30. Ecos
Ecos
Eira y Cyal se habían quedado sentados en la cueva, junto a la pequeña hoguera que también usarían para asar la carne de la cena.
—No sé cómo fuiste capaz de soportar a Arash en tu vida pasada, Eira —protestó Cyal mientras echaba más ramas al fuego—. ¿Es realmente necesario que tenga esa actitud tan prepotente e irritante?
—Al menos, estás aprendiendo a usar la luz —señaló ella, aunque opinaba lo mismo que Cyal.
Había estado en constante tensión durante el entrenamiento.
Le preocupaba todavía que Arash atacara a Cyal.
Tampoco sabía qué pensar respecto a lo que le habían comentado sobre su deber de estabilizar la energía en el núcleo de Gaia.
Entendía por qué le habían resultado familiares los nombres de los dragones cuando oyó hablar de ellos. Ella los había conocido.
Si lo que Arash explicaba era cierto, el General y ella tenían aún más en común. Él era un dragón, como ella. Arash suponía que se habría visto afectado antes por la degradación porque Eyvel le habría inyectado más oscuridad en sus experimentos, aunque no podían estar seguros de eso.
—Es la única razón por la que estoy dispuesto a entrenar con él, por mucho que me disguste —masculló Cyal—. Lo necesitamos.
En apenas una tarde, había aprendido a generar esferas de luz.
Había estado practicando para aumentar su tamaño y había llegado a alterar su forma.
También había probado a combinar la luz con la espada, lo que no fue tan complicado, pues tan solo se trataba de sustituir el agua por la luz.
Lo que sí resultó difícil fue mantener la luz estable, moldearla para que hiciera justo lo que él quería.
Pero estaba animado. Iría progresando los próximos días.
—Estoy segura de que aprenderás rápido —comentó Eira, observándolo de reojo—. Siempre has sido muy capaz. Sabes adaptarte.
Cyal agachó la cabeza en un intento de ocultar su sonrojo. Sus revueltos mechones rubios, aunque habían crecido en esos meses, no le tapaban del todo la cara.
—Gracias, Eira.
Significaba mucho para él que ella dijera eso.
—Todo este asunto del enlace... —prosiguió Eira, entornando los ojos—.
Ahora entiendo por qué a veces soñaba con aspectos de tu vida en Drethol.
No me llamó la atención hasta que Jarah o Harkan aparecieron en alguno, pero la mente siempre ha sido compleja.
No habría imaginado que en realidad eran tuyos.
Cyal rio por lo bajo.
—Normal. Yo... —Suspiró con tristeza y se llevó una mano al cuello—. Yo soñaba a veces con un hombre de ojos dorados y pelo gris. Pero lo asociaba al hecho de que me habías hablado tanto de Khait que mi mente reproducía su imagen en mis sueños. Ahora comprendo que realmente era él.
Prefirió no contarle lo que había soñado unas horas antes. A Eira le afectaría saber que había visto, o que había vivido, uno de los momentos en el campo de batalla.
También debía de ser la explicación para las extrañas visiones que recibía en ocasiones, ¿verdad? Sobre todo en presencia de los demás comandantes. Estaría relacionado con ser el enlace de Eira. Quizá su mente reproducía así aquellos instantes del pasado mientras él estaba despierto.
Y el oscuro murmullo que escuchaba era otra consecuencia de eso, un reflejo de la propia voz que se había comunicado con Eira tantas veces durante la guerra del Alzamiento. Le consolaba, al menos, que eso significara que no estaba perdiendo la cordura, como había temido.
—Me alegro de que hayas podido conocer a Khait, aunque sea de esa manera. —Eira esbozó una sonrisa triste—. Fue un gran hombre.
Cyal frunció los labios, debatiendo si comentar lo que había deducido sobre él. Decidió que Eira tenía derecho a saberlo.
—Eira, tú también habrías necesitado un enlace durante la guerra, cuando volviste a la vida como xieri.
Ella hizo una mueca.
—Lo sé, Cyal. Lo he pensado también. —Hundió los hombros—.
Los ojos dorados de Khait fueron lo primero que vi al despertar como xieri.
De la misma manera que fueron tus ojos lo primero que vi al despertar del hielo...
—Centró su mirada, nostálgica, en el fuego—.
Khait fue mi enlace durante la guerra del Alzamiento.
Por lo tanto... —Apretó los dientes. Prefirió no continuar.
Cyal ladeó la cabeza y la observó, apenado.
Pasó un brazo por sus hombros y se sorprendió cuando ella se recostó en él.
Se le aceleró el corazón. A veces todavía le resultaba difícil creer que Eira tuviera esa confianza con él.
Pero lo apreciaba. Después de todo por lo que habían pasado juntos, el vínculo forjado era fuerte y sólido.
—¿Cómo es que Khait estaba contigo cuando despertaste? —preguntó, curioso. Se tensó—. No sería...
—No —lo cortó ella—. Khait no era parte del equipo de humanos que llevaron a cabo los experimentos. Pero sí que era curandero, y lo obligaron a tratarnos después de sobrevivir al proceso.
—Ya veo —murmuró él, relajándose.
—Es duro saber que... —Eira respiró hondo y parpadeó un par de veces—. Es duro saber que Khait murió también por mi culpa. Por ser mi enlace, para que Lluvia pudiera forzarme a ese letargo... Y yo ni siquiera estaba con él. No pude protegerlo.
Cyal apretó los dedos en su brazo.
—Eira, eso no es tu culpa. Es culpa de Lluvia y de Eyvel, que fueron las que cometieron tal acto.
La desazón de Eira se filtró en su suspiro.
—Khait me trató siempre con tanto cariño... Y lo único que obtuvo a cambio de su dedicación hacia mí fue la muerte. Muerte y sufrimiento.
—Eira, no... —empezó Cyal, frunciendo el ceño.
—Pero, a la vez, los años que estuve con él y con su familia son algo que no cambiaría por nada —continuó ella—.
Me gustaría saber cómo Eyvel logró matarme para convertirme en lo que soy ahora, y quiero vengarme tanto de ella como de Lluvia.
Pero... —Alzó la vista para mirar a Cyal—.
Después de la agonía de convertirme en xieri, a cambio conocí a Khait.
Y después de ser forzada a permanecer en un letargo de trescientos años, te conocí a ti. —Sonrió—. Eso hace que merezca la pena.
Cyal se quedó unos segundos en silencio, con la boca abierta.
Sacudió la cabeza y sonrió.
—Eira, últimamente estás muy sensible.
Ella gruñó, en protesta.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir frente a mi honestidad?
Cyal soltó una carcajada alegre. Eira puso los ojos en blanco, pero sus labios se curvaron hacia arriba. No estaba molesta de verdad.
—Sabes que no —dijo él, más tranquilo. Acarició el hombro de Eira—. Siempre agradeceré haber sido yo el que te encontrara en el hielo.
Eira reparó en cierto aspecto cuando mencionó el hielo.
—Dijiste que esta mañana el dragón se fue con la chica para enseñarle a nadar.
—Sí, mientras tú estabas todavía durmiendo.
—¿Tú sabes nadar? —inquirió ella, apartándose un momento para mirarlo a los ojos.
La sonrisa de Cyal fue pícara.
—¿Acaso lo dudas?
—¿Cómo has aprendido? En Drethol solo vi desierto.
—En una de las lagunas del monte Ishtar —explicó él y se encogió de hombros—. Intimidaba un poco al principio, pero aprendí enseguida. Eso sí, el agua estaba helada.
—Me sorprende que no murieras de hipotermia antes de que te conociera —bromeó.
—No te pega ser sarcástica, Eira —dijo Cyal para picarla.
Ella se recostó de nuevo en él.
—¿Cómo sabes que no era la dragona más sarcástica de Gaia hace mil años?
Cyal rio por lo bajo. Reposó la mejilla en la cabeza de Eira y contempló el fuego. El lento movimiento de las llamas era hipnótico.
—¿Derrotabas a los nephrores con tu sarcasmo?
Eira esbozó media sonrisa.
—Quizá.
—Tendré que probar la técnica la próxima vez que encontremos uno.
—Desconozco el nivel de éxito que eso tendría.
—Muy alto, te lo aseguro. Ya lo verás.
Los dos rieron. Se sumieron en un silencio tranquilo, disfrutando del sonido del crepitar de las llamas y de un búho que ululaba entre las copas de los árboles fuera.
Eira cerró los ojos. Cuando pasaron los segundos, Cyal llegó a pensar que se había dormido.
Pero ella habló, enarcando una ceja:
—¿Robabas las ofrendas al dios Aridam?
El rostro de Cyal se ruborizó. Agradeció que Eira no pudiera verlo. ¿Por qué tenía que experimentar sus recuerdos en sueños?
—Bueno... Siempre había momentos en los que era difícil tener suficiente comida en casa —masculló él, avergonzado—. Además, ahora me alegro. El tal Aridam, Arash, o como se llame, ha resultado ser un verdadero capullo.
Eira soltó una risita.
Arash frunció el ceño al escuchar tenues risas en la distancia. Thaydra no podía oírlo, pero él sí, y no le gustó nada. En especial porque, al entrar en la cueva, Eira portaba su máscara de piedra. Lo miró con frialdad, sin rastro alguno de alegría en sus ojos de hielo rojo.
—Hemos traído la cena —dijo Thaydra a modo de saludo, con una sonrisa.
Eira se apartó de Cyal. Los dos se quedaron sentados en el suelo y Cyal levantó la vista hacia los recién llegados.
—¿Cómo sabemos que no los has envenenado? —cuestionó receloso, dirigiéndose a Arash.
Arash soltó los tres conejos en el suelo y gruñó.
—Si tanto desconfías, ve tú mismo a cazar vuestra cena.
Cyal bufó.
—¿Y dejarte a solas con Eira? Ni hablar.
Eira se incorporó. Cyal la observó de reojo, alarmado, y contuvo un suspiro de alivio al comprobar que no se tambaleaba. La xieri clavó sus fríos ojos rojos en Arash.
—Así será. Iremos a cazar lo nuestro.
Arash apretó los dientes.
—Por favor, calma —dijo Thaydra, interponiéndose entre ellos y alzando las palmas de las manos—. Vamos a viajar juntos, ¿no?
—Porque no nos queda más remedio —masculló Cyal.
Debían estabilizar la energía de Gaia, al fin y al cabo.
Thaydra hizo una mueca.
—Ya, cierto. No obstante, eso no quiere decir que no podamos intentar llevarnos bien. Todos tenemos el mismo objetivo.
Cyal irguió la barbilla.
—Eso díselo a tu dragoncito.
Arash se giró de golpe hacia él. El chasquido de un rayo reverberó en su pecho.
—Como vuelvas a llamarme así, humano...
—¿Qué harás? —lo cortó Eira, con tono gélido.
La temperatura de la cueva descendió, haciendo que Thaydra se estremeciera.
—Por favor, vamos a sentarnos y hablar las cosas con calma —pidió, nerviosa—. Podemos compartir la cena entre los cuatro. Arash, Eira, fuisteis compañeros en el pasado...
Cyal gruñó. La voz de la chica era suave y agradable, y contribuyó a que se relajara un poco. Pero no le quitó el ojo de encima a Arash. El problema era él, después de todo.
Arash tensó la mandíbula. Respiró hondo.
—Está bien. Pero que quede claro que solo lo hago por ti —rezongó, y fue el primero en sentarse.
Thaydra dejó escapar un suspiro de alivio y lo miró con una sonrisa de agradecimiento. Se acomodó a su lado y observó a Eira y a Cyal, esperanzada.
Cyal y Eira intercambiaron una mirada, comunicándose en silencio. Al final, Eira asintió y los dos se sentaron al otro lado de la hoguera.
Thaydra relajó los hombros.
—Bien, pues... preparemos la cena juntos también —dijo, incómoda.
En su vida habría esperado ser ella la mediadora del grupo, con lo mal que se le daba relacionarse con desconocidos.
Cyal se compadeció de ella, percibiendo su malestar. Parecía tener buenas intenciones, y se había interpuesto entre ellos y Arash la noche anterior para frenar al dragón. Además, era evidente que Arash la respetaba. ¿Cómo habían forjado esa relación siendo tan diferentes?
Exhaló con pesadez y estiró una mano para coger uno de los conejos.
—De acuerdo.
Empezarían su viaje a la mañana siguiente. Lo menos que podían hacer era intentar tener la noche tranquila...
Porque la tensión persistiría.