25. Reflejos #2
Thaydra se mordió el labio, angustiada al recordar el incendio del palacio.
—Yo también. Gracias a Arash. —Respiró hondo, regresando a su anterior tema de conversación—. ¿Eira despertó cuando tocaste el hielo?
—Así es.
—Entonces, ese fue el momento en el que te convertiste en su enlace. La hiciste despertar.
Cyal la miró y entornó los ojos.
—Deduzco que, si sabes todo esto y viajas con ese imbécil, eres el enlace de Arash, ¿no?
Thaydra se contuvo y no pidió que no lo insultara. Tenía todo el derecho del mundo a estar enfadado y supuso que eso le ayudaba a descargar la rabia. Ella estaba preocupada también por Arash, pero sabía que volvería a por ella.
—En efecto. Arash y Eira son dragones muy importantes. ¿Recuerdas la sequía de Drethol?
—Por supuesto —respondió él de inmediato.
¿Cómo olvidarlo? Era por lo que se había visto forzado a ir al monte Ishtar.
—Gaia, nuestro mundo, posee un núcleo de energía. Debe ser estabilizado cada doscientos años, y de eso se encargan Arash y Eira; son los únicos con el poder para ello —explicó—. Como Eira, o Zheitszoh, desapareció hace más de trescientos años...
Cyal frunció el ceño.
—Van con un poco de retraso.
Thaydra asintió.
—Es por eso por lo que se están dando tantos casos de catástrofes naturales por el mundo. Es también la causa de la aparición de los nephrores.
El frío subió por la columna de Cyal al recordar el nephror que lo había atacado en Drethol. Al menos, se vengó de ellos en el pantano de los Lamentos.
—No sabía nada de esto —admitió por lo bajo.
Devolvió su atención al rostro de Eira. Ella permanecía con los ojos cerrados, pero parecía estar más tranquila.
—Yo tampoco —confesó la chica—. Hasta que me lo contó Arash. Es un conocimiento que se perdió en la guerra del Alzamiento.
—Entonces, ¿la leyenda de Aridam y Zheitszoh ocurrió de verdad? —inquirió Cyal, intrigado.
Thaydra aventuró una pequeña sonrisa.
—Sí.
Cyal exhaló con lentitud.
—Ahora mismo, todo eso me da igual. Lo único que me importa es que Eira esté bien.
Acarició con suavidad la mejilla de su compañera. Una sombra de terror cruzó su semblante al comprobar que seguía ardiendo. Cubrió los dedos de agua fría, pero no sabía si serviría de mucho. Sin ayuda y sin remedio, ¿cuánto más aguantaría?
La desesperación que desbordaba su gesto afectó a Thaydra. Al observarlo inclinado sobre Eira, vulnerable y a punto de romperse, empezó a entender que esa mujer no era solo alguien a quien Cyal deseaba proteger.
Era su razón para existir.
—Seguro que Arash sabe alguna forma de curarla —dijo, en un intento de animar el ambiente.
—¿Y por qué nos lo iba a decir, si está empeñado en matarla? —replicó Cyal, tensando los hombros.
Thaydra se mordió la mejilla.
—Verás que cambiará de opinión una vez asuma que estás diciendo la verdad sobre Eira. —Alzó la vista para mirarlo—. Arash me contó que el General también era un dragón y que Eyvel lo mantenía vivo curándolo con regularidad. Por lo que tiene que haber algo que podamos hacer por Eira.
Cyal no dijo nada. El miedo más frío se había asentado en su corazón y no sabía si atreverse a tener esperanza.
Estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para salvarla.
Le daba igual si tenía que ir a hablar con esa tal Eyvel.
No dudaría en encontrarla si conocía la cura, por peligrosa que fuera.
«Deberías hacerlo...», murmuró aquella voz.
Ignoró al oscuro murmullo y buscó los ojos de la otra chica.
—¿Cuál es mi papel como enlace de Eira?
Thaydra, que había bajado la vista para acariciar a Azer, lo miró de nuevo.
—Tu deber es acompañarla y ayudarla a estabilizar la energía del núcleo. A cambio, obtienes parte de sus poderes.
Cyal frunció el ceño. Evocó el momento en el que se había desplazado a la velocidad de la luz.
Se sumió en el silencio, observando el rostro durmiente de Eira. Según había entendido, necesitaba un enlace que la anclara al mundo. Si este moría, volvería a su letargo. ¿Era posible que...?
Se le aceleró el pulso. ¿Habría sido Khait su enlace durante la guerra del Alzamiento, sin que ninguno de los dos lo supiera? Si era así, eso quería decir que los xieri lo mataron a la vez que Lluvia atacó a Eira. Así la habían encerrado en el hielo, ¿no?
Quizá sería mejor no contarle esa parte, para no hacerle más daño. Aunque Cyal estaba seguro de que ella lo deduciría también por su cuenta.
Giró la cabeza hacia el enlace de Arash.
—Espera, ¿has dicho Eyvel? ¿La diosa de la luna?
Thaydra asintió, muy seria.
—Es la que está detrás de todo esto, detrás de los xieri. Tanto en la guerra del Alzamiento, como ahora.
—¿Es la Emperatriz?
—Me temo que sí.
Cyal se quedó callado, perdiéndose de nuevo en sus pensamientos.
Después de tanto tiempo, al fin conocían su identidad.
Recordó el diario que había leído en la biblioteca de Auria, aquel escrito por uno de los humanos que llevaron a cabo los experimentos de los xieri.
Eyvel debía de ser también la «patrona» que tanto mencionaba aquel hombre, la que les proporcionó la drialita y la oscuridad.
Pero ¿qué llevó a Eyvel a matar a Eira en el pasado? ¿Por qué quería la destrucción del núcleo de Gaia? ¿Y por qué le había hecho creer que era una draconiana, en vez de una dragona?
—Disculpa... —Thaydra vaciló, pero su suave voz lo devolvió a la realidad—. Todavía no sé cómo te llamas.
—Cyal —contestó en tono seco.
—Qué nombre tan bonito —sonrió ella, siempre agradable.
Cyal soltó una pequeña risa. Nadie le había dicho algo así.
—Gracias, supongo.
La chica no parecía ser una amenaza. Su presencia transmitía calma, a diferencia de la ira que le había provocado Arash.
—Yo soy Thaydra —dijo, más amable—. Aunque puedes llamarme Thay.
Cyal la analizó de reojo. No podía distinguir muchos de sus rasgos en aquella oscuridad, pero la cálida sonrisa de la chica lo reconfortó un poco.
La respiración acelerada, casi febril, de Eira fue un redoble de alarma. Le devolvió toda su atención, preocupado. Tenía el ceño fruncido y los ojos apretados.
Una gota de sudor se deslizó por su rostro.
—Eira, tranquila —susurró, aunque sabía que ella no lo escucharía. Cubrió de nuevo los dedos con agua fría y le pasó la mano con lentitud por la frente y las mejillas, en un intento de refrescarla—. Has sobrevivido a cosas peores. No pienso dejar que esto te venza.
Trataba de convencerse también a sí mismo. Le bastaría con volver a ver el rojo de su mirada para calmar la tormenta que llevaba dentro y que el miedo se disipara como la niebla ante el amanecer.
Eira era todo lo que le quedaba, una parte fundamental de su vida. Tras medio año con ella, no se imaginaba en ningún otro lugar que no fuera a su lado.
Pero el pasado de Eira, la dragona que ella era en realidad, amenazaba con arrebatársela. ¿Cómo se luchaba contra eso?