Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 17. La Emperatriz #2
27%

17. La Emperatriz #2

Una suave brisa removió las hojas de las ramas de los pinos. Escucharon algunas piñas caer al suelo y Thaydra dio un respingo, clavando sin querer los dedos en las plumas de Azer. Arash la miró brevemente con una sonrisa divertida.

—¿Cómo eran las ciudades de los draconianos? —preguntó Thaydra mientras veía una polilla volar sobre ella.

—Su arquitectura sería complicada de describir —dijo Arash tras pensarlo un segundo—.

La mayor diferencia con la sociedad de los humanos, supongo, es que los draconianos vivían en reinos donde habitaban solo los draconianos de un elemento en concreto.

No se mezclaban mucho. Aunque eso cambió cuando los humanos los derrotaron y tuvieron que ocultarse en aldeas escondidas.

Thaydra torció el gesto.

—¿Por qué no pueden los humanos y los draconianos convivir?

Arash suspiró pesadamente y alzó la vista al cielo.

—Es complicado. Los draconianos son más poderosos que los humanos.

Por eso los humanos temen a los pocos que quedan y ahora los someten mediante los vínculos.

Cuando los draconianos abundaban y dominaban, tenían a los humanos esclavizados porque eran más débiles y les era muy fácil abusar de ellos.

—Negó con la cabeza—. Dudo que ambas razas puedan coexistir en paz y equilibrio.

Siempre habrá conflicto, por miedo o por avaricia.

—Es una pena —murmuró Thaydra, con voz apagada.

Continuaron su descenso por la ladera del monte a la mañana siguiente. Las construcciones naranjas y azules del reino de Adruste se aproximaban, aunque todavía quedaba distancia por cubrir.

El terreno era menos escarpado. Eso le devolvió la confianza a Thaydra para seguir entrenando a Azer.

El cuervo ya miraba al instante cada vez que ella silbaba, por lo que estaba probando a hacer que saltara del brazo al hombro con un gesto de la cabeza.

Arash los observaba de reojo, pendiente de dónde iba a pisar Thaydra.

Estaba seguro de que acabaría tropezando de nuevo.

Pasaban junto a una entrada a las minas, evidenciada por los postes de madera que enmarcaban la cueva, cuando la tierra empezó a temblar. Fue una ligera sacudida al principio, pero enseguida se convirtió en un violento terremoto.

Thaydra chilló, tambaleándose. Arash la agarró del brazo y la pegó a él, escudriñando su entorno para asegurarse de que no había nada que les pudiera caer encima.

Las copas del bosquecillo a su derecha se movían con fuerza de un lado a otro.

Varias rocas rodaron por la ladera de la montaña, produciendo grandes crujidos.

Escucharon gritos procedentes del interior de la mina. Varios hombres salieron corriendo, cubiertos de tierra y polvo. Parte del techo de la entrada cedió.

Poco a poco, los temblores se fueron calmando. Thaydra se había quedado con los ojos muy abiertos, respirando a bocanadas y abrazando a Azer contra el pecho. Arash, una vez se aseguró de que el repentino terremoto había remitido, la soltó.

Pero Thaydra no se despegó de él.

—¿Q-qué ha sido eso? —balbuceó ella y lo miró, asustada.

Arash frunció el ceño. Abrió la boca para responder, pero fueron interrumpidos por las exclamaciones de los hombres que habían huido de las minas:

—¡Tenemos que volver!

—¿Estás loco? ¡Puede haber otro terremoto en cualquier momento!

—¡Mi hijo se ha quedado ahí dentro!

Dos de ellos discutían, mientras los demás observaban, incómodos. Uno de ellos también lloraba, preso del pánico.

—¡Está muerto! —sentenció el segundo que había hablado, alzando los brazos—. No hay nada que podamos hacer por él ni por los demás. ¡Está claro que no tendríamos que haber regresado a las minas! Los terremotos ya no van a parar.

Arash se acercó a ellos. Thaydra no dudó en ir tras él.

—¿Son frecuentes los terremotos en esta zona? —quiso saber.

Los hombres se giraron con rapidez hacia él al escuchar su grave voz. Era más alto que todos ellos y eso, sumado a sus hombros anchos y su intimidante mirada de ojos plateados, solo hizo que recelaran de él y dieran por instinto un paso hacia atrás.

Aun así, el mismo que intentaba evitar que su compañero volviera al interior de las minas tomó el rol de portavoz:

—Llevamos un par de semanas duras. Los terremotos no cesan. Pueden ser tres en el mismo día, o uno cada cinco días, pero se están convirtiendo en algo constante. —Apretó los puños—. Y, a pesar de eso, el rey nos obliga a seguir viniendo. Muchos de nuestros compañeros han muerto ya.

Thaydra se mordió el labio inferior. ¿Cómo podía el rey de Adruste obligar a esos pobres hombres a jugarse la vida solo para conseguir más metal? ¿Tan complicada era la vida en ese reino?

Arash se había burlado de lo ciega que había estado ella en Drethol, ajena al sufrimiento de sus súbditos por la falta de agua y la sequía. Todavía se sentía culpable por ello.

Dejaron a los hombres discutiendo y bajaron por una cuesta. Thaydra iba encogida, sumida en sus pensamientos, abrazando a Azer. El cuervo había echado la cabeza hacia atrás para mirarla, confuso.

Arash gruñó.

—Está claro que los terremotos son consecuencia de la inestabilidad de la energía de Gaia —dijo—. Esta zona tampoco es segura, así que será mejor que no paremos hasta llegar a Adruste.

—¿Por qué el rey los obliga a seguir viniendo a las minas?

Arash hizo una mueca al verla agachar la cabeza.

—La economía de Adruste depende por completo del metal que extraen de las minas. Si se paraliza, tendrán serios problemas.

Thaydra, afligida, acarició la cabeza de Azer, que infló las plumas y cerró los ojos, a gusto.

Estaban experimentando solo pequeñas muestras del desequilibrio de Gaia, como la sequía, el vendaval posterior al huracán, el tornado y ahora el terremoto. El temor y el nerviosismo ganaban terreno en su cabeza.

Si ese solo era el principio, ¿cuánta más gente iba a perder a sus hijos en una mina si no eran capaces de encontrar a la dragona?