una pequeña carcajada.

—Yo también evité que Graialan te alcanzara con su espada, Arash. ¿Qué te ha pasado en este último combate?

Arash enarcó una ceja al escuchar su tono provocador.

«Ese humano está siendo una mala influencia para ti, princesa», sentenció, fingiendo estar dolido.

Thaydra rio por lo bajo. Hasta a Eira se le escapó una sutil sonrisa.

«Queda poco para llegar. Si os fijáis, distinguiréis la costa de Namhad en la lejanía», les informó Arash.

Cyal, curioso, no dudó en inclinarse a la izquierda para mirar. Sin embargo, la tormenta permitía poca visibilidad. Solo intuyó la silueta de las montañas en la línea del horizonte.

Respiró hondo. Sabía que no debía hacerse ilusiones, pero se aferraba a la esperanza de que Veshier fuera capaz de curar a Eira o de decirles qué hacer para curarla.

El mayor alivio de aterrizar en la costa de Namhad fue que se libraron, al fin, de la tormenta.

Cyal se había quedado agachado, fascinado con la textura de la arena de la playa que hacía resbalar suavemente entre sus dedos.

Era muy diferente a la áspera arena dorada del desierto.

Tenía una textura suave y fina, casi de color blanco.

Todavía con una rodilla en la arena, alzó la vista. El ruido de las olas del mar, adentrándose con lentitud ancestral en la orilla, era relajante. La brisa marina arrastró el olor a sal y le revolvió los cabellos rubios cuando cerró los ojos para recibirla.

Era su primer encuentro con el mar y le parecía, con diferencia, uno de los lugares más acogedores.

—Veo que te gusta —comentó Eira, divertida. Estaba a su lado, de pie.

Cyal levantó los párpados y sonrió.

—Transmite paz.

—Yo también tengo muy gratos recuerdos del mar —dijo ella en un tono más bajo. Cyal alzó la vista para mirarla, atento. La nostalgia velaba los ojos de Eira—. La casa de Khait estaba junto a la costa. Nos encantaba ver el atardecer juntos...

El sol asomaba con timidez por la línea del horizonte, arrancando pálidos reflejos al agua. Habían parado para que Arash descansara. Después de tantas horas de vuelo y de haber sufrido también un ataque de oscuridad, estaba agotado y necesitaba un pequeño respiro.

El dragón se había tumbado pegado a una de las paredes rocosas que separaban esa parte de la playa del resto. Thaydra se había sentado, recostándose en el costado de Arash, con la intención de descansar un poco también.

Arash ladeó la cabeza y la observó con el atisbo de una sonrisa. La expresión en el rostro de Thaydra era relajada. Tenía los labios ligeramente separados y su pecho bajaba y subía con un ritmo sosegado. Una de sus manos estaba en su regazo y la otra caía junto a ella, en la arena.

La esperanza de Arash era que, una vez estabilizaran el núcleo de Gaia, se les concedieran muchos más momentos así, de descanso y tranquilidad.

Disfrutaba con la mera presencia de Thaydra, aunque estuviera dormida.

Sin embargo, sospechaba que los xieri no permitirían que todo fuera tan sencillo. Nunca lo hacían.

El dragón suspiró. Extendió un ala para cubrir con ella a Thaydra. Todavía tenía la ropa y el pelo algo húmedos, y no quería que cogiera frío. Escuchó el graznido de Azer, que permanecía en la mochila, pero el cuervo no protestó más.

Arash reposó la cabeza en la arena y cerró los ojos. Con el arrullo de las olas y la suave brisa marina, no tardó en dormirse también.

Cyal los miró por encima del hombro. Estaba impaciente por llegar a las cataratas Lavanda, donde se encontraba Veshier, pero entendía que necesitaban descanso.

Él era el único que había dormido esa noche. Devolvió su atención a Eira.

—Eira, tú también deberías dormir un poco.

Ella se sentó a su lado, en silencio. Cyal advirtió que las sombras grabadas bajo sus ojos no se habían reducido. Pasó un brazo por encima de sus hombros. Eira se recostó en él, conteniendo a duras penas un bostezo.

Cyal sonrió.

—Cierra los ojos y duerme, anda. Deberías saber a estas alturas que conmigo no sirve de nada disimular.

Eira dejó escapar una suave carcajada. Apoyó la cabeza en su hombro, notando el cansancio que se había apoderado de su cuerpo. Era algo con lo que cargaba ya todos los días; otro de los síntomas de su deterioro.

—No me gusta estar tan débil —murmuró, bajando los párpados.

—Tranquila. En nada estaremos con Veshier y seguro que puede hacer algo para curarte —dijo Cyal en un intento de animarla—. Verás como enseguida te sientes como nueva.

Eira frunció el ceño.

—Eso si Veshier quiere curar a una xieri.

Cyal apretó los dedos en el hombro de Eira. No había pensado en esa posibilidad.

—Querrá —dijo. La mirada se le afiló como una amenaza—. O la obligaré a ello.

No habría límites: curaría a Eira, costara lo que costara.

El sol continuaba su perezoso ascenso, derramando halos dorados sobre la arena de la playa. Cyal cerró también los ojos y dejó que la calidez lo envolviera. Los graznidos de las gaviotas llegaron desde los riscos, abandonando sus nidos para salir en busca de peces con los que alimentarse.

Era sencillo olvidarse del peligro que corría el mundo cuando estaban así.

Al percibir el movimiento de Eira, levantó los párpados. Ella se tumbó boca arriba en la arena y apoyó la cabeza en su regazo. Cyal sonrió, conmovido por la confianza que le otorgaba, y apartó los mechones que la brisa marina había arrastrado sobre su frente, acariciándola.

Eira seguía con los ojos cerrados. La expresión relajada de su rostro le devolvió una calma reparadora. Movió los dedos a su largo pelo blanco, todavía algo húmedo. Lo peinó con cuidado de no tirar de él cuando se topaba con algún nudo.

—Me gustaría vivir junto al mar —comentó, aunque no sabía si ella se habría dormido ya—. Después de ver cómo es, lo tengo claro.

Rodeado de su elemento, el agua. Por mucho que hubiera crecido en el desierto, y que este hubiera sido su hogar durante casi veinte años de su vida, no lo echaría de menos si tuviera las arenas de las playas.

—Hasta en eso te pareces a Khait —murmuró Eira, tan bajo que a Cyal le costó oírla.

Reposando en la suave arena, acurrucada junto a Cyal y con la cabeza sobre él, el sueño la vencía.

Cada caricia en el cabello le arrancaba un suspiro y el calor del cuerpo de Cyal se esparcía por toda ella, arropándola—. Yo también.

Una ráfaga de latidos golpeó a Cyal.

—¿Tú también...?

Eira, en su sopor, apenas era consciente de lo que decía. Respondió sin pensarlo mucho:

—Yo también querría vivir junto al mar contigo.

Un sueño muy pequeño, pero su mayor aspiración. Después de décadas utilizada como herramienta en una guerra en la que nunca había deseado participar, Eira quería una vida tranquila.

Cyal inclinó la cabeza para mirarla con la boca abierta. Eira liberó un último suspiro, feliz, y su respiración se suavizó.

—¿Lo dices en serio? —preguntó él, tensando los hombros.

Eira no contestó, porque se había dormido.

Espiró aire y sonrió. Relajó los músculos y acarició la mejilla de Eira. Estaba fría, como de costumbre.

—A mí también me gustaría vivir contigo, Eira —susurró—. En una casa junto al mar. Dentro de unos años, cuando hayamos viajado por el continente entero.

No sabía si Eira se había enterado siquiera de lo que había dicho o si era lo que quería decir realmente. Daba lo mismo, le había hecho mucha ilusión.

Alzó la vista al cielo, despejado sobre la playa. Las nubes oscuras de tormenta empezaban en la lejanía.

«¿Estarías contenta si permanezco con Eira, abuela?», pensó, con la melancolía en la mirada.

Jarah le había ofrecido un hogar a Eira.

Por supuesto que Cyal deseaba vengarse de los xieri por haberle arrebatado a su abuela.

Pero la prioridad era curar a Eira y, después, estabilizar la energía del núcleo de Gaia.

Y le pareció mucho más importante la idea de poder creer en un futuro más allá de todas esas cosas.

Su abuela misma lo había creído.

Ella siempre había creído que Eira tenía una nueva oportunidad.

Examinó el rostro de Eira. Deslizó los dedos con mimo por su piel, pasando por las zonas oscurecidas de morado por las ojeras. Frunció el ceño. Si no conseguían una cura para ella, no lograría afrontar ningún futuro posible.

Tensó la mandíbula. Respiró hondo.

Bajó los dedos hasta sus labios. Cyal se había fijado en que no habían dejado de estar secos y agrietados desde lo sucedido en el pantano. Se inclinó hacia delante, estudiándola más de cerca.

No terminaba de descifrar qué sentía Eira hacia él.

Estaba el momento del casi-beso, cuando ella pareció burlarse de él.

Pero ¿y si no había sido una burla? ¿Estaría malinterpretando sus palabras?

Era posible que Eira deseara permanecer a su lado solo por gratitud, porque no se había apartado de ella y la había ayudado después de salir del hielo.

¿Cambiaría de parecer si conocía a alguien más?

Se le revolvió el estómago solo de imaginarse a Eira con otra pareja.

Se llevó una mano a la cara, frustrado. Se había dado cuenta de que ese último sentimiento eran celos.

Había desconfiado de Eira al conocerla. Había querido, incluso, mantener las distancias con ella.

Pero cuando ella regresó la noche del ataque a Drethol para salvarlo, todo había cambiado.

Cuando decidieron viajar juntos, siendo su única compañía, compenetrándose cada vez más según compartían los acontecimientos, la historia entre ellos había tomado otro rumbo.

«¿Cómo he podido ser tan estúpido?», pensó, hundiendo los hombros. Dejó caer la mano y siguió mirando a Eira, atrapado bajo un peso invisible.

Había sido tan necio como para enamorarse de una dragona inmortal. De la Muerte Escarlata, que tanto le había intimidado cuando la encontró en el hielo. ¿Y Eira? ¿Sería capaz de fijarse en él de la misma manera, a pesar de que no era más que un humano?

Le gustaría hablarlo en algún momento con ella. Él permanecería a su lado, aunque Eira lo rechazara, pero necesitaba una respuesta.

Sentado en aquella playa, se hizo la promesa de que esperaría a que Eira se hubiera curado y hubieran estabilizado la energía del núcleo para preguntar. Quería que ambos pudieran conversar con calma al respecto, sin nada que los distrajera o condicionara.

Desplazó la atención al pecho de Eira. Todavía lo tenía vendado, tapado por la camisa. La tela marrón aparecía salpicada por algunos granos de arena en los distintos pliegues.

Reposó una mano encima, como si quisiera curar las heridas que ella misma se había infligido días atrás.

Le reconfortó el rítmico latido de su corazón.

Inspiró aire cuando ella subió la mano para ponerla sobre la de él.

Cyal esperó, en tensión, pero ella continuaba respirando lenta y pausadamente, con los ojos cerrados. Permanecía dormida.

Cyal se relajó y recuperó la sonrisa. Podría haber pasado una vida entera mirando a Eira tan tranquila, descansando bajo la luz del sol.

Arash levantó un poco los párpados, observándolos desde unos metros más atrás, junto a la pared rocosa. Después cerró de nuevo los ojos, cansado. Sus labios se curvaron ligeramente hacia arriba.

«Estás en buenas manos, Zheit».