27. Miedo
Miedo
Thaydra apretaba la camisa contra el pecho. Había cruzado una pierna delante de la otra y sus ojos estaban fijos en el arroyo.
Le ardía la cara.
—¿Vas a moverte algún día, princesa?
Se mordió el labio inferior, nerviosa. Debajo de la camisa solo llevaba la ropa interior, que consistía en unas bragas negras y unos vendajes alrededor del pecho.
Sabía que era mejor así para no mojar la camisa y los pantalones y que a Arash, siendo un dragón, le daba igual verla de una manera que de otra.
Pero eso no bastaba para que se sintiera cómoda.
Su propio pudor pesaba mucho más que la ropa empapada.
Habían dejado a Cyal y a Eira durmiendo en la cueva.
Thaydra había logrado convencer al joven de que descansara un poco.
Aunque Cyal seguía sin fiarse de Arash, una vez la temperatura de Eira bajó, el agotamiento había podido con él.
Al comprobar que su piel estaba tan fría como de costumbre, Cyal se había tumbado con ella, exhausto tras una noche entera sin dormir.
Habían propuesto partir al día siguiente, pues Arash estaba casi seguro de que Eira habría despertado para entonces. Pero, mientras tanto, Arash quería aprovechar el tiempo.
El sol brillaba alto en el cielo despejado, era mediodía y quedaban muchas horas por delante.
Azer estaba acomodado sobre la mochila de Thaydra, evitando manchar sus plumas con la tierra húmeda. Picoteaba un trozo de pan.
—¿P-por qué tienes que enseñarme a nadar justo ahora? —protestó Thaydra. Se le puso la piel de gallina.
Arash resopló. La esperaba ya en el río, nada más que un pequeño afluente del Thíbano que pasaba por el bosque. Su corriente era tranquila y se podía atravesar de un amplio salto.
—Cuanto antes, mejor —dijo él, con los brazos en jarras—. ¿Qué pasa si nos vemos obligados a combatir junto a un río o un lago? Tienes que saber nadar por si te caes.
A Thaydra le temblaron las rodillas, todavía vendadas, al imaginarlo. Recordó el golpe y lo que había ocurrido la última vez que había caído al agua.
—P-pero...
—¿Qué pasa? Este es el río ideal. El agua solo llega hasta la cintura.
«A mí me llegará, entonces, hasta el pecho», pensó Thaydra, recelosa.
Por si no era suficiente con los nervios que le provocaba estar a punto de empezar sus lecciones de nado, Arash se había quitado la camisa.
Aunque había tenido la prudencia de dejarse los pantalones puestos, para mayor comodidad de Thaydra, no se sentía mucho más preparada.
Ella evitaba mirar su torso desnudo, azorada.
Y habría preferido que él no la tuviera que ver así tampoco, solo en ropa interior.
Su cuerpo era demasiado delgado, en realidad esquelético, y no sabía qué pensaría Arash de eso...
«¿Qué más da lo que piense?», se dijo, tratando de convencerse. No había ninguna posibilidad de que él se fijara en ella, de que correspondiera a sus estúpidos sentimientos, los cuales, por más que trataba de enterrarlos, no desaparecían.
Él era un dragón milenario y ella, una simple humana.
Tomó aire.
Cuanto antes se metiera en el agua, antes podría esconder su desnudez.
Dejó caer la camisa al suelo y se movió, ignorando la molestia en las rodillas al andar.
Tiritó al sumergirse, pues estaba helada.
Se había ido acostumbrando a los baños fríos a lo largo del viaje.
Quedaban ya muy lejos los baños calientes en las tinas del palacio.
Sin embargo, tan pronto como había aprendido a hacer uso de su afinidad, Thaydra se había preocupado de no pasar frío jamás.
Con decisión, reguló la temperatura de su propio cuerpo.
Se hundió y dobló las piernas para mantener solo la cabeza por encima de la superficie del agua, avergonzada. Los extremos de sus mechones se mojaron.
Arash enarcó una ceja.
—Eres demasiado pudorosa, princesa.
Las mejillas de Thaydra se ruborizaron. Alzó inconscientemente la vista para mirarlo y enseguida la bajó de nuevo, todavía más roja.
—¿Qué ocurre? ¿No te gusta lo que ves? —dijo él, divertido, y esbozó una sonrisa pícara.
—Arash... —protestó ella y le dio la espalda.
Los músculos de Arash se marcaban casi para burlarse de ella, que, en comparación, resultaba triste, en los huesos. Quizá debería hacer más ejercicios de fuerza y resistencia. Tomó nota de ello.
Arrugó la nariz cuando un pez que pasó nadando le rozó los pies.
Arash rio por lo bajo.
—¿Qué te parece si empezamos con la primera lección?
Thaydra suspiró con resignación. Se giró hacia él, aunque mantuvo la cabeza agachada.
—Está bien.
Y ahogó una exclamación cuando él pasó una mano por su espalda y la otra por debajo de las rodillas, levantándola en sus brazos. Thaydra se llevó los puños al pecho, con los ojos como platos. Su rostro ardía tanto que temía que empezara a expulsar vapor. Su piel mojada estaba pegada a la de Arash.
¿Por qué había hecho eso?
—Q-qué... —balbuceó y se encogió.
Él inclinó la cabeza y la miró con media sonrisa. El corazón de Thaydra latía con tal fuerza que estaba segura de que, incluso si Arash no hubiera sido un dragón, podría haberlo escuchado. Un edificio derrumbándose habría sido más silencioso.
«Dioses, qué vergüenza».
—Aunque he de admitir que así estás adorable, vas a tener que relajarte un poco si quieres aprender a nadar —ironizó él.
—V-vale —murmuró ella y respiró hondo.
«Por Hereshia, a saber qué piensa de mí ahora».
—Te voy a sumergir en el agua y te voy a soltar, aunque mantendré las manos debajo de ti por si acaso —indicó Arash, poniéndose serio—. Por ahora solo has de centrarte en flotar, ¿de acuerdo?
Thaydra no estaba muy convencida, pero se forzó a asentir.
Se tensó cuando Arash la hizo descender. Estiró las piernas y los brazos, y chilló cuando se hundió en el río. El agua la rodeaba y la empujaba hacia abajo. Sacudió las manos y los pies, asustada, y cerró los ojos con más fuerza aún para que no entrara agua en ellos.
Arash la sacó de inmediato. Thaydra se aferró a sus hombros, tomando una amplia bocanada de aire y levantando los párpados de golpe, jadeando.
—Veo que el primer intento ha ido de maravilla —dijo él, sarcástico.
Thaydra se pasó la mano por los mechones pegados a la cara, echándolos hacia atrás. Estaba empapada por completo. Trató de controlar la respiración, aunque su pulso todavía iba a mil por hora. Miró a Arash, completamente aferrada a él, y deseó que la tierra se la tragara.
—Lo siento.
Era un miedo irracional. Cuando estaba fuera, podía intentar razonar consigo misma.
Pero en cuanto rozaba el agua, estaba convencida de que se iba a hundir y a ahogar.
No importaba que supiera que bastaba con bajar y apoyar los pies en la tierra para sacar la cabeza fuera del agua.
Se atrevería antes a pisar las arenas movedizas del desierto que intentar nadar en un río.
Arash se encogió de hombros, restándole importancia. No quería que se agobiara y a él no le molestaba. Entendía su reacción.
—Poco a poco, princesa. Tenemos todo el día para intentarlo.
Thaydra bajó la vista. La tristeza manaba de ella.
—Debo de ser una decepción como enlace.
—Si pensara que lo eres, Thay, te lo habría dicho. Créeme. Todos tenemos nuestras virtudes, y nuestros miedos que superar.
Ella echó la cabeza hacia atrás para mirarlo. Arash había fruncido el ceño, con la vista en algún punto del bosque.
—Odias tanto a los xieri porque les tienes miedo, ¿no es así?
Arash cerró los ojos, aceptando la suavidad de la voz de Thaydra por lo que era: un respiro, pero también algo ineludible.
—He visto lo que son capaces de hacer. Todos los que he conocido hasta ahora han sido crueles y despiadados.
—Apretó los dedos en la piel de Thaydra, pero a ella no le importó—.
Muchos de mis compañeros fueron asesinados por ellos en nuestro enfrentamiento final contra el General, antes de conseguir sellarlos.
No fue difícil para Thaydra adivinar que Arash jamás podría olvidar algo así. A veces, ella misma volvía a verse en el palacio, entre las llamas. Se atrevió a subir una mano para ponerla en su mejilla. Las gotas resbalaron por su brazo.
—Eira no es así, Arash.
Arash rechinó los dientes. Levantó ligeramente los párpados. A Thaydra se le encogió el corazón al ver que sus ojos estaban vidriosos. Contenía las lágrimas.
—Arash... —murmuró, afligida.
—De no ser por ti, la habría matado —dijo, con voz ahogada—. Habría dejado que mi odio..., que mi miedo me cegara hasta que hubiera sido demasiado tarde.
—Pero no lo has hecho. Fuiste capaz de controlarte.
Porque Thaydra era muy consciente de que, de haberlo querido, Arash la habría apartado y habría matado a Eira y a Cyal de todas formas.
Los hombros de Arash temblaron por un instante. Él respiró hondo y parpadeó repetidamente, sofocando el lamento.
—No esperaba encontrarla así, Thay.
—Lo sé —dijo ella, casi en un susurro—. Yo tampoco. Pero... ya tienes una respuesta. Ya sabes lo que le pasó. Incluso si es doloroso.
—Sé que no estuve cuando me necesitaba —replicó él, tensando la mandíbula—.
En cambio, he estado dispuesto a matarla solo porque se ha convertido en una xieri.
Pero tendría que haber confiado en que justo ella sería diferente a los demás xieri.
Zheitszoh jamás se hubiera convertido en una asesina por voluntad propia.
Tendría que haberlo sabido de inmediato.
Arash apartó la mirada. A Thaydra le dolía el alma al verlo así, apagado y derrotado. Su orgullo y fortaleza habían desaparecido.
Thaydra imaginó que Arash había insistido tanto en empezar con sus lecciones de natación ese mismo día porque necesitaba distraerse de sus propios pensamientos. Pero no había sido capaz.
—El que sí es una decepción como dragón soy yo —dijo y agachó la cabeza.
—Arash, no es cierto —murmuró ella, acariciando la piel áspera de su mejilla con el dorso de los dedos—. Todos cometemos errores. Tú estás marcado por el dolor que has vivido. Pero puedes aprender de lo que ha sucedido y rectificar. Eso es lo importante, ¿no crees?
Arash esbozó una triste sonrisa, pero era incapaz de mirarla.
—Le fallé a Zheit, Thay. Eso no hay nada que lo arregle.
No una, sino dos veces. Cuando Eyvel la mató y cuando yo casi la mato de nuevo.
Y ahora ella... —Se le quebró la voz. Una lágrima le cayó por la mejilla.
Sacudió la cabeza—. Ahora ella ni siquiera me recuerda.
Todo por lo que pasamos juntos, hecho añicos.
Las palabras se atascaron en la garganta de Thaydra. Arash cargaba con el peso de una culpa colosal que lo estaba devorando por dentro. ¿Cómo aliviar el dolor que lo consumía? Si pudiera arrancarle aunque fuera una brizna de aquel sufrimiento...
En cierto modo, la Zheitszoh que él conocía ya nunca volvería. Había vuelto a la vida, pero era diferente. Y Arash ahora, más de trescientos años después, también lo era. Debía llorar su pérdida y la esperanza de poder recuperarla.
—Puedes conocerla de nuevo, Arash —le dijo con delicadeza.
Se atrevió a mover la mano en su mejilla para limpiar la lágrima con el pulgar—.
Será una xieri, pero también se le ha concedido una nueva oportunidad en la vida.
Ella tiene algo por lo que vivir. Tiene a Cyal.
Y a ti ahora se te presenta la oportunidad de volver a estar con ella y ayudarla. De ser otra razón más.
Arash al fin abrió los ojos y la miró. Y Thaydra, por segunda vez desde que lo conocía, percibió en su semblante el cansancio insondable de quien había sobrevivido a demasiadas batallas y vivido más milenios de los que cualquier otro ser podría soportar.
Estuvieron varios segundos en silencio, sin moverse, con el arrullo del agua como único sonido. Ella bajó la mano de su mejilla y Arash habló al fin:
—Nunca imaginé que algo tan sencillo como una sonrisa me sostendría, Thaydra, pero la tuya lo hace.
Su voz, aunque grave, era como una caricia del sol.
El corazón de la chica alcanzó la velocidad de un corcel al galope.
Sonrojada, Thaydra lo miró con la boca abierta.
Sintió las mariposas en su estómago, revoloteando con fuerza.
Él la observaba con una suave sonrisa, cargada de ternura, que ella quiso tallar en su mente.
—Siempre estaré cuando me necesites, Arash. No lo dudes —respondió, conmovida—. Te ayudaré en todo lo que pueda.
—Lo sé, princesa. —Arash exhaló, notando la presión en el pecho más ligera—. Gracias por escucharme.
Thaydra sonrió. Pero la brisa la hizo tiritar, recordándole que Arash la sostenía en sus brazos y que ella estaba pegada a su piel vestida solo con la ropa interior.
Enrojeció como un tomate de nuevo. Arash, en cambio, soltó una risotada.
Eso la reconfortó. Aunque fuera a su costa, parecía que iba superando la tristeza.
—Creo que ha sido una forma curiosa de tener esta conversación —sonrió él, adivinando lo que había pensado Thaydra por su reacción.
Ella se tapó la cara con las manos.
—¡Arash!
Él seguía mirándola con una sonrisa. Significaba mucho que ella lo hubiera escuchado y lo hubiera calmado con sus palabras. No soportaba que nadie lo viera llorar, pero con Thaydra no le importaba. Porque confiaba en ella.
Volvió a la realidad con el canto de unos pájaros en las copas de los robles. Azer les respondió con un graznido desde su puesto en la mochila. Seguía teniendo el ala rota, pero no le faltaba espíritu.
Arash carraspeó.
—Reanudemos tus lecciones de natación, ¿quieres?
Thaydra no se opuso, aceptándolo de buena gana.
Unos segundos después, chillaba de nuevo. Miró a Arash e infló las mejillas, indignada, sacudiendo la cabeza para apartarse el pelo empapado.
Arash no lo pudo evitar y soltó otra carcajada.