25. Reflejos
Reflejos
Sus patas apenas le sostenían el cuerpo. Le pesaba la cabeza y los pulmones le ardían al respirar.
No era lo mismo enfrentarse a los nephrores del núcleo de Gaia.
Esos eran mucho más letales y poderosos que los que estaban esparcidos por el mundo.
Por no hablar de la ausencia de Taiyo, que pesaba sobre sus hombros como un yugo.
Sin la ayuda de un enlace, todo se complicaba. Pero ya no se fiaba de ellos.
Lo había intentado con los siguientes, después de ella. Todos, sin excepción, salían corriendo al ver a las temibles criaturas de sombras. Solo buscaban la gloria de ser los enlaces de los famosos dragones de la voluntad y de la esperanza. Querían el prestigio, pero no la responsabilidad.
Así que, solo ante el horror, jadeó y se tambaleó. Las garras descendieron sobre él. Pero una fuerte luz lo cegó, obligándolo a apretar los ojos.
«¡Aridam!».
Su suave y melódica voz fue como un bálsamo para sus heridas.
Se olvidó por un momento del dolor e irguió la cabeza, levantando los párpados.
Se le cortó la respiración al ver a la majestuosa dragona blanca, con sus alas de plumas extendidas.
Ella lo miraba con profundos ojos verdes, llenos de preocupación por él.
Siempre le había parecido bella. Pero, en ese momento, le pareció la visión más hermosa del universo.
«Zheit —la llamó él con un hilo de voz, agotado. Bajó el cuello y reposó la frente en el pecho de la dragona, cerrando los ojos—. Pensaba que estaba acabado».
«Puede que no tengas a tu enlace, Aridam —dijo ella con delicadeza, inclinando la cabeza para mirarlo con una sonrisa—. Pero siempre estaré yo para cubrirte las espaldas».
Él alzó la vista. Su luminosa sonrisa despejó las tinieblas a su alrededor.
«¿Qué haría yo sin ti?».
Ella rio.
«Espero que nunca tengas que descubrirlo».
Se había tumbado a la orilla del turbulento río, con la cabeza agachada, casi pegada al agua. El peso del mundo caía sobre él y era incapaz de cargar con ello. Sus escamas se estaban ensuciando con la tierra húmeda, pero le dio igual.
«Yo no estuve para cubrirte las espaldas, Zheit —pensó, arrepentido, y cerró los ojos con fuerza al notar que le ardían—. Te fallé cuando más me necesitabas».
Había pasado años creyendo que ella lo había abandonado, cuestionándola por ser una irresponsable con su deber. Mientras él se enfurecía con ella, Zheitszoh había estado en constante sufrimiento.
No podía ni imaginar su agonía. Cuando Eyvel la atacó, ¿la torturó hasta matarla? ¿Fue una muerte limpia, aunque no fuera digna? Sabía que no. Por no hablar del dolor que habría experimentado en el proceso de volver a la vida como xieri.
No había sido capaz de protegerla.
No había sido capaz de encontrarla para ayudarla.
Se sentía un verdadero inútil.
«¿Cómo pudiste enamorarte de mí, Zheit? Nunca me merecí tu amor».
Ella lo había amado sin más. Le bastó una mirada.
Milenios atrás, poco después de que hubieran recibido sus roles como protectores del núcleo de Gaia, Zheit sonrió y lo tuvo claro.
Él no se fijó en ella hasta años después de la muerte de Taiyo.
Pero ella nunca lo presionó; se limitó a quererlo en silencio.
El destino quiso que correspondiera a sus sentimientos justo a tiempo para perderla.
Zheitszoh se entregó a él por completo. Arash siempre había creído que él a ella también, y junto al río pudo ver lo equivocado que había estado.
Había experimentado de primera mano el horror de los xieri.
Se había enfrentado a ellos después de que estos acabaran de masacrar a ejércitos enteros de humanos, después de que prendieran fuego a todas las aldeas por las que pasaban.
Por más que intentó dialogar con ellos, le ignoraron.
Rayo, Lluvia y Viento estaban decididos a obtener su venganza, costara lo que costara.
Nunca se había cruzado con Granizo. Si lo hubiera hecho y hubiera visto su forma de dragón, ¿cómo habría actuado?
El joven humano decía la verdad. Sabía cómo era Zheitszoh. Aunque hubiera renacido sin sus recuerdos, su personalidad se habría mantenido intacta. Se habría vuelto fría por el entrenamiento y por sus crueles experiencias en la guerra. Pero, en el fondo, habría seguido siendo la misma.
Odiaba tanto a los xieri que, cegado por el horror del momento al darse cuenta de lo sucedido, había estado dispuesto a ignorar todo eso para matarla.
Había querido creer que habría sido un gesto piadoso.
Se había dicho que le estaría haciendo un favor a la versión de Zheitszoh que él recordaba, liberando su alma de aquel cuerpo de oscuridad.
Pero ver a Thaydra de pie entre ellos no le había permitido seguir mintiéndose a sí mismo.
Zheitszoh luchaba por vivir, aun cuando su cuerpo se deterioraba.
Había estado dispuesta a darlo todo por proteger a aquel chico.
Arash gruñó, humillado. Un simple humano había sido capaz de mirar más allá, de ver la luz que todavía brillaba en el interior de su Zheitszoh.
O Eira, como se llamaba ahora.
Un cúmulo de emociones había estallado en su interior.
Primero había sido furia consigo mismo, por no haberse dado cuenta antes de dónde estaba Zheitszoh y por no haberla salvado.
Después había sido ira hacia Eyvel por lo que le había hecho.
¿Cómo se había atrevido a ir tan lejos? Su repulsión por los xieri fue la siguiente, junto a la sensación de que había perdido a Zheitszoh para siempre.
Quizá era así.
Había intentado matarla. De hecho, había tenido que ser un humano el encargado de defenderla, cuando ese siempre había sido el papel de Arash. Se habría ganado el odio de Eira al haber atacado a aquel chico.
Arash abrió los ojos. Trató de centrarse en el ruido de la violenta corriente de agua, pero no fue capaz.
Aquella mirada de sangre estaba grabada a fuego en su mente. La mirada que lo había alterado, en vez de transmitirle calma. Ese verde suyo, perdido.
No se sentía preparado para enfrentarse a ella de nuevo. Para enfrentarse a la realidad de que Zheitszoh, su bella y luminosa Zheit, era ahora una temible e intimidante xieri. Pero, sorprendentemente, se encontró preocupado por otro aspecto que nada tenía que ver con ella.
Había asustado a Thaydra.
La había decepcionado con su actitud.
¿Por qué lo torturaba esa desagradable opresión en el pecho, esa angustia, al pensar en ello?
Cyal se había sentado en la tierra de la cueva, recostado en la pared. Había acomodado a Eira en sus brazos. No se atrevía a separarse de ella. Tampoco quería. Eira había abierto los ojos durante un segundo al irse el dragón, pero no había vuelto a despertar desde entonces.
El chico la observaba con el ceño fruncido.
Sabía que no había nada que pudiera hacer por ella, salvo tratar de protegerla.
Había pasado un brazo por su espalda y mantenía la otra mano detrás de la cabeza de Eira, que reposaba en su pecho.
Su piel seguía caliente y tomaba a ratos bocanadas de aire demasiado cortas y aceleradas.
—Tienes que aguantar, Eira —susurró.
Su propia respiración temblaba. La suya lo hacía por el miedo, por la angustia de que ella se sumiera en un sueño eterno. Parpadeó una y otra vez.
Thaydra se sentó en el extremo opuesto de la cueva, incómoda. Quiso darles algo de espacio. Azer dormía en su regazo, ajeno a la tensión en el ambiente.
—Siento la actitud de Arash —murmuró, en un intento de empezar una conversación.
Cyal tensó la mandíbula.
—Es un imbécil.
Thaydra torció el gesto y trató de ser diplomática.
—Se enfrentó a los comandantes xieri en la guerra.
Se ha vuelto a enfrentar a ellos ahora, en el presente.
En las últimas semanas, han intentado matarnos en distintas ocasiones.
El odio que ha acumulado hacia ellos lo ciega, pero...
—No lo miró, cohibida—. Estoy segura de que recapacitará.
Aunque no lo parezca a simple vista, Arash es...
—Un egoísta.
Thaydra negó con la cabeza.
—Es buena persona —protestó.
Cyal bufó.
—Pues no lo parece —espetó, airado.
—A mí me pasa con él lo mismo que a ti con Eira —siguió Thaydra, sin molestarse ante el enfado del joven. Podía entenderlo—. Lo que has dicho sobre ella antes... Yo no estaría viva de no ser por Arash. Es quien me ha cuidado, protegido y entrenado.
—Cualquiera diría que es capaz de hacer otra cosa que no sea despreciar a los demás —masculló él.
—Es difícil llegar a conocerlo —admitió Thaydra, agachando la cabeza—.
Pero se preocupa de verdad por aquellos que le importan.
Y yo... Sé lo mucho que él amaba a Zheitszoh.
Estoy segura de que solo reaccionó con esa violencia por la sorpresa del momento.
Lleva siglos buscándola. Pero recapacitará...
—Que recapacite lo que quiera —gruñó Cyal, apretando los dedos en la espalda de Eira—. No quiero que se nos acerque de nuevo.
Thaydra optó por cambiar de tema al ver lo tenso que estaba.
—¿Cómo acabaste siendo el enlace de Eira? —preguntó, curiosa.
Cyal hizo una mueca.
—Sigo sin entender muy bien qué es eso de «enlace». ¿Es como un vínculo?
Thaydra se llevó el dedo índice a los labios.
—No, no. Es similar. Pero el vínculo es algo artificial que necesita de un ritual con la drialita y la luz para crearse.
El enlace es algo natural y único de Arash y Zheitszoh...
o Eira, supongo —explicó ella—. Se enlazan a un humano para despertar y comparten su poder con ellos.
Cuando el humano muere, se ven obligados a regresar a su letargo.
Cyal arqueó las cejas.
—Entonces, cuando Eira estaba en el hielo... ¿era por ese letargo?
—¿En el hielo? —repitió Thaydra, confusa.
—La encontré en el hielo del monte Ishtar.
—¿Eres de Drethol? —dijo Thaydra. Su corazón se aceleró de la emoción.
Cyal asintió, sin darse cuenta de ello. La joven se incorporó un poco, sintiendo que tenían otra cosa en común. Aunque lo cierto era que Thaydra nunca había existido en Drethol, sino en su pequeña jaula palaciega.
—Escapé la noche del ataque. Gracias a Eira.