21. Cuestión de práctica
Cuestión de práctica
«No creo que debamos intervenir».
Frunció el ceño. Giró la cabeza y en su campo de visión apareció una dragona de radiantes escamas rosas y plumas verdes.
«Veshier, ¡Eyvel ha cometido una atrocidad!», protestó él. Su gruñido, aunque bajo, retumbó en las paredes del cañón en el que se habían reunido.
«¿Puedes probarlo? —replicó ella, moviendo con suavidad la cola de un lado a otro—. Aridam, entendemos que estés preocupado por la desaparición de Zheitszoh, pero no descargues tu angustia en otros asuntos».
Apretó los dientes con tanta fuerza que se hizo daño. Que lo dijera precisamente Veshier...
«¿Estáis ciegos? ¡Ha traído de vuelta a los muertos! ¡Los xieri son draconianos retornados a la vida con el poder de la oscuridad!». Proyectó su voz mental con tanta fuerza que algunos de sus compañeros se encogieron.
«¿Puedes probarlo?», repitió Veshier, imperturbable.
«Eyvel es mi hermana, Aridam —habló una nueva voz, y él alzó la vista.
Una majestuosa dragona blanca se hallaba en el pedestal más alto de todos, observándolos desde arriba con sus bonitos ojos azules—.
Puede que haya nacido con el elemento de la oscuridad, pero eso no significa que deba ser malvada por fuerza».
«¡Significa justo eso, Hereshia! —bramó él, interrumpiéndola. Escuchó exclamaciones de asombro a su alrededor; se había atrevido a cortar a su líder—. Eyvel está usando su poder para fines nefastos y hay que detenerla».
Hereshia irguió la barbilla. Entornó los ojos. Las plumas de sus alas estaban crispadas.
«Mide tus palabras y tu tono, Aridam».
«Lo que tendría que medir es vuestra asombrosa ceguera», siseó él, enseñando los colmillos.
«¿Cómo te atreves? —vociferó otra voz, esta vez masculina. Provenía de un gran dragón azul oscuro a su izquierda—. ¡Tu conocimiento es menor que el nuestro, Aridam! Tanto tú como Zheitszoh aparecéis solo cada varios años. Escúchanos tú a nosotros, que sabemos más».
«¿Sabéis más? —bufó él—. Por favor, Ira, no me hagas reír. De no ser por Zheit y por mí, Gaia habría estallado hace mucho tiempo».
«Aridam, será mejor que guardes silencio», dijo Veshier. Sus antenas se habían iluminado y él gruñó, sintiendo que, en contra de su voluntad, se calmaba.
«No uses tus poderes conmigo, Veshier —masculló, extendiendo las alas—. Muy bien, dejemos que los humanos y los draconianos se peguen mientras Eyvel sigue haciendo sus pequeños experimentos. Volveré más adelante, cuando estéis angustiados ante su creciente poder y veáis que yo tenía razón».
Alzó el vuelo.
Thaydra se sentó y buscó a Arash con la mirada. Lo divisó lavándose las manos en el río, de espaldas a ella. Las llamas danzaban de nuevo en la hoguera y había trozos de carne asándose ensartados en palos alrededor.
Confusa, giró la cabeza en la dirección contraria. Azer ya no estaba en su mochila, sino que picoteaba entre los restos que quedaban del conejo.
Apartó la vista, arrugando la nariz.
—¿Asqueada, princesa? —se burló Arash, caminando hacia ella y sacudiendo las manos en el aire.
Thaydra se cubrió el rostro con una mano cuando la salpicaron varias gotas. Arash rio.
—No, pero no es una visión agradable —admitió ella por lo bajo.
Arash puso los ojos en blanco.
—Viniendo de ti, ¿por qué no me sorprende?
Estaba amaneciendo y una luz clara empezaba a expandirse por el cielo. Thaydra disimuló un bostezo y alzó la vista para mirar a Arash, que seguía de pie.
—¿Tú te diste cuenta antes que los demás dragones de lo que estaba haciendo Eyvel?
Arash inclinó la cabeza y clavó sus ojos en ella. Puso los brazos en jarras.
—Veo que alguien ha estado husmeando en mis recuerdos.
Las mejillas de Thaydra ardieron.
—¡Sabes que no puedo controlar los sueños!
Arash soltó una carcajada.
—Sí, lo sé. —Se puso serio antes de responder a su anterior pregunta—: Y sí, me di cuenta.
Pero es normal, Zheit y yo siempre hemos estado más involucrados en la vida en el continente principal debido a nuestros enlaces, mientras que los demás dragones rara vez salen de Namhad.
—Frunció el ceño—. Eso, y que, una vez hube rechazado la propuesta de Eyvel de unirme a ella, tuve razón para ir a comprobar qué se traía exactamente entre manos.
Thaydra suspiró con tristeza.
—Si los demás dragones te hubieran hecho caso antes, el General y los comandantes no habrían masacrado a toda esa gente.
—Son como son, Thay —dijo Arash, encogiéndose de hombros—. Recuerda que los dragones no intervenimos en los asuntos de los mortales. Solo se decidieron a actuar una vez vieron de lo que eran capaces; cuando ellos mismos se sintieron amenazados por esos poderes de oscuridad.
Thaydra cruzó las piernas y bajó la vista a sus botas.
—¿Y qué pasó con Eyvel cuando derrotasteis al General? —preguntó, curiosa, mientras despegaba una hoja adherida a la suela por el barro. Ahí la tierra era húmeda.
—Lo que sucedió fue... —Arash extendió los brazos— nada —concluyó, sarcástico.
Thaydra ladeó la cabeza y lo miró por debajo de las pestañas.
—¿Nada?
—Nada —asintió él—. Eyvel alegó que ella nunca había tenido la intención de que sus experimentos llegaran tan lejos.
Dijo que solo quería ayudar a los pobres humanos esclavizados durante siglos por los draconianos —añadió con sarcasmo y cruzó los brazos—.
Como son muchos los dragones que odian a los draconianos, le dieron su apoyo.
—¿Y Hereshia?
—Hereshia estaba enfurecida. Eyvel había conseguido que la gran mayoría de los draconianos muriera —contestó Arash, con una mueca—. Pero Eyvel es su hermana gemela, por lo que la perdonó con la condición de que sus experimentos cesaran.
—¿Y los demás no se enfadaron ante esta muestra de favoritismo?
Arash espiró aire con lentitud.
—La autoridad de Hereshia es sagrada. Tras la desaparición de Zheit, es la única dragona pura de luz.
Es la única que puede usar el elemento que nos define y la única que de verdad podría hacer frente al General —explicó, en un tono bajo y desganado que daba a entender su malestar con lo sucedido—. Y a Eyvel, si decidiera atacarnos.
Thaydra entornó los ojos.
—Me sigue pareciendo muy extraño que Eyvel sea la única dragona de oscuridad. ¿No poseéis todos, en cierta medida, la luz?
Arash se agachó para comprobar que la carne en los palos no se estaba quemando.
—Supongo que el caso de Eyvel es una mutación excepcional —dijo, sin darle mucha importancia.
Thaydra, sin embargo, no estaba tan convencida.
Cyal entrenaba sus movimientos combinando la espada y el agua mientras Eira observaba, sentada en una de las tantas rocas cubiertas de musgo.
Era el cuarto día en aquel bosque de robles y helechos. Su espesura albergaba gran abundancia de animales para cazar y había servido a su propósito de ocultarse.
Eira ya podía levantarse, aunque todavía le costaba. Por eso había suspendido los combates de práctica con Cyal y se limitaba a analizar sus posturas y movimientos, corrigiendo lo que era necesario desde su asiento.
Cyal dio un salto en el aire y giró a la vez que extendía el brazo con la espada por encima de él.
De la punta del acero brotó una corriente de agua que siguió su trayectoria.
Cortó el aire con la hoja metálica y tensó dos dedos de la otra mano.
Las partículas de agua se juntaron mientras cobraban una velocidad inmensa en el último instante.
Y, a presión, la corriente cercenó la mitad del tronco del roble.
Cyal aterrizó y se irguió. Chasqueó la lengua al ver el resultado. El árbol se mantenía en pie, aunque a duras penas.
—Tenía la esperanza de conseguir cortarlo del todo —protestó, decepcionado.
—Cuestión de práctica —dijo Eira—. Solo debes mantener el control del agua un poco más para que no pierda la presión.
Cyal resopló.
—Eso es complicado cuando también tengo que estar pendiente de no torcerme un tobillo al caer.
Eira ignoró su queja y Cyal, resignado, se posicionó de nuevo, esta vez frente al roble al lado de su anterior objetivo.
Saltó y giró. Estaba decidido a conseguirlo; se iba a asegurar de mantener la tensión hasta el final...
Captó movimiento por el rabillo del ojo. Ahogó una exclamación al echar la cabeza hacia atrás en el último momento.
La esfera de agua se estrelló contra unos helechos, salpicando la tierra. Cyal aterrizó, perplejo. Comprobó que, una vez más, solo había conseguido cortar hasta la mitad del tronco.
Se giró con las manos en las caderas. La hoja de la espada chocó con su pierna.
—¿En serio, Eira? —gruñó.
Ella tenía un brillo divertido en la mirada. Acababa de volver a poner la mano en la superficie de la roca cubierta de musgo.
—En serio, Cyal —ironizó—. No solo tienes que estar pendiente de no torcerte el tobillo. También debes estarlo de lo que hacen tus enemigos.
Cyal bufó, exasperado. Pero esbozó media sonrisa, desafiante.
—Muy bien. En ese caso, voy a demostrarte que soy capaz de hacerlo incluso aunque intentes distraerme.
—De acuerdo —dijo ella, con las comisuras de los labios algo curvadas hacia arriba.
Cyal encaró el siguiente árbol. Saltó. Giró en el aire. Deslizó la espada, asegurándose de mantener la tensión en los dedos hasta el final...
Y la bola de agua le dio en la cara, empapándolo. Sacudió la cabeza, aturdido, a la vez que el tronco del roble caía limpiamente al suelo. La cama de helechos amortiguó el ruido, aunque algunos pájaros salieron volando entre graznidos de espanto.
—Te has olvidado de tu enemigo —señaló Eira.
—Gracias, maestra de lo obvio —masculló Cyal, pasándose una mano por los mechones mojados para echarlos hacia atrás. La miró por encima del hombro con reproche—. No podías dejarme ni un segundo de alegría por haber conseguido cortar el árbol entero, ¿no?
—No —confirmó ella, en absoluto arrepentida—. Sigue practicando.
Los siguientes intentos terminaron en fracaso por una razón u otra: si lograba cortar el tronco por completo, recibía el impacto de la esfera de agua; si se centraba en esquivar la esfera, solo cortaba la mitad.
Su estómago, además, protestaba reclamando comida.
El sol ya estaba bajando en el cielo y todavía no habían hecho una pausa para alimentarse.
Respiró hondo. Tenía el pelo y los hombros de la camisa empapados. Se había quitado la chaqueta, pues, a pesar del frío, había entrado en calor con tanto movimiento.
Se centró en el árbol. Saltó, girando y extendiendo la espada. Echó la cabeza hacia atrás para esquivar la bola de agua. Y logró mantener la tensión en sus dedos. Aterrizó, jadeando. Comprobó que había cortado limpiamente el tronco. El árbol ya se estaba desplomando sobre la cama de helechos.
Se giró hacia Eira con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Conseguido!
Pero Eira ya preparaba su siguiente asalto: había materializado un carámbano de hielo.
—Muy bien, pues sigamos. Ahora los ataques variarán y también irán desde distintas direcciones.
—¿No podemos continuar con las bolas de agua? —protestó Cyal, observando con recelo el filo del carámbano.
Ella se mantuvo seria.
—No. Necesitas más tensión. Algo más aproximado a la realidad.
—Ya. Pues espero que seas capaz de frenarlo si ves que no lo voy a esquivar —gruñó él.
Eira enarcó una ceja.
—¿No confías en mí?
Cyal se quedó con la boca abierta, olvidándose de su próxima queja.
—Sí, sí que confío en ti —acabó por decir, cuadrando los hombros.
—Procedamos, pues.
Cyal esbozó una sonrisa pícara.
—¿Disfrutas torturándome, Eira?
Ella dejó escapar una suave carcajada.
—No digas tonterías, Cyal.
—Decir tonterías es mi especialidad.
—Pues especialízate en esquivar todo a la vez que cortas el tronco.
Cyal puso los ojos en blanco y se dio la vuelta.
—Ya voy, ya voy...
Pero no logró ocultar del todo su pequeña sonrisa. A pesar de que con frecuencia acababa exhausto tras los entrenamientos con Eira, y de que en muchas ocasiones se frustraba cuando necesitaba varios intentos para conseguir algo, siempre disfrutaba aprendiendo con ella.