Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 41. Petición
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41. Petición

Petición

—¡Azer! ¡Deja el pelo de Eira!

Despertarse con esos gritos de fondo y con alguien tirando insistentemente de uno de sus mechones no fue una experiencia especialmente agradable para Eira.

Parpadeó repetidas veces y giró la cabeza, perpleja.

—¿Qué...? —balbuceó y frunció el ceño al escuchar su propia voz rasposa.

Thaydra, sentada junto a ella, acababa de coger a Azer en brazos y bajó la vista al oírla.

—¡Eira, estás despierta! —celebró, entusiasmada.

Eira, sin embargo, estaba todavía procesando lo ocurrido y no contestó. La niebla persistía en su mente. Miró a un lado y a otro. Se encontraban fuera del pantano, suponía que en un desnivel en la llanura que había a continuación.

—¿Dónde está Cyal? —quiso saber, intranquila.

Recordaba los últimos instantes antes de perder la consciencia de forma un tanto difusa, pero la certeza de que Cyal había estado con ella, sosteniéndola en sus brazos, era total. Había apretado su mano.

—Oh, no te preocupes. Ha ido con Arash a cazar algo —dijo Thaydra con una de sus cálidas sonrisas—. ¿Cómo te encuentras?

Eira apoyó las palmas de las manos en la tierra y se sentó con algo de dificultad; le temblaron los brazos y gruñó por el esfuerzo.

—Estoy bien —masculló, encorvándose. Pasó los dedos por su largo cabello, echándolo hacia atrás y tirando para deshacer un nudo.

Su respiración era un tanto pesada, sus ojos estaban marcados con profundas ojeras y bolsas, y ni siquiera era capaz de levantar del todo los párpados, por lo que la fatiga era obvia. Sin embargo, Thaydra apretó los labios y optó por no discutir con ella.

Eira bajó la vista, confusa. Se llevó una mano al pecho, palpando los vendajes. Notaba una ligera sensación de ardor en la zona. Deslizó a continuación los dedos por la tela marrón de la camisa y al fin giró la cabeza para mirar a Thaydra, preguntando:

—¿Dónde está mi traje?

Thaydra torció el gesto.

—Quedó desgarrado. Me temo que esa ropa es todo lo que teníamos.

—Hmm. —Espiró aire con cierta frustración.

—Yo misma te vendé anoche. Espero que no te apriete —añadió.

—No —respondió Eira, seca.

Aquel traje significaba mucho para ella, no solo por la comodidad que le otorgaba a la hora de las transformaciones, sino también porque lo había tenido desde el principio de su nueva vida como xieri.

Hubo unos segundos de incómodo silencio.

Azer aprovechó para saltar al hombro de Thaydra.

—Esto... ¿Tienes hambre? —preguntó, inclinándose hacia delante para ver mejor el rostro de Eira, que estaba de perfil a ella.

—No.

Se sentía revuelta por dentro. Su cuerpo todavía se estaba ajustando después de casi haberse destruido a sí mismo.

—Eira... —Thaydra entrelazó los dedos de las manos, nerviosa—. No sé si recuerdas todo lo que ha pasado. ¿Quieres que hablemos de...?

—Más o menos. Lo necesario.

Thaydra recordó las palabras de Cyal: no tenía la intención de ser cortante, solo era una persona algo distante. Por eso, se armó de valor.

—Estás así por haber usado la oscuridad para salvarme la vida. —Se obligó a no apartar sus ojos verdes de los rojos de Eira, que alzó la vista—. Quería darte las gracias por ello. De no ser por ti, Graialan hubiera acabado conmigo.

Su temor a molestarla se manifestó en forma de un desagradable cosquilleo. Eira, en cambio, mantuvo su expresión de piedra.

Incómoda con la falta de reacción, Thaydra continuó:

—¿Por qué lo hiciste? Sabías lo que te pasaría.

Eira bajó la vista. Se marcaron unas finas líneas entre sus cejas pálidas.

—No merecías morir. Has sido amable conmigo a pesar de lo que soy. Tenía la posibilidad de salvarte y no iba a permitir que te hiciera daño. Por eso lo hice.

Thaydra se sonrojó. No sabía que Eira se había fijado en ella esos días.

—Gracias —murmuró, avergonzada—. Eres increíble, Eira.

La incredulidad se plasmó esta vez en sus facciones de hielo.

—¿Yo? ¿Increíble?

La habían llamado de muchas maneras a lo largo de su vida: útil, poderosa, valiosa. Asesina, monstruo, bestia. Increíble, sin embargo, era algo que no escuchaba a menudo.

De hecho, solo otra persona podía verla así.

—Sí —asintió Thaydra—. A pesar de tu pasado, sigues adelante.

Eres fuerte. Tu forma de luchar es como una danza: precisa, elegante e hipnótica.

—Sonrió—. Pero lo que más me impresiona es cómo siempre velas por los demás.

Por Cyal, claro. Siempre estás dispuesta a interponerte entre él y el peligro.

—Apretó el puño contra el pecho—. Incluso con el cuerpo al límite, encontraste fuerzas para salvarme a mí también.

Siento mucho no haber estado a la altura para ayudarte en el momento.

Siento que tuvieras que esforzarte tanto para...

Que alguien más aparte de Cyal y Blanche expresara algo así era especial. Los labios de Eira se curvaron hacia arriba.

Rozó su mano.

—No te menosprecies, Thaydra. Tienes fuego en el alma, aunque no sepas aprovecharlo al máximo todavía —dijo—. Me alegro de haber estado ahí para impedir que se apagara.

Thaydra se quedó con la boca abierta.

—¿Fuego en el alma? ¿Yo?

—Vi tu fuerza cuando luchábamos contra los nephrores —dijo Eira—. No es solo técnica; es voluntad. Si sigues forjándola, llegarás a igualarme. Quizá, incluso, a superarme.

Thaydra no era capaz de imaginarse a sí misma luchando al mismo nivel que Eira. Pero que ella le dijera que existía la posibilidad de que la alcanzara fue algo que le llenó el pecho.

Azer graznó, inflando las plumas. Thaydra lo miró y soltó una pequeña carcajada. Subió una mano para acariciarlo.

—¿Significa eso que estás de acuerdo con Eira, Azer?

Eira examinó al cuervo con los ojos entornados. Por un momento le vino a la mente la imagen de una chica de pelo rubio, riendo con un águila en el hombro.

Sacudió la cabeza, confusa.

Escuchó pasos en la cercanía mucho antes que Thaydra. Alzó la vista y el corazón le dio un brinco al divisar en el borde del desnivel a un joven de piel broncínea y cabello como la arena del desierto. El sol recortaba su silueta.

Cyal también reparó enseguida en ella: sentada en el suelo, pálida y exhausta, pero viva. El aire regresó a sus pulmones de golpe.

—¡Eira! —exclamó, saltando hacia abajo. Se arrodilló frente a ella, observándola más de cerca—. Pensaba que seguirías dormida... —comenzó a decir, pero optó por callar y rodearla con los brazos.

La atrajo hacia sí con tal fuerza que Eira dejó escapar un leve suspiro, sorprendida. Necesitaba asegurarse de que estaba realmente allí, de que no iba a desvanecerse. Hundió los dedos en su cabello.

—Creía que te perdía —le susurró al oído con apenas un hilo de voz quebrada.

Eira al principio permaneció inmóvil, desconcertada por la intensidad del gesto. Pero enseguida se relajó y le devolvió el abrazo.

—Estoy bien —respondió en el mismo tono—. Estoy contigo.

Apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos, reconfortada por el aroma a madera y resina que solía rodear a Cyal.

Era curioso, pero, incluso tantos meses después de haberse marchado de Drethol, mantenía cierto deje a arena en su olor, como si la esencia del que había sido su hogar insistiera en aferrarse a su persona.

Eira se había acostumbrado a ello y le encantaba.

Se apartaron y se miraron a los ojos con sonrisas de idéntica felicidad. Arash, que también había bajado, se aclaró la garganta.

—Mientras vosotros os observáis como un par de tontos enamorados, voy a ir preparando el desayuno, ¿os parece? —dijo, soltando el par de conejos en el suelo.

Cyal tensó los hombros. Tanto Eira como él giraron las cabezas en direcciones opuestas para que el otro no captara su sonrojo.

—Te ayudo —dijo Thaydra, poniéndose en pie—. Vamos a por ramas para la hoguera.

Cyal no se calmó hasta que Arash y Thaydra se hubieron marchado, aunque no tardarían mucho en volver.

—Ignóralo —masculló Cyal. Cuando dejaron de arderle las mejillas, miró de nuevo a Eira—. ¿Cómo estás?

Eira frunció el ceño.

—Bien.

Cyal esbozó media sonrisa.

—Eira, no me mientas —dijo con suavidad, acunando la mejilla de Eira con la mano y pasando el pulgar por la zona de las ojeras—. ¿Crees que no lo voy a advertir si estás mal?

Eira soltó el aire, derrotada.

—Estoy muy cansada —confesó. Apoyó la cabeza en la mano de Cyal y cerró los ojos—. Y me duele el pecho.

Cyal apretó los dientes, perseguido por el eco de sus terribles gritos mientras se clavaba las uñas en la piel. Lo habían atormentado en sus pesadillas aquella misma noche. Probablemente lo harían toda la vida.

Se forzó a respirar hondo.

—Te hiciste unas buenas heridas. Es por eso que tu traje... —Apartó la mirada, incómodo. Sabía que Eira estaría decepcionada al escuchar lo que iba a decir a continuación—: quedó desgarrado.

—Lo sé, me lo ha contado Thaydra —dijo ella, todavía con los ojos cerrados. Cyal mantuvo la mano en su mejilla, embriagado por una calidez serena al ver a Eira tan relajada con él—. No me puedo quejar. Ha durado unas cuantas décadas.

Cyal soltó una risa.

—Eso es cierto. Y ya era hora de que te vistieras como una persona de esta época —añadió, solo medio en broma.

Eira emitió una pequeña carcajada.

—¿Qué problema tenía mi traje?

—Ninguno. No llamaba para nada la atención en ningún sitio por el que pasábamos —ironizó Cyal.

—Ahora voy a tener que preocuparme por la ropa cada vez que quiera transformarme.

Cyal se puso serio de golpe.

—Eira...

—Lo sé, lo sé —lo interrumpió ella—. No me transformaré hasta que me cure de esto.

—Y no vuelvas a utilizar la oscuridad, por favor —le pidió Cyal, angustiado.

Acarició su mejilla con el pulgar—. Aprecio que lo hicieras para salvar la vida de Thaydra.

Pero... —Se le helaron las venas al recordar a Eira en sus brazos, su pecho ensangrentado, gritando con esa estridente agonía, llorando.

Tensó la mandíbula—. No pienso permitir que vuelvas a sufrir así.

No poder hacer nada para salvarte estuvo a punto de acabar conmigo también.

Eira al fin levantó los párpados, aunque no se movió. Cyal se perdió en sus bonitos ojos rojos, enmarcados por largas pestañas blancas. Esos ojos que eran a la vez su fuerza y su debilidad.

Había un enigmático brillo en ellos al mirarlo, una mezcla de adoración... ¿y tristeza?

—Siento que lo hayas pasado mal por mi culpa, Cyal —murmuró ella.

—No te preocupes por mí —dijo él de inmediato, negando con la cabeza—. Tan solo céntrate en seguir cumpliendo tu promesa, ¿de acuerdo?

Eira sonrió.

—Lo haré.

Cyal apartó la mano. Eira la echó de menos, aunque no reveló la decepción en el rostro. Lo observó, confusa. Cyal había bajado la vista y se había mordido el labio. Parecía nervioso. Transcurrieron unos segundos de silencio en los que Eira esperó, paciente. Cyal respiró hondo y la miró.

—Oye, Eira...

—Dime.

—Es una tontería, pero...

Se llevó una mano al cuello. Era muy sencillo, solo tenía que dárselo.

Tan solo desconocía cuál sería su reacción.

Probablemente indiferencia; a una guerrera como ella ni siquiera le llamaría la atención, pero ¿y si, por cualquier razón, se molestaba?

Sin embargo, su ilusión por ofrecerle algo triunfó y al fin se decidió.

—Te he traído esto.