Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 18. Lágrimas
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18. Lágrimas

Lágrimas

Habían pasado tres días desde su encuentro con Lluvia. Eira había volado durante horas esa noche. Habían dejado atrás Umbría, atravesando el pantano de los Lamentos, y habían aterrizado forzosamente en un bosque de helechos, cerca de la orilla del río Thíbano.

Los robles se alzaban imponentes, con los troncos cubiertos del mismo musgo que cubría las rocas. Las espesas copas creaban el entorno perfecto para los helechos, que aprovechaban la tierra húmeda para esparcirse por cada rincón del suelo.

Habían encontrado una pequeña cueva en un montículo para refugiarse. No era muy alta ni profunda, pero les servía para mantenerse ocultos, sobre todo con los helechos que colgaban por encima de la entrada, tapándola. El interior era húmedo, como todo el bosque.

Al menos, entre el musgo no había piedras.

Cyal estaba sentado junto a Eira. Ella permanecía tumbada en el suelo, de donde casi no se había movido desde que habían llegado.

La primera noche, Eira había aguantado para tratar los cortes de Cyal, que seguían cubiertos por vendas.

Tras eso, se había pasado un día entero durmiendo, durante el cual Cyal se había encargado de curar las heridas en el costado de Eira.

Al segundo día, Eira había despertado y Cyal había podido respirar algo más tranquilo, aunque no por mucho tiempo. Eira apenas era capaz de moverse; si intentaba levantarse, se mareaba y acababa en el suelo. Y la cosa no parecía mejorar.

—Eira —la llamó Cyal, contemplándola con el ceño fruncido—. Deberías comer algo.

Llevaba ya tres días sin querer comer nada. Había conseguido que bebiera agua, pero Eira se negaba a tomar nada más.

—No puedo —masculló ella, con la mirada fija en el exterior.

Estaba tumbada sobre el costado izquierdo, con una mano en el vientre y la otra extendida en el suelo.

Se encontraba revuelta por dentro. Le dolía la cabeza y, por mucho que durmiera, la fatiga persistía.

Respirar, a ratos, se convertía en un trabajo laborioso, pues le provocaba pinchazos en el pecho.

Cyal la observó en silencio. Sabía que los xieri eran más resistentes y que, por tanto, Eira aguantaría más tiempo sin comida.

Pero estaba preocupado. Eira tenía unas marcadas ojeras y bolsas bajo los ojos; mostraba un profundo cansancio.

Además, pasaba casi todo el tiempo callada, mirando al exterior, sumida en sus pensamientos.

Aunque había sido una experta en esconder sus sentimientos, no lograba ocultar del todo su malestar por lo ocurrido; la traición de Lluvia la había devastado. La rabia, la ira y la tristeza se mezclaban en un torbellino de emociones que la despojaban de su capacidad de reacción.

Cyal gruñó, frustrado. Se llevó una mano al pelo, echándolo hacia atrás. La impotencia lo consumía; no había nada que pudiera hacer por ella.

O quizá sí.

Extendió el brazo y cogió la mano que Eira tenía en el suelo. Su piel estaba fría, como de costumbre. Ella alzó la vista para mirarlo.

—Eira, deberíamos hablar de lo que ha ocurrido —dijo con suavidad.

—No hay nada de qué hablar —replicó ella, inexpresiva—. Debo matar a Lluvia. Eso es todo.

Y devolvió su atención al exterior. Cyal le apretó la mano.

—Eira, por favor. Sé que estás mal.

Eira respiró hondo. Se incorporó con lentitud hasta quedar sentada, encorvada y jadeando.

Apretó los dientes. ¿Cómo podía cansarse por una acción tan simple?

Pero Cyal apartó los mechones que cayeron delante de la cara de Eira y los acomodó detrás de su oreja.

El gesto fue una confirmación más de su flaqueza.

Eira se mantuvo con la cabeza agachada, tratando de recuperar el aliento.

Pasaron los segundos.

Cyal esperó pacientemente, acariciando con el pulgar la mano de Eira.

Un par de gotas se precipitaron a las botas de su compañera. Cyal se tensó y se inclinó hacia ella para ver mejor su rostro. Las lágrimas se agolpaban en sus ojos.

—Eira... —murmuró él, afligido.

Algo en su interior se quebró. Nunca había visto a Eira llorar. O a nadie llorar así. Ella siguió en silencio, controlando su respiración. Se mordió el labio inferior. Ahogó un sollozo.

Cyal le puso una mano en la espalda y la atrajo hacia sí, con delicadeza.

Eira se dejó caer contra su costado. Cyal temía que se apartara, pero, cuando no lo hizo, la abrazó.

Eira se aferró a él, enterrando el rostro en su pecho, como si pudiera así ocultarse al mundo exterior y a todos los horrores que el destino había descargado sobre ella.

El contacto lo desarmó. Sentía el calor del cuerpo de Eira y, sobre todo, su temblor. Una punzada lo atravesó ante la agonía que ella sufría. Le estaba revelando su lado más vulnerable, más humano.

No se atrevió a decir nada. Cualquier cosa que dijera sería insuficiente. Se limitó a sostenerla, a convertirse en el refugio que esa Eira tan herida necesitaba.

Fue ella quien habló.

—Era mi amiga —susurró, con la voz distorsionada por la tela de la camisa—. Confiaba en ella, Cyal.

Él deslizó los dedos por el pelo de Eira, acariciándolo en un intento de sosegarla. Frunció el ceño, contrariado.

—No se merecía ser tu amiga, Eira.

—Fue mi culpa. Si no le hubiera contado nada...

Cyal tensó la mandíbula.

—No vuelvas a decir que fue culpa tuya —la interrumpió, muy serio—. Si hay alguien responsable, es quien traicionó tu confianza, no tú. Lo ocurrido recae sobre Lluvia y el General. Tú solo deseabas proteger a tus seres queridos.

Eira permaneció en silencio, tratando de controlar el llanto. Al fin, se apartó. Aunque habría querido quedarse en la calidez y la seguridad de los brazos de Cyal para siempre, pensó que no podía abusar de su afecto.

Tenía las mejillas húmedas por las lágrimas. Le dedicó a Cyal una pequeña sonrisa que alivió parte de la angustia de este por su estado.

—Hablas igual que Khait —dijo ella, con una suave risa cargada de tristeza—. Siento que hayas tenido que verme así.

Se había esforzado en enterrar su desolación.

—Necesitabas llorar, Eira —replicó él—. Lo has estado acumulando durante varios días.

Y... —Llevó una mano a su mejilla, limpiando algunas lágrimas con el pulgar—.

Conmigo puedes llorar siempre que quieras.

Entiendo que hasta las estatuas de hielo necesitan llorar de vez en cuando —añadió en tono de broma.

A Eira se le escapó una pequeña risa. Tomó aire y recuperó la seriedad.

—De igual manera, debe pagar por lo que ha hecho —dijo, con voz gélida—. Quiero matarla. —Frunció el ceño—. Pero... —Desvió la vista hacia la derecha. Hundió los hombros—. No sé qué me sucede, Cyal. Estoy tan débil que es humillante.

Cyal puso las manos en sus hombros.

—Nadie puede con todo, Eira. —Se inclinó hacia ella.

A Eira se le cortó la respiración al contemplar el afecto y la decisión férrea en sus ojos dorados tan cerca—.

Si te falta fuerza, usaremos la mía. Si caes, te sostendré.

No pienso apartarme de ti, nunca. No tienes por qué sentirte humillada por recibir ayuda, en especial si es la mía. Quiero ayudarte.

—Cyal... —Eira enmudeció un instante. Sus palabras habían avivado el fuego que amenazaba con apagarse en su interior. Sin embargo, el miedo era persistente—. Ni siquiera sabemos por qué estoy así —añadió en un trémulo susurro.

—Averiguaremos lo que es y encontraremos una cura, ya lo verás. Yo te acompañaré en cada paso del camino, te ayudaré y jamás permitiré que te hundas —declaró—. Y, una vez estés bien, porque lo estarás, iremos juntos a por Lluvia. ¿De acuerdo?

Los ojos escarlata de Eira reflejaban su arrepentimiento.

—Lluvia no te habría atacado si no estuvieras conmigo.

—Ya tuvimos esta conversación hace tiempo —le recordó él, en un tono más suave. Se irguió y apartó las manos—. No he cambiado de opinión. Seguiré siempre a tu lado, sea cual sea el peligro. Lo afrontaremos juntos.

Eira lo contempló, fascinada y reconfortada por su determinación.

A pesar de todo, ya no estaba sola. Porque tenía a Cyal con ella, y él ya había demostrado que jamás la abandonaría.

No importaban todas las demás desgracias.

Quedaban en el pasado. La traición de Lluvia no iba a hundirla, porque lo tenía a él. Cyal era su mayor tesoro.

Pero, justo por eso, la inquietud se aferraba a su ser como una lapa. No podía volver a pasar por algo como lo de Khait.

—Quizá no sea capaz de protegerte.

Él era lo único que le importaba en su miserable existencia, su única luz. Cyal, en cambio, esbozó media sonrisa.

—Para algo me has entrenado, ¿no?

—Eres mi alumno más prometedor —quiso bromear.

—Soy tu único alumno —señaló él, divertido.

—Eso también te convierte automáticamente en mi alumno más prometedor.

Lo dijo con tanta convicción que Cyal soltó una carcajada. Eira sonrió al ver como sus ojos dorados se iluminaban.

—Gracias por estar conmigo, Cyal —murmuró ella, más tranquila.

Era extraño, pero se sentía más ligera después de esa pequeña conversación, como si parte de la presión que la bloqueaba por dentro se hubiera disipado de repente.

—No te estoy haciendo un favor, Eira, no tienes que darme las gracias —respondió él—. Estoy donde quiero estar. —Le dio un toque en la sien con el dedo índice, desatando un agradable cosquilleo en ella—. Contigo. En ningún momento me he arrepentido de acompañarte.

Ella no dijo nada, pero lo sorprendió al recostarse en él. Cyal pasó un brazo por sus hombros, inclinando la cabeza para observarla. Se fijó en que su expresión se había relajado.

Era increíble lo mucho que había cambiado su relación con ella desde su fatídico encuentro en el monte Ishtar.

Había recelado de Eira, a la vez que había sentido una inmensa curiosidad.

Ella, en cambio, había querido mantenerlo apartado al principio.

Su actitud había sido la que todavía mostraba con el resto de las personas: fría y distante.

Apenas hablaba y rechazaba el contacto físico.

Pero las cosas habían cambiado. Eira conversaba con él. Se atrevía a contarle lo que pensaba, a expresar sus sentimientos. Se acercaba a él y aceptaba las muestras de afecto. Hasta las daba ella también.

Cyal lo valoraba. Después de ver que Eira se había entregado por completo a entrenarlo, protegerlo y cuidarlo, él deseaba hacer lo mismo por ella y ayudarla a superar esos momentos de frustración y enfermedad.

Le acarició el brazo. No comprendía cómo Lluvia había sido tan cruel.

¿Cómo podía haber traicionado a alguien como Eira?

No la había apreciado lo suficiente, por mucho que dijera que hizo todo aquello para evitar matarla.

Por esa misma razón, él también ansiaba ir a por Lluvia.

No solo por ayudar a Eira a vengarse. Quería asegurarse de que se arrepintiera de haberle hecho semejante daño a Eira; clavarle el puñal de luz solo era el principio.

Frunció el ceño. Aunque Eira estuviera más tranquila, seguía sin tener buen aspecto. Su preocupación por ella aumentaba. ¿Cuánto habrían acelerado su proceso de deterioro las transformaciones en dragón de esos días? Apenas se sostenía en pie. ¿Mejoraría, o solo iría a peor?

Le angustiaba no saber cuánto tiempo tenían para encontrar una cura. Tras perder a su abuela, Eira era lo único que le quedaba. Se había convertido en su única compañera y en la persona más importante para él. Si el mundo ardía, a Cyal le bastaría con saber que ella estaba bien y a su lado.

Estaba dispuesto a darlo todo para salvarla. No se detendría hasta conseguir que su enfermedad desapareciera.

Solo temía que el tiempo se convirtiera en su más terrible enemigo.

—Eira —la llamó con delicadeza.

Llevó la mano que tenía libre al bolso y extrajo el último alimento que había: un trozo de pan duro y seco. En algún momento del día saldría a cazar algo, aunque le inquietaba dejarla sola. Le tendió el pan, con insistencia.

—Deberías comer algo.

Eira ladeó la cabeza y contempló el trozo de pan durante unos segundos, sin responder.

—Por favor —insistió Cyal—. Llevas tres días sin comer nada.

—Está bien.

Al final, tomó el trozo de pan en sus manos. Le dio un pequeño mordisco y masticó con lentitud. Cyal soltó un suspiro de alivio y sonrió.

—Gracias.

Ella tragó, a pesar de que la textura y sabor del pan eran un tanto desagradables.

—Gracias a ti por cuidar de mí, Cyal.

Sus ojos rojos resplandecían con gratitud. Era lo último que había esperado al despertar en ese vasto y diferente mundo para ella: que encontraría a un compañero por el que desafiaría a todo y a todos.

—Somos un equipo, ¿no? —dijo él, contento. Echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en la pared de roca, y relajó los músculos—. Cuidamos el uno del otro.

Eira sonrió. Incluso cuando se sentía en su punto más bajo, Cyal era capaz de tirar de ella e impedir que se ahogara en la miseria.

De hacerle creer que merecía la pena vivir.

—Así es.