24. La carga del pasado #2
Sus cejas estaban bajas y contraídas. Los ojos le humeaban con ponzoñoso desprecio hacia aquel dragón.
«¿Y qué va a hacer un pobre humano como tú para impedírmelo?», gruñó Arash. Saltaron chispas de su cuerpo.
Cyal no se amedrentó. Alentado por las llamas de la ira, no dudó en responder:
—Daré todo por ella. Hasta mi propia vida.
Arash se echó hacia atrás, como si hubiera recibido una descarga. Él había dicho esas mismas palabras sobre Zheitszoh, siglos atrás.
La electricidad desapareció de su cuerpo.
Agachó la cabeza.
—No lo entiendo. ¿Por qué su poder para estabilizar el núcleo de Gaia no la abandonó para ir a otro dragón? —preguntó Thaydra, extrañada.
Arash le había contado que, de haber muerto, ese poder habría buscado automáticamente otro dueño. Era de lo que dependía Gaia para mantenerse estable.
Arash hizo una mueca.
«El margen para crear un xieri es de unos minutos después de su muerte —respondió en tono bajo—. No habría dado tiempo a que el cuerpo se descompusiera».
—¿Para qué necesitáis a Eira? —quiso saber Cyal, receloso.
—Eira es Zheitszoh —empezó Thaydra.
Cyal se relajó un ápice al ver que ella hablaba con suavidad. Le llamó la atención el cuervo que llevaba en el hombro, aunque no comentó al respecto. Había algo familiar en ella. Quizá su piel, o su acento.
—Junto a Arash —continuó la joven—, tiene el poder y el deber de estabilizar la energía en el núcleo de Gaia cada cierto tiempo.
«Zheitszoh y yo somos los dragones primigenios —dijo Arash, sin mirarlos—. O lo éramos. Ella ahora es una xieri. Una criatura de oscuridad».
Cyal tensó la mandíbula ante el resentimiento en su tono.
—No conoces a Eira. No hables de ella sin saber nada.
«No, ya no la conozco —afirmó Arash con evidente rabia—. Todo este tiempo buscándola... para esto».
—No la querrías tanto como dices, si no eres capaz de ver más allá de sus poderes de oscuridad —espetó Cyal con frialdad.
Descendió al suelo con cuidado, acunando a Eira en sus brazos.
Se aseguraba en todo momento de que seguía respirando, por muy débil que estuviera.
Unas finas líneas se marcaban entre sus pálidas cejas.
Viéndolos así, las pupilas de Arash se redujeron a una fina rendija al recordar que, tras esos párpados enmarcados por pestañas blancas, se encontraban ahora unos ojos del color de la sangre.
El luminoso verde que él recordaba se había perdido para siempre.
«En realidad, no tiene por qué vivir —comentó con parsimonia. Cyal irguió la cabeza y se quedó congelado ante la amenaza en su tono—. Tú lo has dicho, princesa. Su poder la abandonará si muere... e irá a otro dragón».
Thaydra palideció. Le tembló el labio inferior. Aquello no era lo que ella había querido decir. Tan solo había querido saber por qué Eira, o Zheitszoh, se había visto obligada a vivir así.
—A-Arash... ¡Piensa lo que dices! —le imploró, asustada—. ¡La has buscado durante siglos!
Arash irguió el cuello con brusquedad. Dio un paso hacia Cyal, que enseguida se levantó con Eira en sus brazos. Ella permanecía inconsciente, ajena a lo que sucedía a su alrededor.
—Aléjate —susurró Cyal con fiereza, en tensión.
El hielo en sus venas no impidió que su mirada reflejara su ardiente ira. ¿Acaso no iba a terminar esa pesadilla? ¿Por qué no se rendía aquel dragón?
«La he buscado durante siglos, sí —contestó Arash, sin detenerse—. Y al fin he averiguado lo que le pasó: Zheitszoh murió hace trescientos años. Este monstruo no es más que una impostora. Es la Muerte Escarlata y debe pagar por sus crímenes».
—¡Eira solo trataba de proteger a Khait! —gritó Cyal, enfurecido. No se dejaría intimidar, no cuando se trataba de defender a Eira—. El General la obligó a trabajar para él para que no lo matara. ¡Eira es inocente!
Arash entornó los ojos.
«¿Cómo sé que dices la verdad?».
—¡Porque yo no estaría vivo de no ser por ella!
—vociferó Cyal. Sus ojos se llenaron de lágrimas por una mezcla de rabia y angustia, del terror ante la idea de perder a Eira—.
¡Me salvó la vida! Me protegió, cuidó de mí.
Me enseñó a luchar. Me permitió acompañarla...
—Respiró hondo. Su corazón latía con tanta fuerza que temía que estallara—.
Eira no es un monstruo, aunque ella te daría la razón de estar despierta.
Siempre se ha sentido culpable por lo que la obligaron a hacer.
—Apretó los ojos. Clavó los dedos en la piel de Eira—.
No eligió este destino, pero ya pagó por ello.
Más de lo que cualquiera podría soportar.
Puede que tú solo veas oscuridad, ¡pero para mí Eira solo tiene luz!
Arash paró y se quedó en silencio. Contempló a la joven en brazos de Cyal, tan gélidamente bella. Recordó a la dragona que había visto, con sus ojos y plumas rojas.
«Es una xieri», gruñó, si bien lo hizo con menos agresividad que antes. Había hundido los hombros, derrotado.
—Mi abuela creía firmemente en los dragones como dioses —dijo Cyal con voz ronca, abriendo los ojos para observarlo de nuevo.
Endureció la mirada—. Ahora veo que se equivocaba.
No sois diferentes a los humanos que juzgan a Eira solo por ser una xieri.
Ni siquiera tú, Aridam, o como sea que te llames, que aparentemente la conocías en su vida anterior, ¡ves más allá de tus prejuicios!
A ella, que siempre ha lamentado tanto no recordar.
Y tú, que sí la recuerdas, la acusas de asesina.
—Negó con la cabeza—. Quizá eso sea lo que eres tú, en esencia.
Arash sintió ganas de arremeter y se preparó para cargar. Sin embargo, algo lo paralizó: Thaydra se colocó frente a Cyal con los brazos extendidos.
La visión le cortó la respiración.
—Arash —dijo ella con firmeza, alzando la vista—.
Sé que no estás pensando con claridad. ¿Es este el final que deseas para la mujer por la que hace siglos habrías dado la vida, para quien una vez fue tu razón para seguir respirando?
¿Borrarás con semejante infamia todo lo que una vez sentiste por ella?
Arash apretó los dientes.
«Princesa...».
Thaydra se mantuvo en su posición sin vacilar. No permitiría que cometiera un error.
—No, Arash. No dejes que tu odio a los xieri te ciegue, por favor.
Arash gruñó. Extendió las alas.
«Ella misma no soportaría saber en qué se ha convertido. Justo porque la amaba no puedo dejar que sufra así», espetó él con frialdad.
Alzó el vuelo como una tormenta, derribando varias ramas a su paso. Se alejó con rapidez.
Thaydra lo observó marcharse, afligida. Podía imaginar lo que sentía. Había visto el profundo dolor en su mirada, la confusión y la desolación. Sabía que se había marchado para reflexionar y así no dejarse llevar por la ciega furia, tal como ella le había pedido.
Arash necesitaba estar a solas con sus pensamientos.