Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 42. Una flor
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42. Una flor

Una flor

Cyal sacó del bolsillo del pantalón la gerbera que había recogido en la llanura con Arash. Se la tendió a Eira, que la aceptó y la examinó, sin decir nada.

—Me ha recordado a tus ojos —prosiguió Cyal, encerrando los nervios en un rincón. Casi podía escuchar el latido desbocado de su propio corazón y le ardían las orejas. Esperaba que no se notara mucho—. Por su tono escarlata tan intenso y bonito.

Eira la estudió, sujetándola por el tallo y haciendo que girara con los dedos.

Era una flor llamativa, con esos pétalos rojos brotando de un disco de color más oscuro.

Cyal se estaba arrepintiendo de habérsela dado, pensando que a Eira le habría parecido un gesto muy estúpido, quizá hasta ridículo, cuando se fijó en que, poco a poco, el rubor le iba cubriendo las mejillas.

—Eira, ¿te estás sonrojando? —dijo con una sonrisa pícara, recuperando la confianza.

Ella, al fin, alzó la vista para mirarlo. Sus mejillas se enrojecieron todavía más.

—No —contestó ella, azorada, a pesar de la evidencia—. Yo...

Era increíble: se había quedado sin palabras. La alegría revoloteaba en su interior y un ardor dulce le invadía los ojos. Parpadeó varias veces y se llevó una mano a la cara, tapándola.

—¿Eira? —la llamó Cyal. Se inclinó hacia ella, preocupado—. ¿Qué te pasa?

Eira apartó la mano y Cyal se tensó al ver sus ojos vidriosos. Estaba a punto de llorar. ¿Por una flor?

—Perdona —murmuró ella. Se le escapó una bonita carcajada y sacudió la cabeza. Se acercó la flor a los labios—. Nadie, aparte de Khait, me había regalado nunca nada, y...

Cyal suspiró, aliviado. Las lágrimas no eran de tristeza, sino de felicidad.

—Vaya, Eira, así que en el fondo eres una sensible —dijo con una sonrisa provocadora.

—Puede ser —admitió ella, riendo. Se frotó los ojos con el dorso de la mano y respiró hondo. Lo miró sonriendo, tan radiante como el sol—. Gracias, Cyal. —Bajó la flor al pecho, presionándola contra las vendas—. La llevaré siempre conmigo.

Su ilusión por recibir un regalo de Cyal era inmensa; guardaría aquel tesoro como si encerrara una parte de él. Solo lamentaba no poder darle nada a cambio, pero ya pensaría algo, con el tiempo.

—Me alegro de que te haya gustado —dijo él, más tranquilo, aunque su corazón vibraba contagiado por la dicha que manaba de la sonrisa de Eira—. Tenía la esperanza de que te animara un poco.

—Lo has conseguido —murmuró ella, agachando la cabeza para seguir admirando la flor.

Cyal deseó que ese instante no terminara jamás. El sonrojo que teñía las mejillas de Eira, la sonrisa temblorosa que aún se aferraba a sus labios, la luz serena en sus ojos. Todo en ella irradiaba una belleza que lo desarmaba.

¿Un monstruo? No. Para él, era lo más puro que había contemplado nunca.

—Eira...

Ella lo miró por debajo de las pestañas.

—¿Sí, Cyal?

Él sacudió la cabeza.

—Nada.

Desvió la vista, con un nudo en el estómago al decidir guardarse las palabras. Le hacía inmensamente feliz verla así, tan viva. Aquella reacción encendió en Cyal una chispa de esperanza, pero enseguida recordó su lugar.

Ella nunca lo miraría como él la miraba.

Eira era una criatura milenaria, aunque hubiera olvidado la mayor parte de su vida.

Incluso solo con su vida como xieri contaba con mucha más experiencia.

Era inmortal, tan eterna como el invierno.

No envejecería y seguiría respirando mucho tiempo después de que el nombre de Cyal se hubiera borrado del mundo.

A veces, su presencia lo hacía sentirse diminuto, casi irrelevante, aunque ella no le diera motivos para pensar así.

Era consciente del lazo que los unía, tan profundo como improbable, y aun así...

El aire escapó de sus labios en un amargo suspiro. ¿Qué era un simple humano al lado de una de las dragonas más importantes en Gaia, cuya existencia trascendía los siglos?

—¿Cyal? —lo llamó ella, consternada ante su repentina tristeza.

—No es nada, Eira —murmuró él—. No te preocupes.

—¿Seguro? Porque... —empezó ella, frunciendo el ceño.

Cyal se forzó a mirarla y a sonreír.

—No es nada, de verdad.

Eira, sin embargo, detectó el desánimo en su voz y en lo tensa que era la sonrisa.

«¿En qué piensas?», se preguntó, inquieta. Siempre que creía que era capaz de leer su mente, se le escabullía.

Cyal le llamó la atención al principio por sus ojos dorados, idénticos a los de Khait.

Poco a poco se había acercado a él, hasta descubrir en su interior algo que no esperaba: la calma que solo Cyal sabía darle.

Lo había admirado, luego apreciado y, al final, se había visto obligada a admitir que lo necesitaba. Aportaba la luz a su existencia.

No concebía la vida sin él.

Ella, una dragona, una xieri, ahora debilitada, pero antaño temida y venerada, dependía de un humano. Y no le importaba. No había vergüenza, ni orgullo herido, solo la certeza de que deseaba estar a su lado. Junto a Cyal.

Pero Eira no podía permitir que él se enamorara de ella. Cyal merecía a alguien mejor. Alguien sin un pasado atroz, sin las manos manchadas de la sangre de miles de personas. Alguien cuyo cuerpo no se apagara un poco más con cada amanecer, sin las sombras de la oscuridad grabadas en la piel.

Cyal la había rescatado del vacío. Le había devuelto las ganas de vivir. Apreciaba su ternura, su constancia, la forma en la que siempre estaba pendiente de ella. Se había vuelto indispensable, el faro en medio de su tormenta, y se había convertido en alguien por quien daría la vida sin dudarlo.

Sin embargo, junto a esa gratitud crecía la culpa. Sentía que lo estaba atando a su ruina, privándolo de una paz que nunca tendría junto a ella e impidiéndole encontrar a alguien que no le provocara esa angustia.

Pero era su enlace, y tenían una misión que cumplir.

Eira estaba decidida a separarse de Cyal una vez cumplieran su objetivo. Una vez estabilizaran el núcleo de Gaia, una vez eliminaran la amenaza de los xieri; una vez se asegurara de que él estaba a salvo, que nada podría herirlo, desaparecería de su vida, por mucho que doliera.

Era lo correcto. Solo así Cyal podría tener la libertad de hallar a alguien digno de la luz que brillaba en él.

Fue por todo eso que no lo presionó. Bajó la vista a la flor y su corazón la traicionó de nuevo. Porque, por mucho que se sintiera como un veneno corrosivo para él, no podía evitar disfrutar de la alegría que le producía estar a su lado.

Cyal la hacía feliz.

Por eso era tan duro saber que tendría que abandonarlo al final de su aventura.

«No te mereces estar con alguien tan roto como yo, Cyal —pensó, mirándolo por debajo de las pestañas. Le ardieron los ojos, esta vez por la amargura, y parpadeó repetidamente—. Por mucho que yo lo desee».

Había memorizado en esos meses los rasgos de Cyal a la perfección: la luz en sus ojos dorados, la cual ahora entendía; sus pómulos cincelados por el sol y el viento; la mandíbula firme; la sonrisa de dientes perlados que derretía todos sus muros de hielo; su nariz recta, un rasgo bastante aristocrático.

El viaje había fortalecido su cuerpo y, con él, aquella manera de moverse que unía la fuerza y una gracia sutil que la cautivaba.

El fogonazo de un iris del tono de la drialita cruzó por su mente. Sacudió la cabeza. No era la primera vez que se fijaba en alguien de esa manera desde que había despertado como xieri... y sabía lo que significaba.

Apretó los dientes, conteniéndose para no pagarlo con la flor que sujetaba en la mano.

Respiró hondo. No era momento de lamentarse. Echó un último vistazo a la flor y sonrió.

—Gracias por pensar en mí.

Cyal al fin giró la cabeza hacia ella.

«Siempre lo hago».

—¿Cómo no acordarme de la mujer con la mirada más intimidante de Gaia al ver esa flor? —fue lo que dijo en voz alta, con una sonrisa irónica.

Eira puso los ojos en blanco.

—Dudo que ahora vaya a intimidar a muchos enemigos, en mi estado actual.

Cyal soltó una pequeña carcajada y le dio un toque en la nariz con el dedo. Eira se quedó con la boca abierta por el gesto.

—En nada estarás como antes. Y entonces no habrá piedad para Lluvia y Rayo.

Eira apreció su optimismo. Iba a decir algo más, pero escuchó pasos: Thaydra y Arash ya regresaban. Entornó los ojos al fijarse en las vendas en la mano derecha de Arash. Se puso en pie con lentitud, para evitar marearse.

—Arash —lo llamó.

Este la miró, expectante.

Cyal también se incorporó, echándose a un lado. Thaydra se agachó para colocar las ramas en el suelo y encendió la hoguera.

—Sé lo que has hecho por mí —continuó Eira, manteniendo una expresión seria—. Es una deuda que no se salda con un simple «gracias». Se salda con lealtad, y la tendrás.

Era muy consciente de lo duro y peligroso que habría sido para Arash estar en contacto con la oscuridad. Solo un poco de luz le había causado gran daño a ella en el pasado.

Arash esbozó media sonrisa. Viniendo de Eira, con su actual porte frío y huraño, tan lejos de la antigua calidez de Zheitszoh, esas palabras significaban bastante, aunque no dejaran de ser un tanto rígidas y formales.

—No hay ninguna deuda que saldar. Era lo menos que podía hacer —dijo él, llevándose inconscientemente la mano al brazo derecho—. Salvaste la vida de Thaydra y ahora somos compañeros, ¿no?

Eira lo pilló desprevenido al sonreír también. Parecía que por fin empezaba a mostrarse sin su armadura de hielo también con él.

—Lo somos.

Thaydra, todavía agachada, los observó, contenta. Sabía que la aprobación de Eira era muy importante para Arash. Él había relajado los hombros.

Arash se fijó en la flor roja que Eira sostenía entre los dedos y sonrió para sus adentros, divertido. Le alegró saber que había hecho lo correcto.

Lluvia oteaba desde su balcón la ciudad de Drethol.

Tenía los brazos cruzados. Se clavaba las uñas pintadas de rojo en la piel con rabia contenida.

Graialan, a su lado, la observaba de reojo.

Su postura era más despreocupada, apoyado de espaldas en la barandilla y con las manos en los bolsillos del pantalón.

—La luz —siseó Lluvia—. Luz. Luz... —Rechinó los dientes—. ¡No me lo puedo creer!

Graialan se encogió de hombros.

—Bah, solo habrá que tener algo más de cuidado con el chico y priorizar su eliminación. No será para tanto.

Lluvia meneó la cabeza.

—Sé que no le tenías mucho aprecio a Biastria y que era la más débil de nosotros. Pero no era fácil de matar. Ese chico es una seria amenaza.

—No te estreses. Eira ya no puede protegerlo. Su fragilidad es tal que ni siquiera es capaz de usar sus poderes o transformarse.

Lo raro era que aquello no le producía la satisfacción que había esperado. ¿Quizá porque deseaba derrotarla cuando se hallara en su punto máximo de poder, y no cuando estaba tan deteriorada? Desde luego no era por pena hacia ella, que lo había tratado con desdén en el pasado.

Lluvia entornó los ojos.

—Ya está así, ¿eh?

A lo mejor era hora de hacerle otra visita.

«No eliminéis al chico», ordenó la autoritaria voz en la mente de Lluvia. Ella arrugó la frente.

«¿Por qué no?». Era el mayor peligro para ellos.

«Lo necesito para futuros planes».

Lluvia se tragó su réplica; no serviría de nada discutir. Lo que la Emperatriz deseaba, se acataba. Sin embargo, era incapaz de comprender aquella decisión.

El viento sopló, echando su largo cabello azul hacia atrás. Gruñó y pasó la mano por el pelo, sacudiéndolo de los granos de arena que el aire arrastraba del desierto.

Graialan rio por lo bajo.

—Tan poderosa y, a la vez, tan vanidosa.

Lluvia bufó.

—¿Qué problema hay?

—Ninguno. En fin... —Graialan se irguió y se apartó de la barandilla. Frunció el ceño—. ¿Seguimos sin saber nada del General?

—Ni rastro. No se me ocurre dónde podría haber una prisión de nieve, luz y sombra. Las palabras del oráculo son imposibles de descifrar. —Suspiró con pesadez—. Sin Biastria, vamos a tener que volver a retrasar nuestros planes de avanzar hacia Auria.

—Es cuestión de tiempo que nuestro ejército siga creciendo —dijo Graialan en tono aburrido—. Los humanos caerán, tarde o temprano. Que disfruten mientras puedan.

Lluvia, sin embargo, se mantuvo seria.

—Emperatriz —dijo, sabiendo que la escucharía—. ¿Tú tampoco sabes nada del General?

«Si lo supiera, ya te lo habría comunicado, ¿no crees, Lluvia?», ronroneó ella.

Lluvia hizo una mueca.

—Supongo.

Graialan se quedó en silencio. La Emperatriz solo se comunicaba con Lluvia, por lo que él no oía lo que decía. Lluvia meditó sus próximas palabras antes de hablar de nuevo:

—Pudiste intuir dónde estaban Graialan y Biastria por sus rastros de oscuridad —señaló—. ¿Por qué no puedes hacer lo mismo con el General?

La tenebrosa voz en su mente rio.

«¿Insinúas que te estoy ocultando algo, Lluvia? —contestó con un deje de advertencia—. El General es diferente. Hereshia se aseguró de esconderlo especialmente bien».

—Hmm. —Lluvia optó por no insistir—. Con un poco de suerte, ni siquiera necesitaremos al General. Ni mover más nuestras tropas.

Graialan frunció el ceño. Para él, lo más importante era despertar al General, quien le había dado una segunda oportunidad en esa vida de oscuridad en la que lo forzaron a renacer.

Deseaba vengarse de los humanos, pero sirviendo al General, no a nadie más.

Estar a las órdenes de Lluvia y esa tal Emperatriz era solo algo temporal.

«El núcleo de Gaia no aguantará mucho más —dijo la Emperatriz—. Por ahora, centraos en eliminar las molestias que son Aridam y Zheitszoh, ¿sí?».

—En ello estamos —masculló Lluvia.

Aun así, ella seguiría enviando a parte de los xieri a que rastrearan las zonas que quedaban sin investigar, en busca del General.

Dijera lo que dijera la Emperatriz, ella tenía sus propias sospechas.