Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 44. Cubrir las espaldas
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44. Cubrir las espaldas

Cubrir las espaldas

El rayo disparó esquirlas en todas las direcciones y Eira movió los dedos para que el agua de la lluvia desviara las que se dirigían hacia ellos.

Un hombre de pelo oscuro y ojos rojos se materializó delante.

Graialan.

—Buenos reflejos, Arash —lo felicitó, dando un par de palmadas—. No esperaba menos de ti.

—Rayo —siseó Arash. Tensó los hombros—. ¿Qué tal si te largas?

—O podemos acabar contigo aquí y ahora —añadió Cyal, soltando la mano de Thaydra y situándose junto a Arash, delante de Eira. Entornó los ojos, empuñando la espada—. Tú decides.

Graialan echó la cabeza hacia atrás y rio. Los nephrores lo imitaron con siniestras carcajadas que resonaron por la montaña. Eira generó un escudo de agua para repeler a los que intentaron acercarse.

—Es halagador que me tengáis en tan alta estima —ironizó Graialan, con una mano en la cadera. Desenvainó su espada de hoja escarlata con la otra—. Pero ser inmortal sin un buen combate de vez en cuando es tedioso, y no puedo dejar pasar la oportunidad de eliminaros. No es nada personal. De verdad.

Se lanzó hacia delante como un relámpago. Cyal disparó una esfera de luz y Graialan desapareció.

Thaydra giró sobre los talones y lanzó el puñal delante de ella. Graialan apenas tuvo un segundo para abrir los ojos como platos y desvanecerse de nuevo.

—Vaya, veo que sigues mejorando, princesita —la felicitó al materializarse en un saliente rocoso. Sorprendentemente, lo hizo sin sarcasmo alguno.

Los nephrores se acumulaban a su alrededor. Cyal apretó los dientes.

Arash también había tensado la mandíbula. La situación se complicaba por momentos. Los nephrores eran demasiados y Graialan ya no les permitiría escapar. Pero tener que enfrentarse a él a la vez que los rodeaban cientos de nephrores sería un suplicio, y mucho más con Eira en su estado.

Graialan disparó un rayo hacia ellos. Arash extendió la mano y lo mandó a un lado. Graialan apareció detrás de él.

—¡Arash! —gritó Cyal.

Se movió en un parpadeo también a las espaldas de Graialan, girando en el aire con la espada envuelta en luz. Consiguió rozar el hombro de su contrincante antes de que este se desvaneciera. Pero quedó expuesto a las garras de un nephror. La criatura desgarró su brazo izquierdo sin miramiento.

Cyal cayó de rodillas al suelo con un gruñido.

—¡Cyal! —exclamó Eira, situándose delante de él y protegiéndolo con un escudo de hielo.

Las fuerzas lo abandonaban, robadas por el tétrico ser e impidiéndole levantarse de inmediato.

Graialan rechinó los dientes al aparecer unos metros más lejos.

—Veo que es cierto que tu luz quema por dentro, humano —siseó, llevándose una mano al hombro.

No podría transformarse en dragón de inmediato, como era su plan inicial. No fue capaz de reprimir del todo el temblor de su cuerpo mientras la luz hacía que le ardiera la sangre.

Cyal no respondió, jadeando. Su prioridad había sido justo esa: cortarlo con la luz para que no se transformara. Sin embargo, la maniobra le había salido cara.

Arash estaba al otro lado de Cyal. Thaydra se colocó junto a él, repeliendo como podía a los nephrores con cuchillas de metal. Era un esfuerzo constante ver a través de las gotas de agua. El dragón, como ella, no cesó en su empeño de intentar detener el avance de los nephrores.

Estaban tan centrados en repelerlos que Arash se dio cuenta en el último instante del rayo que caía sobre ellos. Alzó el brazo y lo detuvo.

Graialan utilizó ese segundo para materializarse a su lado. Thaydra lo vio por encima del hombro y abrió los ojos como platos, aterrada.

—¡Arash...! —gritó, agarrándolo del brazo y tirando de él.

El movimiento de Thaydra evitó que fuera atravesado por la espada de Graialan. Sin embargo, él recibió un corte en el costado. Y la espada de drialita del xieri estaba imbuida con oscuridad.

Arash se tambaleó, ahogando un aullido de dolor. Thaydra logró estabilizarlo, con las manos temblando. Arash estaba rígido, incapaz de reaccionar a lo que sucedía a su alrededor mientras la oscuridad lo abrasaba por dentro.

—¡Atrás! —bramó Eira al ver a Graialan dispuesto a encadenar otra estocada.

Saltó por encima de Cyal y bajó una de las cimitarras sobre la espada del xieri.

—¿Tanta prisa tienes por que me encargue de ti también, Eira? —ronroneó Graialan—. Has dejado desprotegido a tu enlace.

Eira giró el cuello con brusquedad. Estiró un brazo hacia atrás y erigió un muro de hielo delante de Cyal, haciendo que los nephrores se estamparan contra él con chillidos de frustración. Cyal respiró hondo y se llevó una mano a la cabeza, parpadeando varias veces para enfocar la vista.

Graialan aprovechó la distracción de Eira para darle una patada en el abdomen. Eira trastabilló y Graialan deslizó la espada.

A Cyal se le helaron las venas.

«¡Protege lo que es tuyo!», ordenó aquella voz colérica. Un brote de adrenalina estalló en su interior.

—¡Eira!

El sonido del choque entre metales retumbó en la montaña. Cyal había sacado fuerzas de donde creía que no las había para levantarse y extender la espada.

El brazo le tembló. Pero eso no lo detuvo.

Los dientes le dolían de apretarlos por el esfuerzo.

Cada músculo exigía su rendición por el agotamiento; los pulmones le reprochaban cada bocanada de aire que aspiraba.

Sus rodillas cedieron un instante, pero se negó a caer.

No permitiría que tocara a Eira. Iba a defenderla.

Cruzó su espada con la de Graialan, que sonrió con malicia.

Los nephrores rompieron el muro de hielo. Eira se dio la vuelta y deslizó las cimitarras, creando ondas afiladas de agua a presión que partieron por la mitad a todos los que alcanzó. Mientras tanto, Cyal intercambiaba golpes con Graialan.

Thaydra permanecía junto a Arash, moviendo las cuchillas de metal sin parar para que los nephrores no se acercaran.

Arash gruñó. Solo había una forma de escapar. Ya no tenía sentido intentar que los xieri no los detectaran; se estaban enfrentando al propio Graialan. Se hallaban cerca del borde del continente, pues solo quedaba esa línea de montañas por atravesar para llegar al cabo de Fintra.

—Nos vamos de aquí, princesa —dijo Arash, endureciendo la mirada.

Thaydra lo observó de reojo.

—¡Pero...! —trató de protestar, preocupada por la oscuridad que todavía estaría afectando a Arash.

Sin embargo, Arash ya se había envuelto en un brillo blanco. Rugió y extendió las alas de plumas negras.

Graialan chasqueó la lengua. Saltó hacia atrás y se desvaneció en el aire. Reapareció en un saliente rocoso, agachado.

Arash, con los músculos en tensión, pues la transformación hizo que le ardiera la sangre con renovada intensidad, giró la cabeza hacia él y entornó los ojos.

No se entretuvo más una vez comprobó que el xieri no se iba a transformar.

Era ahora un objetivo mucho más grande que los nephrores alcanzarían con más facilidad.

Si le robaban su energía, estarían perdidos.

Disparó un rayo de la boca, repeliendo a las criaturas espectrales. Eira y Cyal lo observaron, estupefactos.

«¡Nos vamos!».

Thaydra trepó por su hombro. Eira y Cyal también saltaron al lomo del dragón, impulsados por el agua en los pies.

Arash batió las alas y alzó el vuelo. Los nephrores dispararon las garras hacia él, pero Eira se encargó de repelerlos con carámbanos de hielo.

Cyal se ocupó del resto con esferas de luz.

Eso último forzó a los demás nephrores a mantener la distancia, intimidados.

La luz los haría desaparecer para siempre.

La lluvia arreciaba, pero incluso en medio de la implacable tormenta Arash fue capaz de distinguir por el rabillo del ojo el brillo blanco.

Maldijo entre dientes.

«Graialan viene a por nosotros».

Cyal miró por encima del hombro y gruñó al divisar al dragón negro y amarillo batiendo las alas membranosas con fuerza, buscando alcanzarlos. Se habría recuperado también lo suficiente de la luz infiltrada en su sistema.

«¡Qué triste, Arash! —exclamó Graialan en sus mentes, riendo—. Has acabado convertido en una simple montura para humanos y xieri».

Arash se tragó la ristra de insultos. No podía distraerse.

Eira alzó el brazo y lo bajó con brusquedad, descargando sobre Graialan una avalancha de carámbanos de hielo. Graialan se envolvió en electricidad para destruirlos.

Volaban entre las montañas a gran velocidad, pero no excesiva, pues debían cuidarse de que las alas no rozaran con los salientes de las paredes rocosas, o incluso chocar con ellas, debido a la reducida visibilidad por el agua.

Graialan disparó un rayo. Arash crispó las plumas y viró. Thaydra chilló, aferrándose a su cuello.

«Será mejor que os agarréis bien», recomendó Arash, adentrándose en un pasaje más estrecho.

El cielo encima de ellos retumbó.

—¡Cuidado! —gritó Cyal, alzando la vista.

«¡Thay, encárgate tú!», ordenó Arash. Él debía centrarse por completo en el camino para lograr huir.

Thaydra asintió con decisión. Parpadeando sin parar por las gotas de agua que se estrellaban en su cara, subió la mano y frenó el rayo que se dirigía hacia ellos antes de que este los alcanzara.

Arash descendió a la vez que giraba y otro rayo impactó en las rocas próximas. Ganó altura de nuevo. Echó un breve vistazo hacia atrás, comprobando que Graialan todavía los seguía. Apretó los colmillos.

A aquella velocidad, el viento se estrellaba contra su piel sin piedad, haciendo que Thaydra apenas sintiera los dedos.

Se apresuró en incrementar su temperatura corporal antes de atrapar el siguiente rayo que descendió del cielo.

Echó el brazo hacia atrás, con cuidado de no golpear a Cyal, y lo envió contra el extremo del precipicio bajo el que volaban.

Graialan gruñó cuando algunas de las rocas que se desprendieron le rozaron las alas, desestabilizándolo. Perdió velocidad y quedó rezagado mientras recuperaba el equilibrio.

Cyal, sin embargo, no respiró más tranquilo.

Era cuestión de tiempo que Graialan se recuperara lo suficiente como para también transportarse con las sombras en su forma de dragón.

Si lo hacía, estarían perdidos. Chocaría con Arash, caerían y, si sobrevivían a eso, tendrían que lidiar con la marea de nephrores que continuaba brotando de las grietas de luz roja sobre las que pasaban.

Miró a Eira, que iba detrás de él, por encima del hombro.

—¡Eira, necesito que lo obligues a subir cuando te diga!

Ella asintió. Se giró de cintura para arriba, lista para la señal. Graialan se envolvía en una bruma negra.

—¡Ahora!

Eira alzó los brazos y levantó un muro de hielo. Graialan batió las alas con fuerza, ascendiendo para pasar por encima.

Cyal esbozó una sonrisa torva.

Un pinchazo le atravesó la mente.

«Contra él, no», bramó el oscuro murmullo. Cyal gruñó. ¡Era el peor momento!

«¡Cállate!».

Disparó la esfera de luz. No consiguió hacerla lo bastante grande, distraído con aquella voz, pero no perdió la oportunidad de apuntar lo mejor que pudo.

Esta se movió en el aire y, en un parpadeo, impactó en el pecho de Graialan. El dragón echó la cabeza hacia atrás y rugió del dolor. La zona entera empezó a quemar y la luz se filtró en su sangre con voracidad, paralizándole los músculos. Se le petrificaron las alas y se precipitó hacia el suelo.

Arash salió del desfiladero y ganó velocidad al volar en terreno más abierto. Perdieron de vista a Graialan. Cyal suponía que habría sobrevivido a la caída, pero, con un poco de suerte, los nephrores irían a por él.

«Vamos directos a Namhad», les comunicó Arash. Su respiración era un tanto acelerada, debido al esfuerzo de su cuerpo para purificar la oscuridad que aún quedaba en él.

Thaydra arqueó las cejas.

—¿No necesitas descansar? —le preguntó, preocupada, inclinándose sobre su cuello.

«Tranquila, princesa —contestó él con media sonrisa—. Soy resistente».

Las montañas eran peligrosas. Los nephrores las infestaban y existía el riesgo de que Graialan los localizara para atacar de nuevo. Quizá, incluso, con más xieri acompañándolo. No convenía tentar a la suerte. Incluso si era un esfuerzo, era uno que estaba dispuesto a hacer.

Cyal, por su parte, se inclinó a un lado y se asomó, subiendo una mano a la cara para impedir que los mechones de pelo revueltos por el viento se le metieran en los ojos. Era difícil deducirlo desde esa altura y con la oscuridad de la tormenta, pero le pareció que el suelo bajo ellos se movía.

Llegó a sus oídos el sonido de las violentas olas del mar rompiendo contra las rocas y el viento arrastró hacia ellos el olor a sal.

Lo que se movía era el agua.

Estaban sobrevolando el océano más allá del continente.

El corazón de Cyal dio un brinco. Había estado mentalizado para varios días de arduo viaje a través de aquellas montañas. El ataque de los nephrores y Graialan había precipitado los acontecimientos.

Continuos destellos de luz rasgaban el aire alrededor.

Los rayos descendían sin cesar de las nubes, impactando en los remolinos de la superficie del mar.

La única zona despejada era por la que se desplazaba Arash, que volaba inmune a los fuertes vientos o las gotas de agua que se estrellaban a gran velocidad contra sus escamas.

—Ahora entiendo por qué nadie puede ir a Namhad —comentó Cyal, impresionado—. Salvo los propios dragones, claro.

Thaydra, manteniendo un puño cerrado en torno a las plumas del cuello de Arash, echó la otra mano hacia atrás y palpó la mochila. Escuchó un graznido indignado y contuvo la risa, más tranquila. Azer estaba bien.

Para Eira era extraña la sensación de estar en el aire sin ser ella misma la que volaba. También era inquietante lo familiar que le resultaba aquel camino. No lo recordaba, pero en su vida pasada lo había atravesado incontables veces a lo largo de los milenios.

—¿Vamos directos hacia Veshier? —preguntó Cyal, esperanzado. Sabía que Arash lo escucharía.

Él giró la cabeza ligeramente para observarlos de reojo.

«Así es, chico impaciente».

—¡No soy impaciente! —replicó Cyal, indignado, e irguió la barbilla—. Solo es lo más urgente.

Arash soltó una carcajada. Pudieron sentir la vibración de su profunda risa a través de las escamas.

«Lo sé».

Cyal miró por encima del hombro. Se topó con los ojos rojos de Eira, que brillaban a través de las gotas de la tormenta.

—Ya casi estamos, Eira —dijo él, con una sonrisa—. Solo tienes que aguantar un poco más.

Los destellos de los rayos iluminaban las marcadas ojeras que tenía Eira. Pero también le permitieron apreciar como sus labios se curvaron un poco hacia arriba.

—Aguantaré, Cyal. No te preocupes.

Thaydra, en cambio, había fruncido el ceño.

En teoría, habían dejado atrás el peligro.

Una vez llegaran a Namhad, solo tendrían que ir con Veshier, esperar a que ella curara a Eira y, después, ir al núcleo de Gaia a estabilizar la energía.

Se suponía que ya no se toparían con enemigos intentando detenerlos, aparte de los nephrores que también hubieran brotado de las grietas en Namhad.

Y, aun así, tenía la sensación de que no sería tan sencillo como parecía.