Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 35. Entre las bromas
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35. Entre las bromas

Entre las bromas

Cyal no albergaba el más mínimo entusiasmo por hallarse de nuevo a las puertas del pantano de los Lamentos.

El lugar era igual de espeluznante, con su hilera de árboles secos, cuyas ramas crecían de forma errática tanto en horizontal como en vertical y creaban un techo natural.

La niebla ya cubría la tierra, aunque no estuvieran dentro todavía.

Habían sido unos días bastante extraños.

Eira y Arash tenían un acuerdo y ya no se observaban con recelo, aunque tampoco con emoción.

Simplemente se respetaban. Cyal y Thaydra iban cogiendo más confianza y ya estaban habituados el uno al otro, conversando sin problema.

Eira y Thaydra mantenían las distancias, pues Eira permanecía fría y huraña con ella, y Thaydra no sabía muy bien cómo acercarse, intimidada.

Y luego estaban Arash y Cyal. Discutían a la más mínima, irritados con la mera presencia del otro. Aunque se esforzaran en no hablarse mientras viajaban, era inevitable que acabaran interactuando cuando paraban al atardecer y Arash entrenaba a Cyal en el uso de la luz.

Thaydra había estado convencida de que terminarían por acostumbrarse y aceptarse, pero no era el caso. La animosidad entre ellos continuaba tan viva como el primer día.

Esa mañana, sin embargo, el choque no se produjo entre Cyal y Arash.

—De ninguna manera —estaba diciendo Eira, con los brazos cruzados—. No atravesaremos de nuevo el pantano.

—Es la forma más rápida de llegar al otro lado —señaló Cyal, con las manos en las caderas—. Y lo sabes.

—Nos atacaron la última vez que estuvimos aquí.

—¿Los nephrores? —Cyal resopló—. No eran tantos. Podremos con ellos una segunda vez.

—No. Biastria. Viento —le recordó Eira, muy seria.

Viento era la más inexperta de los comandantes, pero no por ello dejaba de ser altamente peligrosa.

—Fue hace unas semanas cuando pasasteis por aquí, ¿no? —habló Arash.

—Correcto —afirmó Cyal—. Viento buscaba al General y estaba sola. No seguirá aquí; ha tenido tiempo de sobra para cerciorarse de que el General no se encuentra en el pantano.

Eira no iba a ceder:

—Quizá continúen buscándonos a nosotros por la zona.

—¿Después de tanto tiempo? Habrán asumido que nos fuimos a otro sitio, y dudo que crean que vayamos a regresar al mismo lugar.

—Sigue siendo arriesgado. Deberíamos rodearlo.

—¡Rodearlo nos llevará semanas! —protestó Cyal, extendiendo los brazos—. Eira, no sabemos cuánto más vas a aguantar. Tendremos que arriesgarnos. Es importante que lleguemos hasta Veshier cuanto antes.

—Aguantaré —declaró ella, en tono frío—. Será mejor que lo rodeemos.

Cyal la miró a los ojos. Las ojeras de Eira destacaban en su rostro, morado contra blanco.

—No. Eira, no estás tan bien como quieres hacernos creer.

Ella apretó los dientes. La rabia subió como un torrente helado por su garganta. No estaba a solas con Cyal y no soportaba mostrar su debilidad ante los demás. Arash y Thaydra los observaban.

—¡Qué sabrás tú!

Cyal tensó los hombros ante la dureza de su tono. La ira le burbujeó en el pecho, aunque luchó por sofocarla. Cada minuto contaba en el estado de Eira.

—Creo que algo te conozco —replicó con engañosa parsimonia.

Thaydra alternaba la mirada entre ellos, incómoda. El ambiente se iba cargando con la intensidad de una tormenta, pero no veía la forma de intervenir. No tenía la confianza suficiente con Cyal, y mucho menos con Eira. Giró la cabeza hacia Arash, en busca de ayuda.

Él permanecía en silencio, estudiando casi con diversión lo que sucedía.

«¿Por qué no me sorprende? —pensó Thaydra, un tanto decepcionada—. Estará encantado de que Eira se esté enfadando con Cyal».

—No vamos a atravesar el pantano —siseó Eira.

—¿Así que ahora es lo que decidas tú? —rezongó Cyal. ¿Por qué estaba siendo Eira tan terca? Rodear el pantano les iba a robar demasiado tiempo, tiempo en el que Eira se seguiría deteriorando, aunque tratara de ocultarlo—. Eira, ¡admite que no estás bien! Tenemos que encontrar la cura cuanto antes.

—Estoy perfectamente —zanjó ella, cortante. Irguió la barbilla y lo observó con frialdad.

Ante su porte gélido, sin embargo, Cyal no hizo más que incendiarse. Porque el muro de Eira no servía contra él. Distinguía la pátina de miedo en su mirada.

—Si estás tan bien, ¿qué hacemos yendo en busca de Veshier?

Arash debía admitir que no había esperado que Cyal se atreviera a discutir con Eira hasta ese punto.

«Pensaba que la seguiría sin rechistar. Pero sabe tener opinión propia».

Eso le gustó.

Mientras, los ojos rojos de Eira chispearon con furia.

—¡Iremos directos a su trampa!

Cyal tensó la mandíbula. Dio un paso hacia ella.

—¡Pues la afrontaremos! Somos cuatro. ¿Qué iba a hacer Viento contra nosotros aunque siguiera por aquí?

—No es tan sencillo, Cyal.

—Es tan sencillo como que atravesar el pantano es la ruta más rápida y necesitamos llegar hasta Veshier cuanto antes —espetó él. Su semblante se ensombreció y clavó el dedo índice en la clavícula de Eira con fuerza—. ¡Por ti!

Eira gruñó. Apartó su mano con brusquedad, bajando y contrayendo las cejas.

Cyal retrocedió, dolido. La desesperación por ella, por que estuviera bien, lo había llevado a insistir en exceso.

—Eira...

Thaydra se aclaró la garganta. Le dio un codazo a Arash, mirándolo con reproche.

Arash suspiró con exasperación. Supuso que ya había esperado bastante.

—A ver, a ver, un poco de calma —intervino al fin.

Se situó entre Eira y Cyal, señalando a este último con el pulgar—.

Aunque odie darle la razón al chico, no vamos sobrados de tiempo.

Eira, al evitar usar tus poderes de oscuridad y no transformarte, tu deterioro se ha ralentizado, pero sigue avanzando. No vas a aguantar indefinidamente.

Eira crispó los dedos. No dijo nada.

Thaydra la contempló, apenada. Entendía que Eira quisiera rodear el pantano por ellos, para no exponerlos al peligro. Sin embargo, ella también iba a tener que darle la razón a Cyal y a Arash.

—Eira, ya no es solo por ti —se atrevió a decir. Se encogió al notar la mirada de sangre de Eira sobre ella—. El equilibrio de Gaia pende de un hilo. Unas semanas de retraso podrían significar no llegar a tiempo para estabilizar la energía del núcleo. Hay mucha gente en peligro.

Quizá así, viendo que no era solo por ella, se sentiría menos presionada y culpable. Para sorpresa de todos, aquello fue lo que funcionó.

—Está bien —masculló Eira. Les dio la espalda.

Cyal miró a Thaydra con el asombro en sus facciones y ella agachó la cabeza, sonrojada. Arash esbozó media sonrisa, orgulloso.

—De acuerdo, pues vamos allá —dijo Arash—. Además, la trampa nos la pueden tender tanto atravesando el pantano, como rodeándolo. Es imposible saber dónde van a estar.

Cyal se acercó a Eira y cerró una mano en su hombro.

—Estaremos pendientes en todo momento.

Eira se mantuvo en silencio, pero al menos no apartó su mano como había hecho antes.

Un alarido espectral reverberó entre los árboles como un eco de ultratumba, rasgando las espesas brumas. Thaydra se estremeció.

—Tranquila —dijo Cyal, que caminaba junto a ella—. Esos son los nephrores.

—No percibo que haya muchos por aquí —comentó Arash—. Por lo que no deberían suponer un problema.

—Sí, eran pocos —confirmó Cyal. Todavía estaba procesando que Arash le hubiera dado la razón en lo de atravesar el pantano.

Aquel lugar no le traía buenos recuerdos.

Era donde habían perdido a Estrella Radiante.

No habían vuelto a saber nada del caballo.

El lugar resultaba asfixiante: las ramas entrelazadas sobre ellos ocultaban el cielo nublado y la niebla que serpenteaba por el suelo transformaba cada paso en un riesgo a medir, pues escondía charcos traicioneros y lagunas de barro que se los tragarían en un instante.

Habría preferido rodearlo y evitar aquel terreno opresivo. Sin embargo, la determinación lo empujaba a atravesarlo de nuevo, por Eira.

—No se escucha ningún animal —murmuró Thaydra, con las manos en el pecho, mirando a un lado y a otro.

—Eso es porque no hay ninguno —dijo Cyal con una mueca—. Los nephrores los espantaron.

El pantano no solo era un lugar triste y agobiante, era un lugar muerto.

—Si arreglamos la energía del núcleo de Gaia, los nephrores se marcharán y el pantano volverá a tener vida, ¿no? —preguntó Thaydra, esperanzada.

—Así es —asintió Arash, que lideraba el grupo.

Eira caminaba la última, a disgusto, si bien mantenía el rostro inexpresivo. Cyal rebobinaba sin remedio su discusión; el remordimiento le encogía el estómago. Necesitaba hablarlo con calma con ella, pero tendría que esperar a salir del pantano.

La cacofonía de sollozos, gritos y lamentos de los nephrores impregnaba el aire.

Cyal frunció el ceño.

—¿Qué son, exactamente, los nephrores?

—Seres que emergen de las grietas de energía del interior de Gaia, las cuales solo se abren una vez su núcleo se vuelve demasiado inestable —explicó Arash en tono seco.

—Ya, pero ¿por qué hacen esos sonidos? —insistió Cyal—. Cualquiera diría que son fantasmas agonizando por algo.

—No lo sé. ¿Por qué no se lo preguntas, chico? —continuó Arash en la misma actitud—. Seguro que estarán encantados de responderte.

Cyal gruñó.

—Gracias por tu útil aportación, dragón —dijo, sarcástico—. ¿Eres siempre así de brillante?

Thaydra suspiró, cansada.

—No empecéis, por favor.

—Son un caso perdido —masculló Eira.

Arash arrugó la nariz.

—No es mi culpa que el chico haga preguntas estúpidas.

—¡Solo tenía curiosidad! —protestó Cyal, alzando las manos—. Los nephrores no se parecen a ninguna otra criatura que haya en Gaia.

—¿En qué se parece un pez a un caballo? —dijo Arash, con una sonrisa burlona.

—Sabes a lo que me refiero —replicó Cyal, irritado—. Un pez y un caballo se parecen en que se alimentan de cosas... ¡materiales! —trató de explicar—. Son materiales. Los nephrores, en cambio, se alimentan de... ¿De qué? ¿De energía?

—Sí, son extraños —admitió Arash, decidiendo que ya lo había provocado bastante—. La información sobre ellos es escasa. No le des más vueltas.

—Son bastante tétricos —comentó Thaydra. Azer graznó—. No me gustaría encontrármelos de nuevo.

Era imposible olvidar la terrible marabunta de nephrores de la que Arash y ella habían tenido que huir en su momento. Arash le lanzó una mirada de soslayo.

—Me temo que a estas alturas el núcleo de Gaia estará infestado de nephrores. Tendremos que enfrentarnos a ellos, cuando llegue el momento.

Thaydra torció el gesto, pero no se quejó, resignada.

Arash, al igual que Eira, recordaba aquel pantano lleno de vida en el pasado.

Hojas verdes y flores blancas habían poblado los árboles, las lagunas de aguas limpias y cristalinas mostraban los peces que nadaban en su interior.

Los pájaros habían anidado entre las ramas, trayendo las siguientes generaciones. Esa niebla no existía...

Si no se daban prisa, pronto el mundo entero acabaría así.

—No entiendo por qué Eyvel está interesada en que estalle el núcleo de energía —comentó Arash, casi sin darse cuenta.

—Según lo que nos habéis contado, Eyvel odia a los draconianos y los xieri odian a los humanos —dijo Cyal con sencillez—. Si consiguen eso, se librarán de ambos.

Arash se detuvo y se volvió hacia él.

—Ya lo había pensado antes, pero no logro averiguar cómo se salvarían ellos.

Cyal le dedicó una sonrisa socarrona. Él también se había parado, al igual que Thaydra y Eira.

—¿Por qué no nos iluminas con tu sabiduría infinita, dragón?

Arash le enseñó los colmillos, pero Eira entornó los ojos. Los nephrores habían callado de golpe. Cyal también se percató de ese detalle y la miró, con el ceño fruncido.

Arash irguió la barbilla y agudizó el oído. Thaydra, inquieta y con la piel de gallina, le indicó a Azer que se metiera en la mochila. El cuervo obedeció y se quedó con la cabeza fuera, oteando el entorno.

Un estridente chirrido les hizo alzar la vista.

El nephror descendió sobre ellos con una marea de sombras rodeando sus garras.

Arash y Cyal saltaron a la derecha, y Eira y Thaydra a la izquierda.

Antes de que terminaran de aterrizar, sin embargo, Arash y Cyal escucharon una aterciopelada voz a sus espaldas:

—Vosotros os venís conmigo.

Miraron por encima del hombro con brusquedad. Se toparon con un par de tétricos ojos rojos, unas manos pálidas los agarraron de los brazos...

Y desaparecieron.