Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 17. La Emperatriz
26%

17. La Emperatriz

La Emperatriz

Acamparon en un claro entre los pinos de la ladera del monte. Thaydra despejó la tierra de las agujas caídas de los árboles antes de extender su manta y sentarse. Se abrazó las rodillas, con la barbilla apoyada sobre ellas, y observó a Arash mientras esperaba.

Él arrojó un par de agujas al fuego.

—Entonces, ¿quién es la Emperatriz? —preguntó Thaydra, curiosa.

Las estrellas resplandecían sobre ellos en un cielo más o menos despejado. Azer dormía con placidez sobre la capa de Thaydra. Arash estaba sentado al otro lado de la hoguera, recostado en el tronco de un árbol, con una pierna doblada y el brazo apoyado en la rodilla.

—No puedo garantizar su identidad —empezó Arash—. Pero cuando ese xieri mencionó que es una dragona, solo un nombre me vino a la mente.

—¿Quién?

Arash exhaló con lentitud.

—Eyvel.

Thaydra ladeó la cabeza y frunció el ceño.

—¿La diosa de la luna?

Arash bufó.

—Tiene de diosa lo mismo que yo, pero sí. La hermana gemela de Hereshia.

—¿Y cómo sabes que es ella?

—Porque tuve algunos encuentros con ella durante la guerra del Alzamiento —relató Arash—.

Eyvel siempre fue una de las mayores detractoras de los draconianos; los odiaba y consideraba que debían desaparecer, que era una ofensa que hubiera humanos que pudieran tomar la forma de los dragones.

También está el hecho de que fue Hereshia la que creó a los draconianos...

—Espera, ¿cómo dices? —lo interrumpió Thaydra, con la boca abierta.

—Hereshia otorgó el poder de transformarse en dragón a un grupo de humanos miles de años atrás. Poco a poco se extendieron, creando su propia raza: los draconianos.

Thaydra arqueó las cejas.

—Eso no es lo que dicen los libros de historia. ¿Por qué nadie sabe eso?

Arash se encogió de hombros.

—Es conocimiento que se ha perdido, supongo.

O que no le interesa a nadie. Pero los dragones no olvidamos.

—Se aclaró la garganta—. Como iba diciendo, Eyvel y Hereshia siempre han tenido una rivalidad muy fuerte.

Por tanto, Eyvel contaba con otro motivo más para odiar a los draconianos.

Los draconianos dominaron el mundo durante siglos, manteniendo a los humanos apartados de sus grandes ciudades y dejándolos relegados a las zonas con menos recursos.

Cuando los humanos se alzaron contra ellos, Eyvel vio su oportunidad.

El corazón de Thaydra se aceleró.

—No me digas que... ¿Eyvel ayudó a los humanos?

Arash asintió con la cabeza.

—Así es. Eyvel es la que reveló a los humanos que la drialita era el punto débil de los draconianos.

Fue la que compartió con los humanos la información para crear un xieri, proporcionándoles el elemento de la oscuridad.

Eyvel es la única dragona que ha nacido con ese elemento —explicó él—.

Los dragones poseemos la luz en nuestra esencia, aunque no sea nuestro elemento principal.

A excepción de Eyvel. Ella tiene la oscuridad.

—Así que Hereshia es la dragona de la luz. Y Eyvel, su hermana gemela, es la de la oscuridad —murmuró Thaydra y se llevó una mano a la barbilla, pensativa—. ¿Por qué no intervino Hereshia antes, cuando supisteis lo que estaba haciendo Eyvel?

—Supongo que no creyó que Eyvel llegaría tan lejos. Como ya te he contado en otras ocasiones, los dragones nos mantenemos neutrales en los conflictos entre mortales.

—Pero Eyvel estaba ayudando a los humanos —señaló Thaydra.

—Tenía sus razones personales para ello, claro. Eran más bien una herramienta para ella. Por eso, los dragones solo nos unimos en su contra una vez vimos que el General era demasiado poderoso. —Arash frunció el ceño—. Cuando vimos que los xieri, con él a su mando, podrían acabar con nosotros.

—Y por eso crees que es Eyvel otra vez la que los ha reunido ahora.

Arash asintió con la cabeza.

—Fracasó en el pasado, pero eso no quiere decir que se vaya a rendir. Esta vez está transformando a los draconianos, directamente, en sus súbditos de oscuridad. Está creando un ejército de xieri, armados con el elemento que es tan dañino para los dragones, por si intentamos frenarla de nuevo.

—¿Sería Eyvel la dragona que atacó a Zheitszoh?

Arash se tensó. La sangre desapareció de su rostro y se incorporó de golpe.

—Joder. Claro —dijo, muy serio—. Soy estúpido. ¿Cómo no lo he pensado antes?

Thaydra se irguió en su sitio, sintiéndose como una alumna aventajada.

—Los xieri han intentado eliminarnos en varias ocasiones —dijo, intentando ofrecer más argumentos a su teoría—. Porque quieren que, por alguna razón, se produzca la explosión del núcleo de Gaia. Sería lógico que Eyvel hubiera intentado librarse de Zheitszoh también, ¿no?

Él asintió.

—Le basta con eliminarnos a uno de los dos para que no se pueda equilibrar la energía —asintió Arash, con el pulso descontrolado—. Maldita hija de...

—¡Arash! —lo cortó Thaydra, devuelta por un instante a sus lecciones de etiqueta en el palacio.

—Perdón —sonrió él—. Pero tiene sentido. Si se produce la explosión, Eyvel y los xieri matarían dos pájaros de un tiro: eliminarían a los draconianos, a los cuales Eyvel detesta, y los xieri obtendrían su venganza sobre los humanos.

Thaydra frunció el ceño.

—¿Y cómo se salvarían ellos de la destrucción del mundo? Se verían afectados también, ¿no?

—Algo tendrán pensado; eso es lo de menos. De todos modos... —Arash sacudió la cabeza—. Está bien, puede que fuera ella la que atacó a Zheit. Pero sigo sin entender por qué Zheit no volvió a contactar conmigo. ¿Qué le hizo, exactamente?

Thaydra suspiró con tristeza.

—Espero que podamos averiguarlo pronto.

Cada día que pasaban sin encontrar a Zheitszoh era un día más cerca de la destrucción de Gaia.

Arash no dijo nada. Dirigió sus ojos plateados al fuego naranja de la hoguera y se sumió en sus pensamientos. Thaydra permaneció en silencio, pues no quería molestarlo.

Arash habló de nuevo unos minutos después:

—Eyvel se acercó a mí poco antes de la guerra del Alzamiento; me invitó a unirme a ella.

Yo la rechacé. Su idea de los xieri me repugnaba —admitió.

Apretó los dientes—. Y me repugnan todavía más ahora que he visto lo que son después de ser creados.

Lo que le hizo al General... —Torció el gesto—. No se lo deseo a nadie.

—¿Qué pasa con el General? —inquirió Thaydra, curiosa.

—Es un dragón.

Thaydra parpadeó, procesando la información.

—¿Un dragón? —repitió, incrédula—. ¡Dijiste que los dragones no podían ser xieri!

La mirada de Arash se ensombreció.

—Justo por lo que observé en el General.

Traté de enfrentarme a él yo solo una vez; no fui capaz de durar ni un minuto antes de verme obligado a huir.

Su poder era demasiado superior al de los demás xieri.

Solo podía tratarse de un dragón, aunque desconozco cómo lograron capturarlo los humanos.

Supongo que Eyvel lo llevó hasta ellos después de transformarlo y borrarle la memoria.

Era difícil olvidar el momento en el que descubrió a Eyvel creándolo, al fin y al cabo.

—Pero decías que la oscuridad del proceso de creación de un xieri era incompatible con la luz de un dragón —señaló Thaydra.

—En efecto —asintió él—. Por eso el General en los últimos años de la guerra empezó a sufrir en cada minuto de su existencia.

Usar sus poderes le causaba un tremendo dolor.

Solo aguantaba porque Eyvel lo curaba a menudo.

De lo contrario, su estado físico se habría deteriorado sin remedio. Y al depender de ella...

—Eyvel lo tenía controlado —completó Thaydra.

—Siempre ha sido muy creativa —gruñó Arash—. Pero confío en que no logre despertarlo de nuevo. Sé que Hereshia ocultó bien el cuerpo del General.

Thaydra se estremeció al pensar en ello. Los xieri draconianos se volvían mucho más poderosos al renacer, tanto que hasta podían hacer frente a un dragón. Un xieri dragón, contra el que ni siquiera Arash había logrado resistir más de un minuto...

Era lógico que los dragones, aun liderados por Hereshia, no fueran capaces de matarlo y hubieran recurrido a sellarlo.

De todos modos, ¿en qué consistía sellar a un xieri?

Tendría que averiguarlo en otro momento.

—¿Qué sabes de la Muerte Escarlata, Arash?

Él frunció el ceño ante la cuestión de Thaydra.

—¿Por qué lo preguntas, princesa?

—Curiosidad —respondió Thaydra y apretó los labios—. Las leyendas dicen que era capaz de matar con su mirada de sangre. Masacró a miles y miles de humanos ella sola. Aunque era una comandante, parecía estar muy por encima de los otros tres. ¿Sería también una dragona?

Arash enarcó una ceja.

—No lo había pensado. Nunca llegué a cruzarme en el campo de batalla con ella, por lo que no sabría decirte. —Se encogió de hombros—. Lo más probable es que esas leyendas solo sean exageraciones de los humanos, fruto de su terror. Sería solo una draconiana extremadamente poderosa.

Thaydra asintió, satisfecha con la explicación.

—Espero que así sea, porque no desearía tener que enfrentarme a ella si las leyendas fueran ciertas —murmuró. Se echó hacia atrás, tumbándose en la manta sobre la espalda y observando el cielo estrellado—. Bastante hemos tenido con Lluvia y Rayo.

Azer se movió para acomodarse en su pecho. Thaydra sonrió y le acarició las plumas.

—Tranquila, princesa, si Granizo aparece, estaré encantado de presentártela ensartada en mi hoz —dijo Arash con una sonrisa altanera—. De hecho, es la xieri a la que más ganas tengo de matar.

—¿Y eso?

—Puede que la forma en la que las leyendas describen su poder sea una exageración, pero lo cierto es que fue la seguidora más fiel del General y la que más destrucción causó —gruñó Arash—. Encima, no la vi por ninguna parte en la batalla final. Huyó como una cobarde.

Thaydra arrugó la frente y no dijo nada. Fijó los ojos de nuevo en las estrellas, mientras que Arash devolvió la atención al fuego de la hoguera. Las llamas crepitaban con lentitud, bañando de cálida luz naranja el claro.