16. Presa
Presa
Descendían por la ladera del monte Nimer. Ya atardecía, pues habían perdido toda la mañana durmiendo. No habían podido avanzar muy rápido porque tanto Arash como Thaydra se estaban recuperando todavía de sus heridas.
—Si no miras por dónde pisas, vas a acabar por rodar monte abajo —dijo Arash en tono seco.
Thaydra iba con Azer posado en el brazo derecho. En la mano izquierda sostenía un trozo de pan. Cada vez que silbaba y el cuervo la miraba, le dejaba picar unas migas.
—Lo tengo todo controlado —replicó ella.
Pero se le enganchó el pie en una raíz que sobresalía. Abrió los ojos como platos, precipitándose hacia delante. Por suerte, cayó en los brazos de un más que preparado Arash. Suspiró con exasperación y puso los ojos en blanco.
—¿Qué decías, princesa ? —La miró con una sonrisa sarcástica.
Thaydra tenía el rostro rojo como un tomate. Azer graznó.
—Solo quería aprovechar el tiempo —murmuró ella, avergonzada.
—Será mejor que entrenes al pájaro en un sitio donde el terreno no sea tan complicado.
Thaydra se irguió y se aclaró la garganta.
—No volverá a suceder.
Arash enarcó una ceja.
—Seguro que no.
Dio media vuelta y siguió andando.
—¡Oye! —protestó Thaydra, yendo tras él.
A lo largo del viaje, habían pasado por algunas cuevas que conducían a distintos túneles de minas. A veces se escuchaban los golpes metálicos de los martillos y el traqueteo de los vagones sobre los raíles. Se trataba del tren que unía Adruste con la zona.
Arash se detuvo y Thaydra se estampó contra su espalda. Retrocedió y sacudió la cabeza, aturdida.
—¿Qué pasa? —cuestionó.
Arash entornó los ojos.
—Detecto la presencia de un xieri.
Thaydra se tensó de inmediato, conteniendo un quejido. El movimiento había hecho que le doliera el abdomen. Recordó la última pelea. No estaban en condiciones de combatir de nuevo tan pronto, pero Arash no parecía muy preocupado. La confusión de Thaydra aumentó al verlo sonreír.
—Nos vamos de caza —susurró Arash y se desplazó con pasos silenciosos hacia la ladera.
Thaydra parpadeó, perpleja. Lo siguió, sin decir nada.
Caminaron durante unos minutos. Arash se agachó, indicándole con un gesto de la mano a Thaydra que hiciera lo mismo. Ella obedeció, pero no comprendía lo que estaba sucediendo.
Se asomaron por detrás de unas rocas. Thaydra alzó las cejas al localizar el objetivo de Arash en la explanada bajo ellos. Un hombre estaba sentado de espaldas a su posición, vendándose la mano, ajeno a lo que sucedía a su alrededor.
Arash no dijo nada, pues a esa distancia el xieri podría escucharlos, aunque susurraran. Desenganchó la hoz del cinto, empuñándola a la vez que se levantaba. Thaydra puso una mano en el pico de Azer, por si se le ocurría graznar, pero el cuervo se limitaba a observar, curioso.
Sucedió en un abrir y cerrar de ojos.
Arash saltó por encima de las rocas y, a la velocidad del rayo, apareció detrás del xieri, colocando la cuchilla metálica de la hoz en su cuello.
El hombre se quedó rígido.
—¿Qué...? —balbuceó el xieri, asustado.
—Vas a responderme a unas cuantas preguntas, xieri —dijo Arash, amenazador, pronunciando la última palabra con asco evidente—. Si cooperas conmigo, te dejaré marchar. Si no... —Presionó la hoz contra su piel. El xieri tragó saliva—. Me entiendes, ¿no?
Thaydra no sabía qué hacer. Optó por permanecer tras las rocas, por si acaso. Miró a un lado y a otro, intranquila, pero supuso que no se trataría de una trampa. Arash habría pensado en la posibilidad de una emboscada antes de actuar.
El xieri apretó los dientes.
—Piérdete, dragón —siseó.
—Creo que no eres consciente de lo dispuesto que estoy a matarte aquí y ahora —susurró Arash en su oído. Movió ligeramente la hoz y un hilo de sangre brotó del cuello del hombre.
Este se quedó rígido.
—¿Qué quieres saber?
—Me alegra que cooperes conmigo —ironizó Arash—. Dime: ¿quién os dirige?
—La Emperatriz.
—Voy a necesitar algo más que eso, xieri. ¿Quién es la Emperatriz?
—No lo sé —masculló él.
Arash enarcó una ceja. Presionó de nuevo la hoz.
—¡No lo sé, de verdad! —exclamó el xieri, aterrado.
Cuando se retorció, Arash bufó.
—¿Esperas que me lo crea?
—¡Solo sé que es una dragona! ¡Nada más! —aseguró el xieri mientras trataba de girar la cabeza para mirarlo. La pupila de sus ojos estaba dilatada por el miedo—. A los xieri de menor rango no se nos permite conocer su identidad. ¡Solo los comandantes la conocen!
Arash chasqueó la lengua.
—Vale, supongamos que no sabes nada más sobre la Emperatriz. ¿Desde cuándo eres un xieri?
—Desde hace más de cinco meses —contestó él por lo bajo, intimidado.
—¿Y por qué te convertiste en xieri?
—¡No fue algo que eligiera yo!
Arash frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—A los que nos sometemos al proceso por voluntad propia nos dejan la memoria intacta —explicó él. Al notar que Arash presionaba de nuevo la hoz, se apresuró en añadir—: ¡Pero yo lo hice solo para mantener mis recuerdos! Sabía que me obligarían a someterme al proceso de todos modos.
—¿Por qué?
—Tienen a mi hijo como rehén —murmuró el xieri, bajando la vista—. Si no hubiera aceptado por voluntad propia, lo habrían matado y me habrían borrado la memoria.
Arash hizo una mueca. Era lógico: a los que les borraban la memoria tardarían más en poder usarlos, pues habría muchas cosas que tendrían que aprender de nuevo. Estratégicamente, lo más beneficioso para todas las partes era ceder.
—Aun así, la mayoría de mis compañeros quisieron convertirse en xieri. Desean vengarse de los humanos, y es lo que les ha prometido la Emperatriz.
—¿Tú no quieres venganza? —inquirió Arash, curioso.
El xieri negó con la cabeza.
—Yo solo quiero regresar a la aldea, con mi hijo, y vivir en paz.
Arash suspiró con pesadez.
—Por desgracia, no dejas de ser un xieri. Gracias por la información, pero...
Thaydra abrió los ojos como platos al ver que Arash tensaba el brazo, listo para cortar el cuello del xieri. Saltó por encima de las rocas.
—¡Arash! —gritó, corriendo hacia él.
Arash se irguió para mirarla, frunciendo el ceño.
—Aparta la vista.
El xieri se retorció, aterrado.
—¡Dijiste que me dejarías vivir si respondía a tus preguntas!
—Ya, bueno. Lección número uno: nunca te fíes de tu captor —espetó Arash con evidente irritación.
Sin embargo, no movió la hoz.
—¡No puedes matarlo! —protestó Thaydra, estampando un pie en el suelo—. ¡Lo has oído! No se convirtió en xieri por elección propia. Tú lo sabrías si estuviera mintiendo.
El xieri la observó de soslayo, arqueando las cejas. Thaydra, al analizarlo más de cerca, se fijó en el curioso tono rojo de su pelo.
—No deja de ser un xieri —replicó Arash. Endureció la mirada—. Habrá matado a muchos inocentes.
El xieri agachó la cabeza, derrotado.
—Si lo matas, tú también lo habrás hecho —protestó ella.
El xieri entendió que tenía una posibilidad y una nueva y extraña aliada.
—Solo hago lo que puedo para que no maten a mi hijo.
Thaydra se llevó una mano al pecho, afligida. Las guerras siempre estaban plagadas de situaciones terribles, y no todas se percibían a simple vista.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó, agachándose a su lado.
—Thay —gruñó Arash, tensando la mandíbula.
Ella lo ignoró. El xieri se atrevió a responder:
—Mi nombre es Valkrel. Procedo de la aldea oculta de la cordillera de Gihash.
Thaydra arqueó las cejas.
—¿Eres de Drethol?
—Fuimos capturados la misma noche que cayó la ciudad.
Thaydra cerró la mano en un puño. Aquella noche estaba grabada a fuego en su mente, y le dolía saber que había sido tan horrorosa para otros como para ella.
Miró a Arash, que permanecía con la hoz presionada contra el cuello del xieri.
—Arash, por favor. Baja el arma.
Arash estudió su expresión. Los ojos verdes de la chica brillaban con súplica. Los extremos interiores de sus cejas se habían curvado hacia arriba. Se mordía el labio inferior, nerviosa.
Espiró aire, sin ocultar la exasperación. Apartó la hoz y se irguió.
Thaydra jadeó, incrédula al principio, y le dedicó una radiante sonrisa.
Valkrel se levantó con cautela y se giró con lentitud, sin apartar la mirada de Arash. Retrocedió, de cara a ellos. Una vez consideró que se había alejado lo suficiente, desvió su atención hacia Thaydra e inclinó la cabeza con reverencia.
—Gracias.
Acto seguido, se desvaneció en un cúmulo de sombras.
Thaydra se había quedado con la boca abierta y un ligero rubor en las mejillas. Arash, en cambio, gruñó y, tras enganchar la hoz en el cinto, puso los brazos en jarras. La observó y chasqueó la lengua.
—Voy a tener que enseñarte a ser más dura, princesa.
—Ser más duro no significa quitarle la vida a un hombre que se ha visto obligado a actuar así por las circunstancias; para proteger a un ser querido —replicó ella con firmeza.
Una sonrisa sarcástica bailó en los labios de Arash.
—Vaya, vaya. Resulta que sabes discutir cuando quieres.
A Thaydra le ardió el rostro.
—¿Qué quieres decir con eso? —resopló, indignada.
Arash rio por lo bajo y no contestó. Echó a andar.
Thaydra corrió para situarse a su lado. Azer graznó e infló las plumas, exigiendo su próxima ración de migas. Thaydra le acercó el trozo de pan sin pensarlo, pues tenía la atención centrada en su compañero.
—Gracias por dejarle ir, Arash.
Arash resopló.
—Lo he hecho por ti.
—Permíteme adivinar la razón —lo interrumpió ella, divertida—: ¿para no escuchar mis lloros?
Arash soltó una carcajada. Una corriente de aire echó su larga coleta hacia atrás.
—Veo que vas aprendiendo.
Thaydra alzó la vista al cielo, riendo con suavidad. Aunque la inquietud permanecía en su estómago ante la frialdad con la que Arash había estado dispuesto a matar a aquel hombre.
Una bandada de pájaros los sobrevoló. Sus siluetas negras contrastaban con el fondo naranja. Entonaban una sinfonía de graznidos para comunicarse entre ellos y Azer los contempló, curioso.
—Busquemos un lugar donde pasar la noche —dijo Arash mientras descendían por la cuesta.
—¿Ya? —inquirió Thaydra, ladeando la cabeza para mirarlo, extrañada.
—Ese xieri me ha dado una información muy valiosa —explicó él e hizo una mueca—. Creo que puedo deducir quién es esa Emperatriz.
Thaydra arqueó las cejas.
—¿Quién es?
Arash esbozó media sonrisa.
—Encontremos algo de cenar primero.