Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 31. Choque
48%

31. Choque

Choque

Namhad, la tierra de los dragones, era una gran isla situada al oeste del continente. Se consideraba inalcanzable debido a las violentas tormentas eléctricas y los torbellinos en el mar que rodeaba la isla. Solo los dragones conocían un paso seguro para llegar a su tierra.

Para disgusto de Cyal, esa ruta partía del cabo de Fintra. Se encontraba al oeste de donde estaban. El trayecto más rápido los llevaría a atravesar de nuevo el pantano de los Lamentos y Umbría. Después deberían cruzar las montañas que había a continuación y avanzar hacia el mar.

—Quizá sería más rápido que volaras hasta Veshier y la trajeras de vuelta —propuso Cyal, dirigiéndose a Arash.

Acababan de dejar atrás el espeso bosque de robles y helechos. Caminaban por la llanura, un terreno más sencillo a pesar de las ocasionales zonas de hierba alta.

—No puedo realizar trayectos tan largos en mi forma de dragón por el continente. Los xieri podrían detectarme con facilidad —dijo Arash, con la vista fija en el frente—. Además, Veshier solo saldría de Namhad si se tratara de hacer frente al General.

Cyal frunció el ceño, pero no insistió. Caminaba junto a Eira, pendiente de ella. En las horas que llevaban de marcha, ella había aguantado sin problema. Parecía que Arash tenía razón y, mientras no usara de nuevo sus poderes de oscuridad, no decaería. Al menos, por el momento.

—Entonces, ¿eres descendiente del enlace de Zheitszoh durante la guerra del Alzamiento? —comentó Arash al cabo de un rato, refiriéndose a Cyal.

Cyal arrugó la frente. ¿Cómo lo sabía?

—Eso creemos, por el color de mis ojos. Pero se supone que el General mató a toda la familia de Khait y, poco después, a él también. —Observó a Eira de reojo; ella no mostró reacción alguna—. Por lo que no habría tenido más descendencia.

—¿Khait? —repitió Arash, extrañado. Negó con la cabeza—. Me refiero al humano llamado Otar.

Cyal comprobó que Eira permanecía en silencio. Le tocaría llevar la conversación a él.

—Pero Otar no era más que un bebé recién nacido y Eira llevaba existiendo como xieri varias décadas ya. No podía ser su enlace.

Arash arqueó las cejas.

—Ahora entiendo por qué nunca encontré a Zheitszoh junto a Otar por más que investigué. Asumí que simplemente no contactó con su enlace en esa ocasión y que, por alguna razón, Otar aprendió a usar los poderes de luz por su cuenta.

—¿Poderes de luz? —dijo Eira, interviniendo al fin. Habían aparecido unas finas líneas entre sus cejas.

—Los descendientes directos de un enlace pueden heredar sus poderes también —explicó Arash—. Aunque es poco probable, y los siguientes descendientes nunca los obtienen.

—Eso confirmaría que sí era el Otar hijo de Khait y no cualquier otro hombre con el mismo nombre —dijo Cyal y giró la cabeza para mirar a Eira, que ocultaba su desconcierto—.

Y también entiendo por qué decidieron llamar a los ojos dorados los ojos de Hereshia.

Se pensarían que sus poderes de luz venían de ella, en vez de Eira... o Zheitszoh.

Y eso explicaría, también, el prestigio del linaje de Otar en Auria y en la Orden de Hereshia.

Arash asintió.

—En efecto. Parece que a veces sabes pensar y todo, chico.

Cyal lo taladró con la mirada.

—Al menos yo no me confundí pensando que el enlace era otro.

Arash abrió la boca para replicar, irritado. Pero Thaydra fue más rápida y lo agarró del brazo. Le lanzó una mirada de súplica. El dragón maldijo para sus adentros e ignoró el comentario de Cyal.

—En cualquier caso —siguió Arash—, tus ojos dorados no son más que una mutación única. Ningún otro enlace de Zheitszoh los ha tenido, salvo tú... y el tal Khait, supongo.

—Sigo sin comprender cómo sobrevivió Otar —murmuró Eira, muy seria.

Le habría gustado que Khait hubiera podido saberlo, que su hijo había sobrevivido de alguna manera, pero ya era demasiado tarde para eso.

—No sé si conseguiremos averiguarlo —dijo Cyal con una mueca.

Al fin y al cabo, ¿a quién iban a preguntar?

Azer graznó. Thaydra lo había colocado en su antebrazo derecho, lo que le permitía tenerlo delante de ella e ir extendiendo y plegando su ala mientras caminaba.

—Sé que te duele, Azer, pero es para que puedas volver a volar —le susurró ella.

Cyal sonrió.

—¿Cómo has acabado con un cuervo, Thaydra? —preguntó, intrigado.

—No es asunto tuyo —espetó Arash.

—¡Arash! —protestó Thaydra.

Él gruñó, pero se mantuvo en silencio. Cyal enarcó una ceja. Thaydra giró la cabeza hacia su nuevo compañero, con un ligero rubor en las mejillas.

—Perdónalo, es...

—No necesito el perdón de un humano tan impertinente —la interrumpió Arash, de mal humor.

Thaydra se encogió.

—¿Cómo lo aguantas? —le preguntó Cyal, muy consciente de que Arash también lo escucharía.

Thaydra estaba a punto de contestar cuando Arash se detuvo con brusquedad y se volvió para encarar a Cyal. A pesar de su intimidante postura, Cyal no retrocedió ni un paso. Alzó la barbilla, desafiante. Arash tenía todos los músculos en tensión. Thaydra se preparó para intervenir una vez más.

Pero fue Eira la que se interpuso entre los dos y clavó los ojos rojos en Arash.

—No vuelvas a llamarlo impertinente, dragón —siseó—. Retrocede.

Arash apretó los dientes.

—¿Por qué iba a obedecer a una xieri?

—¡Arash! —lo regañó Thaydra con reproche.

Cyal se situó junto a Eira. Sus dedos reposaban en la empuñadura de la espada.

—¿Algún problema con que Eira sea una xieri? —amenazó en un gélido susurro.

Arash bufó. Dio media vuelta y siguió andando.

Thaydra liberó un suspiro de alivio.

Azer graznó e infló las plumas.

—Respondiendo a tu pregunta anterior, Cyal —dijo Thaydra una vez hubieron reanudado la marcha—. Encontramos a Azer con un ala rota hace unas semanas, cerca del monte Nimer. —Bajó la vista para mirar al cuervo y sonrió—. Así que estamos cuidando de él hasta que ya no nos necesite.

—¿Acaso pueden ir «Arash» y «cuidar» en la misma frase? —cuestionó Cyal.

Un músculo se crispó bajo el ojo de Arash, pero se mantuvo en silencio. En esta ocasión, el tono de Thaydra cobró más severidad:

—Arash me ha ayudado mucho con Azer —replicó—. Bueno, me ha ayudado con todo en general. Sé que hemos empezado con mal pie, pero no es tan malo como crees.

—Lo tomaré como un cumplido, princesa —dijo Arash, sarcástico.

Thaydra soltó una pequeña carcajada. Ladeó la cabeza para mirar a Cyal y comprobar si sus palabras habían tenido efecto.

Él se tensó al reparar en el color de sus ojos. Verde pálido, como el jade. Creía que la forma de llamar Arash a Thaydra, «princesa», era un simple apelativo cariñoso. Sin embargo, la imagen le hizo cambiar de opinión.

—¿Cómo era tu vida en Drethol, Thaydra? —la interrogó, receloso.

Ella frunció los labios. Supuso que no pasaría nada por contarle la verdad. Que sería lo correcto.

—Era la princesa Thaydra, de la dinastía Dunima. La más pequeña de los hijos del rey —murmuró aguardando, expectante, la reacción del chico—. Supongo que teníamos vidas muy distintas.

—Lo suponía. La familia real y sus ojos verdes... —Cyal sacudió la cabeza—. Os daba igual el sufrimiento de los demás con la sequía, ¿no? —dijo con acidez, resentido—. Tú estarías muy cómoda en el palacio.

Thaydra agachó la cabeza. Sus palabras fueron certeras como una flecha, porque era verdad. Ella había vivido ajena a lo que le sucedía a su pueblo.

—Yo... —murmuró, con voz queda.

—No te atrevas a criticarla, humano —advirtió Arash, mirándolo por encima del hombro—. No sabes nada de ella.

—Haré lo que me da la gana —replicó Cyal con evidente crispación.

Arash analizó de reojo a Eira. Le incomodaba la máscara de hielo que portaba en su rostro. ¿Por qué apenas reaccionaba a lo que sucedía a su alrededor? La Zheitszoh que él recordaba había estado siempre cargada de vitalidad...

—Está bien, Arash —musitó Thaydra, avergonzada—. No pasa nada. Tiene razón.

Cyal hizo una mueca. ¿Acaso lo reconocía, sin más? ¿No se inventaría cualquier excusa tras la que escudarse?

—Yo... —siguió Thaydra—. Pasé mi vida recluida en el palacio. No tenía ni idea de lo que sucedía fuera —admitió—. Lo siento mucho.

Cyal alzó las cejas. Pestañeó, procesando la disculpa, y sacudió la cabeza.

—Eh... Bueno, supongo que has cambiado bastante desde entonces —dijo atropelladamente, pues no esperaba esa reacción en absoluto.

Se llevó una mano al pelo y apartó la mirada.

La había juzgado demasiado rápido—. Tampoco es que hubieras podido hacer mucho al respecto...

—Optó por cambiar de tema—: ¿Puedo acariciar al cuervo?

Thaydra se quedó con la boca abierta, sorprendida también porque él hubiera aceptado su disculpa.

—C-claro —balbuceó, y extendió hacia Cyal el brazo derecho—. Azer, quieto —ordenó, aportando más firmeza a su voz.

El cuervo se irguió, rígido como una estatua. Cyal estiró la mano hacia él con cautela. Al ponerla encima de él y comprobar que no lo atacaba, la bajó y le acarició la cabeza.

Sonrió.

—Sí que lo tienes bien entrenado.

Thaydra se sonrojó.

—He empezado hace poco. Es solo que aprende deprisa.

Cyal apartó la mano y Azer infló las plumas. Thaydra lo volvió a situar delante de ella para continuar ejercitando el ala.

—Ha tenido suerte de que lo encontraras tú —comentó Cyal y miró al frente.

Thaydra observó a Azer con un brillo alegre en los ojos.

Cyal suspiró para sus adentros. ¿Qué habría sido de Estrella Radiante? A pesar del tiempo que había transcurrido desde su desaparición, seguía preocupado por el caballo. Se sentiría culpable si algún día regresaban a Auria y tenía que contarle a Blanche lo ocurrido.

Incluso pese a su ponzoñoso odio hacia el Paladín y su resentimiento y desconfianza hacia el rey, sí que albergaba la esperanza de ir de nuevo a Auria para ver a la reina.

La echaba de menos. Sabía que Eira también se habría animado si pudiera volver a verla.

Alzó la vista al cielo.

El sol acababa de empezar a bajar de su punto más alto.

Todavía quedaba bastante día por delante.