24. La carga del pasado
La carga del pasado
Arash no podía creer lo que estaba viendo.
No podía ser real.
No podía ser cierto.
No quería que fuera cierto.
—No —murmuró, casi con temor—. No, no, no.
Thaydra, observando desde los arbustos, soltó una exclamación y se llevó las manos a la boca.
Había visto antes esos ojos, ovalados y afilados, en los recuerdos de Arash. Cuando eran verdes, como fragmentos de jade. Cuando su mirada había sido profunda y reconfortante, en vez de fría y salvaje.
La dragona de sus recuerdos poseía el mismo hocico largo y fino.
Los dos pequeños cuernos se mostraban cubiertos en parte por una bonita corona de plumas que descendía por toda su espina dorsal.
Sus escamas blancas brillaban bajo la pálida luz de la luna, concediéndole un aspecto fantasmagórico.
No era el blanco puro que recordaba, sino que tenía un ligero filtro rojo, el mismo tono que se mostraba con fuerza en los extremos de sus plumas.
Arash le había contado que nunca la había visto en su forma humana. Por eso no la habían reconocido al llegar al claro. Pero era ella, ¿verdad?
Arash estaba seguro de que la reconocería simplemente por la luz que desprendería incluso en su forma humana. No contó con que esta pudiera haber sido sofocada por la oscuridad.
—¡Arash! —gritó Thaydra y salió corriendo hacia él—. ¡Es...!
Arash sabía muy bien quién era. No quería asumirlo. No quería que esa fuera la explicación de por qué ella nunca más había vuelto a buscarlo. Que aquel humano se hubiera movido a la velocidad de la luz era una pista que había elegido ignorar también.
La dragona que se alzaba delante de él, elegante, pero tétrica, era ya demasiado real como para tratarse de un engaño.
—Zheitszoh —completó él, con voz apagada—. No puede ser. ¿Qué...?
Cyal frunció el ceño.
—¿Zheitszoh? —repitió, extrañado. ¿La dragona de la leyenda de Zheitszoh y Aridam? ¿Por qué la había llamado así? Miró a Arash—. ¿Quién eres?
No entendía nada. Ni siquiera estaba seguro de lo que decía; la adrenalina no le permitía pensar con claridad.
Pero, por alguna razón, el hombre ya no los atacaba.
Se había quedado así, de rodillas en el suelo, examinando con una mezcla de fascinación y horror a Eira.
Cyal tampoco sabía quién era la chica que había aparecido junto a él, pero en ese momento le dio igual.
«Mi nombre es Eira —replicó ella. Sus patas temblaron con violencia y gruñó para mantenerse en pie—. Marchaos».
—Realmente no me recuerdas —murmuró Arash, ignorando a Cyal.
Hundió los hombros, derrotado.
—Por Hereshia —dijo Thaydra, angustiada—. Jamás habría imaginado que...
Arash comprendió por qué no había sido capaz de encontrar a Zheitszoh cuando esta desapareció. Porque nunca se le habría ocurrido buscarla entre sus enemigos.
Había desaparecido justo hacía poco más de trescientos años..., cuando habían sido creados los primeros xieri.
Un escalofrío lo recorrió. Eyvel no solo había atacado a Zheitszoh. La había matado y la había traído de vuelta a la vida, convertida en un monstruo.
La había usado hasta el último momento.
—¿Me podríais explicar qué está pasando? —preguntó Cyal, irritado ante sus reacciones.
Se levantó y se colocó junto a Eira.
Arash se envolvió en un brillo blanco. Creció y cambió de forma. Cuando la luz se apagó, reveló a un inmenso dragón más grande y robusto que Eira, de escamas negras y detalles plateados.
Cyal se tensó. Flexionó las piernas, listo para atacar, recuperando el brillo amenazador en los ojos. Eira gruñó y enseñó los colmillos.
Pero Arash no se movió. Su ropa yacía hecha trizas a sus pies. Se limitó a observar a Eira.
Ella también lo analizó, sobrecogida por una insólita sensación. Era una mezcla de añoranza y de tranquilidad, como si al fin hubiera recuperado algo que no sabía que había perdido.
«¿Aridam? —dijo ella, aturdida. Sacudió la cabeza—. Yo... ¿Quién eres?».
¿Por qué le había venido su nombre a la mente?
Arash la miró a los ojos. El tono plateado del iris del dragón le resultó familiar a Eira.
«Nos conocíamos, Zheitszoh —contestó él, muy serio—. En tu vida pasada. Antes de que renacieras como xieri».
Cyal se quedó con la boca abierta. Su pulso se disparó.
—Eira, ¿eras Zheitszoh? —murmuró, alzando la vista y poniendo una mano en la pata de la dragona. Una punzada de preocupación lo atravesó: estaba caliente en vez de gélida—. ¿La de la leyenda?
Entonces, entendió, el otro dragón era Aridam, también conocido como el dios de las tormentas. Cyal frunció el ceño, cada vez más confuso e inquieto.
—Te hemos estado buscando —se atrevió a decir Thaydra.
Se dirigía a Eira, que ya no los miraba, cada vez con más dificultades para respirar. A Cyal se le hincharon las venas en las sienes.
—¿Buscando? —repitió con dureza. Hundió los dedos en las escamas de Eira—. ¿Por eso habéis intentado matarla?
Arash expulsó una nube de ceniza, crispado.
«No eres quién para juzgarme, humano».
Cyal, sin embargo, alzó la barbilla, con un destello glacial en los ojos.
—¿Ah, no? Estabas muy dispuesto a asesinar a Eira por tus falsas suposiciones hace dos segundos. Solo porque es una xieri y tu odio te había cegado —espetó—. Creo que no estás en posición de hablar con tanta superioridad, dragón .
Enervado, Arash irguió el cuello. ¿Cómo se atrevía aquel joven a hablarle de esa manera? Debería haberse mostrado intimidado. Pero, en vez de eso, le plantaba cara sin temor alguno.
Eira se envolvió en un brillo blanco. Cyal, pendiente de ella, la atrapó en sus brazos antes de que se derrumbara en el suelo.
—¡Eira! —gritó. Le tembló la voz. El corazón le martilleaba el pecho, violento, irracional.
Por un instante, se olvidó del dragón junto a ellos.
El peso de Eira era liviano, demasiado—.
Mírame, vamos. —El frío que solía manar de ella estaba ausente, desvanecido junto a sus fuerzas.
La chispa del miedo prendió toda la desesperación de Cyal—. Eira, ¡dime algo!
Apenas respiraba. Yacía inerte en sus brazos, inconsciente.
Cyal llevó dos dedos a su cuello, comprobando que su pulso era débil. ¿Qué haría él si Eira no despertaba? Si esa mirada helada que lo había cambiado todo para él se apagaba para siempre, ¿qué le quedaba?
—¿Qué le pasa? —preguntó Thaydra, alarmada.
Se acercó corriendo, pero frenó en seco tan pronto como Cyal volvió la cabeza hacia ella y su mirada se incendió. Estrechó a Eira contra él, protector.
No sabía todavía cuáles eran las intenciones de esa chica.
—Ni un paso más —ordenó. No había alzado la voz, pero esta contenía una gélida furia más temible que cualquier alarido.
«Zheitszoh es una dragona convertida en xieri —explicó Arash. La observaba con un inmenso dolor reflejado en los ojos—. Su esencia de luz no es compatible con la oscuridad. Su cuerpo se está deteriorando».
Las palabras flotaron en el aire, frías, definitivas, golpeando a Cyal. Al fin entendía lo que le sucedía a Eira..., y era algo que no tenía solución.
No era una draconiana, como habían pensado.
Era una dragona.
Una criatura que no podía sobrevivir como xieri.
—Pero, entonces... —Thaydra miró a Cyal—. Claro. Tú debes de ser el enlace de Zheitszoh.
—¿Qué? —soltó Cyal, confuso—. ¿Enlace?
Dedicaba toda su atención a Eira, la única que importaba.
El ruido a su alrededor se desvanecía, el mundo se desmoronaba.
Buscaba en el rostro de Eira cualquier señal que desmintiera lo dicho por el dragón.
Pero solo encontró su respiración débil, su piel pálida y el leve temblor de sus pestañas, como si estuviera intentando abrir los ojos y regresar con él.
Puso una mano en su frente.
Estaba ardiendo.
«Por eso has podido usar antes el poder de la luz —explicó Arash—. Aunque Zheitszoh haya perdido su luz, sustituida por la oscuridad, su enlace sigue obteniendo sus poderes originales».
Cyal apretó los dientes. Era incapaz de comprenderlo; no podía procesar nada en esos momentos. Su preocupación por Eira y el terror que lo inundaba bloqueaban todo lo demás.
—Eira —la llamó con suavidad, con la esperanza de que ella abriera los ojos.
Ella no reaccionó.
El pánico fue un puñal directo al pecho. La cólera ante su propia impotencia le abrasaba las entrañas. Parpadeó varias veces al notar que los ojos le ardían con lágrimas de frustración, desolación e ira. No podía perderla.
No podía, no podía, no podía.
«El proceso de deterioro está muy avanzado», dijo Arash, estudiándola con el ceño fruncido, muy serio.
—¡No habría avanzado más si no nos hubieras atacado! —estalló Cyal. Su respiración se aceleró y clavó los ojos dorados, oscurecidos por una furia incandescente, en él—. Maldito dragón. ¡¿Por qué no has querido escucharme desde el principio?!
«¡Yo jamás habría imaginado esto, humano! —rugió Arash con el chasquido de un rayo, erizando las plumas. Hundió las garras en la tierra húmeda—. ¡Jamás habría imaginado que Zheitszoh se hubiera convertido en un monstruo!».
—¡Eira no es un monstruo!
«¡Es una xieri! ¡De no ser porque la necesitamos, ya la habría matado!».
Thaydra lo miró con los ojos como platos.
—¡Arash! —lo llamó, escandalizada—. ¡Es Zheitszoh! ¡La dragona a la que amabas! ¿Cómo puedes decir algo así?
«¡No es ella! —ladró Arash, sacudiendo la cabeza. Cada pensamiento de Eira como Zheitszoh era un latigazo—. No recuerda nada. Es una xieri que masacró a miles. ¡Ya no es Zheitszoh!».
Cyal se había quedado con la mandíbula desencajada. ¿Había oído bien? ¿Aquel dragón había amado a Eira en su vida pasada?
¿Y ahora pretendía matarla?
—¿De qué vas? —siseó Cyal. Apretó a Eira contra él y llevó una mano a su cabeza, apoyándola en su pecho y hundiendo los dedos en su cabello blanco—. Para ser un dragón, eres un verdadero imbécil.
«¿Cómo te atreves, humano?», bramó Arash, envolviéndose en electricidad.
—¡Arash! —chilló Thaydra, cada vez más nerviosa. La situación se descontrolaba—. ¡Tranquilízate, por favor! ¡Podemos hablarlo...!
—No vas a tocar a Eira —declaró Cyal con rabia contenida.