32. Fantasma
Fantasma
Hicieron una pausa para descansar. Thaydra masticaba un pedazo de pan, incómoda. Arash y ella se habían sentado en una roca. Unos metros más lejos, Eira y Cyal se habían sentado en otra. En ambas rocas había espacio suficiente para que estuvieran los cuatro, si hubieran querido.
Pero era obvio que no querían.
—¿Va a ser así todo el tiempo? —murmuró Thaydra, hundiendo los hombros.
Arash resopló.
—No es mi culpa que ese humano sea tan irritante, princesa.
—¿Es realmente solo por eso, Arash?
Él tragó su último trozo de pan antes de responder:
—¿Qué quieres decir?
—¿No será porque te molesta ver a Zheitszoh con alguien más? —preguntó con lentitud, cautelosa—. Perdón, a Eira.
Arash tensó la mandíbula.
—No.
Desvió la vista hacia Eira. Veía su perfil derecho. La luz incidía en su rostro, casi haciendo brillar su piel de alabastro. Su largo cabello blanco ondeaba ocasionalmente al ritmo de la brisa. Y el ojo visible desde esa posición no era verde. Era rojo.
Apretó los dientes.
¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser una xieri? Percibía la oscuridad que la rodeaba incluso a esa distancia. Y eso le hacía volver a sentir que había fallado. Thaydra puso la mano en su brazo.
Arash se enderezó y la miró.
—¿Por qué no intentas hablar con ella en algún momento?
—¿Qué hay que hablar? No me recuerda y es una xieri. No hay nada entre nosotros.
Thaydra suspiró con tristeza y apartó la mano.
—Arash, no vas a sentirte bien hasta que no la aceptes así, como es ahora.
No va a dejar de ser una xieri. No puede.
—Thaydra tomó aire y fijó sus ojos verdes en los de Arash, que la observaba con atención—.
Y no volverá a ser Zheitszoh —completó con suavidad, a pesar de la dureza de sus palabras—. Ahora es Eira.
Arash agachó la cabeza y no dijo nada durante unos segundos. Sabía que Thaydra tenía razón. El viento sopló su larga coleta hacia atrás y arrastró el olor de las flores esparcidas por la hierba alta.
—Ya. ¿Y por qué iba a querer hablar conmigo después de que intenté matarla al encontrarnos de nuevo? —masculló.
—Es cuestión de que te disculpes —respondió ella, ágil—. Podéis empezar de cero. Como compañeros nuevos.
Arash espiró con lentitud. Se llevó una mano al rostro, apartando los mechones que le tapaban los ojos al mantener la cabeza inclinada hacia el suelo.
Había estado perdidamente enamorado de Zheitszoh en su día. La intensidad de esos sentimientos se había ido apagando con el tiempo, según se había convencido de que ella lo había abandonado y le estaba evitando, huyendo de sus responsabilidades. Pero aquello también había sido una mentira.
Gruñó. ¿Cómo había podido llegar a pensar eso de Zheitszoh, que nunca le había fallado y siempre le había apoyado en todo?
Aun así, nunca había perdido la esperanza de poder recuperarla.
Y de esos sentimientos quedaban cenizas cuyo fuego había vuelto a avivarse con el reencuentro, incluso si este había sido horrible.
Arash miró a Eira de nuevo. Evocó su forma de dragón, con los ojos rojos y los extremos de las plumas del mismo color. El blanco ya no era puro, mancillado por un ligero filtro escarlata. Pero seguía compartiendo los rasgos de Zheitszoh.
Lo cierto era que no sabía qué sentía en realidad por ella ahora.
Thaydra tenía razón. Era Zheitszoh y, a la vez, no lo era.
Era Eira.
Los labios de Eira se curvaron hacia arriba de forma casi imperceptible por algo que le había dicho Cyal y esa horrible presión en el pecho se incrementó. Debía asumirlo. Había perdido a Zheitszoh. Y la había perdido para siempre. Pero podía conocerla otra vez, como Eira.
Podía estar de nuevo a su lado, aunque de forma distinta.
Era una xieri, pero no era malvada.
Podía aceptarla, por muy complicado que fuera.
Ladeó la cabeza hacia Thaydra. Esbozó una sonrisa sin darse cuenta al verla centrada en rehabilitar el ala de Azer. Apoyó el codo en la pierna doblada y reposó la mejilla en la palma de la mano, contemplándola.
Compartir sus dudas con ella ayudaba bastante. Arash a veces pensaba que no merecía su paciencia, pero Thaydra lo escuchaba sin juzgar, haciendo que retrocedieran las sombras del pasado. En esos momentos, comprendía cuánto necesitaba su presencia y también cuánto temía perderla.
Thaydra emitió una carcajada cuando Azer graznó, indignado, e infló todo su plumaje. Su risa era demasiado bella y demasiado pura para alguien con tantas cicatrices como él.
Era muy consciente de por qué la intensidad de sus sentimientos de antaño por Zheit no iba a regresar. Ya no la amaba de esa forma; solo tenía que aceptarlo.
La principal razón era Thaydra.
Y eso sí que no lo podía aceptar.
Había pasado por eso una vez, con Taiyo. Su muerte lo había destrozado. Tardó siglos en recuperarse, y solo lo hizo gracias a Zheitszoh, que le devolvió las ganas de vivir. Las circunstancias no habían cambiado. Thaydra era mortal, como lo había sido Taiyo.
Y él era inmortal, como también lo había sido entonces.
Para él, los años no significaban nada; para ella, cada día era una vela que se consumía.
Aquella diferencia lo desgarraba. ¿Acaso la condenaría a la tristeza de verlo fresco cuando ella se marchitara?
¿Podría él reconciliar algo así? El tiempo se la arrebataría, y esa certeza lo atormentaba más que cualquier herida.
Por más que intentara convencerse de que bastaría con los años que les otorgara la vida de Thaydra, el amor no entendía de límites.
La eternidad se interpondría entre ellos como una maldición.
Pero ¿cómo no tener el impulso de imaginar ese futuro que jamás podría existir?
Había querido conocerla solo para entenderla mejor, para cuidarla.
Sin embargo, el conocimiento se había convertido en cariño, y el cariño, en amor.
Aunque se había dicho que no podía enamorarse de ella, y que no podía permitir que Thaydra se enamorara de él, era tarde.
Porque su propio corazón ya lo había traicionado.
Y sabía que el de ella también había elegido.
No obstante, continuaba decidido a no arrastrarla al destino que él representaba.
—¡Arash, mira!
Volvió a la realidad con la exclamación ilusionada de Thaydra. Sus mejillas estaban rosas.
Había encendido algo en él que llevaba demasiado tiempo dormido. Por mucho que se empeñara en mantener la distancia por ella, para que Thaydra hallara algo mejor, él ya nunca dejaría de buscarla en toda su vida inmortal.
—¿Estás mirando? —quiso saber ella.
Con lo paciente que solía ser Thaydra... Arash contuvo la risa. Suavizó la mirada.
—Claro, princesa.
Thaydra desvió la atención a Azer, que aguardaba, expectante.
—¡Azer, vuela! —ordenó ella, a la vez que alzaba la mano derecha.
El cuervo extendió las alas y las batió. Se elevó en el aire hasta quedar a la altura de su rostro. Bajó la mano y Azer aterrizó en su regazo.
—¡Muy bien! —lo felicitó ella, dándole un trozo de pan y acariciándolo debajo del pico.
Azer infló el pecho, orgulloso. Thaydra giró la cabeza hacia Arash. Una radiante sonrisa le iluminó el rostro.
—¿Lo has visto?
Arash rio, alegre.
—Lo he visto, sí —confirmó—. Sigues progresando con él. —Le dio un toque en la sien a Thaydra.
Ella se quedó rígida por el contacto.
—B-bueno... —Bajó la vista, acalorada.
Apretó los puños en su regazo, preguntándose si no se habría pasado mostrando tanto entusiasmo por algo tan simple. Pero le hacía mucha ilusión que Azer la obedeciera y que también hubiera conseguido aletear un poco. En nada, volaría de nuevo por el cielo.
—¿Estáis listos para continuar?
Era la voz de Cyal, que ya se había puesto de pie, con las manos en las caderas. Eira se estaba incorporando.
—¿Y qué pasa si no lo estamos? —replicó Arash.
Thaydra puso los ojos en blanco.
—Arash...
Cyal enarcó una ceja.
—Ya habéis terminado de comer —señaló, cruzando los brazos.
—En efecto —contestó Arash con sencillez.
—¿Entonces?
—Solo era una pregunta hipotética —dijo Arash, con una sonrisa pícara, y se levantó—. Para que quede claro que me da igual cuándo quieras irte, humano.
A Cyal le habría encantado darle un puñetazo.
Al atardecer, se instalaron en un rincón rodeado por varias rocas que les servirían de refugio. Thaydra estaba enseñando a Azer a coger algo en su pico y soltarlo cuando ella le indicara, aunque era complicado, pues el cuervo era un tanto posesivo.
Eira estaba sentada a su lado, con las piernas dobladas y los brazos apoyados en las rodillas. Alternaba entre contemplar a Thaydra, curiosa, y observar a Arash y a Cyal entrenar. Aunque, para sorpresa de nadie, tampoco lo llevaban muy bien.
—¿Por qué no puedes ser más específico, dragón? —protestaba Cyal tras ser incapaz de extender la luz más allá del filo de la espada. El objetivo era que cortara con la estela de luz la roca delante de él.
Arash apretó los dientes. Se le marcaron las venas en las sienes.
—¿Quieres dejar de llamarme así, humano?
—Cuando tú dejes de llamarme humano.
—Eso no va a suceder.
—Pues ya sabes, dragón .
Arash gruñó. Respiró hondo. La habilidad que tenía Cyal para sacarlo de sus casillas era impresionante.
—¿Cómo quieres que sea más específico si la luz no es mi elemento?
—¿Y a mí qué me cuentas? Eres tú el que quiere entrenarme en el uso de la luz.
—Agotas toda mi paciencia, humano —refunfuñó Arash—. Me haces replantearme mi decisión de entrenarte.
—Cuánto lo siento —ironizó Cyal—. ¿Tan sensible eres, dragón?
Thaydra hacía rato que había dejado de escucharlos. Prefería ignorarlos, centrada en Azer. Y Eira se mantenía en silencio, con semblante inexpresivo.
—Estás pidiendo a gritos que te atraviese con mi hoz, humano —masculló Arash.
Cyal le dedicó una sonrisa altanera.
—Inténtalo, dragón.
—¿Quieres repetir el ejercicio de una vez? —replicó él, irritado. Señaló la roca—. Extiende la luz más allá de donde termina la espada. Mantén la luz estable.
—Como cuando utilizo el agua —asintió Cyal—. ¿Ves como no era tan difícil ser un poco más específico?
—Cállate y hazlo.
—Qué prisas.
El joven apretó las manos en la empuñadura de la espada. Flexionó las piernas y situó el arma en diagonal delante de él.
«Esta es la buena», se dijo.
Tensó los músculos. El metal de la hoja se iluminó. Alzó la espada... y cortó el aire con ella, manteniendo la concentración en todo momento. El espacio a su alrededor vibró. La cuchilla de luz se alargó más allá del filo del arma.
Y la roca se partió limpiamente por la mitad.
—¡Ajá! —celebró Cyal, alzando los brazos en el aire. Se giró para mirar a Arash destilando arrogancia—. ¿Qué te ha parecido eso, dragón?
Arash había arqueado una ceja.
«Impresionante», pensó. Sacudió la cabeza.
—Aceptable —dijo en tono seco.
Cyal resopló.
—Eres el maestro más soso que existe.
—No sé cómo podré vivir de ahora en adelante sabiendo que un humano tiene esa opinión de mí —contestó con sorna Arash. Señaló la roca que estaba al lado—. Otra vez.
Cyal hizo un gesto despectivo con la mano, pero obedeció. Cuando iba a descargar la espada, sin embargo, captó movimiento por el rabillo del ojo.
Echó la cabeza hacia atrás. La cuchilla pasó volando.
—¡¿Se puede saber qué haces?! —vociferó Cyal. La luz de la espada desapareció.
—¿Qué pasa? —dijo Arash, aparentando inocencia—. Ahora queda ver si serás capaz de mantener la concentración en la estela de luz mientras te atacan.
Eira se había puesto de pie de un salto. Miraba a Arash con los ojos muy abiertos y Thaydra, que alzó la vista hacia ella, se temió por un momento que hubiera interpretado el movimiento de Arash como un ataque real.
Pero Eira permaneció quieta.
—¡Maravilloso! Otro como Eira —masculló Cyal, airado.
¿Tan difícil era darle un instante de alegría por lo que había conseguido antes de ser atacado sin piedad?
—Yo te enseñé eso.
Arash y Cyal se giraron hacia Eira al escucharla hablar.
—Yo te entrené a ti así —prosiguió Eira, muy seria—. Hace... miles de años. ¿Verdad?
Él se tensó como si lo hubiera abofeteado.
—No deberías recordarlo —murmuró, casi con temor.
¿Cómo lo había hecho?
—No lo recuerdo. No exactamente —admitió Eira. Apartó la vista y entornó los ojos—. Pero es la sensación que me ha dado.
Arash gruñó igual que si lo hubiera insultado. Cyal lo observó, extrañado por su reacción. Sin decir nada, el dragón dio media vuelta y se marchó, andando a grandes zancadas.
Thaydra, sentada con el cuervo, suspiró.