Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 34. Una cuestión compleja
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34. Una cuestión compleja

Una cuestión compleja

Cyal permanecía mirando el punto por el que Eira había desaparecido, tras unas rocas, para ir a buscar a Arash. Le había costado no seguirla. No se fiaba de aquel dragón. ¿Y si intentaba matarla de nuevo?

—Arash no le hará nada a Eira, no te preocupes —dijo Thaydra con delicadeza. Estaba sentada en la tierra, con las piernas cruzadas. Azer observaba desde su hombro derecho.

—¿Cómo lo sabes? —masculló Cyal, cruzando los brazos.

—Lo conozco. Le afectó ver que Eira es una xieri y actuó de forma precipitada por sus miedos —explicó ella, alzando la vista—. Ya lo hablé con él. Ha recapacitado. Solo le queda asumirlo y aceptarlo. No le hará daño. Es lo último que quiere hacer.

Cyal gruñó, no muy convencido.

—Eso espero.

Thaydra se levantó.

—¿Me acompañas a recoger algunas ramas para la hoguera?

Cyal al fin la miró.

—De acuerdo.

Echaron a andar, sumidos en un incómodo silencio. Los dos consideraban al otro una persona agradable, pero se conocían desde hacía poco. Además, las circunstancias de su encuentro no habían sido las mejores.

—Entonces, ¿qué poderes tienes tú, Thaydra? —inquirió Cyal. Quizá podrían remediar esa distancia con una conversación.

Caminaban entre la hierba alta, removiéndola con sus pasos. Se dirigían a uno de los árboles que había esparcidos por la llanura.

—Controlo el fuego y el metal —respondió Thaydra, alegre al ver que él estaba dispuesto a hablar con ella—. Y ahora Arash me está enseñando a usar la electricidad.

Cyal alzó las cejas, impresionado.

—¿Tres elementos? No está mal.

—Bueno, la electricidad me da todavía un poco de miedo —reconoció ella. Ladeó la cabeza y sonrió—. Por cierto, puedes llamarme Thay. Lo prefiero a Thaydra.

La sonrisa de la chica le transmitió una reconfortante calidez al instante. Cyal relajó los hombros, algo más cómodo.

—Thay, pues —asintió él, conforme—. Yo por ahora solo domino el agua, aunque también sé usar la espada. —Frunció el ceño—. Y espero no tardar en aprender a controlar la luz.

A Thaydra se le escapó una suave carcajada y se llevó una mano a la boca.

—Arash es muy buen maestro, de verdad. Entiendo que a veces es un poco huraño. Pero te prometo que solo tenéis que dejar de... chocar tanto.

Cyal resopló. Antes se congelaría el desierto de Drethol.

—Me temo que eso no va a ser fácil.

—Yo confío en que terminaréis por entenderos.

—Lo dudo mucho. —Alzó la vista al cielo. Ya empezaban a mostrarse las estrellas—. Además, estoy muy acostumbrado a que sea Eira la que me enseñe. Tengo ganas de que me explique cómo funciona lo del hielo.

—Oye, sobre Eira... —empezó Thaydra.

Una sombra cruzó el semblante de Cyal, que temió que fuera a criticarla en algún aspecto por ser una xieri. Thaydra juntó las manos y entrelazó los dedos.

—¿Sabes si le molesto o algo? Como no habla conmigo...

El recelo de Cyal se desvaneció. Soltó una carcajada, enternecido.

—No, no. No le molestas. Es solo que... —Se encogió de hombros—. Bueno, ella es así. Es reservada con los desconocidos. Estoy convencido de que se irá abriendo a ti poco a poco.

—Menos mal —dijo Thaydra, más tranquila—. Me preocupaba haber hecho algo que le molestara.

Cyal negó con la cabeza.

—Tan solo dale tiempo.

Llegaron al árbol y se agacharon para recoger las pequeñas ramas caídas al suelo. Thaydra dio un respingo al ver por el rabillo del ojo a un ratón salir corriendo. El animal se escondió en la hierba alta.

—Entonces... —Cyal miró a Thaydra. Hizo una mueca—. ¿No te molesta que Eira sea una xieri?

—No. Yo creo que, a pesar de la oscuridad, los xieri no tienen por qué ser malos —contestó Thaydra. Se levantó, con varias ramas en los brazos, y sonrió—. He visto lo mucho que te quiere; estaba dispuesta a dar su vida por ti. Alguien capaz de ese amor por una persona no puede ser malvado.

Cyal se irguió y se quedó rígido.

—¿A... mor? —balbuceó, con las mejillas rojas.

Thaydra lo miró, desconcertada.

—¿Ocurre algo?

—No, nada —dijo él atropelladamente. Habría alzado las palmas de las manos, pero él también cargaba con varias ramas—. Creo que ya tenemos suficiente. Será mejor que volvamos.

Thaydra asintió y los dos echaron a andar en la dirección por la que habían venido. Cyal frunció el ceño, sumido en sus reflexiones.

Amor.

Había distintos tipos de amor.

¿A cuál se habría referido Thaydra, exactamente? No se atrevía a preguntárselo.

Su corazón galopó al pensar en Eira. En su sutil sonrisa, cuya alegría se expresaba del todo en el resplandor de sus bonitos ojos rojos.

Pero ¿por qué se iba a fijar Eira en alguien como él? Eira era inmortal, una de las criaturas más poderosas. Él no era más que un simple joven humano que había sido lo bastante afortunado como para acabar siendo su enlace.

Sabía que Eira lo quería. Se lo había demostrado. Tan solo desconocía de qué manera lo quería exactamente. Al igual que él no terminaba de aclarar sus sentimientos por ella.

Eira era la persona más importante para él, su calma y su tormenta.

Había llegado a reconocer cada uno de sus gestos, a leer los matices de cada silencio, las palabras tras su mirada glacial.

Distinguía cuándo una sonrisa se le escapaba y cuándo fingía indiferencia para ocultar lo que sentía.

Su risa de invierno, tan escasa como preciosa, era su sonido favorito y le encantaba provocarla.

Desataba el fuego de un hogar en su interior.

Se descubría buscándola incluso cuando no estaba cerca. La felicidad que experimentaba a su lado no era casual ni pasajera.

Siempre estaba pendiente de Eira.

Cada pensamiento, cada acción y cada latido estaban anclados a ella.

Paró en seco, con los ojos muy abiertos. ¿Se estaba enamorando sin darse cuenta? ¿O solo estaba confundiendo su gran aprecio por ella con algo más?

Ver a Eira sufrir era peor que si lo atravesaran con una espada y la retorcieran.

Su ira, su impotencia y su temor cuando ella había acabado herida significaban algo, ¿no?

El miedo a perderla había amenazado con destrozar su corazón para siempre.

Semejante tormento no era simple preocupación.

Cuanto más lo pensaba, más clara se hacía la verdad que insistía en ocultarse a sí mismo: no era solo afecto.

Necesitaba a Eira para sentirse vivo.

—¿Cyal? ¿Todo bien?

Volvió a la realidad al oír a Thaydra llamarlo. Ella se había detenido unos pasos más adelante y lo miraba.

—Ya voy —murmuró y caminó rápido para alcanzarla.

Daba igual lo que él sintiera por Eira. Estaba convencido de que, por mucho cariño que ella le tuviera, Eira no se fijaría de esa manera en él. Ella era una dragona inmortal, y él un humano... muy mortal. No estaba a su altura. Pero había algunos gestos de Eira con él que...

Sacudió la cabeza.

No debía hacerse ilusiones.

Sería mejor no pensar en ello. Al menos, por el momento. Solo quería centrarse en que Eira se curara y estuviera bien.

Regresaron al campamento entre las rocas y colocaron algunas de las ramas en el suelo, en una zona de tierra despejada de hierba. El sol ya se había ocultado del todo, abandonando al cielo ante la oscuridad. Thaydra creó una pequeña llama en su dedo índice y la dejó caer en las ramas.

La luz de la hoguera iluminó el lugar.

—Creo que es uno de mis aspectos favoritos de viajar —comentó Thaydra mientras se sentaban—. Estar así junto al fuego de noche me reconforta.

Cyal esbozó una pequeña sonrisa. Cruzó las piernas.

—Es cierto que es agradable cuando las llamas están controladas.

—Ya.

Por mucho que adorara su elemento, Thaydra nunca sería capaz de olvidar su furia cuando el incendio se desató en el palacio.

—¿No te quemas cuando usas el fuego? —inquirió Cyal, curioso.

Thaydra dobló las piernas para abrazarse las rodillas y soltó una pequeña carcajada.

—No. Lo primero que me enseñó Arash es a ser inmune al fuego.

—Ya veo.

Estuvieron unos segundos en silencio, y Thaydra se perdió en las llamas. La tranquilidad reinaba en la llanura. Solo se escuchaba a veces el ruido del viento removiendo la hierba alta.

—¿Cyal...? —murmuró, encorvada.

Él la miró. Daba vueltas a una pequeña rama que tenía entre los dedos.

—¿Sí?

—¿Cómo te afectó la noche del ataque a Drethol? —preguntó en tono bajo, temiendo molestarlo. Él frunció el ceño, y se apresuró a añadir—: No tienes por qué responder, si no quieres.

Cyal suspiró con tristeza.

—No, Thay, está bien. Es solo que... —Alzó la vista al cielo. Parpadeó varias veces—. Siempre será una de las peores noches de mi vida. Perdí a mi abuela en el ataque; un xieri la mató. Yo mismo estoy vivo solo gracias a Eira.

Thaydra lo observó, apenada.

—Lo siento. No... ¿No te queda más familia?

Cyal tensó los hombros.

—Mi madre murió cuando yo era pequeño; ni siquiera la recuerdo. Y mi padre... —Apretó los dientes—. Es el rey de Auria.

La estupefacción abofeteó a Thaydra.

—¿Cómo?

—Soy el príncipe de Auria —dijo Cyal. Su atención recaía en las llamas—.

Lo descubrimos cuando pasamos por el reino.

Mis ojos son... No importa. La cuestión es que no quise quedarme con él.

Mi padre intentó matar a Eira, junto al Paladín, solo por ser una xieri.

A pesar de todo lo que Eira había hecho por mí...

Thaydra agachó la cabeza. Azer saltó de su hombro a su regazo. Ella lo acarició debajo del pico y el cuervo infló las plumas, contento.

—Me entristece que Eira reciba ese trato —murmuró. Y que encima hubiera sido el propio padre de Cyal..., sería duro para él. Lo miró de reojo—. Respecto al Paladín, lo vimos hace poco en Adruste.

Cyal gruñó con súbita fiereza. Partió la rama que tenía en las manos.

—Como vuelva a cruzarme con él, no me haré responsable de mis actos —siseó, y un escalofrío recorrió a Thaydra ante el siniestro desprecio en su voz.

Cyal respiró hondo y cerró los ojos—. No considero a mi padre mi familia.

No después de lo que hizo. Para mí, no es más que el rey de Auria.

Quizá algún día vuelva y hable con él, pero no será pronto.

—Es comprensible.