Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 39. Secuelas
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39. Secuelas

Secuelas

Arash escrutaba la llanura que se extendía hasta la línea del horizonte, donde se recortaba la silueta de las montañas. Todo permanecía oscuro, alumbrado tan solo por la pálida luz de la luna.

Él estaba en lo alto de un árbol, sentado entre las ramas.

Recordaba la llanura mucho más frondosa en el pasado.

Se había visto afectada por la muerte del pantano y también estaba más seca, con secciones enteras de tierra sin vegetación.

Aun así, poseía todavía algunos árboles de gruesos troncos y ramas, con la corteza áspera y rugosa, esparcidos por toda su superficie.

Otras zonas estaban llenas de matorrales que permitían a los conejos ocultar sus madrigueras.

Escuchó un quejido y miró por encima del hombro. Enarcó una ceja al divisar a Thaydra trepando, no sin cierta dificultad, hasta él.

—Te vas a hacer daño —dijo, divertido, y se echó hacia atrás para ofrecerle la mano izquierda.

—No tengo por costumbre subirme a los árboles —replicó ella, con las mejillas rojas. Aceptó la mano y Arash tiró de ella hacia arriba.

Thaydra se sentó a su lado, apoyando las palmas en la rama y dejando las piernas colgando.

Ladeó la cabeza y frunció el ceño. El brazo derecho de Arash estaba cubierto casi por completo por vendas.

Podía verlo gracias a que él se había quedado solo con la camiseta de tirantes que llevaba bajo la camisa, la cual no se había vuelto a poner a pesar del aire fresco que soplaba.

—¿Cómo has trepado tú hasta aquí? —inquirió, pues la mano de Arash había acabado tan quemada que tenía dificultad para moverla.

—¿Por esto? No es nada —dijo él, encogiéndose de hombros.

Habían pasado una hora en completa tensión mientras esperaban en el pantano a que Arash recuperara la energía para moverse.

Tras eso, se habían dado toda la prisa posible para dejar el lugar atrás.

Cyal había llevado a Eira en su espalda y Thaydra estuvo pendiente en todo momento de Arash, aferrada a su brazo izquierdo, por si se derrumbaba de nuevo.

Habían logrado salir del pantano de los Lamentos al anochecer. Se habían acomodado en un desnivel en la llanura, un pequeño hueco hundido en la tierra donde no se les vería con facilidad desde la distancia.

Thaydra había ayudado a Cyal a quitarle el traje a Eira, pues estaba tan destrozado en la zona del pecho, sumado a agujeros de cortes pasados, que había quedado inservible.

Había sido duro limpiar las heridas en el pecho de Eira.

Se las había infligido ella misma con las uñas y se había abierto la piel de forma considerable, clavándose los dedos en la carne.

Thaydra había palidecido ante la cantidad de sangre.

¿Cuánto había tenido que sufrir Eira para hacerse eso a sí misma sin darse cuenta, en un intento de mitigar el dolor?

Aunque Cyal había querido encargarse él mismo de las heridas, estaban en una zona delicada y lo último que pretendía era cruzar una línea que no debía. En especial cuando Eira no estaba consciente para pedirle permiso.

Preocupado, había permanecido cerca mientras Thaydra se encargaba de vendar el pecho de Eira y ponerle la ropa que guardaba de recambio: una simple camisa marrón y pantalones negros.

La tela tenía alguna que otra marca del pico de Azer, dejada por este cuando había estado en su mochila, pero serviría.

Al terminar, Thaydra había dejado a Cyal durmiendo con Eira. Él ni siquiera había querido cenar; estaba exhausto y solo deseaba tumbarse junto a Eira, quien todavía tardaría en despertar.

Thaydra enseguida había buscado a Arash con la mirada; no lo había escuchado moverse. Y, al fin, lo había localizado en lo alto de las ramas del árbol que crecía junto al desnivel.

—¿Cómo no va a ser nada, Arash? —dijo ella—. Puede que te las hayas apañado para curarlo y vendarlo tú solo, pero he estado viendo el mal aspecto que tenía todo el día.

Arash exhaló con pesar.

—No es nada, de verdad. Se habrá pasado dentro de unos días.

Thaydra se inclinó sobre el regazo de Arash para observar su otra mano más de cerca. Tenía los dedos rígidos y la piel que asomaba a través de los vendajes estaba oscurecida hasta tal punto que parecía carbón.

Se irguió de nuevo, recorrida por un escalofrío. Esos eran los efectos de la oscuridad al entrar en contacto con la luz.

—¿Te duele mucho? —murmuró, mirándolo con la frente arrugada.

Arash esbozó media sonrisa.

—No te preocupes tanto, princesa, estoy bien —insistió.

Aunque la verdad era que todavía sufría el ardor por toda la piel; quedaban resquicios de la oscuridad que hacían que la sangre que circulaba por la zona quemara. Había estado en contacto con la oscuridad demasiado tiempo. No podría mover el brazo de la misma manera durante una temporada.

Pero no se arrepentía.

Thaydra analizó el sutil destello de dolor en sus ojos plateados. Dedujo que no le estaba contando toda la verdad.

—¿Cómo supiste qué hacer?

Arash hizo una mueca.

—Hace siglos vi a Eyvel hacer algo parecido. Solo la imité, con la dificultad añadida de que yo soy luz, y Eyvel es oscuridad. Pero me las he apañado.

—Espero que no tengas que volver a hacerlo —murmuró Thaydra, agachando la cabeza.

Crispó los dedos, arañando la corteza de la rama, al recordar cómo Arash había tratado de contener su agonía mientras curaba a Eira.

Oír su grito había sido mucho más doloroso que cuando Graialan casi le había destrozado las costillas en el monte Nimer.

Era muy consciente de lo mucho que le afectaba a él la oscuridad.

Dio un respingo al notar la mano de Arash sobre la suya.

—No sería capaz de hacerlo de nuevo. La oscuridad podría ya conmigo —dijo él con suavidad—. Pero confío en que lleguemos hasta Veshier antes de que Eira se deteriore tanto como para volver a necesitar usar la misma estrategia.

Thaydra apretó los labios.

—Si te paras a pensarlo, es todo muy agobiante.

El equilibrio de Gaia pende de un hilo y su núcleo está cerca del colapso, a punto de arrasar el mundo entero.

Los xieri buscan al General, quien también acabaría con todo si despertara.

Y ahora también vamos a contrarreloj por Eira, porque no sabemos cuánto más aguantará.

Arash pasó un brazo por los hombros de Thaydra y la pegó a él. Ella alzó la vista para mirarlo, incapaz de ocultar la emoción y la sorpresa.

—Lo primero que haremos después de salvar el mundo será tomarnos unas merecidas vacaciones —dijo Arash con una sonrisa—. ¿Qué te parece?

Thaydra soltó una pequeña carcajada.

—Me parece muy buena idea. —Frunció el ceño, sin embargo—. Arash, tú... ¿No te marcharás después de haber estabilizado la energía?

—¿Por qué lo dices? ¿Ya te has cansado de mí? —bromeó él.

Thaydra sacudió la cabeza.

—¿Qué? ¡No! —exclamó y se llevó las manos a las mejillas, con toda la cara roja como un tomate ante lo aguda que le salió la voz—. Q-quiero decir... ¿Seguirás conmigo? ¿Seguiremos viajando?

—Si es lo que tú deseas, ¿por qué no?

El corazón de Thaydra bailó al compás de su alegría. Arash hablaba de permanecer a su lado incluso cuando ya no fuera necesario. Incluso cuando ya hubieran cumplido su misión.

—Gracias, Arash.

—No me des las gracias por eso, princesa. Me gusta estar contigo.

La fresca brisa no ayudó en absoluto a que Thaydra notara menos el calor que le estaba provocando la emoción.

—¿Y a dónde iremos? —murmuró, incapaz de calmarse. Arash seguía con el brazo en sus hombros, ella estaba recostada en él...

«Estúpidos sentimientos», maldijo para sí. Temía que en algún momento Arash se percatara de que se había enamorado de él.

¿Cómo reaccionaría? ¿Se molestaría y empezaría a mantener las distancias? ¿O se reiría y se burlaría de ella por siquiera considerar la idea de que pudieran estar juntos?

Prefería no averiguarlo, por si acaso.

—¿No querrás volver a Drethol? —dijo Arash, inclinando la cabeza para observarla. Contuvo la risa. A pesar de que ella lo intentaba ocultar, era evidente lo roja que estaba.

Aunque le resultaba adorable, le hubiera gustado que estuviera más relajada con él. No necesitaba aparentar nada, ni estar pendiente de hacer algo que no debía.

Arash la quería tal y como era.

—¿Drethol? —repitió ella y frunció el ceño—. No lo había pensado.

—Eres la única que queda para heredar el trono.

A Thaydra se le formó un nudo en el estómago. Era cierto.

—Dioses. No he sido educada para gobernar.

—No te haría falta. Creo que serías la primera reina de Drethol en hacer algo. Te preocuparías por el pueblo. En especial ahora que has experimentado la vida fuera del palacio.

—Bueno... —Thaydra suspiró y relajó los músculos al fin. Se recostó por completo en Arash y cerró los ojos—. Por ahora no tiene sentido darle vueltas a algo como eso.

—Como quieras. A todo esto, princesa, ¿dónde tienes al cuervo?

—Se ha quedado durmiendo en la mochila.

Arash resopló, divertido.

—Será vago.

Alzó la vista al cielo estrellado. Estaba despejado, pero si seguía mirando hacia las montañas, donde se hallaba Umbría, nubes negras de tormenta se cernían sobre ellas.

Respiró el aire fresco de la noche y dejó caer los párpados.

Entendía a Thaydra cuando decía que la situación era agobiante.

Pero en ese instante Arash estaba tranquilo, a gusto con Thaydra pegada a él, solos en lo alto de aquel árbol y con la llanura extendiéndose bajo ellos.

Incluso si ese era solo uno de los escasos remansos de paz en medio de un viaje repleto de complicaciones por los xieri, era suficiente.

Atrapó un mechón de Thaydra entre los dedos. Habían pasado meses desde que se había cortado el pelo y ya le había vuelto a crecer, aunque todavía estaba lejos de rozarle la cintura, como cuando la había conocido. Apenas le llegaba un poco por debajo de los hombros.

—Arash...

Se sorprendió al escuchar a Thaydra y levantó los párpados. Ella estaba relajada contra él y su respiración se había ido volviendo lenta y suave. Creía que se había dormido.

—¿Sí?

—Cyal ha matado a una comandante —dijo ella, sin abrir los ojos ni variar su postura—. Yo, en cambio, no he podido hacer nada contra Rayo.

Arash se quedó rígido. Apretó la mano en el hombro de Thaydra.

De no haber sido por Eira, Graialan la habría matado.

—No te tortures por eso, princesa. Nosotros no hemos parado de viajar desde que nos conocimos; te voy entrenando poco a poco. Cyal y Eira han llegado a estar meses entrenando durante todo el día. Y Cyal cuenta con el poder de la luz, mortal para los xieri. No es lo mismo.

Por no decir que Graialan era mucho más fuerte que Biastria, por mucho que esta última también hubiera sido una seria amenaza. O que antes de que apareciera Graialan, las había atacado un grupo considerable de nephrores.

Thaydra torció el gesto.

—Lo sé, pero no puedo evitar sentir que soy un estorbo. El eslabón débil del grupo.

—Thay, nunca serás un estorbo —dijo Arash, subiendo la mano para acariciar el pelo de la chica—. No dejes que esto te desanime; ahora estás rodeada de tres personas que han tenido mucho más entrenamiento y experiencia que tú. Con el tiempo, estarás al mismo nivel.

—¿Y si no hay tiempo? —murmuró ella, angustiada.

Arash sonrió. Apreciaba que Thaydra se preocupara por volverse más fuerte; ella quería luchar a su lado.

Pero, para él, Thaydra era mucho más que lo que pudiera hacer en un combate.

Y mucho más que su enlace. Era quien lo había ayudado a recuperar la esperanza en los humanos, a recuperar las ganas de salvar aquel mundo más que por mero deber.

Era quien lo escuchó cuando se había hundido en una laguna de miseria, y era la que lo había ayudado a nadar de nuevo a la superficie, en vez de abandonarlo para que se ahogara al fondo.

Era quien lo había animado a aceptar a Eira, y quien había conseguido que él asumiera lo que le había ocurrido a Zheitszoh y estuviera en paz con ello.

Thaydra se había convertido en su apoyo y su refugio. Era ya una parte fundamental de su vida. Nunca podría haber sido un estorbo y tenía mucho más valor del que ella podía medir. Pero sabía que en ese momento lo único que la ayudaría a sentirse mejor era que le concediera lo que ella deseaba.

—En cuanto estemos con Veshier, mientras ella cuida a Eira, nos dedicaremos por completo a entrenar —dijo, apoyando la mejilla en la cabeza de Thaydra y cerrando los ojos—. Y te arrepentirás de haber ansiado entrenar tanto —añadió, divertido.

—Estaré dispuesta a soportarlo —dijo ella, con una pequeña carcajada. Disimuló un bostezo—. Gracias.

—Pero olvídate de eso esta noche y descansa, ¿de acuerdo?

—Lo intentaré. —Thaydra sonrió—. Buenas noches, Arash.

—Buenas noches, princesa.