22. Presión del agua
Presión del agua
Thaydra apretó los dientes, luchando contra la desagradable sensación de la electricidad recorriéndole la mano. Tenía la piel de gallina y los pelos de punta.
Estiró el brazo con brusquedad. El rayo impactó en un abrir y cerrar de ojos contra la roca, disparando esquirlas en todas las direcciones. Azer, desde su puesto de observación en la mochila, graznó y aleteó, alterado. Ella jadeó, con las cejas muy juntas.
Giró la cabeza al escuchar a Arash, junto a ella, dar un par de palmadas.
—No está mal, princesa —dijo él, satisfecho—.
El siguiente paso es que dispares el rayo sin desperdiciar primero toda esa electricidad.
—Alzó la vista al cielo, que ya se estaba coloreando de naranja—.
Pero seguiremos mañana. Ahora quiero que crucemos al otro lado del río y busquemos un sitio en el bosque para pasar la noche.
Thaydra frunció el ceño. Una bandada de pájaros los sobrevoló, yendo al refugio de los robles que había en la otra orilla.
Estaba agotada después de todo un día entrenando.
Lo único que le apetecía en ese momento era descansar.
Pero no protestó. Fue a recoger sus pertenencias y le indicó a Azer con un movimiento de la cabeza que subiera a su hombro.
Se irguió, ajustando las correas de la mochila, y fue hacia Arash, que ya la esperaba, equipado con su bolso.
Thaydra tragó saliva al ver la anchura del río, cuya agua fluía con gran rapidez entre las rocas. El ruido de la corriente retumbaba en sus oídos.
—¿Cómo vamos a cruzar? —preguntó con un hilo de voz.
Estaban en el borde del cauce.
—Saltando entre las rocas —dijo Arash con sencillez, pero se fijó en que las manos de Thaydra temblaron—. ¿Ocurre algo?
—N-no, nada —murmuró ella.
Apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas. El río tenía pinta de ser profundo y a la izquierda, en la lejanía, se escuchaba con fuerza atronadora la caída del agua por la cascada. Arash la analizó durante unos segundos, en silencio. Entornó los ojos.
—Thay —dijo, en tono de advertencia.
Ella se tensó. Agachó la cabeza.
—Arash, yo...
Juntó las manos en su regazo.
—Suéltalo —la animó él.
Thaydra se encogió.
—N-nada.
Arash gruñó, exasperado.
—Como quieras. Sígueme, entonces.
Saltó con precisión a la primera roca. Thaydra palideció al fijarse en la superficie mojada de la piedra. Estaría resbaladiza.
Arash se desplazó a la siguiente. Thaydra respiró hondo. Se quitó la mochila y la abrió.
—Azer, será mejor que te metas aquí, por si acaso —dijo por lo bajo, como si el cuervo la fuera a entender.
Pero él parpadeó y, cuando ella hizo un movimiento de la cabeza hacia la mochila, obedeció y se refugió dentro.
Thaydra esbozó una pequeña sonrisa, contenta al ver que el entrenamiento daba sus frutos.
Después se colocó la mochila de nuevo en la espalda.
La cabeza de Azer asomaba por debajo de la tapa de cuero.
Thaydra tomó aire, endureció la mirada y saltó.
Ahogó una exclamación al aterrizar en la roca. Extendió los brazos y se tambaleó, pero logró recuperar el equilibrio. Con el corazón latiendo a mil por hora, alzó la vista.
Arash la observaba con el ceño fruncido.
—¿Seguro que puedes, princesa?
Thaydra notó que el rostro le ardía. Se apresuró a asentir con la cabeza, por temor a que no le saliera la voz.
Arash hizo una mueca. No lo había dicho para burlarse, sino porque le preocupaba ese miedo que mostraba. Entendía que la rápida corriente fuera intimidante, pero, si se caía, él tenía margen para transformarse en dragón y rescatarla antes de que se precipitara por la cascada. ¿Sabía Thaydra eso?
Thaydra, sin embargo, no quería decepcionarlo. Al ver que Arash saltaba de nuevo, se forzó a desplazarse a la siguiente roca.
Había llegado ya al centro del río. El aire apenas le alcanzaba los pulmones y escuchaba todo a su alrededor distorsionado, opacado por el pitido en los oídos. Solo tenía que centrarse en las rocas. El problema era que estas se mostraban cada vez más difusas y oscuras.
Saltó.
Aterrizó en la superficie de piedra, pero estaba completamente empapada, calculó mal y resbaló.
Chilló al caer hacia atrás. Logró darse la vuelta y, aunque se hundió en el agua, consiguió aferrarse a la roca. Sus rodillas impactaron dolorosamente y por un momento se le durmieron las piernas.
—¡Arash! —gritó, aterrorizada.
La fuerte corriente le impedía abrir los ojos, pues salpicaba mucha agua a su rostro. Le pareció que Azer graznaba, pero lo que retumbaba por encima de todo en su cabeza era el latido frenético de su propio corazón.
—Estoy aquí. —Escuchó su reconfortante voz al instante. La agarró de la mano y tiró de ella—. Tranquila, Thay. Te tengo.
Thaydra tomó una amplia bocanada de aire y levantó al fin los párpados, de vuelta en la superficie mojada de la roca. Se topó con los ojos plateados de Arash, que estaba arrodillado frente a ella, observándola con preocupación.
El labio inferior de Thaydra tembló. Su visión se nubló de lágrimas. Se abrazó a Arash, que la recibió perplejo, y enterró el rostro en su pecho.
—Thay, ¿qué pasa? —preguntó él, rodeándola con los brazos e inclinando la cabeza para mirarla, consternado.
—N-no sé nadar —admitió ella, con la voz distorsionada por la tela de la camisa. Le temblaban los hombros—. No sé nadar... Yo... —Calló, atragantándose con un sollozo. Tosió y cerró los ojos, atacada por la asfixiante sensación de estar hundiéndose en el agua—. Me da miedo.
Arash se quedó rígido. Thaydra temió haberlo molestado, pero él llevó una mano a su cabeza y le acarició el pelo, intentando relajarla.
—¿Por qué no me lo has dicho antes?
—M-me daba vergüenza.
Arash suspiró.
—Sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad?
Thaydra apretó los puños en la tela de la camisa de Arash. Aunque le estaba empapando la ropa, calada hasta los huesos como estaba ella, a él le dio igual.
—No quería decepcionarte —murmuró.
—No me has decepcionado. Pero, si me lo hubieras dicho antes, nos habríamos ahorrado esta mala experiencia para ti —la regañó él con suavidad.
Thaydra sollozó.
—¿N-no me habrías tirado al agua para forzarme a aprender a nadar? —dijo, solo medio en broma.
Arash rio por lo bajo. A Thaydra la reconfortó la forma en la que resonó en su pecho.
—Admito que puede que lo hubiera hecho si me lo hubieras dicho nada más conocernos —reconoció, divertido—. Ahora, no. Te enseñaré a nadar, no te preocupes. Sin lanzarte a la fuerza —añadió tras pensarlo un segundo.
A Thaydra se le escapó una carcajada temblorosa. Arash sonrió al escucharla, relajándose al comprobar que ella se iba calmando poco a poco.
Thaydra se apartó y se limpió las lágrimas de la cara con el brazo. Respiró hondo.
—Siento todo esto —balbuceó, avergonzada.
No se atrevió a mirar a Arash y mantuvo la cabeza gacha, esperando su respuesta.
—Creo que con quien más tendrías que disculparte es con tu cuervo —dijo Arash, conteniendo la risa al ver a Azer con cara de pocos amigos. Tenía las plumas empapadas por completo.
Thaydra miró por encima del hombro. Echó una mano hacia atrás para acariciarle la cabeza y él graznó, expresando su disgusto. Rio con suavidad, terminando de liberar la tensión de su cuerpo.
—Lo siento, Azer.
Él graznó otra vez y se infló.
Arash frunció el ceño al fijarse en las rodillas de Thaydra. La tela de los pantalones estaba rota, mostrando la sangre que brotaba de las heridas.
Sopló el viento y Thaydra se encogió, tiritando. Calada hasta los huesos, no apreció en absoluto la fría brisa del atardecer. Trató de subir su temperatura corporal con sus habilidades.
Arash se quitó la chaqueta y la echó por encima de sus hombros. Thaydra alzó la vista con las cejas arqueadas.
—No me mires así —dijo él, esbozando media sonrisa—. Pareces un cervatillo asustado.
Thaydra se sonrojó. Arash rio y se dio la vuelta.
—Sube.
—¿E-eh? —balbuceó ella, confusa. Estaba agotada, tenía frío y todavía temblaba por el susto que se había llevado. No era capaz de procesar nada.
—¿Pretendes saltar tú sola el tramo que queda? —señaló él, y Thaydra al fin se dio cuenta de lo que él pretendía hacer.
Con las orejas ardiendo, pasó los brazos por las mangas de la chaqueta y se incorporó. Siseó del dolor y le temblaron las rodillas. La sangre se deslizaba por los pantalones.
Por suerte, no tenía que andar. Se dejó caer sobre la espalda de Arash y se abrazó a su cuello.
Él puso las manos en sus piernas y se levantó con ella.
A Thaydra no le sorprendió que cargara con ella sin dificultad.
Pero sí se sorprendió cuando él saltó a la roca siguiente sin problema, como si no la llevara. Envidiaba su fuerza y habilidad.
Su corazón volvía a latir a mil por hora, aunque en esta ocasión era por su posición. Pegada a Arash, se olvidó de la violenta corriente del río por el que estaban cruzando. Agradecía que él la hubiera rescatado con tanta rapidez, demostrando una vez más que siempre estaba pendiente.
Y también que no se hubiera burlado de ella.
—No hay ríos ni lagos en las inmediaciones de Drethol —dijo Thaydra cuando él ya caminaba entre el bosque de helechos. Estos cubrían casi toda la tierra húmeda del suelo.
Los robles se alzaban pegados unos a otros, tapando el cielo con la espesura de sus copas y creando el entorno perfecto para la proliferación de los helechos en el suelo y del musgo en las rocas. Anochecía, por lo que apenas había luz.
Arash la observó de reojo con una sonrisa.
—Bueno, para eso estoy yo. Para que veas que hay mundo más allá de los muros de tu palacio.
Thaydra soltó una pequeña carcajada.
Se acomodaron no mucho después en un diminuto claro entre varios árboles. Arash dejó a Thaydra en una roca, pues la tierra que no estaba cubierta de helechos estaba húmeda. Thaydra se quitó la mochila y sacó a Azer, que enseguida se infló y sacudió las plumas.
—Arash —murmuró Thaydra, mirándolo por debajo de las pestañas.
Él gruñó al adivinar lo que quería. Sacó la camisa de repuesto de su bolso y se la lanzó a Thaydra. Ella la aceptó, contenta, y la usó para envolver en ella a Azer y empezar a secarlo.
—Mientras tú atiendes al estúpido cuervo —masculló Arash, agachándose delante de ella—, yo voy a curarte las heridas.
Thaydra se mordió el labio, nerviosa.
—¿Tiene muy mala pinta?
Arash ladeó la cabeza, examinando sus rodillas. Además de la sangre, se estaban hinchando y coloreando de morado.
—Digamos que te costará un poco andar estos días —concluyó y extrajo la cantimplora para limpiar las heridas.
Thaydra aguantó con paciencia mientras él las desinfectaba y luego las cubría con vendas. Al menos, así no tendría frío a través del hueco en la tela rasgada de los pantalones.
Arash justo acababa de terminar de vendar la rodilla izquierda cuando se quedó rígido. Frunció el ceño. Algo oscuro y siniestro impregnaba el ambiente.
—¿Pasa algo? —preguntó Thaydra, inquieta.
Él irguió la cabeza y entornó los ojos. Se levantó, con los músculos en tensión. Su esencia de luz estaba reaccionando ante la proximidad de una energía opuesta.
—Detecto un xieri por aquí cerca.