19. Recuerdos de un hogar perdido #2
Arash había oído hablar del Paladín de la Luz, el nombre del cargo que ostentaba el líder de la Orden de Hereshia. Pero no era esa la razón por la que aquel hombre le había llamado la atención.
—¡Los xieri amenazan nuestras tierras! —estaba diciendo el Paladín.
Su voz era grave y poderosa, abarcando la plaza entera con la fuerza de quien sabía que tenía autoridad y prestigio—.
Primero fue el reino de Drethol. Ahora están a las puertas de Auria.
Avanzan despacio, pero que no os engañen: es solo porque están reorganizando su ejército mientras siguen buscando al General.
El público profirió una exclamación colectiva de horror.
—Por eso, es el momento de que os unáis a los Caballeros de Hereshia —prosiguió el Paladín, extendiendo el puño con firmeza—. Si deseáis proteger a vuestras familias, es la única opción. Solo la luz de Hereshia podrá hacer frente a los infames xieri.
Arash bufó, con los brazos cruzados.
—Me gustaría ver a estos humanos enfrentándose a un xieri sin salir corriendo —comentó por lo bajo.
—Arash, no seas malo —lo regañó Thaydra—. Hacen lo que pueden.
Gruñó, pero no discutió. En lugar de eso, dio media vuelta y echó a andar. Thaydra fue con él, pues era cierto que allí no había nada de interés para ellos.
Se dirigían hacia el portón de la muralla, caminando por la avenida principal, cuando Thaydra divisó a una mujer familiar comprando un par de manzanas a uno de los mercaderes errantes.
Estaba de espaldas a ella, por lo que solo podía ver su larga melena oscura y el sencillo vestido azul que llevaba, con un manto beis por encima.
Estiró la mano de piel marrón para dejar caer una moneda de cobre en la jarra del vendedor y el corazón de Thaydra se aceleró.
Estaba segura de que eran imaginaciones suyas.
Pero la mujer guardó las manzanas en el bolso que colgaba de su brazo y empezó a andar delante de ellos con la espalda recta, a paso calmado y elegante.
Su porte aristocrático no encajaba en Adruste, donde toda la nobleza se aseguraba de mantener la tez blanca.
La mujer giró la cabeza a la izquierda para echar un vistazo a un mendigo sentado en las escaleras de acceso a una pequeña biblioteca. Eso le mostró a Thaydra su perfil y se quedó rígida. Su nariz recta y pequeña, sus labios pintados de marrón, su barbilla afilada.
Hacía ya medio año que no la veía, pero, incluso a esa distancia, la reconoció al instante: era Thora, la primera esposa del rey Adair de Drethol.
La madre de Azra.
Arash se extrañó cuando Thaydra paró. Se detuvo junto a ella.
—¿Qué ocurre?
Thaydra se había llevado una mano al pecho. Thora se inclinó y soltó una moneda en la mano del mendigo antes de erguirse y retomar su paseo.
¿Qué hacía en Adruste? ¿Cómo había logrado escapar del palacio?
¿Cómo había llegado hasta allí? Karima había constatado que Thaydra era la única superviviente.
Tenía demasiadas preguntas y ninguna respuesta.
Thaydra echó a correr detrás de Thora. Azer graznó y se aferró con las patas al hombro de la chica.
—¡Thay! —la llamó Arash, perplejo.
Maldijo entre dientes y salió a la carrera para alcanzarla. La primera esposa había doblado una esquina y caminaba por el callejón, en dirección a la siguiente avenida.
—¡Thora!
La mujer tensó los hombros a causa del pánico. ¿Quién la había reconocido? Se giró de golpe, con una mano apretando la tela de su manto, y se quedó con la boca abierta al ver a la chica que se detuvo delante de ella, jadeando.
Thaydra también había arqueado las cejas.
No eran imaginaciones suyas: sin duda se trataba de Thora.
Las dos se miraron con ojos verdes, los de Thaydra de un tono pálido, y los de Thora de un brillo más vivo.
Para Thora fue como si, por un instante, estuviera contemplando a su hija, Azra.
Ella también había tenido esos mismos ojos de jade, la piel oscura, el pelo negro.
Parpadeó y se fijó en que los ojos no eran rasgados, sino almendrados, quizá demasiado grandes para su rostro de facciones delicadas.
—Thaydra —dijo en un tono frío que la chica no esperaba.
—Thora, ¿qué...? ¿Cómo...?
Thaydra calló, pues estaba tan nerviosa que no sabía qué decir.
Las palabras se negaban a salir de su boca.
Thora retrocedió un paso, intimidada, cuando Arash apareció junto a ella.
El hombre era alto y de hombros anchos, con ojos plateados que destacaban en su piel oscura.
Pero lo que hizo que sus rodillas temblaran fue su mirada, el destello salvaje y peligroso que percibió en ella.
—Tranquila, Thora, él me acompaña —dijo Thaydra. Respiró hondo y se aclaró la garganta—. Yo... no sabía que lograste escapar del palacio.
—Y yo pensaba que era la única que lo había conseguido —contestó Thora, pero no se relajó.
Seguía apretando el manto en el puño y no dejaba de alternar su atención entre Arash y Thaydra. Thaydra frunció el ceño.
—¿Dónde está Uria? —preguntó al no ver a la draconiana de Thora con ella.
Thora torció el gesto.
—Murió ayudándome a escapar del palacio.
—Lo siento —murmuró Thaydra, apenada.
—¿Cómo escapaste tú? —quiso saber Thora.
Había borrado todo rastro de formalidad en su manera de dirigirse a ella. Thaydra miró a Arash, dudando de qué podía explicarle.
—Él... me ayudó a escapar —contestó, incómoda.
¿Qué la había impulsado a ir con tanta desesperación a por Thora?
Nunca se habían llevado bien del todo. Aunque jamás había actuado como Karima, tampoco había sido especialmente amable.
Se había limitado a tratarla con indiferencia, satisfecha con que su hija, Azra, afín al agua, tuviera mejores perspectivas de futuro que Thaydra, afín al fuego.
Quizá Thaydra había vislumbrado en Thora un resquicio de su antigua vida, de la seguridad que disfrutaba en el palacio, y por eso había salido en su búsqueda.
Arash observaba la tensa conversación, en silencio. Él también había acabado por reconocer a Thora; la había visto de lejos en múltiples ocasiones en sus visitas a escondidas al palacio para comprobar que su enlace estaba bien.
—¿Y qué haces aquí? —preguntó Thaydra, nerviosa.
Juntó las manos en el regazo y entrelazó los dedos, haciendo un esfuerzo para no ponerse a juguetear con ellos. Intentó recordar la pose correcta, el tono de voz adecuado.
—Me refugié aquí, en Adruste —respondió Thora, cortante. Empezó a girarse—. Si eso es todo, Thaydra, será mejor que continuemos cada una con nuestra vida. Haremos como si este encuentro no hubiera tenido lugar.
—Pero...
Thaydra extendió una mano hacia ella, aunque no se atrevió a agarrarla. Thora la miró por encima del hombro.
—No eres más que un recordatorio de que no volveré a ver a mi pequeña Azra —espetó con frialdad. Retiró la mano para asegurarse de que no pudiera tocarla—. ¿Por qué tuviste que sobrevivir tú, y ella no?
Fue como si le hubieran dado una patada en el estómago. Thaydra se congeló con una mueca de dolor. A Arash, por el contrario, le hirvió la sangre.
—Quizá, si la madre de Azra hubiera sido más competente —habló él, dando un paso hacia delante. Sus ojos relampagueaban con furia contenida—, no habría estado tan ciega ante los planes ocultos de Karima. Habría averiguado lo que esa mujer se traía entre manos y su hija no habría muerto.
—¡Arash! —intentó interrumpir Thaydra, angustiada.
Él no se detuvo:
—Pero estabas demasiado contenta mirando por encima del hombro a las otras dos esposas del rey, ¿no es así?
Demasiado centrada también en tus otros dos hijos, posibles herederos al trono, dejando de lado a tu hija, ignorándola.
Ni siquiera eras consciente del vínculo que forjó con su hermana.
Con Thaydra. —Thora se había quedado rígida, de espaldas a ellos—.
¿Quieres que siga con la lista de cosas que podrías haber hecho tú?
—Arash.
Thaydra lo agarró del brazo.
—No descargues la culpa que sientes sobre alguien que es inocente, humana —siseó él. Thora apretó los puños—. Si alguien debería haber tomado el lugar de Azra, deberías haber sido tú.
Thora, con la cabeza gacha y los hombros temblando por las lágrimas, se fue a paso rápido. Thaydra jadeó, observándola marcharse con un extraño pesar. Sintió un pinchazo de culpabilidad.
Arash se giró hacia ella y Thaydra lo soltó.
—Será mejor que nos vayamos nosotros también —dijo Arash, suavizando el tono.
Ella asintió, en silencio.