Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 28. Máscara de hielo
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28. Máscara de hielo

Máscara de hielo

Se movía de un lado a otro en parpadeos, con sombras danzando a su alrededor. Las hojas de las cimitarras se hundían sin piedad en las gargantas y corazones de los soldados. Para cuando gritaban, ya estaba matando al siguiente.

Ni siquiera tenía que transformarse en dragón para ser una auténtica amenaza.

—¡La Muerte Escarlata!

—¡Es la Muerte Escarlata! ¡Retira...!

Le cortó la cabeza al hombre antes de que acabara la frase.

Los cadáveres inundaban el campo de batalla. Los iba amontonando a su paso. El olor metálico de la sangre impregnaba el ambiente. Y ella mantenía una expresión de piedra. Se obligaba a ignorar los aullidos de angustia y terror; avanzaba sin detenerse.

«Mátalos a todos, Granizo».

Giró y esquivó una lanza. Saltó por encima de una ola de agua. En silencio, cortó limpiamente el cuello de otro soldado.

«Que no quede ninguno. No les permitas huir».

—¡Retirada! ¡Retirada!

Ya estaban dando media vuelta. Trataban de escapar, corriendo en estampida. Algunos lograban mirar por encima del hombro antes de que los alcanzara, congelando la mueca de horror en sus rostros para siempre.

«Ni uno solo en pie. O mataré a tu querido Khait. Me entiendes, ¿no?».

La grave y áspera voz del General resonaba en su mente. Era un permanente recordatorio de lo que debía hacer.

—¡No!

—¡Por favor...!

—¡Ten piedad!

Los miraba a los ojos, impasible, antes de segar sus vidas. No sentía placer alguno. No sentía alegría. No sentía satisfacción, ni orgullo. Ni siquiera la realización de haber cumplido con su trabajo.

Sentía tristeza. Una profunda tristeza que tiraba de ella con fuerza, como si se estuviera hundiendo en un lago con un bloque de piedra atado a los pies.

Se obligaba a sepultar sus emociones. No las mostraba en su rostro; así era más sencillo pretender que no le afectaba.

«Soy generoso, Granizo. Debería haberte ejecutado por traición... En vez de eso, te permito servirme a cambio de que ese humano al que tanto quieres siga viviendo».

Esos hombres a los que mataba también tenían familias. Estaba destrozando infinitas familias, del mismo modo que lo había hecho el General con la familia de Khait.

Khait no volvería a dirigirle la palabra. Era duro saber que ya nunca más podría encontrar ese refugio en él.

Se había convertido en un monstruo.

En una asesina.

Pero habría hecho cualquier cosa por mantener con vida a Khait. Aunque eso significara perderse a sí misma.

Cyal abrió los ojos de golpe, jadeando. Se incorporó y se llevó una mano al pecho, donde retumbaba el frenético latido de su corazón.

Por un instante, se había sentido como si estuviera en el cuerpo de Eira, dentro de su mente. Había experimentado aquel recuerdo como si lo hubiera vivido él mismo. Como si hubiera sido suyo. Pero sabía que no lo era.

Sacudió la cabeza. Thaydra le había advertido que podía suceder. Cuando existía una conexión fuerte entre un dragón y su enlace, soñaban con los recuerdos del otro.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero. Había sido un sueño tan real...

Ahogó un sollozo. ¿Cómo había sido Eira capaz de seguir adelante? Se había odiado a sí misma y, aun así, lo había hecho, todo por Khait.

Le dolía casi tanto como a Eira que ella no hubiera vuelto a reunirse con él.

Ladeó la cabeza para mirarla. Estaba tumbada a su lado, todavía sumida en un profundo sueño. Le había colocado su bolso en el suelo como almohada.

Parpadeó varias veces por el picor en los ojos.

—No eres un monstruo, Eira —susurró, aun sabiendo que no lo escucharía.

Extendió el brazo y cogió su mano derecha. Al menos, su piel ya estaba fría.

Observó aquel rostro de hielo. Sus largas pestañas blancas continuaban pegadas a las mejillas. Cyal no perdía la esperanza de ver pronto sus ojos rojos de nuevo.

Todavía entraba una cantidad generosa de luz por la abertura de la cueva.

Él solo había dormido unas pocas horas, por lo que era normal que el cansancio se aferrara a su ser.

No había ni rastro de Thaydra y Arash, pero le dio igual.

Se tumbó otra vez sobre el costado izquierdo para continuar mirando a Eira.

Frunció el ceño. Era su enlace. Eso significaba que, de alguna forma, estaban conectados. ¿Sería por eso que, cuando el Paladín había encerrado a Eira en el sótano del castillo de Auria, él había tenido la intuición de dónde estaba?

—Parece que ya no te vas a poder librar de mí ni aunque quisieras, Eira —bromeó él por lo bajo.

Ella permanecía con aquellas líneas marcadas entre sus cejas pálidas y Cyal se preguntó con qué estaría soñando. ¿La perseguiría el sufrimiento también mientras dormía?

No era capaz de imaginar su agonía. Dos esencias opuestas, la luz y la oscuridad, se hallaban en conflicto en su interior, destrozándola poco a poco.

Acarició con el pulgar la piel de Eira. A pesar de su apariencia impoluta, era áspera, fruto de las múltiples batallas en las que había participado. En cierto modo lo reconfortaba que esa conexión que él sentía hacia Eira estuviera reafirmada. Él era parte de ella. Y ella era parte de él.

—No eras una draconiana, Eira —prosiguió Cyal—. Eres una dragona. Así que puedes estar tranquila.

Sabía que esa había sido otra de las preocupaciones de Eira.

Temía que, de haber sido draconiana, hubiera matado a sus padres, a su familia, al ser utilizada como arma por los humanos.

Eso, sin embargo, lo llevó a otra cuestión.

Aridam y Zheitszoh eran dragones milenarios e inmortales. Aun así, tendrían padres, ¿o no?

—Aprenderé a gobernar la luz para ayudarte a matar a Lluvia, si es lo que deseas —le dijo—. A cualquier comandante que se interponga en nuestro camino. Si la luz puede protegerte, la haré mía para ser tu escudo.

Por un instante, le pareció que las comisuras de los labios de Eira se curvaban hacia arriba. ¿Habrían sido imaginaciones suyas?

El hecho de que, como enlace de Eira, poseyera el elemento de la luz era una alegría en medio de toda su tristeza.

Porque eso quería decir que contaba con el poder más dañino y letal para los xieri.

Si dominaba la luz, sería una seria amenaza para ellos.

Y si Eira ya no iba a poder luchar de la misma forma, él se encargaría de combatir a su lado, cubriéndola y atacando cuando ella no pudiera hacerlo, de la misma forma que ella había hecho con él al principio.

Recordó el campo de batalla del tétrico sueño. Torció el gesto, rebobinando los detalles. Había escuchado la voz del General comunicándose con Eira. ¿Por qué le había resultado familiar?

Se tensó al ver que Eira intentaba abrir los ojos.

—¿Eira? —la llamó, esperanzado.

Entrelazó los dedos con los de su compañera. Ella levantó ligeramente los párpados. El corazón de Cyal se desbocó al atisbar aquel color rojo que tanto terror había causado antaño, pero que era como un bálsamo para él.

Eira frunció el ceño. Giró la cabeza con lentitud para mirarlo.

—Cyal...

La voz de Eira estaba rasposa. No era capaz de abrir del todo los ojos, pues le pesaban los párpados. Su respiración era todavía un poco laboriosa. Seguía presentando las marcadas ojeras y parecía que se iban a convertir en algo permanente en su rostro. Pero estaba despierta.

Cyal esbozó una pequeña sonrisa. Por fin, las sombras se disipaban.

—¿Desde cuándo te gusta dormir tanto, querida doncella del hielo?

Una agradable calidez floreció en su pecho al ver que ella sonreía también. Era una sonrisa cansada, pero sus ojos brillaban con alegría.

—Estás bien —dijo ella, suspirando.

Cyal se estremeció al pensar en el momento en el que su propia espada casi lo había atravesado.

—Gracias a ti —murmuró. Su semblante se tornó serio antes de continuar—: Eira, por favor, no vuelvas a transformarte en dragón.

—Pero si estás en peligro...

—No —la cortó él, apretando a la vez su mano—.

Ya has acelerado mucho el proceso de deterioro al transformarte tanto estos días.

Si te vuelves a transformar... —Respiró hondo.

Endureció la mirada, sobreponiéndose a la punzada de dolor—.

Si te vuelves a transformar, tu cuerpo no lo soportará. Morirás.

Eira entornó los ojos.

—¿Sabes qué es lo que me pasa?

—Eras una dragona, Eira. No una draconiana —explicó Cyal, pues no sabía cuánto recordaba de la noche anterior—. Eras la dragona Zheitszoh, compañera de Aridam. ¿Recuerdas la leyenda? La que te contaba Khait.

El pulso de Eira se aceleró.

—Soy... ¿ella?

Cyal asintió.

—Al ser una dragona, tu esencia es de luz. Algo naturalmente incompatible con la oscuridad de un xieri.

Eira frunció el ceño.

—Ya entiendo.

—Encontraré la cura, Eira —dijo Cyal con firmeza, mirándola a los ojos—. No habrá oscuridad que pueda contigo mientras yo respire. No descansaré hasta que estés bien.

Eira relajó su expresión. Se giró para estar también tumbada sobre el costado y extendió la mano que tenía libre, la izquierda, hacia el rostro de Cyal. La reposó en su mejilla.

—Cyal, eso no depende de ti. No te agobies por...

—No, Eira —la interrumpió él, tensando la mandíbula—. Me da igual que no dependa de mí. Desafiaré cualquier límite, cualquier ley. No voy a dejar que mueras.

Ya no podía concebir un mundo sin ella.

Una triste sonrisa se pintó en los labios de Eira.

—Quizá sea lo que merezco, Cyal. Supongo que esta es la forma en la que pagaré por mis crímenes.

Cyal apretó los dientes.

—No fue tu culpa.

—Fui yo la que tomó la decisión de...

—Eira, esos errores no te definen. Esa no eras tú. La verdadera tú es la que me salvó y me protegió. La que ha estado conmigo todo este tiempo.

—Cyal —murmuró ella, angustiada—. ¿Qué derecho tengo yo a vivir cuando...?

Cyal, rígido ante el desánimo en su voz, la interrumpió una vez más:

—¿Te gusta estar conmigo?

Ella arqueó sutilmente las cejas, sorprendida por la pregunta.

—Claro.

—¿Te gusta hablar conmigo?

—Sí...

—¿Y viajar conmigo?

—Por supuesto.

Cyal sonrió, más tranquilo. Apretó de nuevo la mano de Eira.

—¿No vivirás, entonces, aunque sea por mí? Porque yo quiero seguir contigo y demostrarte que todavía hay incontables maravillas por descubrir.

Eira lo miró durante unos instantes, arropada por la calidez de su cariño por ella. Por un momento, se olvidó del dolor que la quemaba por dentro, reemplazado por el fuego de un hogar.

Espiró aire con lentitud y le regaló una sonrisa que hizo resplandecer sus facciones de hielo.

Era solo una curva en sus labios, pero para Cyal significaba más que eso: la sonrisa de Eira era vida, esperanza y certeza.

Certeza de que ella seguía ahí, con él, y de que las tinieblas de la noche estaban definitivamente desterradas.

—Gracias, Cyal —dijo ella—. Por sostenerme incluso cuando yo no puedo y por querer estar conmigo, a pesar de quien soy.

—Jamás te abandonaré, Eira —declaró él, subiendo su otra mano a la cara para ponerla encima de la que ella mantenía en su mejilla—. A cambio, tú tampoco puedes abandonarme a mí. ¿Aceptas el trato?

Eira rio con suavidad.

—Me parece justo.

Los ojos dorados de Cyal se iluminaron. Soltó una pequeña carcajada, alegre.

—¿Verdad?