34. Una cuestión compleja #2
—Quien sí me trató muy bien fue la reina de Auria, Blanche —prosiguió Cyal, más relajado—.
No le importó que no fuera su hijo, me acogió desde el principio con cariño y respeto.
Es por ella que sé que terminaré regresando a Auria, tarde o temprano.
Quiero volver a verla. Se hizo también muy amiga de Eira.
—¿Sí? —dijo Thaydra, imitando su sonrisa—. Me alegra saberlo.
Le daba pena que Eira recibiera rechazo allá a donde iba. Podía parecer de piedra, pero dudaba que no le afectara, aunque fuera un poco.
—¿Y tú, Thaydra? —dijo Cyal—. La noche del ataque...
Thaydra se mordió el labio inferior. Acarició la cabeza de Azer.
—Perdí a toda mi familia. Karima, la segunda esposa del rey... —Hizo una mueca—. Ella colaboró con los xieri, para deshacerse de nosotros y quedarse con el poder.
—¿Qué? —soltó Cyal, girando el cuello con brusquedad—. ¿Cómo se puede ser tan miserable?
—Yo estoy viva solo gracias a que Arash me rescató —musitó ella. Hundió los dedos en las plumas de Azer—. Mi hermana, Azra, se sacrificó por mí.
Cyal frunció el ceño. Ni siquiera la familia real se había salvado la noche del ataque.
—Tu cuervo se llama Azer, ¿no?
Thaydra aventuró una tímida sonrisa.
—Sí.
—Es una buena forma de honrar la memoria de tu hermana —dijo Cyal con suavidad.
Un ligero rubor cubrió las mejillas de Thaydra.
—Gracias.
Thaydra se sorprendió ante la facilidad que tenía para hablar con él. Parecía amigable y le inspiraba confianza. Eira era fría, pero Cyal transmitía la calidez de la arena del desierto.
Cyal echó al fuego los restos de la rama con la que había estado jugando.
—¿Es normal que tarden tanto? —dijo, echando un vistazo por encima del hombro.
—Tendrán muchas cosas de las que hablar.
Como si los hubieran invocado con sus palabras, escucharon pasos. Unos segundos después, aparecieron Arash y Eira. Los dos caminaban en paralelo, con los hombros relajados y los brazos a los lados. Thaydra le indicó a Azer que saltara a su antebrazo y se levantó, sonriendo.
—Arash, ¿vamos a por la cena?
—Te veo muy animada para tratarse de ir a por animales indefensos, princesa —rio Arash.
Thaydra giró la cabeza a la derecha en un intento de ocultar el sonrojo. Tan solo había querido saber cómo había ido la conversación con Eira. Eso, y un momento privado con él, para charlar.
Dio un respingo cuando notó la mano de Arash en la espalda, empujándola con suavidad.
—Pero sí, vamos a cazar —dijo y le guiñó un ojo.
El corazón de Thaydra aleteó, y supo, por la reacción de Arash, que todo había ido bien.
Cuando se marcharon, Eira se sentó al lado de Cyal y este se irguió. Se fijó en que no había ni rastro de líneas en su frente.
—¿Cómo ha ido la cosa?
Los labios de Eira se curvaron hacia arriba. Cyal alzó las cejas.
—Bien. Arash se ha disculpado conmigo y nuestra conversación me ha servido también para aceptar algunos aspectos de mi pasado —admitió, en tono bajo—. Él asume que no volveré a ser la Zheitszoh que conoció. Por lo que hemos decidido empezar de cero, como compañeros con un deber común.
—Sigo sin fiarme de ese dragón. Pero, si tú estás contenta, me alegro.
—Ya no percibo hostilidad por su parte. Puedes estar tranquilo, Cyal. Su pasado lo tortura. Eso es algo que yo entiendo muy bien.
Cyal gruñó, pero no discutió. Ladeó la cabeza y miró a Eira. Seguía teniendo unas marcadas ojeras. Por mucho que quisiera ocultar su cansancio, eso era algo que no podía tapar, no frente a él.
—¿Cómo te encuentras?
Ella lo contempló de soslayo.
—Aguantaré. No te preocupes.
Cyal espiró con lentitud.
—¿Cómo no voy a preocuparme? —Esbozó media sonrisa—. Mientras recuerdes tu promesa...
Eira dejó escapar una carcajada. La sonrisa de Cyal se ensanchó al escucharla. Nunca había visto una nevada en el monte Ishtar, pero se imaginaba que los copos de nieve caerían con la misma delicadeza que su risa.
—La recuerdo, Cyal —dijo ella, con un brillo alegre en sus ojos rojos—. Y la pienso mantener. Quiero recorrer Gaia entera contigo y que me sigas enseñando todo lo que ha cambiado en estos trescientos años. Evitaremos el regreso del General y podrás mostrarme cómo es un mundo sin guerra.
Las mariposas revolotearon en el estómago de Cyal, que se sintió más ligero al ver a Eira así de feliz, libre de las cadenas del pasado.
—Qué ganas tengo de seguir viéndote como un pez fuera del agua mientras te enseño todas las cosas nuevas que hay —la picó.
Eira contuvo la risa.
—Sí, ahí tú eres el maestro. Y ahora...
Se inclinó hacia Cyal. Él se tensó, nervioso y acalorado. El rostro de Eira estaba tan cerca que su gélido aliento le acariciaba las mejillas. Ella sonrió, con la mirada fija en sus ojos. Un cosquilleo recorrió las manos de Cyal y tragó saliva.
—Ponte a afilar la hoja de tu espada —ordenó ella y se echó hacia atrás, manteniendo la sonrisa—. Tienes que cuidar tu arma, o perderá efectividad en combate.
Cyal parpadeó, incrédulo. Su corazón todavía era un torbellino de latidos desenfrenados.
Gruñó.
—¿En serio, Eira?
Ella irguió la barbilla y enarcó una ceja.
—Por supuesto. ¿Qué te esperabas?
Cyal la observó, con la boca abierta. ¿Lo estaba provocando? ¿O de verdad no se había dado cuenta de lo que había hecho?
Espiró aire con brusquedad y apartó la mirada.
«Habrán sido imaginaciones mías», se dijo y respiró hondo.
—A veces eres frustrante —confesó, desenvainando la espada y extrayendo del bolso la piedra para afilarla—. Con la conversación tan bonita que estábamos teniendo...
Eira lo contempló de reojo, divertida. Cyal ya estaba centrado en su tarea y el sonido metálico de la roca pasando por el acero llenó el ambiente, mezclándose con el crepitar de las llamas.
Al pasar los segundos, sin embargo, la sonrisa de Eira se torció y el brillo en sus ojos se apagó.
«No debo olvidar lo que soy —se reprendió—. Tengo que controlarme».