Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 23. La terrible verdad
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23. La terrible verdad

La terrible verdad

Thaydra caminaba en tensión detrás de Arash.

Cada paso le suponía un desagradable esfuerzo por la molestia en las rodillas.

Aun así, no había querido quedarse atrás.

No era recomendable que se separaran, ya que no sabían si habría más xieri en la zona.

Además, en caso de tener que enfrentarse al que Arash detectaba, podría ayudarlo.

Azer iba encaramado en su hombro, en perfecto silencio. Era uno de los aspectos que más le llamaban la atención a Thaydra. El cuervo percibía cuándo debía estarse quieto.

La oscuridad más absoluta envolvía el bosque.

Thaydra dependía de la visión de Arash, pues la pálida luz de la luna apenas se filtraba a través de las espesas copas de los robles.

Casi no se atrevía a respirar, por si hacía ruido que los delatara.

Se aseguraba de colocar los pies justo en los mismos puntos donde los había puesto Arash.

Él se mantenía centrado por completo en el camino. Se acercaban a la fuente de energía. Era muy fuerte, lo suficiente para ponerle los pelos de punta. Eso significaba que, probablemente, se tratara de un comandante. Al menos, solo detectaba a uno.

Si lograban pillarlo desprevenido...

Se detuvo, aunque se aseguró de no hacerlo con excesiva brusquedad, para que Thaydra no chocara con él. Se agachó y ella lo imitó. Se desplazaron con sigilo entre los helechos, muy despacio, para que los movimientos de las hojas no fueran fácilmente asociados a ellos.

Y, por fin, localizó lo que buscaba.

Frente a un montículo de tierra, en la entrada a una pequeña y estrecha cueva, había un par de personas sentadas en las rocas de musgo.

Una era un chico humano de llamativo pelo rubio, pues su tono pálido contrastaba con su piel broncínea.

Arash, siendo un dragón, podía distinguir incluso a esa distancia sus ojos dorados, algo curioso, aunque decidió ignorarlo.

Porque lo que de verdad le llamó la atención fue la mujer junto a él. Su piel era casi tan blanca como su pelo y el traje que llevaba. Era esbelta y de figura atlética, y su mirada...

Se le helaron las venas.

No era una xieri cualquiera.

Era, en efecto, una comandante.

Pero tampoco era una comandante cualquiera.

Nunca se había cruzado con ella en persona. Y, aun así, lo supo. Esa excesiva cantidad de oscuridad que derrochaba su esencia, su porte gélido, su rostro frío, el traje blanco de escamas característico de los comandantes en la guerra del Alzamiento y, sobre todo...

Su mirada de sangre.

La Muerte Escarlata.

Pasada la sorpresa inicial, se le aceleró el corazón. Pero no por miedo. Era por la anticipación de cumplir uno de los objetivos que se había marcado: acabar con la comandante más cruel de todas.

Sabía que Granizo era más poderosa que los otros.

El hecho de que estuviera con un humano era extraño.

No parecía estar preso, sino que se hallaba sentado tranquilo a su lado.

Pero lo más raro de todo eran las marcadas ojeras bajo sus ojos, sus hombros un poco hundidos y su postura un tanto encorvada.

No era lo esperable en alguien de su poder y estatus.

«Está enferma», pensó, sonriendo para sus adentros.

Era un golpe de suerte. Siempre había estado convencido de que los xieri no podían enfermar, con su resistencia aumentada al volver de la muerte, mas no iba a quejarse por la grata sorpresa.

Si no lo detectaba a esa distancia, a pesar de que él era un dragón cuya esencia de luz entraba en conflicto con su naturaleza de oscuridad, significaba que estaba más débil incluso de lo que aparentaba.

Era el momento perfecto para matarla.

Desenganchó la hoz del cinto y la empuñó.

Tensó los músculos, clavando sus ojos plateados en el objetivo.

Era hora de que la Muerte Escarlata pagara por haber masacrado sin piedad a miles de draconianos y humanos.

Era, junto con el General, la xieri más despiadada con la que uno podía cruzarse.

Estaba a punto de hacerle un tremendo favor a Gaia deshaciéndose de ella.

Cargó electricidad en sus pies. Thaydra ahogó una exclamación, deduciendo que iba a atacar. Y salió disparado.

Arash apareció en un abrir y cerrar de ojos delante de ella. Movió su hoz a la velocidad del rayo, a punto de rozar su cuello...

Y la mujer desapareció en una nube de sombras, llevándose al chico con ella.

Arash gruñó y se giró. Habían reaparecido unos metros más lejos, cerca de donde Thaydra permanecía todavía escondida.

—¡Eira! —gritó el chico, alarmado al ver que su compañera se desplomaba.

La atrapó en sus brazos como si la vida le fuera en ello. Arash enarcó una ceja.

—Vaya, vaya, Muerte Escarlata —comentó, divertido—. Sí que te encuentras en un estado bastante deplorable.

Eira jadeó. No estaba lo bastante recuperada como para volver a usar sus poderes de oscuridad. Su visión se había nublado, le faltaba el aire y el bosque de helechos daba vueltas.

«Ahora no. Ahora no...», pensó, desesperada. Lo había detectado demasiado tarde, pero se trataba de un dragón camuflado bajo apariencia humana. Cyal no podría enfrentarse solo a él. No podía fallarle de esa manera.

—¿Quién eres y qué quieres? —dijo Cyal, plasmando la crispación en su voz.

Apretó a Eira contra él, dispuesto a protegerla con su propio cuerpo si hacía falta. Arash lo ignoró. Dio un par de pasos y Cyal tensó todos los músculos.

—Aparta, chico —ordenó Arash en tono grave. Su expresión era de piedra—. Me temo que no sabes a quién estás intentando proteger.

—Sé muy bien quién es Eira —siseó Cyal, entornando los ojos—. Y sé que es inocente. Si no eres un xieri, ¿por qué nos atacas?

Sus palabras descolocaron a Arash. ¿Acaso el chico insinuaba que los xieri querían matarlos? ¿Por qué querrían acabar con una de sus comandantes?

No le dio importancia. Endureció la mirada.

—Es mi último aviso, humano.

Eira alzó la vista a duras penas, doblada por la mitad. Fijó sus ojos rojos, que brillaban en la oscuridad, en él.

—No te atrevas... a hacerle daño —gruñó con apenas un hilo de voz.

Arash, con su agudo oído, la escuchó. Esbozó una sonrisa irónica.

—¿Por qué iba a importarme a mí lo que desee una asesina como tú, Granizo? ¿Qué has hecho para manipular de esa manera al pobre chico?

—A mí no me ha manipulado nadie —replicó Cyal, clavando los dedos en la piel de Eira—. Lárgate y déjanos en paz. No te hemos hecho nada.

Arash echó la cabeza hacia atrás y rio. Se puso repentinamente serio de nuevo antes de responder:

—La Muerte Escarlata masacró a miles durante la guerra del Alzamiento, humano. No me crucé con ella entonces, pero hoy es el día en el que haré que pague por sus crímenes.

Cyal palideció al registrar el significado de sus palabras.

—¿Eres un dragón?

—Enhorabuena —respondió con sorna Arash. Dio otro paso más hacia ellos. A pesar de la sonrisa, sus ojos plateados relucían con un tétrico brillo asesino—. Has acertado.

Cyal retrocedió, arrastrando a Eira consigo. La respiración de su compañera era cada vez más laboriosa. Su preocupación por ella amenazaba con distraerlo, pero no debía apartar la mirada de aquel hombre. Hacerlo podría costarle todo.

—¡Eira no hizo nada por voluntad propia! ¡El General la obligó! —vociferó en un desesperado intento de convencer al desconocido.

Era muy consciente de que no sería capaz de proteger a Eira frente a un dragón milenario. Aun así, no la abandonaría.

Arash bufó.

—¿Esperas que me lo crea? —Negó con la cabeza, decepcionado—. Lo siento, chico, pero ya te he concedido suficiente margen y oportunidades para apartarte. Tú lo has querido.

Cyal tensó la mandíbula con tanta fuerza que le dolió. Sus nervios se incendiaron, reemplazando el pánico por una súbita furia. ¿Por qué tenía que ser tan obstinado y ciego aquel maldito dragón?

—No voy a dejar que le hagas daño —espetó, con las sombras de la rabia danzando en sus ojos.

No se rendiría, por mucho que fuera consciente de que no había posibilidad de que saliera vivo de aquel enfrentamiento. El miedo no le impediría actuar.

«Demuéstrale lo inferior que es», lo animó el oscuro murmullo.

—Es una lástima que no dependa de ti.

Arash se lanzó a por ellos a la velocidad del rayo. Cyal solo fue capaz de esquivarlo, impulsándose con el agua en sus pies, al haberse anticipado a su movimiento.

Aterrizó, pero Arash ya estaba rotando.

—¡Eira no está de parte de los xieri! —bramó Cyal. Su corazón latía a mil por hora. Contrajo los labios en un rictus de ira—. ¡Detente de una vez!

Desenvainó la espada y frenó el corte de Arash.

La hoz chocó con la hoja de metal y saltaron chispas.

Cyal apretó los dientes, ejerciendo toda la presión que podía con una mano, pues con la otra sujetaba a Eira.

No sabía si ella se estaba enterando siquiera de lo que sucedía, pues notó que apenas sostenía su propio peso.

—Buen intento, pero necesitarás algo más para convencerme —replicó Arash.

El dragón esbozó una sonrisa altanera y, con un movimiento de los dedos, la espada de Cyal salió despedida.

Cyal gruñó y maldijo entre dientes. Era afín al metal, cosa que le pareció una injusta trampa del destino. Se quedó rígido cuando el filo de su propia espada descendió sobre él. Trató de echarse a la derecha, a pesar de que sabía que no sería lo bastante rápido cargando con Eira...

«Oh, no te preocupes. Posees la habilidad de esquivarlo», le aseguró el oscuro murmullo.

Parpadeó y apareció en la entrada de la cueva. Se tambaleó y recuperó el equilibrio, estupefacto. ¿Qué acababa de pasar?

Eira seguía con la cabeza gacha, derrumbada contra su costado. No había rastro alguno de bruma negra; él no había notado la desagradable sensación de mareo.

Alzó la vista. Arash lo observaba con una mueca de horror.

—No puede ser —le escuchó decir.

Las piernas de Cyal temblaron. ¿Qué era lo que había hecho? ¿Cómo había cubierto esa distancia en menos de un segundo? Tensó los músculos, preparado para el próximo ataque de Arash. Pero el hombre se limitaba a contemplarlo con la boca abierta.

—Te has movido a la velocidad de la luz —dijo Arash con lentitud. Sacudió la cabeza y gruñó, apretando los dientes—. ¿Acaso pretendes engañarme con tus trucos xieri, Muerte Escarlata?

—¿Qué? —exclamó Cyal, y calló al ver que su espada iba de nuevo hacia él. Esta vez no podría esquivarla—. ¡No...!

¿Realmente era así como acababa todo? Después de todas las dificultades que había superado con Eira, ¿iban a hallar su fin en ese bosque perdido?

Ni siquiera había conseguido curarla.

Pero, aunque no hubiera posibilidad alguna de triunfar, él haría todo lo que estuviera en sus manos para protegerla. Se había jurado que lo haría, que no volvería a fallar. Cerró los ojos con fuerza y cubrió a Eira con su propio cuerpo.

«No seas patético», lo regañó el oscuro murmullo, pero Cyal no registró sus palabras, porque fue echado con violencia hacia atrás.

Un temible rugido le taladró los oídos y le congeló la sangre.

Cayó de espaldas en el suelo y se sentó con rapidez. Jadeó como si lo hubieran apuñalado, perfectamente consciente de lo que iba a ver. Frente a él, Eira se había vuelto a transformar en dragón. Para protegerlo.

Había apartado la espada de un simple zarpazo. Esta yacía en la tierra.

Sus patas temblaban. Se le escapaba el aire de la boca en golpes entrecortados. Sus alas se extendían tristemente a los lados en la tierra; ni siquiera era capaz de plegarlas. Le pesaba tanto la cabeza que no podía mantenerla erguida.

Eso no le impidió dirigir sus siniestros ojos rojos hacia Arash y enseñar los colmillos con ferocidad. La temperatura descendió hasta el punto de que se formó escarcha en las hojas de los robles y los helechos.

«He dicho... que no te atrevas a hacerle daño», siseó, gélida.

Cyal observó perplejo cómo el hombre, en vez de transformarse en dragón, cayó de rodillas al suelo como si estuviera viendo el fin del mundo.