Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 38. Domar la oscuridad #2
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38. Domar la oscuridad #2

—Su luz la va a rechazar —dijo ella, pero no se la veía preocupada en absoluto. Había realizado aquel experimento miles de veces previamente con otras criaturas y ya sabía a la perfección cómo funcionaba el proceso—. Sin embargo, estoy preparada.

Extrajo otro recipiente e inyectó su contenido también. Arash distinguió un líquido rojo. Drialita, aunque él no lo sabía entonces. Eyvel llevó la mano a la frente del dragón y la hizo brillar por un instante.

Pasaron los segundos.

Arash contuvo la respiración, expectante.

Por fin, el dragón abrió los ojos de golpe. Eran amarillos, pero el líquido rojo los invadía. Arash se irguió, con el pulso disparado.

El dragón gritó y se retorció. Arash presenció cómo un aura de oscuridad lo envolvía. Percibía esa misma oscuridad transformando su cuerpo desde dentro, a la vez que la luz luchaba por repelerla. Algunas de sus escamas comenzaron a colorearse de escarlata.

—Solo tengo que empujar la oscuridad hacia dentro —dijo Eyvel con absoluta calma.

Su mano ahora estaba presionada contra el pecho del dragón.

La oscuridad iba hacia su interior a través de los dedos de la mujer, que recolectaba la oscuridad que salía para forzarla de nuevo hacia el cuerpo de la criatura—.

Es cuestión de paciencia. La luz acabará por ceder, derrotada, y será sofocada.

«¿Lo estás devolviendo a la vida? —vociferó Arash, con la mandíbula desencajada—. ¡Eyvel! ¡Estás jugando con las leyes de nuestro mundo!».

—Lo sé. ¿No te parece impresionante? —ronroneó ella, encantada—.

¡Tengo poder sobre la muerte! Hereshia puede otorgar dones extraordinarios a los humanos, dones que nos pertenecen solo a nosotros, los dragones.

—Rio por lo bajo y sacudió la cabeza—. Y yo, a cambio, puedo traer a alguien de vuelta a la vida...

con un poco de drialita, oscuridad y una fórmula de nuestros ancestros que me guardo para mí, claro.

Arash gruñó y mostró los colmillos. El dragón seguía aullando y convulsionando. Pero Eyvel no se apartaba, paciente, forzando a la oscuridad a regresar a su interior.

Aquel dragón se había convertido en el General.

Eyvel era la única que poseía la habilidad para devolver a alguien a la vida, para crear un xieri. Pero había parte de aquel proceso que Arash sí podía imitar.

Rechinó los dientes cuando la oscuridad revoloteó alrededor de su brazo.

Debía someter la luz de Eira y forzarla a aceptar de nuevo la oscuridad para mantener el equilibrio en su interior.

Tenía que devolver aquella oscuridad a su cuerpo y mantener la presión suficiente para que la luz acabara por ceder y no peleara más contra la oscuridad, destrozándola en el proceso.

—¡Arash! —exclamó Thaydra, alarmada, al ver que las venas se marcaban de forma exagerada en las sienes del hombre. Gotas de sudor se deslizaron por su rostro y le temblaron los hombros—. ¿Qué estás...?

Arash permanecía con los ojos cerrados, bloqueando el sonido a su alrededor. Debía centrarse por completo en su tarea.

Reprimió el espasmo de su propio cuerpo al entrar en contacto con la oscuridad de Eira. Él no lo iba a tener tan fácil como Eyvel. A ella, la oscuridad no le afectaba porque era su elemento nativo. La base de la esencia de Arash, en cambio, era la luz.

Gruñó, obligándose a continuar atrayendo la oscuridad hacia él. En vez de rechazarla, la aceptó. Se filtró a través de su piel. Un escalofrío lo recorrió.

Cyal tampoco entendía nada, pero no apartaba la mirada de Eira. Ella había dejado de gritar y respiraba con dificultad, con el ceño fruncido y los ojos apretados. Clavaba las uñas en la mano de Cyal, pero él no la había soltado.

Arash contuvo a duras penas un aullido. Abrió los ojos como platos al notar que le ardía la sangre. La oscuridad intentaba apoderarse de él. No podía permitirlo. Tenía que forzarla a ir de nuevo al cuerpo de Eira.

—¡Arash! —lo llamó Thaydra, aterrada. El dolor relampagueaba en la mirada del hombre—. ¡¿Qué estás haciendo?!

Arash gruñó con ferocidad. Fijó los ojos en el pecho de Eira y presionó con la mano, tensando los dedos.

Sus pulmones se resquebrajaban por el esfuerzo.

La oscuridad lo atacaba como agujas en todas las terminaciones nerviosas.

La cabeza le iba a estallar. Gritó con una mezcla de agonía, de rabia y de ira.

No iba a permitirlo.

No iba a fallarle a Eira esta vez.

Iba a salvarla.

Así, con todo su ser, forzó a la luz en su interior a desplazar la oscuridad a su mano, en vez de expulsarla automáticamente de su cuerpo. Y, solo una vez ya se había acumulado en las puntas de los dedos, permitió que fluyera hacia fuera, de vuelta al cuerpo de Eira.

Thaydra se llevó las manos a la boca. La piel en la mano de Arash se agrietaba. Se estaba quemando: finos hilos de humo brotaban de las heridas.

—¡Arash!

Cyal también tenía la mandíbula desencajada.

Pero Arash resistió. A pesar de la dificultad, a pesar de la quemazón, a pesar de que su mano estuviera en carne viva. Gritó sin parar mientras obligaba a la oscuridad a permanecer en el cuerpo de Eira.

«Vamos, Eira, vamos», pensó, resollando. En medio de aquel mar de dolor, respirar también le empezaba a resultar complicado, a punto de hundirse bajo las olas.

Pasaron los minutos, y él continuó, firme.

La luz de Eira intentó una y otra vez repeler la oscuridad, pero él notaba que, poco a poco, iba cediendo, cada vez menos agresiva.

Las quemaduras ya ascendían por todo su brazo.

Con un impulso final, la luz parpadeó...

y la oscuridad se asentó de nuevo en el cuerpo de Eira.

Arash apartó la mano con brusquedad. Su brazo entero temblaba. Se llevó la otra mano a la frente, tratando de recuperar el aliento. El pantano daba vueltas a su alrededor. No se dio cuenta de que caía hacia atrás hasta que Thaydra lo atrapó en sus brazos y chocó contra su pecho.

—¡Arash! —chilló ella, muerta de pánico—. ¡Arash, ¿qué...?! —Sacudió la cabeza. Tenía muy mal aspecto, pálido, con esas abrasiones y cubierto de sudor—. ¡Dime algo, por favor!

Arash apretó los dientes y cerró los ojos. Espiró aire con suavidad, relajándose al sentir las caricias de Thaydra en la cara. Ella intentaba hacerlo reaccionar.

—Estoy bien, princesa —logró decir, pero su voz salió rasposa.

Thaydra había inclinado la cabeza para mirarlo, preocupada. Sus lágrimas cayeron sobre las mejillas de Arash. Él quiso alzar una mano para tranquilizarla, pero no le quedaban fuerzas.

—¿Eira...? —trató de preguntar. No era capaz de levantar los párpados siquiera.

Cyal aguardaba en tensión. Los músculos de Eira ya no estaban rígidos, su respiración se estabilizaba y había relajado la expresión.

Apartó los mechones de pelo pegados en su frente.

Los párpados de Eira temblaron y los levantó con lentitud.

Cyal jadeó al ver, al fin, sus ojos rojos.

Estaban cansados y su brillo era tenue, pero estaba ahí.

No había rastro de dolor en ellos.

—¿Eira? —murmuró, casi con temor. Limpió con el pulgar el rastro de lágrimas en sus mejillas.

Ella alzó la vista para mirarlo. Esbozó una pequeña sonrisa. Una sonrisa que le devolvió la esperanza y terminó de disipar la tormenta.

—Cyal. —Eira reposó la cabeza en su pecho y cerró los ojos, sosegada al escuchar su firme latido—. Parece que seguiré cumpliendo mi promesa.

Cyal no lo pudo evitar. Rio con una mezcla de alegría que lo arropó, necesidad de liberar tensión de alguna manera y profundo alivio.

Limpió la sangre del rostro de Eira, cuya nariz había sangrado en algún momento.

Fue un gesto cargado de ternura, y ella suspiró al sentirlo por encima de cualquier otra cosa.

Arash echó la cabeza hacia atrás. Los brazos de Thaydra rodeaban su cuello y él sonrió al oír la melodía de su corazón. Latía frenético debido a su preocupación por él.

—No sé qué has hecho, Arash —murmuró ella, con voz ahogada—. Pero lo has conseguido.

Arash logró alzar la mano. Tanteó hasta que encontró la mejilla de Thaydra.

—Por supuesto que lo he conseguido —dijo él, arrogante—. Tranquila, solo necesito descansar.

Le acarició la mejilla con cuidado, limpiando una de sus lágrimas. Thaydra relajó al fin los hombros. Se le escapó un sollozo, pero era de dicha.

Puso la mano sobre la de Arash y entrelazó sus dedos con los de él.