Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 40. La persona más importante
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40. La persona más importante

La persona más importante

Cyal despertó un par de horas antes del amanecer y no fue capaz de volver a dormirse, por mucho que todavía cargara con la fatiga.

Sacudió la cabeza para deshacerse de la última pesadilla y lanzó una mirada al cielo: la línea del horizonte ya revelaba una tímida mancha de luz naranja, con un halo de cielo más claro a su alrededor.

Espiró aire con lentitud y bajó la vista. Eira estaba tumbada junto a él, con la cabeza reposando en su regazo. Cyal le acarició el largo pelo blanco, sumido en sus pensamientos. Ella permanecía con los ojos cerrados, pero la expresión en su rostro era relajada.

No sabía cuánto tiempo tardarían en llegar hasta Veshier. Pero a juzgar por la distancia hasta las montañas, asumió que les aguardaban, como mínimo, dos semanas de viaje. Y a él todavía le dolía el pecho del susto que se había llevado.

Había estado a punto de perder a Eira.

Hubo un momento en el que la esperanza lo había abandonado y empezó a romperse por dentro, de la misma manera que Eira había estado sufriendo aquella agonía en su interior.

Arash había logrado estabilizarla. Pero solo era algo temporal.

El cuerpo de Eira seguía deteriorándose.

¿Aguantaría hasta que estuvieran con Veshier?

¿Qué pasaría si los volvían a atacar? Si perdía a Eira, ¿qué le quedaría a él en el mundo?

Blanche lo acogería con los brazos abiertos en Auria y podría arreglar las cosas con su padre, de él quererlo así.

Pero Cyal no estaba dispuesto a volver a esa vida. Y mucho menos sin Eira.

Habían superado muchas dificultades juntos. Su presencia, fría y serena, era la constante que lo hacía sentirse seguro, a salvo y feliz. Siempre que se imaginaba el futuro, contaba con Eira en él.

Desvió la vista al pecho de Eira, que subía y bajaba con lentitud.

Su camisa estaba desabrochada, dejando al descubierto las vendas.

Cyal se había fijado también en que tenía la cicatriz de un corte en el abdomen, algo no fácil de ver a simple vista, pues su piel era tan blanca que las cicatrices ya antiguas se camuflaban.

El recuerdo de las graves heridas que se había provocado Eira con sus propias manos le crispó el gesto.

—¿Entiendes por qué te digo siempre que no eres un monstruo, Eira? —dijo Cyal en tono bajo. Le acarició la frente, retirando algunos mechones que el viento había movido sobre su rostro—. Has acabado así por salvar la vida de Thaydra. Usaste tus poderes, aun sabiendo las consecuencias...

La angustia apagó su voz al final.

Ella no respondió. Cyal se conformaba con que parecía que estaba en un sueño tranquilo, pues no tenía ninguna línea marcada entre las cejas.

Era extraño ver a Eira sin su traje, aunque no era la primera vez que la veía con camisa y pantalones, claro. Él mismo le había dejado ropa en Drethol y Eira también se había cambiado en varias ocasiones en Auria. Pero estaba demasiado acostumbrado al traje blanco.

Quizá por eso había decidido lavarlo.

Incapaz de dormirse tras las pesadillas, Cyal se había distraído con esa tarea. Había materializado agua en las manos y frotado las finas escamas que formaban la tela hasta que relucieron, blancas de nuevo.

Por desgracia, el traje era inservible, pues la zona del pecho estaba desgarrada.

Cyal lo había analizado durante largo rato, preguntándose cómo lo habrían confeccionado y qué clase de mecanismo hacía que se acoplara de esa manera a la forma de dragón de los xieri, volviendo a sus medidas originales cuando regresaban a la forma humana.

No encontraría la respuesta, pues esa información se había perdido, pero lo consideraba demasiado avanzado para haberlo inventado los humanos.

¿Sería obra de Eyvel? Quizá los dragones poseyeran algún tipo de magia.

Al final, lo había guardado en su bolso.

Sabía que Eira lo apreciaba, por lo que no sería capaz de tirarlo.

Pensó en aquel diario que había leído en la biblioteca de Auria sobre el proceso de creación de los xieri.

A lo mejor habría algo del mismo autor explicando cómo habían elaborado los trajes. Eso le permitiría arreglarlo.

Eira estaría decepcionada cuando despertara y se enterara de que ya no podría usar su traje. A Cyal le habría gustado animarla diciéndole que lo arreglaría, pero no estaba seguro de que realmente fuera a encontrar la forma de hacerlo.

También estaba asimilando el hecho de que había logrado matar a una de las comandantes xieri. No sentía remordimiento alguno; Viento había intentado acabar con la vida de Eira la última vez que habían visitado el pantano. Y los había atacado esa segunda vez también con la intención de asesinarlos.

Era culpa de los xieri que su abuela hubiera muerto. Era culpa de los xieri que él y Eira hubieran tenido que vivir huyendo. Los xieri eran los que querían matarlos.

Para Cyal, el tema de los xieri se había convertido en algo personal. Lo que le alegraba de ser el enlace de Eira era que eso le daba la oportunidad de actuar contra ellos, de poder contrarrestarlos. De hacerles pagar por lo que habían hecho.

Frustraría todos sus planes. Primero, estabilizarían la energía del núcleo de Gaia. Luego, irían a por los xieri. Acabarían con ellos antes de que despertaran al General.

Frunció el ceño. ¿Y si lograban despertar al General, a pesar de todo?

«Acabaremos también con él —se dijo, decidido. Retumbó el eco de una ácida risa, pero lo ignoró—. Cueste lo que cueste».

Devolverían la paz a Gaia, fuera como fuera. Después de eso, Cyal quería visitar Auria, al menos para saludar a Blanche. A Eira también le haría ilusión. A continuación, podrían seguir viajando. O quizá Eira prefiriera que se asentaran en algún sitio.

Le ardieron las mejillas. ¿Por qué pensaba en él y Eira viviendo juntos? No podía parar. Pero Eira era inmortal... ¿Por qué se iba a asentar con un simple humano mortal? ¿Y cómo podía dolerle tanto la idea de ser rechazado por ella?

Alzó la vista al escuchar un graznido. Azer salió de la mochila de Thaydra. ¿Había estado ahí toda la noche?

El cuervo se irguió y sacudió las plumas. Giró la cabeza y lo miró con sus ojos de iris blanco. Graznó de nuevo.

—Eh... ¿Buenos días? —dijo Cyal, con un deje de incertidumbre en el tono. ¿Qué hacía saludando a un pájaro?

Pero Azer pareció conforme, porque se quedó en silencio.

—¿Matas a una comandante y ya has perdido la cabeza, chico? —dijo una voz sarcástica, ya familiar, a sus espaldas—. ¿Desde cuándo te comunicas con el cuervo?

Miró por encima del hombro. Arash y Thaydra estaban bajando del árbol en el que habían pasado la noche. Arash cubrió la poca distancia que le quedaba con un salto y aterrizó en el borde del desnivel.

—Arash, no seas malo —protestó Thaydra, imitándolo—. Azer tiene sentimientos y entiende muy bien lo que dices.

—Y yo que pensaba que me ibas a defender a mí —bromeó Cyal.

—Lo siento —rio Thaydra. Fue hacia Azer y el cuervo aleteó hacia ella, alegre. Subió a su antebrazo y ella le acarició la cabeza—. ¡Buenos días, Azer!

Arash puso los ojos en blanco.

—¡Genial! Ya sois dos.

—Lo que te pasa a ti es que eres un amargado —replicó Cyal, de buena gana.

—Quizá —dijo Arash, divertido. Descendió por la pequeña cuesta y se paró delante de Cyal, inclinando la cabeza y poniendo las manos en las caderas para mirar a Eira. Su semblante se tornó serio—. Creo que despertará dentro de poco. Por ahora se mantiene estable.

Cyal se fijó en todos los vendajes que cubrían el brazo derecho de Arash. El hombre justo se había dado la vuelta, agachándose para recuperar su camisa gris del suelo. Se irguió y se la puso, ocultando la mayoría de las vendas, salvo las de la mano.

—Será mejor que vaya a por algo de desayuno —dijo, abrochando los botones—. Anoche al final no cenamos. —Azer graznó y Arash fulminó al cuervo con la mirada—. Tú no tienes derecho a quejarte, vago.

Thaydra rio.

—¿Ves cómo tú también te comunicas con Azer, Arash?

Arash irguió la barbilla y resopló. Desde donde estaba, Cyal habría podido jurar que había un rubor en sus mejillas.

—Habrán sido imaginaciones tuyas.

—Te he oído alto y claro.

—No estaba hablando con él.

—Lo has mirado directamente a los ojos.

—Arash, ¿puedo acompañarte?

Tanto Arash como Thaydra se volvieron para mirar a Cyal con estupefacción al escucharlo.

Arash enarcó una ceja.

—¿He estado una noche un poco más alejado de ti y ya me echas tanto de menos, chico?

Cyal gruñó.

—En tus sueños, dragón.

Arash soltó una carcajada.

—Así que sueñas conmigo, ¿eh?

Cyal se levantó, hizo un gesto despectivo con la mano y se puso en marcha.

Arash le dedicó una pequeña reverencia con la cabeza a Thaydra para despedirse.

—Con tu permiso, princesa.

Ella asintió.

—No seas malo. Me quedo con Eira —dijo con una sonrisa.

No sabía muy bien qué había pasado entre ellos, pero se alegraba de que Cyal y Arash ya no se trataran con hostilidad.

Aunque seguían picándose, el tono era amistoso.

La vasta llanura se desplegaba bajo el tenue resplandor del amanecer. Un búho rezagado se deslizaba hacia los árboles, como una sombra que huía del día.

Caminaron durante un rato en silencio. Arash iba centrado en buscar su presa y Cyal no dejaba de lanzarle miradas fugaces, un tanto nervioso.

—Suéltalo, chico —dijo Arash, divertido—. ¿O solo me miras tanto porque me estás admirando?

—Eso desearías tú. —Cyal suspiró con fuerza. Se llevó una mano al cuello—. Arash, quería darte las gracias. Por salvar la vida de Eira.

Arash se detuvo y Cyal lo imitó.

—Aunque ella no me recuerde... —Arash había tensado los hombros. Frunció el ceño—. No iba a fallarle una tercera vez. Ahora que volvemos a ser compañeros, no voy a permitir que me abandone, ¿sabes? —dijo, intentando esbozar una sonrisa que acabó siendo triste.

—Arriesgaste tu propia vida —dijo Cyal, desviando la vista hacia la mano derecha de Arash, donde asomaban las vendas.

—Claro que no...

—Arash —lo interrumpió Cyal, poniendo los brazos en jarras, muy serio—.

Sé muy bien lo dañino que es para ti entrar en contacto con la oscuridad.

No puedes engañarme. He comprobado lo que la luz le hace a los xieri...

—Era gracias a eso que había conseguido matar a Biastria—.

Al revés será igual. Te vi sufriendo. Tanta oscuridad...

—Hizo una mueca. Respiró hondo y lo miró a los ojos—.

No sé cómo lo hiciste. Pero gracias, de corazón.

Arash mantuvo el ceño fruncido. El viento sopló, arrastrando un dulce aroma hacia ellos. Un aroma que a Arash le resultó familiar.

Lo ignoró para centrarse en su conversación con Cyal.

—Yo tampoco estaba seguro de conseguirlo —reconoció casi en un susurro. Relajó la expresión en su rostro—. Pero no me arrepiento. A pesar de...

Trató de mover la mano derecha. Solo consiguió estirar ligeramente los dedos. Cyal lo observó, preocupado.

—¿Te recuperarás?

—Espero que sí. Aunque no sé el tiempo que llevará.

Cyal apretó los dientes.

—Lo siento.

—No es tu culpa. No le des más vueltas —dijo Arash y echó a andar.

Cyal fue con él.

—Te juzgué mal —admitió por lo bajo, mirándolo de reojo. Esbozó media sonrisa—. Al final, eres una persona decente.

Arash echó la cabeza hacia atrás y rio.

—Y tú, al final, eres un chico útil y todo —dijo. Extendió la mano izquierda y revolvió el pelo rubio de Cyal.

—¡Eh! —protestó él, agachándose.

El viento sopló de nuevo. Arash giró sobre los talones. Cyal se extrañó ante su abrupto movimiento.

—¿Qué pasa?

—Creo que por aquí hay algo que a Eira le gustará —dijo, retrocediendo unos pasos por donde habían venido y desviándose a la izquierda—. Ven.

Cyal lo acompañó, confuso. Llegaron a una zona en los matorrales en la que la tierra estaba más húmeda. Arash se agachó, clavando una rodilla en el suelo, y sonrió.

—Vaya. Pensaba que, con el pantano en este estado, ya no quedarían flores así en la llanura.

Cyal se puso en cuclillas a su lado. Estudió las flores rojas que crecían sobre los largos y finos tallos verdes. Eran grandes y bonitas, con pétalos situados en forma de rayo alrededor de un disco central de tono más oscuro.

—¿Y esto?

—Son gerberas. Eran la flor favorita de Zheitszoh —dijo Arash, con un brillo nostálgico en la mirada—. Los humanos también las conocéis como las flores de sangre de dragón.

—Nunca había oído hablar de ellas —murmuró Cyal, aunque era lógico. Él había crecido en un desierto.

Entendía también el porqué de su nombre común. Los pétalos eran de un rojo intenso. Su color le recordaba a los ojos escarlata de Eira. Frunció el ceño. ¿Seguirían siendo su flor favorita, aunque hubiera perdido la memoria? ¿De qué dependía la flor favorita de uno?

—Estoy seguro de que, si le regalas una, será su flor favorita de nuevo —dijo Arash, acariciando con los dedos una de las gerberas.

Cyal se percató de la nota apagada en su voz.

—Fuiste tú quien le regaló una en el pasado, ¿no? —preguntó con suavidad—. ¿Y así se convirtió en su favorita?

Arash esbozó una sonrisa cansada. Se levantó y alzó la vista al cielo.

—Eres observador.

—Siempre me ha convenido serlo —dijo él con una mueca—. ¿Seguro que no se la quieres dar tú?

Arash negó con la cabeza.

—La persona más importante para ella ahora eres tú, chico.

El corazón de Cyal se aceleró.

—Ella también lo es para mí —murmuró, casi sin darse cuenta.

Arash rio.

—Lo sé.