Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 36. Provocación
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36. Provocación

Provocación

Eira partió al nephror por la mitad con una de las cimitarras, haciendo que se desintegrara con un chillido. Thaydra miró el rastro de sombras donde un segundo antes habían estado Arash y Cyal, y palideció.

—¡Arash! —lo llamó. Corrió hacia allí, aunque sabía que no había nada que pudiera hacer. Apretó los puños contra el pecho y escrutó deprisa alrededor, desesperada—. ¡Arash!

—Se los ha llevado Biastria —dijo Eira. Thaydra dio un respingo ante la frialdad de su tono.

—¿A dónde? —exclamó ella, angustiada por haberlos perdido. Se volvió hacia Eira, expectante. Ella detectaría dónde estaban. Tenían que ir a ayudarlos cuanto antes...

Eira giró la cabeza a su izquierda.

—Vamos a... —empezó, pero calló. Entornó los ojos y se situó delante de Thaydra, empuñando las cimitarras.

Los latidos de Thaydra se descontrolaron. Varios nephrores más se materializaron, dando vueltas en círculos como una jauría hambrienta. Eira apretó los dientes. Serían por lo menos veinte, nada que ver con los tres de la última vez.

—Acabemos con ellos —dijo, endureciendo la mirada—. Cyal y Arash son fuertes. Confía en ellos y céntrate en ti misma, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —murmuró Thaydra. No esperaba que Eira fuera a molestarse siquiera en aconsejarla, pero lo apreció. Más de lo que Eira siquiera podría haber entendido.

Respiró hondo y envolvió los puños en fuego. Eira tenía razón: no podía dejar que su preocupación la distrajera o cometería un error. Con tantos nephrores, debía estar muy pendiente de sus garras. Un solo corte y le robarían gran parte de su energía.

Energía que necesitaría para combatir y sobrevivir.

Cyal se tambaleó al reaparecer, desorientado. Arash lo agarró del cuello de la camisa y tiró de él hacia atrás. Cyal abrió los ojos como platos cuando el filo de la espada cortó el aire delante.

Biastria rio y se desvaneció. Se materializó unos metros más lejos. Con su traje de escamas grises, similar al blanco que llevaba Eira, su corta melena del mismo color y su pálida piel, se camuflaba entre la niebla. Solo la delataban sus ojos rojos, brillando como los de un depredador.

—Viento —dijo Arash al reconocerla. Empuñó la hoz y esbozó una sonrisa altanera—. Ha sido todo un detalle por tu parte traernos aquí a los dos para que acabemos contigo.

Biastria arrugó la nariz, con una mano reposando en la cintura y la otra sosteniendo la espada de hoja roja. Arash sabía que la drialita de sus armas estaría imbuida de oscuridad.

—Tan arrogante como siempre, Aridam —respondió ella, contrayendo los labios en un rictus de rabia—. No puedo decir que te haya echado de menos desde la guerra.

—¿Cómo ibas a hacerlo? Has estado estos trescientos años sellada —se mofó Arash.

Cyal había desenvainado la espada y permanecía con las piernas flexionadas, listo para repeler cualquier ataque. Era difícil adivinar cómo de lejos estaban de Eira y Thaydra, pues todo el espacio en el pantano era idéntico.

Biastria chasqueó la lengua.

—Creo que dejarás de reír en cuanto compruebes que no estoy sola.

Cyal frunció el ceño cuando otros dos xieri se materializaron a su alrededor, fácilmente reconocibles por sus ojos rojos.

Arash apretó los dientes.

La situación empeoraba por momentos. Si Thaydra y Eira todavía no habían acudido en su ayuda, era porque ellas también estarían repeliendo ataques.

—En verdad, me alegro de que al final hayáis decidido pasar por aquí —comentó Biastria, alzando la espada y deslizando la otra mano por la hoja—.

A Graialan le decepcionará saber que se ha perdido la acción por apostar a que rodearíais el pantano.

—Su sonrisa fue pérfida—. Se lo tiene muy creído por haber despertado antes que yo.

Pero le demostraré a la Emperatriz que valgo más que él.

—Vuestras disputas me traen sin cuidado —comentó Arash, irritado, y miró a Cyal—. Chico, hora de que saques esa luz a relucir para acabar cuanto antes con esto.

Cyal asintió, decidido. No dejaba que su nerviosismo turbara la aparente serenidad plasmada en su semblante.

La inquietud lo consumía al haber sido separado de Eira; al final, habían caído en una trampa para la que no estaban preparados.

De poco les servía ser cuatro si sus enemigos habían logrado separarlos.

La línea entre ellos y el peligro era siempre delgada. Mas no era momento de lamentarse.

El acero de su espada se iluminó. Biastria, al igual que sus dos compañeros xieri, retrocedió un paso, rígida.

—¿Luz? —balbuceó ella, con una nota de terror en la voz—. ¿Cómo?

Cyal esbozó una sonrisa irónica.

—¿Qué ocurre? ¿A Lluvia se le ha olvidado informaros de cuáles eran los poderes de Eira antes de ser una xieri? ¿O el detalle se le ha pasado a vuestra Emperatriz?

Biastria rechinó los dientes.

—¡Se suponía que lo que obtendrías sería su actual poder de la oscuridad, no la luz...! —Sacudió la cabeza y estampó un pie en el suelo como una niña consentida, removiendo la bruma. Los señaló con el dedo índice—. ¡Matadlos! ¡Ya!

Los xieri desaparecieron en nubes de sombras. Arash y Cyal se situaron espalda contra espalda, con los músculos en tensión.

—Bien, chico —dijo Arash, envolviendo la hoz en electricidad—. Demuéstrame que no eres un inútil.

—Será mejor que no te quedes atrás, dragón —replicó Cyal. Alzó la espada para cortar por la mitad una bola de oscuridad.

Biastria movió los brazos en círculo, desatando un temible vendaval que arrancó varias ramas afiladas. Arash rotó sobre su propio eje y los envolvió a él y a Cyal en un escudo de rayos que desintegró todo lo que lo rozó. Dirigió la descarga hacia Biastria, pero ella desapareció.

Cyal ahogó una exclamación cuando se materializó delante de él y no dudó en bajar la espada en diagonal, frenando la estocada de su enemiga. La luz de su hoja y la oscuridad de la drialita chocaron, generando humo.

El chico extendió el brazo derecho al captar movimiento por el rabillo del ojo. Frenó en el aire la ola de agua y la devolvió contra el xieri que la había lanzado a gran velocidad. Arash aprovechó y disparó un rayo, electrificando la corriente.

El xieri aulló al ser alcanzado.

—¡Malditos dragones...! —exclamó, luchando por hacer que su cuerpo reaccionara, con los músculos entumecidos por la descarga.

Arash salió disparado hacia él, blandiendo la hoz.

El otro xieri se interpuso. Estampó su hacha contra la hoz de Arash, y este tuvo que ejercer fuerza para no ser repelido hacia atrás.

—¿Un hacha? —comentó Arash. Al menos, no era de drialita—. Eso es nuevo.

El xieri gruñó. Envolvió el hacha en llamas. Arash saltó hacia atrás, antes de que el fuego empezara a derretir el metal de su arma.

Mientras tanto, Cyal y Biastria intercambiaban golpes con las espadas, esparciendo chispas de luz y oscuridad. Arash echó un breve vistazo por encima del hombro y enarcó una ceja, impresionado. Se notaba que Eira había entrenado bien a Cyal en el uso de su arma.

Confió en que el chico aguantaría. Arash se centró en los otros dos xieri, desenganchando las cuchillas de su cinto y haciendo que flotaran a su alrededor.

—¿Quién quiere ser el primero?

Ninguno de sus oponentes respondió. Uno se materializó a su derecha y el otro a su izquierda. Arash movió las manos y la mitad de las cuchillas salieron disparadas hacia uno y la otra mitad hacia el otro.

Escuchó con satisfacción el quejido del de la izquierda, que no logró desvanecerse antes de que se le clavara una en el abdomen.

Arash saltó para esquivar una onda de fuego. La temperatura ascendió voraz. Rotó en el aire y extendió el brazo, disparando un rayo. Maldijo cuando la descarga impactó contra el tronco de un árbol, disparando astillas en todas las direcciones.

—¿Podéis dejar de desaparecer constantemente como cobardes?

Aterrizó y se le erizó el vello. Giró sobre los talones, viendo a Biastria materializarse con la espada de drialita oscura por delante...

Y Cyal apareció en un parpadeo, dejando una estela de luz tras de sí. Hizo descender la hoja de su arma sobre la de Biastria, forzándola hacia abajo.

—Tu oponente soy yo —bramó Cyal con un atisbo de cólera.

Por un momento había temido no llegar a tiempo, o no conseguir desplazarse utilizando la luz. Varias gotas de sudor se deslizaban por su rostro. Jadeaba por el esfuerzo.

—¡Se suponía que no ibas a ser más que un humano inútil! —chilló Biastria, irritada. Esperaba una victoria fácil acorralándolos de esa manera. Pero la situación se había complicado y no parecía que tuviera mucha experiencia lidiando con su propia frustración.

—Siento que el chico te haya decepcionado, Viento —ironizó Arash y miró a Cyal con un nuevo brillo de aprecio en los ojos.

Cyal le dedicó una sonrisa torva antes de lanzarse tras Biastria. Esta retrocedió con una ráfaga de aire. Volvieron a encadenar golpes con las espadas.

Arash rotó, generando un escudo de electricidad que frenó el torrente de llamas. Lo deshizo y se desplazó a la derecha, esquivando una serie de bolas de agua.

—Creo que ya hemos jugado suficiente —sentenció y se impulsó hacia delante, preparando la hoz.

El xieri del agua ahogó una exclamación al verlo aparecer frente a él como un relámpago. Arash no dudó en deslizar la hoz y cortarle el cuello, salpicando sangre que se perdió entre la bruma. Su oponente se desplomó en el suelo, inerte.

—¡¿Cómo te atreves?! —estalló el otro xieri.

Arash lo divisó entre la niebla.

—Haberlo pensado mejor antes de atacarme —dijo, crispado—. Estáis tan verdes que todavía no podéis ni transformaros. Una pena.

Se desplazó hacia él.

Cyal seguía intercambiando golpes con Biastria. Había recibido algún que otro corte en los brazos y piernas, pero eran superficiales y a él, por suerte, no le afectaba la drialita.

Desestabilizó a la comandante xieri asestándole una patada en el abdomen. Se movió con rapidez, encadenando con una estocada. Ella se desvaneció, pero no antes de que alcanzara su costado izquierdo.

Biastria gritó, tambaleándose al reaparecer entre los árboles. Cyal se impulsó hacia ella con agua bajo los pies y cortó el aire con la espada, disparando una onda de luz. Biastria parpadeó y vio el ataque a un escaso centímetro de ella.

A duras penas logró desaparecer en el último instante.

—¡Humano insolente! —gruñó, furiosa, al materializarse detrás de Cyal.

Este ya se estaba girando. Por lo poco que sabía de ella, siempre jugaba sucio. Llevaba toda la pelea intentando aparecer por la espalda.

Biastria chilló cuando él frenó una vez más su espada. El choque metálico de las armas resonó, y de nuevo brotó el humo con olor a quemado.

Cyal respiraba a bocanadas por el esfuerzo; la fatiga comenzaba a darle alcance. Biastria, en cambio, poseía más resistencia que él al ser una xieri.

—¿Qué pasa, Viento? —se mofó Cyal, aunque tenía los dientes apretados, ejerciendo fuerza para no retroceder. Biastria desataba su furia y lo empujaba—. ¿Un pequeño corte de luz te ha afectado tanto por dentro que no puedes transformarte?

Cualquier resquicio de prudencia en Biastria se evaporó.

Saltó hacia atrás, soltando la espada. Se envolvió en un brillo blanco y rugió al transformarse en una dragona de escamas grises.

Cyal sonrió para sus adentros, flexionando las piernas y cerrando los puños en torno a la empuñadura de la espada.

Había conseguido lo que buscaba: la había provocado a hacer mal uso de su energía.

Sin embargo, una punzada de dolor le atravesó las sienes. Cyal ahogó un grito, tambaleándose y llevándose la mano a la frente. Por un instante, contempló a esa misma dragona sonriendo ansiosa frente a él, como si esperara su aprobación por algo.

La visión terminó tan pronto como apareció.

«¿Acaso creías que no iba a poder...?», empezó a vociferar Biastria, pero la luz del corte que le había provocado Cyal antes se extendió con voracidad por su cuerpo, más letal al haberse transformado.

La dragona chilló, retorciéndose. Trató de desvanecerse y fue incapaz.

Cyal logró recuperarse a tiempo y se desplazó. Biastria lo buscó con la mirada, nerviosa. ¡Había desaparecido en un segundo!

Abrió los ojos rojos como platos, rígida por completo. Mostró los colmillos, pero el alarido se atascó en su garganta. Intentó alzar las garras. La pata no le respondió.

Cyal había hundido la espada en su corazón.

«No...», alcanzó a decir ella.

Y exhaló su último aliento.

La mirada de la xieri perdió todo su brillo. Cyal arrancó la hoja metálica y retrocedió. La luz la abrasó por dentro, pero Biastria ya estaba muerta. Se desplomó entre las brumas con un golpe pesado, arrancando varias ramas a su paso y desatando una pequeña onda de niebla.

Cyal resolló y cayó de rodillas al suelo, exhausto. Le ardían los músculos y sus pulmones protestaban con repetidas cuchilladas. Se pasó el brazo por el rostro, limpiando el sudor de la frente.

Lo había conseguido.

Había matado a Biastria.

A Viento.

A una de las comandantes xieri.

Había logrado pillarla desprevenida con su luz, había igualado su habilidad con la espada y la había alterado lo suficiente para poder provocarla y hacer que se distrajera, permitiéndole asestar un golpe mortal.

Todavía estaba procesándolo cuando Arash apareció en su campo de visión. El hombre inclinó la cabeza para mirarlo, enarcando una ceja.

—Vaya, chico, eso no ha estado nada mal —comentó, impresionado. La clave había sido su uso de la luz, tan mortal para su enemiga, pero no habría bastado solo con eso—. ¿Ahora resulta que te dedicas a acabar con comandantes xieri en tu tiempo libre?

Cyal soltó una pequeña carcajada. Clavó la espada en el suelo y la utilizó como apoyo, tratando de recuperar el aliento. Le temblaban los brazos.

—Lo he tenido más fácil contigo encargándote de los otros dos xieri.

Arash se encogió de hombros.

—Mi intención era que fuera al revés, pero te he visto tan entretenido...

Le tendió una mano a Cyal y este la aceptó. Arash tiró de él y lo ayudó a levantarse. Los dos se miraron a los ojos un instante e intercambiaron una sonrisa cómplice.

Al segundo siguiente, sin embargo, recuperaron el semblante serio.

—Volvamos con Thaydra y Eira... —empezó a decir Arash.

Un grito de agonía lo interrumpió, sacudiendo todo el pantano. Cyal se tensó por completo, como si hubiera recibido una terrible descarga eléctrica. Su pulso se disparó.

—¡Eira! —exclamó con una mezcla de horror e ira.

Arash estiró el brazo hacia él.

—¡Cyal, espera...!

Pero Cyal ya había salido corriendo, perdiéndose entre la niebla. Arash maldijo entre dientes y fue tras él.