Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 26. Cueste lo que cueste
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26. Cueste lo que cueste

Cueste lo que cueste

Amanecía en el exterior. Thaydra se había quedado dormida, ovillada en el suelo con Azer.

Cyal, sin embargo, había sido incapaz de conciliar el sueño.

No podía dejar a Eira sola. Estaba exhausto, le pesaba la cabeza y tenía los músculos entumecidos de llevar tanto tiempo en la misma postura.

Pero no iba a soltarla y no se atrevía a dormir.

¿Y si ella dejaba de respirar sin que él se diera cuenta?

Debía estar pendiente en todo momento.

Escuchó el ruido de pasos. Alzó la vista y tensó los hombros, preparándose para atacar de ser necesario.

Aquel alto e imponente hombre de la noche anterior, con su larga coleta de pelo oscuro como el carbón y sus intimidantes ojos plateados, caminaba hacia la cueva.

Llevaba ropa distinta: vestía con una camisa gris y pantalones negros.

De su mano colgaba el bolso que Thaydra había dejado en el mismo sitio al que cayó cuando se transformó en dragón, para cuando quisiera regresar y vestirse antes de ir con ellos.

Arash se detuvo frente a Cyal. La pálida luz del sol que empezaba a asomar por la línea del horizonte recortaba su silueta. Cyal lo miró a los ojos, desafiante. El dragón se fijó en las ojeras del chico y en lo rígidos que tenía los brazos con los que sostenía a Eira, quien todavía no despertaba.

Frunció el ceño.

—¿No has dormido en toda la noche?

Cyal gruñó.

—¿Acaso es asunto tuyo?

Arash entornó los ojos. No respondió e inclinó la cabeza para observar a Eira. Su expresión distaba de ser la de alguien que dormía con placidez. Una punzada de culpabilidad lo atravesó.

Se arrodilló frente a ellos. Cyal no le quitaba el ojo de encima, nervioso, expectante, preparado para repeler como fuera el más mínimo ataque.

Pero Arash se limitó a seguir mirando a Eira.

—No estoy ciego con los xieri —habló Cyal, crispado—. Uno de ellos mató a mi abuela la noche del ataque a Drethol. Si yo estoy vivo, es gracias a que Eira me salvó. Por eso también sé que no todos los xieri son iguales.

Arash arrugó la frente. Recordó al xieri al que le había perdonado la vida tras las súplicas de Thaydra. Se había visto obligado a convertirse en uno para proteger a su hijo. ¿Cuántas más historias como esas formaban las filas de la Emperatriz?

—Zheit... Eira. —Se corrigió tras pensarlo un instante—. Ella... ¿Obedecía al General para proteger a alguien?

Cyal, receloso, vigilaba cada uno de sus gestos. Al menos, Arash se mostraba tranquilo. O, más bien, apagado. Fuera como fuera, distaba mucho de la furia que había manifestado la noche anterior. Quizá Thaydra había estado en lo cierto.

—Así es —concedió Cyal, con cautela—. Durante la guerra del Alzamiento, Eira tenía a una persona muy importante para ella.

Se llamaba Khait. Se convirtió en una especie de padre para Eira, y ella pasó a formar parte de la familia de Khait.

—Tensó la mandíbula. Bajó la vista para mirar a Eira, que seguía inmóvil, en sus brazos—.

Pero otra de las comandantes, Lluvia, la traicionó y se lo contó al General.

Él asesinó a la familia de Khait como advertencia: si no volvía con él para obedecerlo sin reservas, Khait sufriría el mismo destino.

Arash se llevó una mano a la cara, echando hacia atrás los mechones sueltos de su coleta, y suspiró pesadamente.

—Si lo hubiera sabido antes, podría haberla ayudado.

Cyal no estaba tan convencido.

—¿Acaso no habrías intentado matarla nada más verla? —siseó, incapaz de ocultar el resentimiento en su tono.

El dragón torció el gesto.

—Quizá —admitió—. Al final, puede que haya sido mejor que no la haya encontrado hasta ahora. Cuando estabas tú para protegerla de mí, y Thaydra para hacerme entrar en razón.

Desvió su atención hacia la forma durmiente de la chica.

Le estaba profundamente agradecido por haberse atrevido a oponerse a él.

De igual forma que había ocurrido con aquel xieri, había estado ciego.

De no haber sido por Thaydra, se habría dejado llevar por su odio.

No solo era su ancla en ese mundo. También era su brújula.

Sin embargo, su odio por los xieri no había nacido de la nada. Bloqueó los alaridos de sus compañeros al caer bajo las garras de los comandantes y sacudió la cabeza.

Cyal enarcó una ceja.

—¿Ya no vas a intentar matar a Eira?

—No. Zheitszoh siempre estuvo para protegerme y ayudarme. Lo mínimo que le debo es devolverle esa ayuda ahora... —Frunció el ceño—. Por mucho que me cueste verla así.

Era retorcido. La persona a la que más había amado convertida en la criatura que debía odiar por encima de todas las cosas. Tendría que asumirlo, poco a poco. Y sabía que le iba a costar.

—Entenderás que no me fíe de ti —masculló Cyal.

Arash le enseñó los colmillos.

—Entenderás que no me importe lo que piense de mí un simple humano.

Cyal resopló.

—Yo nunca creí en esa supuesta grandeza de los dragones, así que puedo volver a decir con total tranquilidad que me pareces un imbécil, Aridam .

Arash fijó en él sus ojos plateados, con la mandíbula tensa. Ese joven tenía una habilidad impresionante para irritarlo. Cyal le sostuvo la mirada, en absoluto intimidado. Pero, al pensar en Thaydra, el dragón decidió desviar la vista, espirando aire con brusquedad y apretando los dientes.

Lo había visto tan claro como la luz del sol, la noche anterior.

Había reconocido el vínculo que unía a Eira y a Cyal.

Habían estado dispuestos a darlo todo, incluso sus propias vidas, para proteger al otro.

Nunca había visto a Zheitszoh tener ese tipo de relación con ninguno de sus enlaces.

Siempre había sido cordial, guardando las distancias.

Quizá, sin ser consciente del poder de los mismos, la nueva versión de Zheit se había permitido por fin confiar en alguien de esa manera.

Eira y Cyal eran como habían sido él y Taiyo.

Como eran ahora él y Thaydra.

Arash ya no era la persona más importante para Zheitszoh, pues ella había perdido todos sus recuerdos. Pero la había oído pronunciar su antiguo nombre en mitad de la batalla. ¿Acaso quedaría algo que se pudiera recuperar?

Daba igual.

Cyal era la persona más importante para ella y tendría que respetarlo. Aunque le costara digerirlo.

Volvió a examinar a Eira. Cyal también la miraba, acariciándole el rostro e intentando refrescarla con el agua en sus dedos.

—¿Por qué no le baja la temperatura? —murmuró Cyal, angustiado.

Arash movió una mano. Cyal giró de inmediato la cabeza hacia él, alerta. Había un destello casi salvaje en sus ojos dorados.

—No te rebotes. Solo voy a comprobar una cosa —dijo Arash, molesto. ¿Acaso ese chico se pensaba que podría hacer algo contra él?

Cyal no dijo nada. En lugar de eso, prestó atención a cómo Arash ponía la mano en el pecho de Eira.

Arash percibía lo que ellos no veían. La oscuridad rodeaba a Eira, invisible, fluyendo erráticamente en su cuerpo.

Al ser una dragona, la rechazaba por instinto.

Pero siendo una xieri, no sobreviviría sin esa oscuridad.

La misma oscuridad que la estaba quemando por dentro, atacando sus pulmones y el resto de sus órganos, era lo único que la mantenía en este mundo.

La misma oscuridad que había sofocado su luz era lo que le permitía respirar.

Se le revolvió el estómago. El deterioro había avanzado hasta un punto casi crítico. La fiebre era alta, pero no era lo único alarmante.

Apartó la mano. Agachó la cabeza.

—Si se vuelve a transformar en dragón, morirá. Su estado es delicado —concluyó—. Y, aun así, no aguantará mucho más. Si evita usar sus poderes de oscuridad resistirá un poco más de tiempo, pero no mucho.

Había conseguido encontrar a Zheitszoh. Sin embargo, ella era ahora una xieri... y era una xieri moribunda, cuya vida pendía de un hilo. La había encontrado demasiado tarde.

El silencio se extendió tras las palabras de Arash, denso como la bruma matinal que flotaba entre los helechos. Cyal permaneció quieto. La frase se repetía en su mente, sin encontrar un lugar donde encajar. «Resistirá un poco más de tiempo, pero no mucho».

«No mucho».

No quería aceptarlo.

Su respiración se volvió áspera, casi forzada.

—No. —Apretó los dientes con tanta fuerza que se hizo daño. Le temblaron las manos y presionó los dedos sin darse cuenta en la espalda y en la cabeza de Eira—. No. Tiene que haber algo que podamos hacer por ella.

Levantó la vista para mirar a Arash. Sus ojos estaban nublados por las lágrimas y en ellos ardía un dolor tan profundo que Arash se petrificó.

Era el mismo dolor que él había sufrido al perder a Zheitszoh, cuando pensó que estaba muerta.

Antes de que pasara el tiempo, su desolación abriera el camino a la ira y se convenciera de que ella se había marchado por puro egoísmo.

Ahora que sabía que no lo había hecho, ¿cómo se sentía él?

—Arash —insistió Cyal, llamándolo con dureza. Había bajado y contraído las cejas—. Voy a salvar a Eira. Cueste lo que cueste.

No se rendiría. No le iba a permitir a Eira abandonarlo. Si el destino pretendía arrebatársela, tendría que ir a por ella en persona, y él estaba dispuesto a hacerle frente.

Arash frunció el ceño.

—De haber alguna solución —dijo por lo bajo. Recordó con disgusto a la dragona rosa y verde con la que había chocado en el pasado—, Veshier podría ayudarnos. Posee los poderes de curación más potentes de todos los dragones.

La mirada de Cyal se iluminó.

—En ese caso, debemos ir a hablar con ella. ¿Dónde está?

—En Namhad. Que es de por sí a donde tenemos que ir para estabilizar el núcleo de Gaia.

Cyal palideció.

—¿A la tierra de los dragones? ¿Aguantará Eira hasta allí?

—Si no usa sus poderes de oscuridad, debería aguantar —dijo Arash con una mueca—. Es una xieri. Su resistencia aumentada tendrá que servir para algo.

Y Zheitszoh siempre había sido fuerte.

Cyal contempló el rostro de Eira. Necesitaba más que nunca que abriera los ojos. Pero sus pestañas blancas permanecían pegadas, negándole la paz que le brindaba su iris escarlata.

—Llevémosla a Namhad —dijo, con decisión.

Arash asintió, dejándolos a solas y volviendo junto a su enlace. Cyal sostuvo a Eira en sus brazos un momento más, aferrándose a su resolución.

«Te pondrás bien, Eira. No me rendiré».