Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 20. Eterna espina
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20. Eterna espina

Eterna espina

Arash contemplaba a Thaydra de reojo. Llevaban ya dos horas caminando y no había dicho nada todavía. Mantenía la barbilla pegada al pecho, cabizbaja. Cuando Azer le dio un par de tirones en el pelo con el pico, tampoco reaccionó.

Volvían a andar por la orilla del río Thíbano. Ese tramo que separaba Adruste de Auria era en el que la corriente se volvía más fuerte y violenta. El sonido del agua fluyendo contra las rocas llenaba el ambiente.

Arash se detuvo, con las manos en las caderas.

—Hay que cruzar al otro lado.

Thaydra, junto a él, frunció el ceño. No respondió. Y, consecuentemente, Arash suspiró, exasperado.

—Pero ¿sabes qué? Lo podemos dejar para mañana —concluyó.

Continuó andando, bordeando la orilla. Pateó una piedra, distraído. Thaydra parpadeó, sorprendida, y lo siguió sin cuestionarlo.

Caminaron en silencio durante otro par de horas, hasta llegar a un punto donde, en el lado opuesto del río, se divisaba un espeso bosque de robles y helechos. También crecían algunos en la orilla en la que estaban, pero más dispersos. Se escuchaba el agua caer con fuerza a lo lejos.

El Thíbano fluía con rapidez hasta desembocar en una inmensa cascada.

—Pararemos aquí —decidió Arash, quitándose el bolso y dejándolo caer al suelo.

Thaydra, extrañada, al fin habló:

—¿Aquí?

El sol ya se escondía y unos tenues tonos naranjas coloreaban la línea del horizonte. Pero todavía quedaba hasta el anochecer.

Arash se giró hacia ella y asintió.

—Vamos a entrenar un poco. Es hora de que empieces a practicar de verdad con la electricidad ahora que controlas el fuego y el metal.

El color huyó del rostro de Thaydra.

Azer graznó.

El animal se había acomodado sobre la mochila de Thaydra, a la sombra ya difusa de un árbol. Observaba a Arash y a Thaydra, de pie unos metros más lejos, con curiosidad.

—Por ahora eres capaz de frenar un rayo si va hacia ti —estaba diciendo Arash, mirando a Thaydra con los brazos cruzados—. Quiero que aprendas también a redirigirlo. Y, luego, a crear tu propia electricidad. Paso a paso.

—Voy a acabar electrocutada.

—Si sigues con esos ánimos, seguro que sí —se quejó él.

Un ligero rubor coloreó las mejillas de la chica.

—Ya.

—Céntrate.

—Lo siento.

Arash suavizó la mirada. Sabía que el comentario de Thora le había afectado. Por esa razón había decidido que lo mejor sería entrenar para distraerla.

—No te disculpes. Vamos a intentarlo —dijo, y alzó el puño derecho. Lo envolvió en electricidad y Thaydra retrocedió un paso sin querer—. Prueba a controlarlo.

Thaydra frunció los labios. El miedo no la detendría. Iba a intentarlo. Respiró hondo y estiró la mano. Trató de tirar de la electricidad hacia sus dedos. Un par de chispas saltaron y ahogó una exclamación, retirando la mano de inmediato.

Arash rio por lo bajo.

—¿Qué dijimos sobre esos movimientos tímidos? Sé más firme.

Thaydra, con la cara roja, acercó la mano de nuevo. Endureció la mirada y se centró por completo en la electricidad danzando en la piel de Arash.

Era errática, pero bonita.

Las chispas saltaron otra vez. Thaydra inspiró aire con brusquedad, pero no se movió. Siguió tirando de la electricidad hacia ella y, una vez consideró que la tenía bajo su control, subió el brazo con rapidez. La electricidad abandonó el puño de Arash y se perdió en el cielo.

Él asintió, satisfecho.

—Ya tenemos el primer paso, ¿ves?

Thaydra, sin embargo, jadeó nerviosa. Aprender a usar el fuego le había hecho ilusión, pues apreciaba su calidez.

Había estado entusiasmada practicando con el metal, ya que podía manejarlo y moldearlo sin tener que crearlo ella.

Pero la electricidad no le inspiraba nada de confianza; era caótica y peligrosa.

—Si dudas lo más mínimo, la electricidad se volverá contra ti —dijo Arash, como si pudiera leerle la mente—. Por eso es importante que confíes en ti misma, Thay. Puedes hacerlo. Será instintivo para ti, de verdad.

—Está bien —musitó ella.

La noche extendía su manto sobre ellos. Thaydra se había sentado junto a la hoguera, abrazándose las rodillas y apoyando la barbilla en ellas.

Contemplaba el fuego, pero las llamas no le transmitían la misma tranquilidad y calidez que otras veces.

Al mirarlas, recordaba la noche del ataque a Drethol, cuando Azra y ella habían intentado escapar del incendio en el palacio.

Regresaban la asfixia, la desesperación, el frenesí, el dolor.

«¿Por qué tuviste que sobrevivir tú, y ella no?».

Hundió los hombros. Era lo que ella misma se había preguntado una y otra vez los días siguientes a su huida. ¿Por qué había tenido que sobrevivir ella, y no Azra? Azra, que siempre había sido mucho más decidida y capaz.

Alzó la vista cuando Arash se sentó a su lado. Su corazón comenzó a enloquecer, y confió en que la luz naranja del fuego en su rostro disimulara el sonrojo.

—Sigues pensando en la estupidez que dijo esa mujer, ¿no? —adivinó Arash. Ladeó la cabeza para mirarla.

Azer dormía en la mochila de Thaydra. Había estado asustado al principio del entrenamiento, pero enseguida se había habituado a los rayos que volaban de un lado a otro al comprobar que ninguno iba hacia él.

Thaydra fijó de nuevo los ojos en el fuego de la hoguera.

—Supongo, sí.

No tenía sentido ocultarlo. Sabía que su dolor era evidente. Pero el comentario de Thora le había sentado como un jarro de agua no fría, sino gélida.

—Eres demasiado dura contigo misma —dijo Arash, con el ceño fruncido—. ¿Por qué dudas tanto de tu valía?

Thaydra se encogió.

—Me siento culpable por lo que le sucedió a Azra. —Parpadeó varias veces. Se le había formado un nudo en la garganta y tuvo que continuar casi en un susurro—: Nunca seré como ella.

—No, y eso es bueno. Eres tú misma, Thay.

—Arash pasó un brazo por sus hombros y Thaydra lo miró, estupefacta—.

Tu hermana se sacrificó por ti. Por lo mucho que te quería.

Y si te quería tanto, es por algo. Eres inteligente, eres fuerte, eres responsable, eres amable, eres...

terriblemente generosa —dijo, echando un breve vistazo a la forma durmiente de Azer, y a Thaydra se le escapó una leve carcajada.

Arash sonrió—. Eres lo que Gaia necesita, créeme.

Thaydra se frotó los ojos con los puños. El olor a cuero, tierra y ceniza de Arash la envolvió, calmando sus nervios. Tenía razón. No debía dudar tanto de sí misma. Era difícil salir de la sombra de Azra, pero estaba dispuesta a demostrar que el sacrificio de su hermana había merecido la pena.

—Gracias, Arash.

—De vez en cuando sé decir cosas bonitas, ¿no?

—Sí, no se te da tan mal —bromeó Thaydra, riendo con suavidad.

Se sumieron en el silencio. Thaydra se atrevió a relajarse contra el costado de Arash y cerró los ojos, escuchando el crepitar de las llamas. Arash le transmitía sosiego, a pesar del alborozo de su corazón al estar pegada a él. Esperaba que no lo notara.

Las ascuas ascendían en una hipnótica danza hacia el cielo.

—Creí que Thora se alegraría de verme —admitió por lo bajo—. Para mí, verla a ella fue como recuperar una pieza perdida de mi hogar.

La actitud de Thora había roto esa ilusión. Arash gruñó. Acarició el brazo de Thaydra con afecto.

—Si algo he aprendido en todos estos años vagando por el mundo, es que la gran mayoría de la gente es imbécil.

Thaydra resopló, divertida.

—No es imbécil. Pero debe sentirse tan sola...

—No sientas pena por ella.

Thaydra lo miró de soslayo.

—¿Por qué le dijiste todas esas cosas?

—Porque nadie tiene derecho a culparte por haber vivido —replicó él, entornando los ojos al recordar la conversación—. Te vi bajar la vista; supe que su comentario te había herido. Me dejé llevar por el enfado, es cierto, pero no me arrepiento.

Thaydra esbozó una tímida sonrisa. Arash siempre estaba pendiente de ella.

—Fuiste un poco cruel.

—¿Cruel? —Él soltó una risa breve, sin alegría—. Si la crueldad sirve para protegerte, por supuesto que voy a emplearla. No soy lo que se dice diplomático cuando hieren a quien me importa.

Thaydra se quedó con la boca abierta. Su ritmo cardíaco se incrementó de tal manera que le temblaron las manos.

—Dioses —musitó, sin aliento—. Ay.

Agradeció estar recostada en él, o quizá su cuerpo no se habría sostenido por su cuenta. Arash ya había declarado en otras ocasiones lo mucho que la valoraba, pero no era algo que sucediera a menudo y, mucho menos, con tal intensidad.

Arash enarcó una ceja, confuso. Inclinó la cabeza. Espiró aire por la nariz en un intento de contener la carcajada, enternecido al ver la cara roja de Thaydra.

—¿Todo bien, Thay?

—No... No me salen las palabras —reconoció ella atropelladamente.

Se esforzó en controlar la respiración.

—No tienes que decir nada. A veces las palabras sobran cuando el corazón habla por sí mismo. Y el tuyo suele hablar a gritos —la provocó.

Thaydra se llevó las manos a las mejillas, encogida.

—¡Arash!

Sintió la vibración de su risa grave.

—Relájate. —Él subió la mano a su cabeza y le acarició el pelo—. A mí me encanta escucharlo. Es fuerte y no se rinde.

«Así vas a conseguir de todo menos que me relaje», pensó ella. Pero, al cabo de unos segundos, ya más tranquila, apoyó la cabeza en su hombro y sonrió.

Cerró los ojos.

—Gracias.

—No hay de qué. Y ahora, será mejor que descanses —dijo con una sonrisa pícara—. Mañana retomaremos el entrenamiento de la electricidad y, créeme, pienso ser mucho más duro que hoy.

Thaydra reprimió un escalofrío.

—Lo que quieres es que tenga pesadillas esta noche —protestó.

Arash soltó una risotada.