Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 37. Fractura
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37. Fractura

Fractura

Thaydra jadeaba por el esfuerzo. Se había doblado, apoyando las manos en las rodillas para aguantar su peso.

—Ya no hay más, ¿no?

Ladeó la cabeza hacia Eira, casi con súplica.

Ella, sin embargo, no había envainado las cimitarras.

Thaydra admiraba su resistencia; a pesar de haber combatido contra veinte nephrores, la respiración de Eira se mantenía estable.

Había sido complicado, y tanto ella como Eira estuvieron a punto de ser alcanzadas por las garras en más de una ocasión, pero habían podido con ellos.

Thaydra envidiaba los movimientos precisos y ágiles de Eira. Se desplazaba con elegancia, sin dudar, como si fuera una coreografía que tenía ensayada a la perfección.

—¿Eira? —la llamó de nuevo, inquieta ante su falta de respuesta. Su preocupación por Arash y Cyal no cesaba; quería ir a ayudarlos cuanto antes.

Se irguió, frunciendo el ceño. Ella no percibía nada. El pantano estaba sumido en un silencio antinatural, espeluznante. Pero eso era lo normal en aquel lugar, ¿no?

Azer graznó, aleteando dentro de la mochila. Thaydra cuadró los hombros. ¿Qué percibía el cuervo que ella no detectaba?

Eira saltó delante de Thaydra. Cruzó los brazos con las cimitarras justo para frenar el corte de una espada. El choque metálico de las armas resonó entre la niebla. Eira apretó los dientes. Thaydra ahogó una exclamación. Ambas reconocieron al instante al hombre pálido, de pelo oscuro...

... y ojos rojos.

—Graialan —siseó Eira. Tenía los nudillos blancos de la fuerza con la que apretaba las empuñaduras de las cimitarras.

—Creía que me iba a perder toda la acción —comentó él con una sonrisa burlona—. Pero veo que he llegado a tiempo.

—¿Estabais tanto tú como Biastria por el pantano? —cuestionó Eira, extrañada.

No era un secreto que se llevaban fatal.

—¿Yo, con Viento? —Graialan bufó—. Estaba en las afueras del pantano, pero como he escuchado unos cuantos golpes por aquí, he deducido que estabais atravesándolo en vez de rodearlo.

«Al final no teníamos razón ninguno de los dos, Cyal», pensó Eira, frustrada. Los comandantes los esperaban en ambas rutas. No habrían podido evitar la emboscada.

La escarcha comenzó a cubrir la espada de Graialan.

Él envolvió la hoja en electricidad y desvió las cimitarras, utilizando el impulso para saltar y hacer una voltereta hacia atrás.

Aterrizó a unos metros de ellas, irguiéndose y extendiendo el brazo con la espada.

Eira lo miró con frialdad. Thaydra se situó junto a ella, apretando los puños y envolviéndolos en fuego.

A Thaydra le daba la sensación de que le iba a estallar el corazón; los nervios le recorrían la piel como una marabunta de hormigas.

Las había encontrado Graialan, Rayo, el comandante de los xieri.

Estaba agotada tras el combate con los nephrores y ya había experimentado de primera mano lo peligroso que era aquel xieri.

Eira tampoco se encontraba en su mejor momento; aunque lo ocultara, las fuerzas que le quedaban eran pocas. Maldijo el deterioro de su cuerpo, que estaba acabando con ella.

No podía usar sus poderes de oscuridad y no debía transformarse.

Los límites eran demasiados.

—He de admitir que habría preferido enfrentarme a Arash —comentó Graialan, relajando la postura y llevándose una mano a la cadera.

Su atención recayó en Eira y esbozó una sonrisa maliciosa—.

Sin embargo, Granizo, todavía me debes la revancha, ¿recuerdas?

No me voy a quejar por haberte encontrado a ti.

—¿Has venido a perder otra vez? —replicó Eira, irguiendo la barbilla.

Graialan soltó una carcajada.

—Aunque quieras aparentar la misma fuerza que siempre, Eira, sé lo mal que estás. La oscuridad está destrozando tu cuerpo. —Envolvió la espada en electricidad—. Esta vez no tendrás nada que hacer contra mí.

Se lanzó hacia ellas. Eira materializó una serie de carámbanos de hielo y los comandó hacia su oponente con un movimiento de su cimitarra. Graialan se desvaneció.

Thaydra alzó un muro de llamas detrás de ellas. Graialan chasqueó la lengua y desapareció otra vez.

—¡Salta! —le ordenó Eira a Thaydra con urgencia.

Graialan había aparecido encima de ellas. Las dos se desplazaron en direcciones opuestas para esquivar el rayo.

Eira se giró, lanzándole más carámbanos de hielo. Thaydra, en el extremo opuesto de aquel espacio entre los árboles, la imitó con proyectiles de fuego.

Graialan rio y desapareció. Ambas oleadas de ataques chocaron y se anularon entre sí.

—¿No es maravilloso poder moverme entre las sombras todas las veces que quiera? —se mofó Graialan, encaramado a las ramas encima de Eira—. Tú ya no puedes hacerlo, ¿no?

Eira gruñó y alzó el brazo, disparando un rayo de hielo. Solo alcanzó a congelar el árbol.

Thaydra ya estaba preparada para cuando Graialan apareció a su lado. Saltó hacia atrás con rapidez, propulsada con el fuego en los pies, y movió los brazos, intentando clavarle las cuchillas de metal.

Graialan las golpeó con la espada. Era de hoja roja, de drialita, por lo que Thaydra no podría controlarla. El xieri envolvió el arma en electricidad y Thaydra barrió el brazo con brusquedad, arrancando los rayos y descargándolos sobre un árbol que quedó chamuscado.

Graialan se detuvo, intrigado.

—Arash te ha estado enseñando trucos nuevos desde la última vez que nos vimos, ¿eh?

Acto seguido, se desvaneció para evitar ser cortado por las cimitarras de Eira, que se había acercado corriendo.

Thaydra aprovechó que Eira volvía a estar a su lado para tomar una amplia bocanada de aire, intentando recuperar el aliento.

Graialan se materializó a unos metros de ellas.

Liberó una gruesa onda de sombras. Eira estiró las manos y creó una ola de agua que chocó contra ella, congelándola.

Apretó los puños y elevó en el aire los fragmentos de hielo con oscuridad atrapada dentro.

Pero acabaron estrellándose contra los árboles, porque al parpadear, Graialan ya no estaba.

Las dos esperaron en tensión, mirando a un lado y a otro. No se veía nada a través de la niebla.

Las golpeó una descarga eléctrica. Eira gruñó, reprimiendo el aullido de agonía y cayendo al suelo con los músculos paralizados. Thaydra, en un acto reflejo, fue capaz de desviar la mayor parte de la electricidad que la habría alcanzado, evitando que Azer, todavía en su mochila, acabara chamuscado.

Jadeó y alzó la vista. Chilló cuando una esfera de oscuridad impactó en su abdomen, lanzándola hacia atrás. Estando todavía en el aire, Graialan se materializó delante de ella.

El color huyó de la cara de Thaydra.

—Fue un placer, princesita de Arash —dijo el xieri con sorna mientras cortaba hacia ella el viento con la espada.

No tenía forma de esquivarlo. Estaba acabada.

«Arash», pensó Thaydra en ese instante, aterrada.

Pero no fue él quien apareció para salvarla.

Thaydra notó un tirón gélido en la muñeca. Giró la cabeza y vio, con la boca abierta, que era la fría mano de Eira. Ahora estaba junto a ella, envuelta en sombras.

La espada rozó el costado de Thaydra y esta ahogó una exclamación. Eira estiró el brazo hacia Graialan e impactó la palma de la mano en su pecho.

—¡¿Qué...?! —alcanzó a decir Graialan, perplejo, antes de salir disparado con la escarcha cristalizando en su ropa.

Eira y Thaydra se precipitaron y recibieron el duro golpe contra el suelo. Cayeron de espaldas, quedando tiradas entre la bruma. Graialan se hundió en una laguna oculta no mucho más lejos.

Thaydra resolló, todavía con el corazón latiendo a mil por hora por el susto. Se llevó una mano al costado, comprobando que solo había recibido un pequeño corte superficial. Se sentó y miró a Eira.

Le había salvado la vida, pero la batalla no había concluido y tenían que ponerse en pie.

Escuchó un rugido en la distancia, pero lo ignoró. Había sido demasiado lejos como para tratarse de Graialan.

—¿Eira? —la llamó, nerviosa.

Eira se había incorporado sobre las palmas de las manos y las rodillas. Mantenía la cabeza gacha, respirando entrecortadamente, y su largo pelo blanco le ocultaba el rostro. Le temblaban los brazos.

El temor atenazó a Thaydra al darse cuenta de que Eira la había salvado usando sus poderes de oscuridad. Justo lo que no debía hacer.

—¿Estás...? —empezó a preguntar, pero Eira se levantó.

Thaydra la observó, preocupada, y la imitó. Eira se tambaleó. Thaydra extendió las manos hacia ella, mordiéndose el labio. Parecía que se iba a derrumbar en cualquier momento.

Eira jadeó y apretó los dientes. El pantano daba vueltas a su alrededor. Sabía que Thaydra le había dicho algo, pero su voz era un eco distorsionado. Un punzante cosquilleo se apoderaba de sus manos y cada nueva bocanada de aire suponía un enorme esfuerzo.

El calor le subió por las sienes. Le zumbaron los oídos. La sangre entera le ardió como un ácido veneno.

Abrió los ojos como platos y se llevó una mano al pecho. Unas garras de fuego se clavaron en su corazón y lo retorcieron. Profirió un grito ensordecedor, cuya intensidad habría hecho vacilar hasta al más desalmado.

—¡Eira! —la llamó Thaydra, aterrada.

Dio un paso hacia delante y la atrapó en sus brazos. Cayó de rodillas al suelo entre las brumas con ella, mirándola con los ojos desorbitados y los hombros en tensión. ¿Qué le ocurría?

Eira seguía gritando. Se retorcía en los brazos de Thaydra y la chica vio, alarmada, que Eira se estaba clavando las uñas en el pecho de la fuerza que ejercía.

—¡Eira, para! —exclamó Thaydra, con el pánico filtrándose en su voz. Agarró la muñeca de Eira y tiró, pero Eira opuso resistencia—. ¡Eira, por favor!

Eira había apretado los ojos. No veía nada, no escuchaba nada, no sentía nada a su alrededor. Lo que sí sentía eran mil agujas clavándose en cada uno de sus nervios, destrozándolos; sus pulmones ardiendo, su cabeza a punto de estallar.

Thaydra al fin consiguió apartar la mano de Eira del pecho y palideció. Había desgarrado el traje y la piel, manchando toda la zona de sangre.

—Por Hereshia —murmuró, afligida. La observaba, impotente. No había nada que pudiera hacer por ella—. Eira, Eira, ¡tranquila!

Daba igual lo que le dijera. Eira continuaba gritando con desoladora intensidad y retorciéndose como si recibiera descarga tras descarga.

Las lágrimas fluían en abundancia y Thaydra notó que sus propios ojos ardían de angustia al ver a Eira de esa manera.

No quería ni imaginarse lo que estaría sufriendo; Eira, tan estoica, siempre ocultando su dolor, mostraba su padecimiento con una claridad aterradora.

Escuchó otro rugido. Pero este, ya más cerca.

Con el corazón en la garganta, Thaydra alzó la vista. Su labio inferior tembló. Un temible dragón gris oscuro y amarillo se alzaba frente a ellas, con agua goteando de sus duras escamas.

«Vaya, Eira, has tardado más de lo que yo pensaba en recurrir a tus poderes de oscuridad —comentó Graialan—. Has salvado a tu amiga, pero ahora las dos no sois más que un blanco fácil. Justo lo que estaba esperando».

Thaydra apretó a Eira contra su cuerpo. Tragó saliva, consciente de que no tendría fuerzas para moverse con su compañera.

—¡N-no te acerques! —exclamó, como si eso fuera a servir de algo. Le falló la voz.

Graialan avanzó hacia ellas, ignorándola. Thaydra respiró hondo y endureció la mirada.

—No te acerques —repitió con más firmeza, moviendo los dedos y elevando su puñal de metal en el aire.

Graialan ladeó la cabeza y rio.

«¿Qué pretendes hacer con eso contra un dragón, princesita?

—se burló. Irguió la barbilla y las observó con condescendencia—.

¿Por qué no te apartas para que le dé a Eira el final tan patético que se merece por traidora?

Puede que esté dispuesto a dejarte marchar para volver a enfrentarnos cuando seas más fuerte. Eres un tanto fascinante».

—¿Qué...? —balbuceó Thaydra.

—¡Aléjate de Eira!

Aquella rabia pertenecía a Cyal, que irrumpió envuelto en una estela de luz.

Graialan se giró de golpe y se desvaneció, evitando ser cortado por la espada de Cyal por cuestión de centímetros.

Reapareció un poco más lejos, con las alas rígidas.

«¿Luz? —bramó, enseñando los colmillos—. ¿Cómo?».

Cyal se había quedado de pie delante de Thaydra y Eira, empuñando la espada con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Tenía la mandíbula tensa y sus ojos dorados humeaban con ira, ensombrecidos por sus cejas bajas y contraídas.

—Lárgate de aquí ahora mismo, Rayo, o te mataré como he hecho con Viento —amenazó Cyal. Su voz era grave, pero cortaba como un gélido susurro del invierno más cruel.

Graialan se irguió. Frunció el ceño ante la siniestra mirada del joven. Le recordó a la de Eira, tan fría como un glaciar.

Sin embargo, había algo más. Algo oscuro y extraño, a la vez que familiar...

Aun así, no se iba a amedrentar. Era la oportunidad perfecta para rematar a Eira al más mínimo descuido de su enlace.

—Graialan.

Esa nueva voz le hizo gruñir. Ladeó la cabeza, fijando sus ojos rojos en los plateados de Arash.

«Arash —dijo, estirando el cuello. Clavó las garras en la tierra, aunque la bruma las tapaba—. Considérate afortunado. Si estuvieras solo, aprovecharía para ajustar cuentas».

Arash tenía todos los músculos en tensión, listo para atacarlo. Envolvió el puño en electricidad.

Cyal seguía en la misma postura, rígido, apretando los dientes hasta saborear la sangre. Cada grito de Eira le quemaba las entrañas. No poder acudir de inmediato a su lado lo estaba desgarrando por dentro.

«Así que habéis matado a Viento —comentó Graialan con desdén—. Era la más débil de nosotros y no contábamos con la maldita luz. No os confiéis demasiado».

Desapareció en un cúmulo de sombras.