45. El mar de Namhad
El mar de Namhad
Cyal perdió la noción del tiempo. Todavía débil a causa de la falta de energía robada por los nephrores, acabó por dormirse sin darse cuenta, recostado en Eira.
Llevaban horas volando.
Eira lo sostenía contra ella. Con un brazo rodeando la cintura de Cyal, para asegurarse de que no se caía, dejó que durmiera.
Imaginó que necesitaba descansar, afectado por el corte de aquel nephror.
De no ser por algo así, se habría sorprendido de que Cyal fuera capaz de dormirse en esas circunstancias, con las agujas de agua de la tormenta clavándose sin cesar en la piel.
«¿Te suena de algo este camino, Eira?», preguntó Arash.
Tras horas en silencio, estaba aburrido. Se desplazaba con una sabiduría ancestral por los corredores donde no caerían rayos. El mar bajo ellos continuaba turbulento.
—Resulta vagamente familiar —contestó ella con sequedad. Tenía una mano en el rostro de Cyal, manteniéndolo despejado de las gotas de lluvia, para que no se despertara. Necesitaba descansar.
—¿No hay ninguna forma de que Eira recupere la memoria, Arash? —inquirió Thaydra, apenada.
«No. Eyvel borraba la memoria en el proceso de resurrección. Y borrar es... borrar —explicó él con una mueca—. No hay ninguna manera de recuperar algo que ha sido borrado».
—No desearía recuperar mis recuerdos —dijo Eira con cierta frialdad.
Thaydra giró la cabeza hacia ella, confusa.
—¿Por qué?
—Han pasado décadas. Ya no soy Zheitszoh. Y no volveré a serlo.
Arash frunció el ceño. Thaydra apretó los labios, pero no insistió. Respetaría su deseo.
La chica estiró ligeramente los brazos. Iba a acabar con los músculos entumecidos tras tantas horas en la misma posición; su espalda ya se estaba resintiendo. Al menos el frío no le afectaba, gracias a que regulaba su propia temperatura corporal.
—Eira, ¿no tenéis frío? —le preguntó, mirándola de nuevo.
Cyal continuaba sumido en un sueño profundo.
—Los afines al hielo no sentimos el frío —contestó ella.
Thaydra arqueó las cejas. Era lógico.
Más tranquila, devolvió la vista al frente. Se pasó una mano por la cara, echando hacia atrás los mechones de pelo pegados por la lluvia. La tormenta incesante era molesta, pero después de tanto tiempo, ya se había acostumbrado.
—Arash...
«Dime, princesa».
—¿Cómo vas? ¿No necesitas descansar?
Arash resopló.
«Aunque lo necesitara, no esperes que encontremos ningún lugar para descansar por el camino».
—Ya —murmuró Thaydra, con las mejillas encendidas. Había sido una pregunta estúpida.
«Pero no te preocupes. He hecho este trayecto miles de veces. Podré con ello».
—¿Sabes dónde está Veshier?
«No ha movido su hogar en milenios, no creo que lo haya hecho ahora».
—¿Y cuál es su hogar?
Arash la observó de reojo, con un brillo divertido en la mirada.
«A eso iba —dijo, y Thaydra se sonrojó, avergonzada por haberse impacientado—. El hogar de Veshier se halla en las cataratas Lavanda».
—¿Está cerca del núcleo?
Eran muchas preguntas, pero tampoco había nada más que hacer para pasar el tiempo.
Arash negó con la cabeza.
«No hay nada cerca del núcleo. Cuando está como ahora, tan desestabilizado e infestado de nephrores, nadie querría estar en las proximidades».
Thaydra se mordió el labio, nerviosa. Recordó la marea de nephrores, ya la segunda que veía así, brotando de las espeluznantes grietas de energía roja.
—¿Crees que nos dará tiempo?
Arash tensó la mandíbula.
«Queda poco. En cuanto Veshier cure a Eira, si es posible, debemos partir de inmediato hacia el núcleo».
Thaydra crispó los dedos.
—¿Existe la posibilidad de que no lleguemos a tiempo?
«Desgraciadamente —gruñó Arash—. Pero las cataratas Lavanda están de camino al núcleo. Si el núcleo estuviera ya a punto de colapsar, créeme, lo sabríamos. Tendríamos margen de partir de inmediato hacia el núcleo. Volando no tardaríamos mucho».
—¿Cómo lo sabríamos?
Arash dejó escapar una pequeña carcajada.
«¿Es esto un interrogatorio?».
—¡A-Arash! —protestó ella, azorada. Contuvo el reflejo de llevarse las manos a las mejillas al notarlas ardiendo; prefería seguir aferrada a las plumas del dragón—. Solo me gustaría saber...
Arash sonrió con picardía.
«Una pena que no pueda apreciar en condiciones tu sonrojo».
El rostro entero de Thaydra era del color de un tomate. ¿Cómo se había dado cuenta?
«Respondiendo a tu pregunta —continuó él, serio de nuevo—. Lo sabríamos porque la energía de Gaia empezaría a flotar en el ambiente. Todo se vería con una especie de filtro escarlata».
Thaydra frunció el ceño.
—Imagino que fue lo que sucedió hace miles de años, con Taiyo.
«Así es. Estuvimos a punto de no lograrlo —dijo Arash—. Fue la razón por la que...».
Thaydra ladeó la cabeza cuando calló de golpe.
—¿Por la que...? —lo instó a continuar.
Arash tensó los hombros.
«Nada».
—Arash...
«Olvídalo», respondió él, en tono cortante.
Thaydra se encogió. ¿Por qué se cerraba de repente? ¿Qué era lo que había estado a punto de decir?
Miró a Eira. Ella, sin embargo, no estaba pendiente de la conversación. Tenía la cabeza girada a la derecha, con el rostro iluminado por los rayos que caían al mar.
Volvió la vista al frente y suspiró pesadamente.
—¿Era esa la primera vez que teníais que estabilizar el núcleo?
«No —contestó Arash con sequedad, mostrando su inquietud por el tema anterior—. Pero sí era la primera vez que necesitábamos enlaces para hacerlo».
—¿Y eso?
«Zheitszoh y yo, antaño, no teníamos la necesidad de sumirnos en letargos, ni necesitábamos un enlace que nos mantuviera conectados a Gaia para despertar —explicó Arash. Entornó los ojos—. Éramos los dragones más poderosos y, de hecho, éramos los líderes».
La revelación dejó a Thaydra con la boca abierta.
—¿Por encima de Hereshia?
«Por encima de Hereshia —confirmó él, asintiendo—.
Pero nos afectó una extraña enfermedad. Fue hace tanto ya que se me escapan los detalles.
Quizá fuera algo que sucedió mientras arreglábamos el núcleo aquella última vez antes de sumirnos en el primer letargo.
Tras restaurar el equilibrio, sentimos que nos abandonaban las fuerzas.
Hereshia y Veshier lograron estabilizarnos, y ahí empezó el sistema de letargo y enlaces».
—Es extraño. ¿Por qué iba a sucederos eso de repente si ya habíais reparado el núcleo varias veces antes?
«Lo desconozco. Puede que hubiera algún desajuste; la energía de Gaia es peligrosa y manejarla es siempre un riesgo.
Y la razón por la que la situación llegó a ser tan crítica en la época de Taiyo fue, precisamente, porque siendo nuestro primer despertar después del letargo, tanto Zheit como yo despertamos demasiado tarde».
—¿Y nunca investigasteis qué os había pasado?
Arash exhaló su aliento de ceniza.
«No había nada que investigar, princesa. Era imposible averiguar lo que sucedió. Han pasado ya miles de años; estoy acostumbrado a este sistema».
—¿No preferirías no tener que sumirte en un letargo cada cierto tiempo? —replicó ella—. Tiene que ser tedioso. Además, dependes siempre de un humano.
«Es cierto que preferiría ahorrarme la parte de depender de un humano —admitió él—. Pero, cuando has vivido durante eones, perderte un par de siglos de vez en cuando deja de ser un gran problema».
—Supongo... Pero ¿por qué dejasteis de ser los líderes de los dragones?
«¿Cómo íbamos a serlo si, por cada siglo que estábamos presentes, pasábamos otro desaparecidos, durmiendo? —masculló Arash, con la frustración flotando en la voz—. Hereshia y Eyvel asumieron ese papel».
—¿Eyvel también? —dijo Thaydra, perpleja.
«Los dragones siempre hemos tenido un sistema de dos líderes, para evitar que el poder se concentre en uno solo. Eyvel lo fue hasta que se involucró en la guerra del Alzamiento. Desde entonces, se mantiene algo más apartada».
Thaydra agachó la cabeza y se sumió en sus pensamientos. Entendía que, después de miles de años desde aquel momento, Arash ya se hubiera habituado al sistema de enlaces y, sobre todo, se hubiera olvidado de la mayoría de los detalles que los condujeron al primer letargo.
A ella le costaba creer que hubieran perdido tanto poder por causas naturales. Sin embargo, no había forma de que una simple humana pudiera descubrir los verdaderos motivos, ¿no? Darle más vueltas sería perder el tiempo.
Se le escapó un bostezo.
«Aunque me encantaría que durmieras, princesa, me temo que vas a tener que esperar un poco más para descansar —comentó Arash, sorprendiéndola—. No querrás caerte si te quedas dormida, ¿no?».
Thaydra sacudió la cabeza.
—No me dormiré, tranquilo.
Aunque sí era cierto que el sueño acechaba. Envidió a Cyal, durmiendo recostado en Eira mientras ella lo sostenía y lo protegía de la lluvia. Hasta Azer estaba descansando en la mochila.
Bostezó de nuevo, con la luna en la distancia.