33. Empezar de cero
Empezar de cero
Arash oteaba la llanura que se extendía más abajo, sentado en lo alto de una roca. El cielo era un lienzo pintado con los cálidos tonos naranjas del atardecer, que ya se iban degradando a morado. El sol se ocultaba por la línea del horizonte.
Suspiró con fuerza.
¿Por qué insistía el destino en torturarlo de esa manera? ¿Era ese su castigo por no haber salvado a Zheitszoh de las garras de Eyvel?
El frío lo atravesó al detectar una oscura presencia detrás de él.
Miró por encima del hombro y frunció el ceño al divisar a Eira subiendo por la roca.
Sin mediar palabra, la mujer se quedó de pie junto a él, con la vista al frente.
Arash permaneció sentado, con una pierna doblada y la otra colgando en el aire.
El viento removió la hierba alta de la llanura. Una bandada de pájaros los sobrevoló, graznando. Estuvieron un rato en silencio, con la luz naranja, casi roja, iluminando sus rostros.
Para Arash era extraño. Nunca vio a Zheitszoh en su forma humana, por lo que nunca había estado con ella de esa manera. Pero sabía que no habría sido tan incómodo. Que no le habría hecho sentirse en constante tensión.
Con Zheitszoh solía estar relajado, en paz con el mundo. Su presencia era siempre motivo de alegría.
Esa alegría jamás volvería, porque se la habían arrebatado.
—¿Cuál era nuestra relación? —habló Eira, sorprendiéndolo.
Arash la observó de reojo, pero ella no lo miraba. Mantenía los ojos rojos en la línea del horizonte y su cara permanecía inexpresiva.
—En el pasado, ¿qué fuimos?
Zheitszoh nunca ocultaba de esa manera sus emociones. Aquella frialdad era consecuencia de haber sido sometida a la cruel vida de una xieri en la guerra; primero, como herramienta de los humanos y, luego, como arma del General. Una esencia forjada en la sangre y el dolor.
Algo en el interior de Arash se retorció.
—Éramos compañeros —respondió, asegurándose de mantener un tono neutro—. Compartíamos el deber de mantener estable el núcleo de energía de Gaia.
Eira entornó los ojos.
—¿Nada más?
Arash hizo una mueca. Apoyó el brazo izquierdo en la rodilla y lo pensó durante un par de segundos antes de responder, con lentitud:
—Éramos... pareja.
Eira arqueó sutilmente las cejas. Esta vez sí que inclinó la cabeza para mirarlo.
Su largo cabello blanco ondeaba por encima del hombro.
Algunos mechones ocultaban su rostro a ratos, debido al viento que soplaba desde atrás, hacia la llanura que se extendía bajo la alta roca.
Su forma humana era tan bella como lo había sido su forma de dragón en el pasado, a pesar del tono rojo de su iris.
Pero era ahora una belleza gélida, lejos de la cálida de Zheitszoh.
Arash prefirió no seguir analizando sus rasgos.
Devolvió la vista al frente.
—Ya han pasado siglos desde entonces —prosiguió Arash, en tono bajo—. Cuando desapareciste, te busqué sin descanso. —Apretó los puños. Saltó una pequeña chispa—. Pero no fue suficiente, y sufriste porque yo no estuve para ayudarte. Lo siento.
No sabía por qué se disculpaba. ¿Acaso le interesaba obtener el perdón de alguien que, en teoría, ya no era la misma Zheitszoh?
—No era tu responsabilidad cuidar de mí —dijo Eira, sin emoción alguna en la voz.
Arash tensó la mandíbula.
—No. Pero sí era mi deseo. Quería protegerte de todo. —Cerró los ojos—. Y no fui capaz. Si hubiera tenido una sola oportunidad de alcanzarte, lo habría hecho, sin importar el precio.
No la había tenido, pero lo atormentaba como si hubiera elegido no hacerlo.
—Siempre me sentí culpable por lo que le sucedió a la familia de Khait —admitió Eira, sorprendiéndolo al compartir con él algo de su pasado como xieri.
Escudriñaba la línea del horizonte, donde el sol ya se perdía—.
Khait nunca me culpó. Insistía en decirme que el único responsable de la desgracia era el General.
No era capaz de creerlo, la culpa era una losa que amenazaba con sepultarme bajo su peso.
—Respiró hondo—. La muerte de Khait lo agravó.
Fue Cyal el que intentó hacerme ver que los culpables eran Lluvia y el General...
—Clavó los ojos rojos en Arash y él tensó la espalda—.
Y es solo ahora, gracias a ti, que me doy cuenta de que tiene razón.
—¿Gracias a mí? —repitió Arash, confuso.
Eira asintió.
—Tú no tienes la culpa de lo que me sucedió, Arash. —Cuando ella pronunció su nombre, se le aceleró el corazón—. La única responsable es Eyvel. Y, luego, los humanos que colaboraron con ella en los experimentos de los xieri.
A pesar de la imagen gélida que proyectaba, Arash vislumbró en aquel momento a la Zheitszoh del pasado, aquella que siempre había sabido escucharlo y hablar con él. Pero fue solo un destello. Eira apartó la mirada, en vez de mantenerla y esbozar una cálida sonrisa como habría hecho Zheitszoh.
Arash se sobrepuso a la punzada en el pecho.
—Aun así —prosiguió ella, cruzando los brazos—, puede que fuéramos pareja en el pasado, pero yo ya no soy Zheitszoh. No esperes que lo sea.
Fue como si Eira le hubiera leído la mente y hubiera decidido repetir las palabras de Thaydra a su manera.
—No lo esperaba, tranquila —dijo Arash. No había amargura en su tono.
Lo iba asumiendo. Solo tenía que terminar de aceptarlo.
Recordaría siempre con cariño a Zheitszoh. Guardaría como un tesoro en su corazón todos los momentos que habían vivido juntos, momentos que ya no volverían. Y vengaría su muerte en cuanto encontrara a Eyvel. Pero debía empezar de cero con Eira.
Tal y como Thaydra le había dicho.
Se levantó y se giró hacia Eira. Solo tuvo que inclinar un poco la cabeza para mirarla a los ojos; ella era casi tan alta como él.
—Eira —empezó, y ella lo encaró, observándolo, muy seria. Arash frunció el ceño—. Sé que cometí un error. Te juzgué por ser una xieri. —Agachó la cabeza, afligido—. Mi actitud casi te cuesta la vida.
Eira entornó los ojos.
—Haces bien en juzgarme. Si me hubieras matado, me lo habría merecido.
Arash alzó la vista y arqueó las cejas. Eira miraba hacia la izquierda. Tenía los hombros rígidos.
Las palabras de Cyal la noche que se conocieron retumbaron en su mente: «Eira no es un monstruo, aunque ella te daría la razón de estar despierta. Siempre se ha sentido culpable por lo que la obligaron a hacer».
—Supongo que a los dos nos atormenta nuestro pasado —murmuró él, suavizando la severidad en su semblante—. Y no, no soy quién para juzgarte.
Porque si él se hubiera visto en la misma situación, si para salvar la vida de Thaydra hubiera tenido que convertirse en aquello que más odiaba, lo habría hecho.
Un fogonazo de sorpresa cruzó el rostro de Eira.
—Las circunstancias te obligaron a tomar decisiones difíciles —continuó Arash, más serio—. He visto cómo tratas a ese chico. He visto cómo lo proteges. Sé que no eres como los demás xieri. Y ahora sé... —Suspiró—. Ahora sé que la devoción del chico por ti es real.
—Cyal es ahora mismo la única razón por la que sigo adelante —confesó ella—.
No recuerdo nada de mi vida como dragona.
Todo lo que he conocido es mi vida como xieri en la guerra.
He vuelto a despertar en un mundo completamente distinto.
Un mundo donde no habría nada para mí de no ser por Cyal.
—Esbozó una pequeña sonrisa—. Él me ha devuelto las ganas de vivir.
Arash sonrió también, reconfortado al ver aquella expresión en la gélida Eira.
—Es algo parecido a lo que a mí me sucede con Thaydra.
Eira lo miró a los ojos.
—Supongo que ahora ambos hemos encontrado un nuevo comienzo.
Él extendió la mano derecha hacia ella.
—Eira, me gustaría que volviéramos a ser compañeros —dijo, recuperando la seriedad—.
Ya no eres Zheitszoh y ahora eres una xieri.
Pero sigues siendo la dragona de la esperanza.
Sigues siendo uno de los dragones primigenios.
Y el otro soy yo. —Respiró hondo—. Querría que continuáramos trabajando juntos. ¿Aceptarías?
Empezar de cero. Trabajar juntos de nuevo, no como Zheitszoh y Aridam, sino como Eira y Arash. Compañeros, quizá amigos en el futuro. Nada más.
Eira estrechó su mano.
—Acepto.