Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 19. Recuerdos de un hogar perdido
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19. Recuerdos de un hogar perdido

Recuerdos de un hogar perdido

—Sabía que estarías aquí.

Lluvia, con los brazos apoyados en la barandilla de metal, miró por encima del hombro. El viento le tapó el rostro con algunos mechones de largo pelo azul y ella los apartó con la mano.

Graialan la observaba con una sonrisa un tanto condescendiente.

—¿Lamentándote todavía?

Lluvia gruñó.

—¿Eres consciente de lo que duele que te claven un puñal de luz?

Graialan caminó por el balcón hasta ella.

Se recostó en la barandilla, de espaldas al exterior, con las manos en los bolsillos de su chaqueta, y ladeó la cabeza para contemplar a su compañera.

Lluvia centraba su atención en Drethol, cuyas calles se veían más allá de los jardines y el muro del Palacio de Turmalina.

La joven mujer tenía puesta una sencilla bata de seda blanca, atada con un nudo suelto en la cintura. Dejaba al descubierto los vendajes que cubrían todavía su abdomen.

—Algo recuerdo del final de la guerra del Alzamiento, sí —respondió Graialan.

—Ese maldito chico humano... —Lluvia apretó los dientes, con el labio superior levantado—. Eira ha debido de estar entrenándolo. Si no fuera por él, la habría matado.

—En el fondo, me alegro de que no lo hayas conseguido —admitió Graialan.

Lluvia enarcó una ceja y se volvió a tiempo de cazarlo mirando al cielo con un deje soñador.

—¿Por qué?

Graialan esbozó una sonrisa que carecía de alegría alguna.

—Así tendré la oportunidad de ser yo quien acabe con ella. No me he olvidado de lo que me hizo en nuestro último combate. —Chasqueó la lengua—. De todos modos, ¿qué hace Eira viajando con un humano? ¿Para qué lo quiere?

—Hay aspectos de Eira que no comprendes.

Lluvia recordó los ojos dorados del joven, tan claros y luminosos. Su boca se curvó hacia abajo, pero no dio más explicaciones. Graialan se encogió de hombros.

—Supongo. Tú fuiste la única de nosotros que se ganó su confianza. Salvo el General, claro, antes de que todo entre ellos se torciera.

El comentario le sentó a Lluvia tan bien como una patada en el estómago. Se forzó a ignorar su malestar.

—Si encontramos a Eira ahora, podremos acabar con ella. Estará muy débil. El chico no será capaz de protegerla solo.

—Ya. El problema es que, por más que rastreo la zona de Umbría, no la encuentro —masculló Graialan, frustrado. Cruzó los brazos—. ¿Acaso se habrán marchado a otro lugar?

—¿En solo unos días? —Lluvia negó con la cabeza—. En el estado en el que dejé a Eira, no sería capaz de transformarse en dragón sin serias consecuencias. Sigue buscando.

—En el pantano tampoco hay nada —añadió alguien.

Graialan desvió la vista hacia la entrada al balcón. Biastria estaba apoyada en el marco.

—Ah, Biastria. ¿Tampoco hay rastro del General? —inquirió Lluvia, sin mirarla.

Ella hizo una mueca.

—Me temo que no. —Arrugó la nariz—. Espero no tener que volver pronto. Los nephrores son un incordio.

—No te recordaba tan delicada.

Había un tono de burla en las palabras de Graialan. Biastria bufó, cruzándose de brazos.

—¿Qué habrías de recordar de mí, si jamás nos molestamos en conocernos?

Graialan se quedó con la boca abierta, incapaz de responder. Porque se dio cuenta de que no le faltaba razón. Agachó la cabeza, con semblante serio.

Eira viajaba con un humano. Según Lluvia, era alguien que le importaba.

Alguien por quien ella estaba dispuesta a luchar.

Pero todo lo que Graialan había experimentado desde su renacimiento como xieri era la muerte y la destrucción.

Primero, había sido utilizado como un arma para aniquilar draconianos.

Después, se había centrado en su ansia de venganza contra los humanos.

Era desconcertante llegar a la conclusión de que en realidad no conocía a sus propias compañeras. De que, cuando cumpliera su venganza, no tendría a nadie con quien compartir esa victoria. No de forma significativa.

Apretó los dientes.

«No importa», se dijo. Ya encontraría tiempo para eso cuando lograra su objetivo. Hasta entonces, lo mejor era no distraerse.

—Ve hacia el sur —le ordenó Lluvia a Biastria, indiferente—. Céntrate en localizar la aldea de draconianos que debe haber por la zona. Hemos de seguir ampliando nuestro ejército para la llegada del General.

El General era quien les había dado una nueva oportunidad en la vida, un propósito digno y justo. Graialan no descansaría hasta haberlo traído de vuelta.

El fuego de la decisión avivó de nuevo su mirada de ojos rojos.

Le serviría hasta el final.

La tierra alrededor de Adruste era árida.

Aunque crecía algún que otro árbol y asomaban matojos, no habrían sobrevivido de necesitar mucha agua.

Un grueso muro de piedra protegía la ciudad.

Tras ser registrados por los guardias en el portón de entrada, Thaydra y Arash pudieron acceder junto con el resto de comerciantes que venían a intercambiar y vender sus productos.

Curiosamente, no registraron nada que no fueran sus ojos.

Thaydra entendió que tan solo habían querido comprobar que no fueran xieri.

La joven se fijó en que los carros transportaban, sobre todo, frutas y verduras.

Las calles de Adruste eran un tanto irregulares, pues no habían sido allanadas con esmero, aunque sí estaban empedradas.

Las construcciones eran, en su mayoría, de piedra naranja, con cubiertas de tejas azules.

Las casas estaban cuidadas; muchas incluso contaban con bonitos balcones de barandillas de metal.

Eso se debía a que solo los que tenían dinero suficiente podían permitirse vivir allí.

El resto se veían obligados a hacinarse en chozas que quedaban fuera de la muralla, desprotegidas, en los arrabales.

Destacaba la inmensa estatua de bronce erigida en la plaza central de la ciudad, mucho más alta que todas las viviendas. Era de una dragona con grandes alas de plumas y un par de cuernos en la cabeza: Hereshia. Tenía el cuello erguido y la barbilla alzada hacia el cielo, orgullosa.

Thaydra la examinó de cerca, fascinada con el detalle que poseía cada una de sus escamas. La estatua de Hereshia de la plaza Venturina de Drethol no había sido ni la mitad de realista.

—¿Se parece a Hereshia? —preguntó Thaydra, curiosa.

Azer se posaba en su hombro. Sus afiladas garras a veces se le clavaban a través de la tela de la camisa, pero se iba acostumbrando. Estaba contenta porque Arash ya no la obligaba a cubrirse el pelo. Con Karima fuera de juego, no tenían por qué ocultarse.

—Bastante —asintió Arash. Se llevó una mano a la barbilla, pensativo. Echó la cabeza hacia atrás, mirando la mandíbula inferior de la estatua—. Me pregunto cómo lo habrán conseguido.

—Adruste se especializa en el trabajo del metal, ¿no?

—No me refiero a eso, sino al gran parecido. Que yo sepa, Hereshia no ha vuelto a salir de Namhad desde el final de la guerra del Alzamiento. Y, si lo ha hecho, no ha sido en su forma de dragón.

De lo contrario, él la habría detectado.

—Quizá tuvieran dibujos de ella.

—Hmm. Es posible —aceptó Arash, y siguieron andando.

Habían entrado en la ciudad para que Arash comprara ropa de repuesto, pues el conjunto negro que llevaba era el último que tenía.

—¿De dónde sacas el dinero? —inquirió Thaydra.

Arash esbozó una sonrisa irónica.

—No te mentí del todo al conocernos, princesa: estuve una temporada trabajando de mercenario.

Ella arqueó las cejas.

—¿Y cuánto te queda?

—Tendremos de sobra para mucho tiempo, no te preocupes.

A ambos les llamó la atención la multitud reunida en un extremo de la plaza. Había una tarima de madera blanca sobre la que ondeaban enormes estandartes de color azul claro, con el símbolo de un dragón dorado estampado en la tela.

Arash puso los ojos en blanco.

—Los Caballeros de Hereshia.

Thaydra ladeó la cabeza y los estudió.

—¿De la Orden de Hereshia?

—En efecto. Son descendientes de aquellos a los que Hereshia instruyó para enfrentarse a los xieri en caso de que regresaran, pero...

—Resopló—. Como he dicho, estos no son más que sus descendientes.

Dudo que conserven el conocimiento y la habilidad de sus antepasados.

Por mucho que se pavoneen con sus espadas de luz.

—¿Y qué hacen aquí? —cuestionó ella—. Que yo sepa, suelen estar en isla Korstinia.

—Imagino que querrán reclutar a nuevos miembros frente a la creciente amenaza xieri —explicó Arash.

Entornó los ojos al fijarse en la figura que estaba en el centro del tablado, hablando de cara al público. Guiado por el instinto, Arash se acercó. Thaydra, extrañada, fue junto a él. Se quedaron detrás de la multitud, pero desde allí pudieron distinguir bien a los Caballeros de Hereshia.

Había tres hombres a un lado del escenario y tres mujeres en el lado opuesto.

Los seis tenían los hombros rectos y los brazos pegados al cuerpo.

Iban con un uniforme azul claro con detalles dorados y armadura ligera de metal en los hombros, pecho, codos y rodillas.

De sus cintos colgaban espadas que no poseían vaina, dejando al descubierto su extraña hoja de color rojo escarlata.

Emitían un ligero brillo, más evidente cuando incidía la luz del sol en ellas.

Thaydra se petrificó, recordando las armas del mismo tipo que empuñaban los comandantes xieri. Pero esas no resplandecían, sino que parecían despedir una ligera bruma oscura con cada movimiento.

En el centro de la plataforma se encontraba un hombre alto, ataviado con una elaborada y larga túnica blanca, decorada con elegantes bordados de oro.

Llevaba un pequeño sombrero cuadrado en la cabeza, tapando en parte sus cortos mechones de pelo negro.

Su piel era clara, lo que hacía que destacaran más las sombras que se le marcaban en las cuencas de los ojos.

Era él a quien Arash observaba. Le resultaba familiar, pero no sabía de qué.

Thaydra lo reconoció:

—Es el Paladín —le dijo en un susurro a Arash—. Recuerdo que visitó nuestro palacio una vez cuando yo era pequeña.