Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 29. Tensiones
45%

29. Tensiones

Tensiones

—¿Por qué tengo que entrenar contigo? —espetó Cyal, disgustado. Miraba a Arash con los brazos cruzados.

Estaban los dos de pie, el uno frente al otro, delante de la entrada a la cueva.

Thaydra y Eira se habían sentado en las rocas de musgo.

Una extraña agitación se apropió del cuerpo de Thaydra al tener a la gélida mujer a su lado; su mirada de sangre disparaba sus alarmas biológicas, gritándole que huyera.

Aun así, intentaba que esos nervios no se notaran mucho, pues no deseaba molestarla.

Con cuidado, le dedicó una sonrisa.

—Arash es buen maestro —dijo, queriendo ser cordial.

Eira sí se percató de la incomodidad de Thaydra, pero le daba igual.

Se limitó a observar con suma atención a Cyal y a Arash.

Todavía no se fiaba del hombre de ojos plateados.

Por mucho que ya no deseara atacarlos, y pese a las historias que contaba, ¿por qué iba a confiar en él?

Era irrelevante que hubiera sido parte de su vida anterior; era un completo desconocido para ella.

Y su primera impresión de él no había sido la mejor.

Todavía se hallaba con pocas fuerzas. El simple trayecto del interior de la cueva a aquella roca había sido un esfuerzo considerable, lo cual era humillante.

Pero al menos ya no tenía nublada la mente y su respiración era normal.

El dolor insoportable en el pecho había desaparecido. Solo persistía la fatiga.

Arash resopló y puso los brazos en jarras.

—¿Acaso pretendes entrenar con Eira? —dijo, señalándola con un gesto de la cabeza.

Era raro llamarla Eira, en vez de Zheitszoh. Pero, al mismo tiempo, el cambio de nombre le ayudaba a asimilar el hecho de que ya no era la misma persona que él había conocido.

No sabía cómo sentirse al respecto.

Cyal tensó la mandíbula como única respuesta.

—Además, aunque ella más adelante te ayudará a controlar el hielo, no te iba a poder ayudar mucho con la luz —prosiguió Arash—. No recuerda nada. ¿O te habías olvidado de ese pequeño detalle?

Cyal gruñó como un lobo a punto de saltar. Se había quedado con las ganas de atravesarlo con la espada, por lo que quizá no estaría mal asestarle un buen puñetazo como compensación. Con la excusa del entrenamiento, y sin ella.

Thaydra se llevó una mano a la cara.

—Arash, deja de provocarlo —pidió avergonzada.

Arash la ignoró.

—Dudo que tú seas capaz de enseñarme algo —dijo Cyal, de mal humor, y desvió la vista a la derecha—. Dudo que nadie pueda aprender nada de ti.

Arash esbozó una sonrisa altanera.

—Si no soy capaz de enseñarte será porque eres bastante inútil.

Cyal rechinó los dientes. Hundió los dedos en los brazos, conteniéndose para no llevarlos hacia la empuñadura de la espada...

—Cyal no es inútil —siseó Eira con frialdad, antes de que él pudiera defenderse—. Mide tus palabras, dragón.

Arash se quedó rígido. La sonrisa se borró por completo de su rostro. Ni siquiera se había referido a él por su nombre. Porque, para ella, no era nadie. Dolió igual que si le hubieran clavado un puñal.

Apretó los puños.

Thaydra lo observó consternada, adivinando lo que estaría pensando.

—Bien —dijo Arash, endureciendo su expresión. Clavó los ojos plateados en Cyal, que lo miraba con cara de pocos amigos—. Empecemos con tu entrenamiento. Cuanto antes sepas manejar la luz, mejor para todos.

Cyal frunció el ceño.

—De acuerdo.

Arash respiró hondo. Se obligó a recordar todas las veces que había contemplado a Zheitszoh entrenando a sus enlaces en el pasado.

—Lo que hiciste anoche es uno de los aspectos más complicados de la luz. Moverse a esa velocidad suele ser lo último que se enseña.

—Oh, vaya. Me pregunto por qué tuve que recurrir a ello anoche —ironizó Cyal, todavía con los brazos cruzados.

Sus músculos se marcaban, indicando que, a pesar de su porte, en apariencia, despreocupado, su recelo hacia el dragón le hacía permanecer alerta. Arash gruñó y se tragó la réplica.

—Vamos a empezar por algo más básico. Los enlaces saben usar sus poderes de forma instintiva, por lo que no deberías tener mucha dificultad en manifestarlo ahora que sabes que eres capaz de ello. Extiende la mano.

Cyal, a regañadientes, obedeció.

Para Eira era extraño quedarse atrás. Pero lo peor era saber que, en cualquier otro contexto, debería haber sido ella la encargada de su educación. El problema era que no recordaba nada de la luz. Nada en absoluto. Todo lo que ella había conocido desde su despertar era la oscuridad.

En cierto modo, a pesar de eso, se alegraba de que Cyal hubiera recibido el poder de la luz. No habría querido que él también se viera contaminado con el poder de la oscuridad o que lo asociaran más de lo debido a ella si se juntaban con humanos en algún momento.

—Manifiesta la luz en los dedos —indicó Arash.

Cyal enarcó una ceja.

—¿Y cómo se supone que tengo que hacer eso?

—Inténtalo.

—Gracias por tu detallada explicación —dijo, irritado.

Arash lo ignoró.

Resignándose, Cyal centró la atención en su propia mano. El viento sopló y removió las copas de los árboles, arrancando alguna hoja. Una de ellas fue a parar al pico de Azer, en el hombro de Thaydra, y el cuervo sacudió la cabeza, disgustado.

Atardecía, pero aún había luz suficiente; el cielo apenas empezaba a colorearse de naranja.

—Es imposible —rezongó Cyal.

Arash puso los ojos en blanco.

—¿Sueles rendirte tan rápido con todo, chico?

Cyal tensó los hombros.

—¿Sueles ser así de desagradable siempre, dragón?

—Es uno de mis pasatiempos favoritos, sí.

—Se nota —dijo Cyal con sequedad.

—Gracias —respondió Arash, en el mismo tono.

Se miraron el uno al otro, entornando los ojos. Las chispas estaban a punto de saltar. La animosidad y el desprecio mutuo que cargaban el ambiente entre ellos no desaparecerían con facilidad.

—No sé por qué esperaba algo diferente —murmuró Thaydra, inclinándose hacia delante para reposar el codo en la rodilla y apoyar la barbilla en la palma de la mano. Suspiró, resignada—. Van a chocar constantemente.

Eira se mantuvo en silencio. Thaydra no sabía si era porque le molestaba su presencia, no la había escuchado, estaba muy cansada, simplemente era así o todas las opciones a la vez.

La miró de reojo, curiosa.

—Inténtalo otra vez —ordenó Arash, cruzando los brazos.

—No necesito que me lo digas, ya iba a hacerlo —masculló Cyal.

Pero siguió sin suceder nada.

—Cierra los ojos. Será más sencillo —dijo Arash, en absoluto sorprendido.

Cyal espiró aire con brusquedad a través de la nariz, crispado, pero obedeció. Con los párpados bajados, trató de imaginarse la luz yendo a su mano. La tarea no debía de ser tan instintiva como Arash quería hacerle creer, porque no estaba obteniendo resultado alguno.

—Vaya, ¡por fin!

La sarcástica voz de Arash lo hizo abrir los ojos. Alzó las cejas. Una diminuta esfera de luz flotaba inocentemente en su palma.

—¿Lo he conseguido? —balbuceó, fascinado.

Incluso Eira se inclinó hacia delante.

—¿A ti qué te parece? —preguntó divertido Arash.

—Que me gustaría verte intentar a ti aprender un elemento sin que nadie te explicara con claridad cómo hacerlo —replicó Cyal, molesto.

—Céntrate en memorizar esa sensación —resopló Arash—. Porque ahora lo vas a repetir, pero con los ojos abiertos.

Cyal fijó la atención en la esfera de luz. Era agradable la calidez que desprendía, pero...

Una fría ráfaga lo atravesó. Esa luz era la misma que podía hacer tanto daño a Eira. Lo había comprobado con el maldito Paladín. El grito que Eira profirió en aquella horrible noche retumbó en su mente.

Desvió la mirada hacia ella, inquieto. Eira lo contemplaba, en apariencia seria. Pero él distinguió la sutil forma en la que sus labios se curvaron hacia arriba en una sonrisa de orgullo.

Ella confiaba en él.

Cyal se aseguraría de usar esa luz solo contra los que eran sus enemigos: los comandantes de los xieri.

Thaydra observaba con la boca abierta. Se había llevado las manos a las mejillas, encandilada.

—Qué bonito, ¿verdad, Eira? —comentó por lo bajo.

Eira volvió a ignorarla, con la mirada puesta en su enlace. Azer infló las plumas. Y Arash, a quien no se le escapó el intercambio de miradas de Cyal y Eira, chasqueó la lengua y puso los ojos en blanco.

Thaydra había acompañado a Arash a cazar algo. La profunda noche los rodeaba y ella no veía nada, por lo que, como de costumbre en esas situaciones, se dedicaba a seguir sus pasos.

Azer, en su hombro, iba en perfecto silencio. A veces hasta cerraba los ojos. Tenía sueño. Thaydra estaba contenta porque Arash consideraba que ya podría empezar a rehabilitar el movimiento de su ala al día siguiente.

—¿Qué te ha parecido Cyal hoy? —preguntó casi en un susurro, sabiendo que Arash la escucharía sin problema.

Él frunció el ceño.

—Insoportable.

—Arash...

—Está bien, está bien —dijo él, alzando las palmas de las manos—. Es competente y aprende rápido. Para ser un humano es bastante inteligente.

Pero nunca lo habría admitido delante del joven en cuestión, claro.

—Oye, ¿qué has querido decir con eso de «para ser un humano»? —replicó ella, inflando las mejillas y fingiendo estar ofendida.

Arash soltó una pequeña carcajada.

—No me hagas reír o vamos a espantar a las posibles presas.

—Bueno, estoy convencida de que encontrarás algo, tarde o temprano —dijo Thaydra, divertida. Torció el gesto—. Se te da bien cazar. Aunque siguen dándome pena los pobres animales.

Arash se encogió de hombros.

—Los necesitamos para sobrevivir; es la ley en la naturaleza. —Se detuvo y se agachó—. Y ahora, observa.

Thaydra asomó por detrás de él, tratando de distinguir algo a través de los arbustos. Un conejo buscaba bellotas caídas de los robles entre los helechos, ajeno a los ojos que lo analizaban.

Arash hizo levitar una cuchilla de su cinturón.

—¿De verdad es necesario que mire? —musitó ella, que hasta el momento se había ahorrado presenciar esa parte. Arash siempre volvía con los animales ya muertos.

—Conviene que sepas cazar por si en algún momento te separas de mí —replicó él.

La cuchilla voló. Atravesó limpiamente el cuello del conejo y este se desplomó, inerte. Thaydra se encogió. Se le revolvió el estómago y se llevó una mano a la tripa.

—Creo que si estoy sola optaré por buscar frutos.

—¿Tú? —Arash se levantó y rio por lo bajo—. Te envenenarás en el primer intento.

Thaydra agachó la cabeza al notar que le ardían las mejillas. Se incorporó y lo siguió hasta el conejo, evitando mirarlo.

—Es cuestión de aprender.

—Tranquila, cuando tengamos tiempo te iré enseñando también cuáles son las plantas comestibles —dijo él, divertido. Por el momento solo se había centrado en las medicinales—. Creo que hoy ya has tenido suficientes lecciones.

Thaydra entendió que se refería a su escena en el río. Apretó los puños, recordando lo mucho que le había costado tan solo dejarse flotar. Aunque, al menos, había terminado por conseguirlo.

—Si te soy sincera, lo prefiero a la electricidad —admitió ella.

Arash volvió a reírse.