Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 43. Grietas rojas
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43. Grietas rojas

Grietas rojas

Cyal frunció el ceño cuando su pie casi se hundió en la tierra. La parte de la llanura que rodeaba Umbría estaba anegada. Sobre la ciudad, y abarcando las montañas, las nubes de tormenta descargaban sin piedad. Cubrían el cielo al completo.

—Esto no estaba así hace unas semanas —dijo, un tanto sobrecogido.

Había grandes charcos e incluso lagunas. El lodo y el barro estaban presentes allá donde miraban.

—La lluvia no ha cesado desde que huimos —comentó Eira, alzando la vista. El viento arrastraba el olor húmedo de la tierra.

—Ni lo hará —dijo Arash y entornó los ojos—. Esta es otra de las consecuencias del desequilibrio de Gaia.

—Pero, si esto está así aquí, ¿cómo estará la ciudad? —preguntó Thaydra, preocupada. Azer, en su hombro, observaba en silencio.

Cyal hizo una mueca.

—Inundada.

Aunque no podía decir que él estuviera preocupado por eso. Umbría era el reino sin ley, el lugar donde se refugiaban ladrones, asesinos y mercenarios. Su última visita a la ciudad no había sido muy agradable; los habían atacado y habían acabado matando a varios de ellos.

Entre ellos, a Harkan.

—No pasaremos a comprobarlo —dijo Arash—. Rodearemos la ciudad e iremos directos a las montañas. El cabo de Fintra está al otro lado.

Las siluetas de los edificios de Umbría se recortaban en la distancia, a través del velo de lluvia.

Cyal recordó su último encuentro con Harkan y descubrió que seguía sin ser capaz de sentir remordimiento alguno por ser su asesino.

Sí había una cierta sensación de vacío extraña que no lograba entender.

No era culpabilidad, y tampoco era pérdida. Pero ¿qué otra cosa podía ser?

Caminar por aquel terreno era desagradable.

Las botas se manchaban de barro y también se filtraba el agua a través de las suelas.

A Thaydra cada paso le suponía un esfuerzo mayor.

Aun así, no protestó ni una vez. Eira, por su parte, no se acostumbraba a ir sin su traje.

Pasó las manos por la tela de la camisa, asegurándose de que estaba bien metida en el pantalón. Cyal se fijó en el gesto.

—¿Qué pasa, Eira? ¿No te convence lo de ir vestida como el resto de los mortales? —la provocó, divertido.

Eira apretó los labios.

—No.

Cyal rio. A Thaydra se le escapó una sonrisa. Arash puso los ojos en blanco.

—Yo ya me acostumbré hace tiempo —dijo Arash—. Es un incordio. Si fuera por mí, no llevaría ropa en absoluto. Es lo que hacemos en Namhad.

Cyal enarcó una ceja.

—¿Qué?

Arash, que caminaba el primero, lo miró por encima del hombro.

—¿Qué esperabas, chico? Estamos casi todo el tiempo en nuestra forma de dragón; muchos, incluso, nunca han adoptado forma humana. La ropa es asunto vuestro.

—Y de los draconianos —señaló Cyal.

—Los draconianos eran originalmente humanos.

—¿Sí?

—Hereshia les otorgó el poder de transformarse en dragón —explicó Arash.

—Sí, yo también me sorprendí cuando me lo contó hace tiempo —dijo Thaydra—. Pero, si lo piensas, tiene sentido.

—Supongo.

—Y Eyvel odia a los draconianos —habló Eira. Thaydra la miró sin darse cuenta con una sonrisa. Se alegraba de que Eira fuera participando más en las conversaciones del grupo—. ¿Por qué, si fue Hereshia quien los creó, no los defiende de su hermana?

—No esperes que Hereshia salga de Namhad. A veces pienso que si quemaran la isla, se quedaría en ella —gruñó Arash—. Tampoco esperes que haga algo realmente útil contra Eyvel jamás. Es su adorada hermana gemela —añadió con claro desdén.

—¿Qué más da que sea su hermana? —replicó Eira, frunciendo el ceño.

Arash suspiró con exasperación.

—Al contrario de lo que pudiera parecer por su rivalidad, han estado siempre muy unidas.

Cyal hizo una mueca, contrariado.

No tardaron en sufrir los efectos de la lluvia.

Lo que al principio había sido una llovizna constante, pronto se convirtió en un auténtico diluvio.

Las agujas de agua caían sobre ellos con dureza y sin piedad, dificultando de forma considerable la visión.

Andar era también más complicado; pisaban con cuidado de no resbalar.

Thaydra había permitido a Azer refugiarse en la mochila. Iba con la mirada fija en el suelo y las manos agarrando con fuerza las correas de cuero del macuto.

Parpadeó, perpleja, cuando dejó de notar la lluvia sobre ella. Ladeó la cabeza y vio a Cyal, con su pelo rubio tan empapado que parecía oscuro, observándola con una sonrisa. Controlaba la lluvia para que no cayera sobre ella.

—Me ha parecido que te vendría bien un descanso de tanta agua.

A Thaydra le ardieron las mejillas. Agradeció que la relativa oscuridad ocultara su sonrojo, pues las nubes negras cubrían por completo el cielo y el sol.

—No tengo nada en contra de la lluvia —dijo. Sobre todo teniendo en cuenta la sequía que habían sufrido en Drethol—. Es solo que... Bueno, ahora mismo es demasiada, y no ayuda en este terreno.

Comenzaban a subir por la escarpada ladera de la montaña que separaba Umbría de su siguiente objetivo. Solo había roca y barro. Eira y Arash estaban unos metros más adelante, avanzando para comprobar que el paso era seguro.

Cyal le tendió la mano. Thaydra pestañeó y lo miró, confusa.

—Yo te guío —ofreció él.

Una sonrisa asomó en los labios de Thaydra. Tomó su mano sin dudarlo.

—Gracias. Aunque creo que quien más apreciará que ya no esté cayendo tanta agua sobre nosotros es Azer —bromeó ella. Al escucharla, el cuervo graznó, sacando la cabeza de la mochila.

—Ya lo veo —rio Cyal.

—¿A ti no te molesta la lluvia, Cyal? —preguntó Thaydra.

Andaba con mucha más seguridad, aferrada a la mano del joven. Se atrevió a levantar la mirada del suelo para observar su reacción. Él se encogió de hombros.

—Es mi elemento y en Drethol escaseaba. En un tiempo seguramente me canse, pero por ahora la disfruto.

—A mí no me gusta —reconoció ella en voz baja, y Cyal tuvo algo de dificultad para escucharla en medio del ruido atronador de la tormenta—.

Mi fuego sería inútil en un combate aquí.

Y la electricidad... —Sacudió la cabeza—.

No tengo todavía la práctica suficiente; empapada como estoy acabaría electrocutándome a mí misma sin querer.

—Bueno, al menos te queda el metal.

—Sí, algo es algo.

Eira echó un vistazo por encima del hombro para comprobar que los seguían. Sonrió en su interior al ver a Cyal ayudando a Thaydra.

—La estúpida tormenta hace que tengamos que ir más despacio y nos retrasa —mascullaba Arash. Le lanzó una mirada de soslayo a Eira—. ¿Imagino que no podrás ayudarme a hacer que desaparezca?

Él podría disiparla por completo en su forma de dragón, pero si había xieri rondando por la zona, transformarse los alertaría de inmediato.

Eira frunció el ceño. Su silencio fue la respuesta; no se encontraba con la energía suficiente para intentarlo siquiera.

Arash torció el gesto.

—A veces me gustaría que no ocultaras cómo te encuentras en realidad, Eira.

—Haría que estuvierais más pendientes de mí. Es innecesario.

Arash hizo una mueca, pero no insistió.

Un rayo iluminó de forma fugaz el camino frente a ellos. Un trueno resonó por toda la montaña, indicando que la tormenta no amainaría pronto.

Pararon al terminar de subir la cuesta para que Cyal y Thaydra los alcanzaran. Aunque no lo manifestó en voz alta, Arash le agradecía a Cyal que permaneciera junto a Thaydra.

De hecho, que sus enlaces fueran afines entre sí resultaba agradable. Arash pensó que Thaydra debía estar disfrutando de poder hablar con alguien de su edad, de su mundo.

Aunque no exactamente.

Thaydra había crecido en el palacio, mientras que Cyal había crecido en las calles. Sin embargo, parecían haber resuelto esas diferencias con una facilidad increíble.

—En circunstancias normales, ni me plantearía atravesar las montañas en estas condiciones —dijo Arash, con los brazos en jarras—. Sin embargo, me temo que la tormenta no cesará hasta que Gaia esté en equilibrio, y el tiempo apremia.

—Iremos con cuidado —dijo Cyal, decidido.

—Habrá que estar atentos —habló Eira, muy seria—. Es posible que Lluvia todavía siga haciendo visitas a Umbría y se encuentre por la zona.

—Qué ilusión —comentó con ironía Cyal.

Por dentro, sin embargo, la furia lo recorrió; no se le escapó el sutil pesar con el que Eira lo había dicho. Si volvían a encontrarse a Lluvia, le haría pagar todo el sufrimiento que había provocado a su compañera.

—Si aparece, ajustaremos cuentas con ella y continuaremos —resolvió Arash, reanudando la marcha.

—Esa es la actitud —asintió Cyal, conforme.

—No nos confiemos —murmuró Thaydra.

En el terreno en el que se encontraban, debían contar con el riesgo constante de desprendimientos. Arash le dedicó una sonrisa.

—Tranquila, princesa. Tan solo céntrate en no tropezar... —empezó, pero calló de repente. Se detuvo de nuevo, irguió la barbilla y entornó los ojos.

Eira también había fruncido el ceño.

—¿Qué ocurre? —quiso saber Cyal, inquieto.

—Nephrores —siseó Arash.

—Bueno, no pasa nada, nos desharemos de ellos y... —dijo Cyal, no muy preocupado.

—Cientos, chico —especificó Arash, y Cyal abrió los ojos como platos.

Thaydra se llevó las manos a la boca. Recordó la marabunta de nephrores que los había rodeado de camino a Erom. Había sido imposible acabar con ellos y tuvieron que huir.

Miró a Arash. Él asintió, muy serio.

—El objetivo es abrirnos paso y escapar —dijo—. ¿Queda claro?

—A sus órdenes, dragón —afirmó rotundo Cyal, pero lo hizo de buena gana.

Eira desenvainó las cimitarras. Cyal la imitó con la espada. Thaydra cogió el puñal y respiró hondo. Esperaba no acabar con cortes en la espalda, como en su último enfrentamiento contra tantos.

El primer nephror se materializó encima de Arash. Él envolvió la hoz en electricidad y lo desintegró de un corte certero. Eira acabó con los dos frente a ella y Cyal se encargó de los que subían por la cuesta. Thaydra atravesó a otro con su puñal y este se deshizo en medio de un profundo lamento.

Era difícil distinguirla en la oscuridad y con la visión reducida por la tormenta, pero pronto los empezó a rodear una masa de espectros negros que giraban con rapidez, riendo y profiriendo estridentes chirridos. Thaydra apretó los dientes, reprimiendo un escalofrío.

—¡Son demasiados! —exclamó Arash y disparó un rayo, gruñendo—. Las grietas de energía también se están abriendo por esta zona.

Eira convirtió las gotas de agua en afiladas agujas. Movió la mano y los carámbanos de hielo descendieron sobre los nephrores. Arash liberó una descarga eléctrica en la misma dirección, seguida por una ola de agua de Cyal.

—¡Vamos! —los apremió Cyal.

Agarró la mano de Thaydra, que tuvo un segundo para dirigirle una mirada sorprendida, y echó a correr.

Arash y Eira los acompañaron. El viento soplaba en su contra, dificultando el avance y entonando una tétrica melodía al atravesar los huecos entre las rocas.

Un rayo iluminó un precipicio en la distancia y Cyal palideció.

No debían olvidarse de vigilar el terreno.

Aquellas montañas eran muy traicioneras.

Los nephrores se materializaban a su paso. Los apartaban con distintos ataques, sin detenerse, antes de ser rodeados de nuevo.

—¿Qué es eso? —preguntó Thaydra asustada, alzando la voz para que la escucharan por encima del ruido de la tormenta. Jadeaba por el esfuerzo de la carrera.

Se refería a una luz roja que provenía del suelo a la derecha.

—¡Es una de las grietas de energía de Gaia! —respondió Arash, a través de la lluvia.

El pulso de Cyal se incrementó. Thaydra arqueó las cejas. Nunca habían visto una.

—¡Eso no estaba aquí la última vez! —señaló Cyal.

—Aparecería poco después. ¡Por eso está todo infestado de nephrores!

Cyal se estremeció al imaginar el mundo entero así. ¿Era eso lo que les esperaba si no conseguían equilibrar el núcleo?

Arash frenó con brusquedad, extendiendo los brazos a los lados. Los demás pararon, con la respiración agitada.

—¡Arash! ¿Qué...? —empezó Thaydra. Los nephrores ya los rodeaban.

Un rayo descendió del cielo, impactando donde ellos habrían estado en los dos segundos siguientes.