38. Domar la oscuridad
Domar la oscuridad
Cyal no esperó ni un instante. Dejó caer la espada al suelo y fue junto a Eira, arrodillándose. No le importó si Graialan se había ido o no.
Solo le importó llegar hasta ella.
—¡Eira! ¡¡Eira!! —La voz se le escapó como un rugido.
Cogió su mano y le retiró los dedos de su propia palma, donde se había clavado las uñas hasta sacar sangre.
—Cyal, ¡no sé qué hacer! —exclamó Thaydra, aterrada.
Cyal se inclinó sobre Eira y la agarró sin pensarlo, quitándosela a Thaydra para acunarla en sus brazos. Le apartó el pelo del rostro, buscando sus ojos y ansiando ver el rojo que siempre lo sosegaba. Pero los tenía apretados.
Su traje estaba empapado de escarlata en la zona del pecho. Cyal palideció al entender por qué: se lo había desgarrado ella misma en un intento desesperado de contener el dolor.
—Eira, tranquila, estás conmigo —le dijo con el miedo trepándole por la garganta. Le limpió las lágrimas, pero enseguida fueron sustituidas por otras. Eira jadeaba y temblaba, luchando por respirar—. Eira, abre los ojos y mírame, por favor.
Eira escuchó su voz distorsionada, un rayo de luz en medio de la asfixiante oscuridad. Levantó un poco los párpados. El ardiente dolor reflejado en sus vidriosos ojos carmesí fue como una cuchilla de hielo hundiéndose en el corazón de Cyal.
—Cy... al... —Ella trató de llamarlo, con voz rota—. Me... duele...
Cyal apretó los dientes. La rabia burbujeaba en su interior.
Era terriblemente consciente de su dolor.
Eira siempre se esforzaba por ocultarlo y ahora era incapaz de ello, tal y como demostraban sus gritos de agonía.
Habría preferido ser él quien lo soportara, arder hasta convertirse en ceniza si eso bastara para detener su sufrimiento, pero se hallaba impotente.
Ni siquiera sabía qué era lo que le ocurría.
Eira se retorció. Cyal, con un brazo rodeándole los hombros, la pegó a él.
Llevó la otra mano a la cabeza de Eira, apoyándola en su pecho.
La abrazó como si así pudiera convertirse en un escudo para ella y protegerla del mundo que insistía en torturarla, anclarla a él para que no lo abandonara y transmitirle algo de su fuerza.
Cyal trataba de respirar hondo, pero era imposible. Sus propios pulmones se bloqueaban al ver a Eira en ese estado.
—Eira, mírame —le rogó, quebrado por la angustia.
¿De verdad no había nada que pudiera hacer por ella? ¿Solo sostenerla y mirar horrorizado mientras ella se deshacía en pedazos?
Arash, silencioso, se agachó a su lado. Había estado vigilando para asegurarse de que Graialan se había marchado.
Cyal clavó los dedos en el hombro de Eira ante la seriedad en el semblante de Arash. El hombre examinaba a Eira con la mandíbula tensa. ¿Qué veía?
—M-me salvó la vida —balbuceó Thaydra con una mano en la boca, presionando las uñas en los labios—. Tuvo que moverse en la oscuridad para ello.
Cyal jadeó al comprender que aquel era el precio de su sacrificio. La certeza le atravesó el alma, implacable.
—No. No. ¡Eira, no!
Un nuevo alarido sacudió a Eira. Ella sollozó.
—Cyal...
Lo llamaba con tal desesperación que las lágrimas también se agolparon en los ojos de Cyal.
El corazón se le encogió con una rabia brutal.
Quiso gritar, suplicar, incluso destrozar el mundo entero para evitar tener que vivir en él sin Eira.
Pero ni todo el fuego que ardía en su interior serviría para arrancarla de su condena.
Eira alzó una mano temblorosa y Cyal la cogió. No le importó que Eira la apretara con fuerza suficiente para fracturarle los huesos de los dedos. Hubiera soportado lo que fuera por ella.
Arash maldijo entre dientes.
—Su esencia de oscuridad está deteriorada por completo —dijo en tono grave—. Está arrasando con todo en ella.
—No, no, no —murmuró Cyal, como si las palabras pudieran deshacer lo inevitable.
El terror le nubló los sentidos. Solo notaba el temblor del cuerpo de Eira en sus brazos. Todo lo que oía eran sus jadeos partidos.
Eira presionó la mano de Cyal en su pecho, profiriendo un desgarrador aullido de dolor. A él le dio igual mancharse con su sangre. El frenético latido del corazón de Eira vibraba contra sus dedos. La chispa gélida que tanto lo había fascinado en esos ojos rojos se extinguía.
Cyal también temblaba. La idea de perder a aquel hermoso y vital invierno que había encontrado en el más árido desierto amenazaba con acabar con él allí mismo. Pero debía sobreponerse al pánico, por ella.
—Eira, Eira, escúchame. —Inclinó la cabeza y le dio un beso en la frente. Su respiración era débil, nada más que un hilo a punto de partirse, pero levantó los párpados para mirarlo por debajo de las pestañas, cubiertas de gotas de lágrimas—. ¿Recuerdas la promesa que me hiciste?
Ella apretó los dientes. Apenas tuvo fuerzas para emitir un lamento.
—Tienes que aguantar. Por mí —suplicó él, pegando su frente a la de Eira, cuya piel ardía como el sol de Drethol.
La miró a los ojos, escarlata contra dorado.
Las bocanadas de aire de ambos eran ansiosas y aceleradas—.
¿Vale, Eira? —No obtenía respuesta. La furia estalló—.
Mírame, joder, ¡mírame! Tienes... Tienes que arreglar la oscuridad de alguna forma. ¡Por favor!
Eira gimió. Ella tampoco quería abandonarlo.
No había nada que deseara más que permanecer junto a él, descubrir el continente a su lado y acompañarlo toda una vida.
Conocer, de su mano, las maravillas de Gaia.
Tras haber experimentado solo los horrores de la guerra, ¿acaso debía sacrificar ese sueño?
Pero su cuerpo se había vuelto contra ella. Sus espasmos se reducían, los gritos remitían y resollaba. Cyal no se dejó engañar: eso solo significaba que la batalla en la que no había tenido ninguna posibilidad desde el principio estaba a punto de terminar en derrota.
La apretó contra su pecho en un vano intento de impedir que escapara a donde no podría alcanzarla. No podía perderla.
No así.
De ninguna manera.
Había jurado protegerla. Pero ¿cómo protegerla de sí misma, del destino que esa maldita Eyvel había sellado con siniestras sombras en ella?
—Tu vida no termina aquí —bramó—. No te atrevas a irte, Eira, ¡no te atrevas!
Arash los observó, con una extraña presión en el pecho.
Zheitszoh, la luz de sus días en el pasado, yacía ahora moribunda en los brazos de aquel joven, su enlace.
Y él la llamaba por otro nombre. Aquel que se había convertido en la persona más importante para ella, arrebatándole a Arash el puesto que ostentó antaño, le suplicaba a Eira que no lo abandonara.
Apretó los puños. El pánico se palpaba no solo en los lamentos de Eira, sino también en la voz de Cyal.
Miró a Thaydra de soslayo. Ella tenía los ojos verdes muy abiertos, llenos también de lágrimas; estaba angustiada.
Le temblaban los hombros, pero no se había movido ni un centímetro.
La culpabilidad la asaltaba igual que aquella noche en el palacio, viendo a Azra actuar para salvarle la vida.
Porque Eira estaba así por haber salvado a Thaydra. Arash se tensó al darse cuenta de que, de no ser por ella, Thaydra habría muerto.
Que habría podido perderla.
Gruñó y endureció la mirada. Eira ya no lo recordaba. Pero no le iba a fallar una tercera vez a Zheitszoh. No había podido salvarla cuando Eyvel la asesinó. No había podido ayudarla cuando se transformó en xieri.
No iba a dejar que muriera ahora.
—Cyal —dijo Arash. Él alzó la vista y Arash tensó la espalda al ver en sus ojos dorados el reflejo de un alma al borde del abismo. Se esforzó por mantener la calma en el tono—: Aparta la mano.
Cyal, aturdido, no estaba en condiciones de discutir. Si Arash creía que podía hacer algo, se aferraría a ello como a un clavo ardiendo.
Retiró la mano del pecho de Eira y ella sollozó.
—Eira, tranquila, sigo aquí —le susurró Cyal, manteniendo agarrada su mano.
Entrelazó los dedos con los de ella. Su piel estaba helada y ardiendo, un equilibrio imposible que se rompería en cualquier instante.
Arash reposó la mano en el pecho de Eira, manchándose de sangre.
Cerró los ojos y se centró en la energía oscura que rodeaba su cuerpo.
Fluía de ella sin control, opacándola casi por completo.
La luz en el centro de su esencia la rechazaba, expulsándola y, a la vez, destrozándola por dentro, considerando sus propios nervios y órganos también enemigos.
Pero Eira, sin esa oscuridad que había pasado a formar parte de ella desde que se convirtió en xieri, no sobreviviría.
Arash escudriñaba con frialdad el cuerpo del dragón caído. Sus escamas eran de obsidiana. Poseía unos imponentes cuernos, uno de ellos partido, y alas de membrana extendidas en el suelo, inertes.
Gruñía y había clavado las garras en la tierra. Sus ojos permanecían apretados, al igual que sus colmillos. Luchaba por respirar.
—¿No es una pena?
Arash bajó la vista. Una mujer de piel blanca como la porcelana, pelo oscuro como la noche y ojos pálidos como si fueran dos lunas lo miraba, con las manos cruzadas detrás de la espalda.
«¿Qué es lo que quieres mostrarme, Eyvel?».
El dragón exhaló su último aliento. Su pecho dejó de subir y bajar.
Arash ladeó la cabeza y frunció el ceño. No lo conocía de nada, pero aun así sentía lástima por él. Si Veshier hubiera estado por la zona, lo habría curado...
—Quiero que veas lo que hago, Aridam, y que te unas a mí en la guerra que se avecina —dijo ella, con una sonrisa maliciosa—. Observa.
Eyvel se agachó junto al dragón. Materializó un recipiente de cristal en la mano y hundió las uñas en el hombro de la criatura, entre las escamas. Con un simple gesto, el contenido del recipiente empezó a fluir hacia el interior del cuerpo por las aberturas que había hecho.
Arash se estremeció.
«Eso era oscuridad, Eyvel —exclamó, retrocediendo un paso. Lo había sentido con claridad—. ¿Qué...?».